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Full text of "Historia de los diez años de la administracion de don Manuel Montt"

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THE LIBRARY 

OF THE 

UNIVERSITY OF TÓRONTO 

BY 

THE VARSITY FUND 

FOR THE PURCHASE OF BOOKS IN 

LATIN-AMERICAN HISTORY 




LUIS DONOSO I 
CAStiA4634-SAHTIAW 



HISTORIA 



DE LOS 



DIEZ AiOS DE U ADMINISTRACIÓN' 



HISTORIA 



DE LOS 




DE DON MANUEL MONTT, 



POR 



3. 7ICIIÍU KACKSlflU. 



REVOLÜCIOS DEL SUR. 



Tomo IV. 



SAMIAGODE CHILE. 
IMPRENTA CHILENA, 

CALLE DFX PEUMO, ESQUINA DE LA DE HUÉRFANOS, MjJí, 29. 

1862. 



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1121615 



CAPITULO I. 



US ESCARAMUZAS DE LA GUERRA CIVIL. 

Don Joaquín Riquelme amaga con nna montonera la población de 
Linares i se insurrecciona el mismo dia la villa de Molina. — 
DonNemecio Antunez i el cura Méndez. — Roberto Souper. — 
Su vida, carácter i aventuras. — Prisión de estos ciudadanos i 
su envió a la capital desde Talca. — Souper subleva la guardia 
que los conduela en Quechereguas. — El mayor Banderas.— 
Cómico combate de Lontué. — Souper pasa el Maule con una 
partida de veinte ¡ cinco hombres para reunirse al coronel don 
Domingo Urrutia, — Ataca éste el pueblo del Parral i es recha- 
zado. — Importancia de sus operaciones en el Maule. — El in- 
tendente del Nuble es obligado a abandonar a Chillan i reple- 
garse al Longaví. — Fuerzas de que se componía la división del 
coronel García. 



I. 



Los primeros hechos de armas, o mas propiamente, las 
primeras escaramuzas de la revolución de! sur en 1831, tu- 
vieron lugar el dia clásico de Cbile. El 18 de setiembre, en 
efecto, el patrióla don Joaquín Riquelme amagaba con una 



C UIsTOniA DK LOS DIEZ AÑOS 

monlonfera do 80 hombres la pf»blac¡on (ie Linares, en la 
provincia del Maule, i ese mismo dia, don íloberlo Souper, el 
cura íion Domingo Méndez i don Nemecio A n lunes, ponían en 
conmoción la villa do Molina en la provincia de Talca. 



ÍI. 



Enconlrabansc todas las personas que hemos nombrado 
perseguidas por su complicidad en la asonada del 20 de abril ; 
Hiquelmo en calidad de detenido bajo de fianza en la provin- 
cia de Talca, i Anlunes, Méndez i Souper presos en la cárcel 
de aquella ciudad (I). 

(I) El motivo ostensible de su captura i el auto cal)eza de 
proceso de su sumario consistían en una carta escrita por Riquel- 
me al cura Méndez, desde Curicó, el 21 de abril, anunciándole la 
revolución que habia tenido lugar en Santiago el dia anterior. A 
esta carta, Méndez, que se encontraba en Molina, agregó una 
posdata que firmó don Nemecio Antunes, i como en esta última 
se refiriese algo de la cooperación de Souper, resultó que los cua- 
tro nombrados quedaron comprometidos por el descubrimiento 
de la carta que fué vendida o entregada por error a la autoridad. 
I'arrce que el mozo que la JIovaha equivocó los nombres de dos 
vt'citíos de Talca que tenían el mismo apellido i de los que uno 
era opositor i otro iníjiisterial, siendo el último quien hizo el 
dt nuncio al intenleiife. La carta de Iliquelme i la posdata aña- 
dida por Méndez i Antunes estaban concebidas en estos términos. 

Señor don Domingo Méndez^ 

Cuvicó, abril 21 de 1851. 
Mi apreciado amigo: 

ufando este mozo con el objeto de anunciar a U. que ayer a las 
seis de la mañana se sublevó el batallón Valdivia i tomó la pbiza 
principal de Santiago; esta noticia le ha llegado al gobernador boi 
ii las nueve i le ordenan reúna el batallón de este pueblo i lo 
acuartele para librar las armas. Los Monttistas están acholados 
con eí espreso este. Conviene pues ipie inmediafamente lo partí- 



DK LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 7 

Era Anluncs un opuleolo agricultor, propiciarlo Je la ha- 
cienda (lo Quochoroguas, en uno de cuyos potreros está si- 
tuada la pintoresca villa de Molina, mas como un feudo de 
aquel mayorazgo que como una aldea de la República. 

Conocíase a Méndez solo como a un viejo sacerdote, tan 
instruido como ardiente, antiguo ¡ jenuino pipiólo que ejercía 
desdo algunos aflos,con marcada preferencia sobre su ministe- 
rio, la propaganda de su fé política, teniendo entonces por 
estrecho teatro el curato de Molina, anexo también como una 
capellanía a la hacienda de Quechereguas. 

En cuanto a Souper, el mas importante de estos ajita- 
dores, vamos a detenernos un instante. Tenemos que hacer 
el difícil ensayo de un retrato sobro una tela movediza que 
el viento ajila en todas direcciones i cuyas costuras se re- 
vientan a cada rasgo de la pluma. Invocamos pues toda la 
¡nduljencla do los críticos, pues acaso es inevitable al escritor 
salirse del severo marco de la historia para entrar en el 

cipe a Rafael Cruz para que este haga otra esprpso a Linares a 
Pando i sea puesto en conocimiento del coronel Urrutia en el 
acto. Mucho le recomiendo esta dilijencia pues que conviene sea 
sabida por mis amigos. 

Son las dos de la tarde i ya están en el caartel los cívicos. Co- 
muníquele esto al señor Antunes. J)e U. su amigo iS. S. — Joa- 
quín Riquchne. 

P. D. — Haga el espreso a Talca en el momento que esta reciba. 

Adición. 

Molina, abril 21 de 3851. 

Son las cuatro déla tarde i no hai mas tiempo que decirle. Voí 
de aquí a mandar aviso a Souper a S. Rafael para que prepare el 
escuadrón de Pilarco. Rien, valor ¡ no hai que turbarse ! — Nemecio 
Antunes. 

Advertimos que la carta de Riquelme que publicamos es según 
una copia subministrada por don José L. Claro i Ja arlicion á<i 
Antunes ha sido tomada del Progreso del 17 de junio de 1851. 



8 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

campo (leí romance al Iratarse de hombres lan especiales 
como el prcslijÍDso soldado cuyas aventuras vamos a narrar 
i que en si mismas consliluyen el argumenlo acabado de una 
novela. 



III. 



Es Roberto Souper hijo de un antiguo capitán del ejército 
ingles i nació en Canlerbury, la patria del jeneral Miller, 
héroe americano, como aquel ha sido héroe de Chile. A se- 
mejanza de otroestranjero ilustre que sirvió a nuestra patria 
i le sacritícó su vida, el coronel Tupper, Roberto Souper que 
pareció haber recibido, junto con la analojía del nombre, la 
de labizarria, la posición, i la lealtad, habia nacido, se puede 
decir así, en nna cuna de Gerro. Casi todos sus hermanos, 
como los hermanos de Tupper, fueron soldados i hombres de 
aventuras. Uno de ellos habia muerto heroicamente en el 
sitio de Oporlo, defendiendo aquella plaza contra el preten- 
diente don Miguel de Portugal i otro pereció en un duelo, 
en una de las Antillas inglesas, en las que se encontraba do 
guarnición. Roberto era de los menores entre ocho o diez 
hermanos que sobresalían por el ardor ¡ la osadía de su ca- 
rácter. 

Puesto su padre a media paga, después de la batalla de 
Waterloo, i no contando para subsistir sino con un escaso 
sueldo, emigró, como es costumbre entre sus compatriotas, 
al norte de Francia donde la vida es tanto mas barata cuanto 
es forzosamente modesta. Nuestro campeón comenzó pues la 
carrera de sus esludios, que es como si dijéramos la carrera 
de sus aventuras, en el puerto de Calais. Apesar de estar do- 
tado do un injenio rápido i de una estraordiuaria facilidad 



DE I,A ADMINISTRACIÓN JIONTT. 9 

para hacer la achiuisicion tío fisos esUulios jcnerales que 
consliluycu la educación de un (jcnllemnn ingles, Souper, 
quo es en verdad un verdadero jenlü-liombre por sus moda- 
les i sus conociinieulos en el dibujo, la historia, i la literatura 
(no asi en el uso de los idiomas), pasaba sin embargo lósanos 
(\ci su turbulenta niñez en una perpetua cimarra, i él mismo 
nos ha referido que le gustaba mas ir con los püiuelos de la 
calle a tirar piedras a las ventanas de la Prefectura, durante 
la revolución de 1830 ¡ a buscar camorras a las bandas de 
tambores de su edad, que asistir al aula protestante de 
Calais, donde a su turno era su victima el pobre presbite- 
riano que le enseñaba a descifrar la Biblia. 

Cuando Souper tenia diez i seis a diez i siete años, regresó 
a Inglaterra, i apenas puso el pié en la tierra del spleen i del 
suicidio, se apasionó de una romántica «miss» en un hotel 
de Londres, donde la ventura habia llevado a los dos aman- 
tes. Hubo suspiros, billetes, citas al balcón i todo ai! con- 
cluyó con una caja de fulminantes que se tragó el galán en 
un momento de fulminante despecho. . .Solo la robustez do 
un estómago lozano i remedios oportunos salvaron a nuestro 
héroe de aquel tósigo que propiamente usado, habría sido 
suficiente para malar un batallón entero o despoblar un par- 
que ingles de todas sus liebres i faisanes. 

Por los consejos de su familia i de su burlado amor, Sou- 
per resolvió emigrar, i en cierto hermoso dia, se metió en uno 
de esos colosales Indiamen (buques de la India] cuyos más- 
tiles forman verdaderos bosques en ambas riberas del Ta- 
ra esis. 

El joven emigrado vivió algunos años en Calcuta como de- 
pendiente de comercio o en otras profesiones industriales, 
hasta que habiendo reunido algunos fondos, regresó a Ingla- 
terra. 

2 



10 HISTORIA DK LOS DIEZ ANOS 

Antes xJe embarcarse en las aguas del Ganges, había, sin 
embargo, tomado parlo en una empresa, cuya temeridad 
estaba raui de acuerdo con su inquieta índole. Encontrándose 
un dia a la mesa con los oficiales de un Tejimiento ingles 
que guarnecía aquella colonia, se propuso por uno de los 
concurrentes, a influjos del vino, tomarse por asalto un pe- 
queño fuerte dinamarqués, cuya bandera flotaba en la opuesta 
orilla como una sombra ¡ una tentación para el orgullo ingles. 
La calaverada se puso en el acto en ejecución, los oficiales 
se embarcaron en algunos boles, sorprendieron a los centi- 
nelas, ¡ por un instante, se hicieron dueños del puesto, com- 
prometiendo gravemente a su gobierno en una cuestión di- 
plomática. Inútil es decir que Souper fué de los primeros 
en aceptar el convite de sus camaradas i en ponerlo en 
obra. 

De regreso en su patria, el joven viajero sintió en su pecho 
el hastío que la vida acarrea al espíritu cuando estrecha sus 
horizontes al rededor de nuestro inquieto e insaciable ser. 
Con el ausilio de sus amigos ¡ de su familia, Souper resolvió 
entonces pasar de la categoría de emigrado a la de coloni- 
zador, i se dirijió a Australia llevando consigo ganados, má- 
quinas i obreros, todos los elementos necesarios para fundar 
una considerable propiedad rural en aquel vasto i feraz con- 
tinente. 

Referir la vida del colono Souper en Australia es contar 
su existencia posterior de hacendado en Chile, con la sola 
diferencia del cambio de teatro. Cazerias salvajes en los 
bosques, rios pasados a nado, esploraciones en los desiertos, 
peleas cuerpo a cuerpo i a balazos con los indios feroces de 
aquellas comarcas, i sobre todo eslo, un asiduo e intelijenle 
trabajo: hé aquí los diferentes matices de aquella existencia, 
condenada por su propia naturaleza a la mas inalterable 



DE I.A ADMINISTRACIÓN MONTT. 11 

monotonía. Aposar dft todo, Sonpor, en cinco o seis aHos do 
fatigas, consiguió reunir un mas (\\u) mediano capital, dchido 
parlicularnienle a la crianza i mejoramiento del ¿íanado la- 
nar, del que iiabia llevado ik Inglaterra algunas piezas cs- 
cojidas. 



VI. 



Por esta época, llegó a oídos del joven colono de Australia 
que dos de sus parientes se hablan establecido en Chile, 
siendo uno do éstos la esposa de don Ricardo Price, uno de 
los mas antiguos i honorables comerciantes ingleses que 
hayan residido en Chile 1 el otro Mr. Edmundo While, rico 
consignatario establecido en Valparaíso. Arabos eran primos 
hermanos de Souper, i esta circunstancia le indujo a hacer 
un viaje a Chile, calculando que en este país podría dar 
mayor impulso a sus negocios do campo. Dejó estos, en con- 
secuencia, en poder de un lercero, i por el año de 1840, se 
hizo a la vela con rumbo a Valparaíso. 

Souper contaba entonces 23 años de edad I era un gallardo 
i robusto mancebo. Su rostro tenia un ceño varonil que sen- 
taba bien a la elegancia i soltura de sus modales un si es 
no es aristocráticos, que la vida salvaje no había alterado 
en lo menor, porque en ningún país ni en raza alguna es 
mas cierto aquel proverbio castellano de que eljenio i la 
figura no cambia hasta la sepullurn, que entre los ingle- 
ses. Sus atractivos sociales i la posición de sus deudos 
le abrió pronto los salones de la capital i el joven geníle- 
man pasó entre nosotros algunos días de holganza i de buen 
tono. 



12 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Pero, ^a poco andar, supo que sus ¡nleresos habían recibido 
un fracaso irreparable por la infidelidad de un depositario ; 
i entonces Souper, dejando el frac, vistió el poncho del chile- 
no, i desde ese dia, fué nuestro paisano, i de tal modo, que 
no hai chileno que pueda decirse mas chileno que el agrin- 
go Souper»,. 

En su desgracia, encontró nuestro joven huésped un amigo 
jeneroso en su pariente Price; i como fuera mui intelijenle 
en la labranza, le confió la administración de su valiosa ha- 
cienda de Semita, situada en las faldas de las cordilleras 
que riegan el Nuble i el Perquilauquen. Ahí llevó Souper 
una vida según su carácter i según sus hábitos. Cansó todos 
los caballos de la hacienda; trasmontó las cordilleras; asistió 
a las «parlas» de los pehuenches en sus valles andinos; se 
hizo el amigo de todas aquellas tribus pastoras a quienes 
confiaba sus invernadas de ganado; visitó las pampas; oyó 
contar las hazañas de los Pincheiras en los sitios de sus 
mas desesperadas proezas, i por último, rodeado de sus 
compadres, i como si fuera él mismo un cacique nómade, 
lomaba parte en sus salvajes festines, bebiendo en cueros 
de potros sus agrias chichas mezcladas con la sangre de sus 
feroces pujilatos. No faltó tampoco al ardoroso ingles el culto 
de alguna beldad indíjena, i mas de una vez, los ásperos 
farellones de los Andes escucharon a la caida de la tarde 
el canto de aquella Pocahonlas araucana que embelesaba las 
horas del cautivo capitán Smilh 

Por otra parte, Souper se granjeó entre la jente mas civi- 
lizada de aquellos parajes una reputación harto singular, a 
la que daban razón algunas de las excentricidades de su 
travieso humor. Como era ingles, teníanle en consecuencia 
por hereje, i como tal, corrióse luego entre los sencillos cam- 
pesinos de Semita que el guisado favorito de su mesa eran 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 13 

los niños asados ( I ). Otras veces, el joven ingles so daba a 
ejercicios mas íilanlrópicos entro sus scmojanlcs. Cuéntase 
qno durante un verano entero so entretuvo en viajar por 
los pueblos do la provincia del Maule, llevando un galillo 
do barbero en las alforjas, con el que sacaba muelas a des- 
tajo a todos los pacientes, i como hiciese la operación (¡ralis, 
sallan estos en tropeles a su paso. Uno de los vecinos mas 
influyentes do aquella provincia, don Juan Antonio Pando, 
fué una do las víctimas aliviadas por Jos ferreos dedos do 
aquel singular cirujano. 

De esta curiosa pero característica manera, vivió Souper 
en el sud durante cerca de diez años, haciéndose amar de 
cuantos le conocían por la jovialidad de su carácter í los ras- 
gos de jenerosldad i valentía que se citaban de él con frecuen- 
cia. Entre los últimos, se referia que una mañana en que los 
presos do la cárcel de Talca se habían insurreccionado i salí- 
dose al campo armados con los fusiles de la guardia, montó 



(1) Souper nos ha referido que esta patraña cundió de tal ma- 
nera entre los huasos de Semita, que los niños se subían a los 
árboles o saltaban las cercas cuando lo divisaban. Ocurrió tam- 
bién que vivía en la montaña una mujer sumamente gorda, i 
como se asustase esta infeliz con la noticia «del gringo come 
niños de Semita», preguntó a un vaquero si la comería también 
a ella. El huaso, que era ladino, contó a su patrón aíjuel lance i 
para tranquilizar a la pobre montañesa le encargó el último 
decirle con reserva que no tuviera cuidado porque él no comia 
carne humana sino en tiempo de manzanas, pues estas abundan 
silvestres en aquella latitud. 

La mujer se mantuvo quieta, pero apenas comenzó a pintar 
la fruta en los árboles, desapareció de su guarida 

Estas anédoctas no son por cierto estrañas entre nosotros. Como 
un pavoroso recuerdo persona!, podemos decir que en aquella mis- 
ma época las sirvientes de nuestra casa nos habían persuadido que 



4 i HISTOniA DE LOS DIEZ ANOS 

Souper a caballo, lan luego como supo el atentado, i dándoles 
alcance en un estero, armado simplemente de un garrote, 
trajo al suelo a varios cabecillas, obligando a rendirse a los 
demás. 

Por esta época, hizo Souper aquello que hacen de mejor, 
según unánime confesión, todos los cslranjeros que habitan 
nuestro suelo. Casóse i casóse con chilena, que es como casarso 
dos veces, es decir, con la mujer ¡ el anjel en ocasiones í otras 
con la mujer i el diablo... porque es un hecho averiguado entro 
las hijas de Eva do nuestro Paraíso, que entre las quo son 
elejidas por cstranjeros, no hai medios colores. Souper tuvo 
la suerte de los primeros, unióse a una señorita Guzman i 
Cruz, que en su nombre llevaba una garantía contra el jenio 
del mal, i avecindóse en Talca donde aquella vivia. Reliróso 
en consecuencia de Semita i púsose a trabajar en una peque- 
ña hacienda llamada San Rafael, en la subdelegacion de Pilarco, 
propiedad de su señora 1 donde hoi vive. 

el señor Price (nuestro vecino entonces en la calle déla Merced, de 
esta capital) tenia cola, porque era tiereje; asi es que verle i escon- 
dernos era un suceso diario, cuando aquel l)uen señor se dirijia 

por las lardes a su paseo favorito del tajamar Que niuclio 

entonces que en los campos de Semita creyeran antropófago al 
pobre Souper? 

Acordamos indicar aquí que nuestro amigo, de quien hacemos 
esta prolija reseña por satisfacer la curiosidad que su nombre 
de estranjero ha despertado entre nosotros, nos contó una buena 
parte de su vida, cuando dividíamos una celda de la Penitencia- 
rla en febrero de 1859. Tuve yo la advertencia de apuntar la 
mayor parte de los incidentes mas notables de su carrera; pero 
habiéndosenos estraviado esas notas i negándose Souper a co- 
municarnos noticia alguna (pues hasta para evitar que saliese 
su retrato en este volumen nos ha escrito una carta de un pliego 
lleno de la mas sincera modestia), nos hemos visto obligados a 
recurrir a nuestros imperfectos recuerdos. 



PE LA ADMINISTRACIÓN MOMT. 1S 



V. 



En los mismos días en que Soiiper saboreaba su luna de 
miel, comenzaron a hacerse sentir los primeros rujidos dei hu- 
racán de 185 1. Souper, desdo luego, por simpatías de corazón 
i por comunidad de ideas, pues es hombre bastantemente 
ilustrado, se alistó en el bando liberal; i cuando se anunció 
como candidato un jeneral que tenía el mismo apellido de su 
mujer, el bizarro novio a quien habría bastado para hacerse 
partidario de aquel nombre el ser una galaoteria conyugal, 
so declaró el mas entusiasta adepto de aquel caudillo, que 
entraba en la lisa política como a la arena de un palenque. 

Asi sucedió que cuando el recado del cura Méndez llegó a 
San Rafael, a las dos de la mañana del 22 de abril, Souper 
saltó de la cama, cargó sus pistolas, ensilló su caballo i fuese 
a galope a Talca, donde algunos vijilantes, puestos en celada, 
le prendieron aquella mañana. Un indiscreto o un traidor ha- 
bía dado aviso anticipado de la carta de Kiquelme, que ya 
hemos citado, al intendente de Talca. 

Souper pasó amarguísimas horas en su prisión, al punto 
de que un día, habiendo tenido una riña con un centinela 
a quien le arrebató la bayoneta del fusil por entre los barrotes 
de su calabozo, intentó colgarse de una viga de puro despe- 
cho; i habría realizado su intento, que era como él mismo ha 
dicho «un ensayo de suicidio político», cuando le salvaron, 
advirtiendo sus guardianes el estertor de su sofocada respira- 
ción. Por lo demás, Souper pasaba las tediosas horas de su 
encierro haciendo las caricaturas de todos los oficiales de 
guardia que custodiaban la cárcel (cu cuyo ejercicio tenia una 



IG HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

admirable ¡rívcnliva] o cantando en la vihuela las mas eslram- 
bólicas tonadas, o escribiendo, p()ríin,a sus amigos sus penas 
i sus alegrías de patrióla. De estas úllimas revelaciones que- 
remos citar aquí una que es singularmente característica í 
que cierra con propiedad esto desaliñado pero no desemejante 
retrato. Dirijiéndose a uq sobrino (1) del jeneral Cruz que 
acompañaba á éste en su residencia de Santiago, le escribía, 
en efecto, con fecha de 20 de mayo de 1851, a propósito de 
su adhesión a aquel caudillo, las siguientes palabras, con su 
peculiar estilo epistolar. — «Póngame a las órdenes i dispo- 
sición de mi jeneral i dígale, a mas, que espero todavía hom- 
brear el fusil ¡ de pelear a su lado en su causa i por mi patria 
adoptada ; que la benigna Providencia le ha nombrado a ser 
el defensor i el escudo de Chile i que con el ejemplo de su 
patriotismo de él, su honradez, firmeza i desinterés, Chile 
tomará el vuelo en la civilización i con pasos jigantescos re- 
conquistará lodo lo que ha perdido en estos veinte años airas. 
El pais lo asimila al trigo con los yelos. Sale la hoja, pero, al 
íin, los yelos lo aplastan e impiden su desarrollo. Asi ha sido 
el pobre Chile ! La opresión de los veinte años no ha dejado 
lucir sus virtudes, mientras tanto que las maldades han ido 
macollando ; pero ahora, con nuestro sol, nuestro jeneral Cruz, 
el peso, el yelo de las malas leyes se quitarán ¡ la planta 
llegará a dar su espiga cargada de productos. — Viva Chile i 
viva la patria i viva el jeneral Cruz!» 

Tal era el hombre tan simpático como estraño, tan popu- 
lar como temido, que debía ponerse al frente del primer 
tumulto armado que tuviera los visos de un combate, co la 
guerra civil de 1831, 

(1} Don José Luis Claro, que ha tenido la bondatíde confiarnos 
esta carta orijinal, asi conio algunos otros papeles de interés 
histórico. 



DE L\ ADMIiNlSTRACION MOMT. 17 



VI. 



Receloso, en cícclo, el inlcndcnlc de Talca, don Pedro 
Nolasco Cruzal, hombre de bellísimas prendas individuales i 
do una probidad ejemplar, lanío en lo privado como en la 
política, resolvió enviar a Santiago a Souper i a sus compa- 
ilcros, luego que supo con alguna cerlidurabrc el movimiento 
de Concepción. 

En la madrugada del IS de setiembre, despachólos, en 
consecuencia, con una escolta de milicianos do caballería al 
mando del sárjenlo mayor don Samuel Banderas, oficial va- 
liente, chilolo de nacimiento, que existía en Talca en calidad 
de segundo jefe del batallón cívico de aquella ciudad. 

Llegados los reos a la villa de Molina, pusiéronse a la mesa, 
i mientras Banderas salía a tomar algunas medidas, Souper, 
que durante la marcha se había ganado unos pocos soldados, 
echóse sobre los centinelas, i al grito de revolución ! i viva 
Cruz!, loda la partida depúsolas armas. Los inquilinos de 
Antunes se habían reunido también en esos momentos, a la 
voz de los mayordomos deQuechereguas, i ocurrían, en cua- 
drillas armadas de garrote, «a quitar a su patrón». £1 levan- 
tamiento de la villa de Molina, que tanto sonó entonces como 
un alio hecho político, quedó pues consumado de aquella 
manera, i fué, no un motín, sino una jarana de huasos quo 
ocurrieron al encuentro, mas como si se tratara de un rodeo 
o de una trilla, que de salvar la patria. 

El único que intentó hacer alguna resistencia fué el sor- 
prendido mayor Banderas; pero encontrándose perdido, se 
dirijió a Souper, e hincándose de rodillas, le pidió lo pasase 
con su propia espada, porque en su pundonorosa descspcra- 

3 



18 lIlSTOniA DE LOS DIEZ aSOS 

cion, esclamíba que no quería sobrevivir a lance lan desdo- 
roso. Souper se esforzó en consolarlo i aun le indicó que se 
alistara en su bando, yendo arabos a reunirse con el jeneral 
(]ruz al otro lado del Maule, lo que el leal chilole, no des- 
niinliendo osla vez su raza, rehusó con entereza. 

Souper I Méndez, ganando minutos, pusiéronse a organizar 
los pocos elementos militares que había en la villa, pues te- 
mían ser acometidos el mismo dia por fuerzas destacadas de 
Curicó ¡ de Talca, adonde había volado en alas de la ponde- 
ración la nueva del tumulto. Depusieron al gobernador don 
José .\nlonío Maturana (un anciano inofensivo que, en el pavor 
de la primera alarma, huyó al campo i se fracturó una pierna 
al escalar una elevada tapia), i nombraron en su lugar al 
vecino don José María Ilurriaga ; tomaron posesión del estan- 
co, reunieron caballos i armas, i por fin, montaron una fuerza 
do cíen hombres, entre los que había solo quince o veinte 
capaces de entrar en campaña, contándose entre estos la 
mayor parle de los milicianos que habían custodiado a los 
reos desde Talca. El cura Méndez, con su prestijiode párro- 
co, era el mas activo i eficaz segundo de Souper, mientras que 
Antunes, hombre tímido i enfermizo, se había puesto en salvo, 
dejando, sin embargo, órdenes a sus administradores para 
que auxiliasen jenerosamentc a sus amigos con cuantos re- 
cursos existieran en la hacienda de Quechereguas. 



Vil. 



En esla disposición encontrábanse los revoltosos de Molina 
al caer la larde del 18 de setiembre, cuando el gobernador 
de Ciiricó, un hombre bueno i sencillo del apellido de Fuen- 
zalí'la. «deseando quitar, dice él mismo, con relación a! al- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONFI. 19 

borolo (le Wülinil, esa piedra de escándalo que servia de obs- 
táculo a las cüiiiunicacioiips i a los Iranscunles. . .» (I), 
resolvió mandar un pequeño ejércilo de liuasos contra los 
huasos do Molina, conüando su mando a un oficial llamado 
Merino. 

Cuando ya las sombras de la noche calan sobre el campo, 
avistáronse las dos divisiones enemigas. El ardoroso Méndez, 
con sus solanas amarradas a la cinlura, comandaba los de 
Molina. Merino se avanzaba con los curicanos. Pero el pode- 
roso rio Lonlué se interponía todavía entre los combatientes, 
«cuando (para contar este descomunal combate con las 
propias palabras del narrador oficial de tan cómico lance) (2), 
habiendo pasado la partida curicana el rio Lontué i aproximán- 
dose hasta cerca de Quechereguas, donde los revollosos estaban 
situados, salioron estos al encuentro en número de ciento, según 
cálculo, mal armados, pues varios cargaban las vainas sola- 
mente de sus sables ¡ otros garrotes. Estando a la vista estas 
fuerzas, i a la cabeza de la enemiga el presbítero Méndez, 
hizo este la apariencia de apretar sus monturas, como pre- 
parándose para una carga. ... El teniente Merino se dispuso 
a esperar i resistir, aun cuando se hallaba ofuscado con no- 
ticias adversas. . . . Pero al estrecharse unos i otros, cuenta 
este gobernador digno de la ínsula Barataría, los revolucio- 
narios, apcsar de su doble número i de las malas lanzas del 
piquete de caballería de mi parle, los revolucionarios, digo, 
concluye el historiador curicano (como sacando la última 



(1) Comunicación ofieial del gobernador de Curicó al Ministro 
del lulerior, fecha de 22 de setiembre 18j1. (Archivo del Ministe- 
rio del Interior). 

(2) Comntiicacion oficial de Fuenzalida, fecha 19 de setiembre. 
(y r chivo del Ministerio del Interior). 



20 HISTOniA DE LOS DIEZ A^OS 

brisma de respiración que aun lo quedaba en el pecho), se 
conluvieron manifestando debilidad ¡ temor.» 

De esta burlesca manera i sin mas contratiempo que la 
fractura de la pierna del gobernador de Molina, menos feliz 
que su colega de Curicó, que escapó solo con un grandísimo 
susto, terminó la rebelión del departamento de Lonlué, que 
hizo palidecer muchos rostros en la capital. Souper, entre- 
tanto, habia conseguido, por único fruto de aquel trastorno, 
armar 25 hombres escojidos i con ellos, llevando a Méndez de 
capellán castrense, so dirijió a la provincia del Maule a pres- 
tar a la revolución el poderoso auxilio de su brazo i de su 
jeneroso entusiasmo. Según una comunicación del intendente 
de Talca, que habia despachado también fuerzas considerables 
sobre Molina, habíase avistado aquella partida, al ponerse el 
sol el dia 20, en los llanos de Perqnin, i a las 10 de aquella 
noche, súpose que habia pasado el Maule por uno de sus va- 
dos de cordillera. Ese mismo dia, el gobernador Fuenzalida 
ocupaba triunfalmenle a Molina, «quitando asi aquella piedra 
de escándalo en que se sentaban los transeúntes i detenía las 
comunicaciones». 

VIII. 

Mientras los acontecimientos que acabamos de referir te- 
nían lugar de esta parte del Maule, sucedíanse otros de harto 
mas grave imporlaucia en la ribera meridional de aquel rio, 
cuyos vados son las llaves que cierran o abren las puertas 
de la capital. 

Hemos dicho que don Joaquiu Riqucime amagaba el dia 18 
la aldea de Linares, con una montonera colecticia ; mas, ha- 
biendo asumido una actitud cncrjicacl gobernador de aquella 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 21 

población, don Andrés do la Cruz, ¡ sabiendo, por otra parle, 
que el coronel don Domingo l'rrulia habia levantado la ban- 
dera de la insurrección en la vecindad del Parral, que era 
el pueblo do su residencia, resolvióse Riquelrae, hijo políüco 
do aquel, a marchar en su ausilio, para tentar un golpe de 
mano sobre aquella villa, no monos importante por sus re- 
cursos militares, pues sus hijos son en estremo belicosos, que 
por su posición eslratéjica, en el centro de las vastas planicies 
intermedias entre el Nuble i el Maule, que es por consiguien- 
te, el punto mas adecuado para cortar las comunicaciones 
entre el sud i norte en aquella dirección. 



IX. 



Era el coronel don Domingo Urrutia en 48o1, uno de los 
mas antiguos soldados de la República. Habia conquistado 
sus grados i su nombradla de valiente en los campos de bata- 
lla que dieron libertad a Chile, i uno de sus miembros muti- 
lados, que le habia merecido el apodo guerrero de el manco, 
atestiguaba una de sus mas celebradas proezas. Ayudante do 
campo del jeneral O'üiggins en 1814, encontróse en aquella 
inmortal jornada de Rancagua en la que es fama no hubo un 
solo cobarde, porque los que no recibieron la muerte, fueron 
a buscarla sable en mano sobre las lineas enemigas. ílrrulia, 
al cargar sobre una trinchera, habia recibido una herida que 
le inutilizó completamente el brazo. 

Ascendido después a coronel, rico en propiedades de la- 
branza, padre de una numerosa i bien relacionada familia, 
habíase hecho el patriarca del pueblo del Parral i de su co- 
marca vecina, donde tenia sus haciendas. En política repre- 
taba, por tanto, en la provincia del Maule, el mismo rol que 



22 HISTOniA DE LOS DIEZ ASOS 

ejercía en la du Concepción el jeneral Cruz, tle quien era 
amigo intimo i camarada íicstie la infancia. Tan pronto, pues, 
como se inició en el sud la candidatura de aquel caudillo, 
Urrutia se hizo su mas celoso i activo cooperador en todos los 
pueblos que se esliendcn cnírc el Maule i e! Nuble. 



X. 



Inroedialamcnlc que llegó al Parral la noticia üei alzamiento 
del sud, Urrutia tomó en consecuencia el campo ; reunió sus in- 
quilinos i los do algunos hacendados opositores como los Oses, 
Ibafiez i otros, i una vez reunido con Riquelme, intimó rendición 
al pueblo del Parral a las 1 1 de la mañana del dia 1 9. El gober- 
nador de la villa don Santiago Urrutia, joven animoso ¡ sobrino 
del coronel, encerróse, sin embargo, en el cuartel del pueblo con 
cuarenta fusileros milicianos e hizo una valiente defensa du- 
raulo hora i media, obligando a los asaltantes a retirarse 
desconcertados con pérdida de un muerto i varios heridos. 
Aquella fué la primera sangre vertida en la guerra civil ¡ uu 
triste augurio de las catástrofes que iban a sucederse. . . . 
El jefe revolucionario de la importante provincia del Maule 
se veia rechazado en el pueblo de su residencia i por uno de 
sus propios deudos. Retiróse, en consecuencia, el viejo cau- 
dillo, no poco despechado, a las sierras de Ninhüe i Quirihüe 
que forman la ceja montañosa de la costa en la provincia del 
Maule, hacia el sud do Cauquenes. 



XI. 



El movimiento de Urrutia, apesar de su fracaso, habia te- 
nido, sin embargo, resuUados de gran importancia. Pur una 



DK I,A ADMINISTRACIÓN MONTT. 23 

parle, ponia en conmoción loda la provincia del Maulo i ohli- 
gaba al inlendcnlo Nccocbea a des¿¡;uarnecer los pueblos do 
la cosía, como Conslilucion ¡ Cauqucnes, para socorrer a la» 
villas de la llanura, i por la oira, lo que era do mucho mas 
grave trascendencia, ponia al ¡nlcndcnle del Nuble en la dura 
necesidad de abandonar su provincia con las fuerzas que ha- 
bía acantonado en Chillan. 

El coronel Garcia viendo, en efecto, que sus comunicaciones 
con el Maule, i por consiguiente con la capilal, estaban cor- 
tadas, púsose en el acto en movimiento, replegándose sobre 
el Maule i abandonando a la revolución toda la provincia del 
Nuble (bien que deprovista de sus mejores elementos de 
guerra) i una gran parte de la del Maule, pues solo se detu- 
vo a orillas del Longavi, 12 o 13 leguas al sud de Talca. 

El coronel don Ignacio Garcia no era, como su émulo en el 
Maule, un soldado de la independencia. Hablase distinguido 
solo en la guerra civil ¡ desde Lircay, donde era capitán de 
Cazadores a caballo, databan sus ascensos. No se habia la- 
brado una reputación lejitima de bravo; pero reunia en alto 
grado las cualidades de refinada astucia e incansable actividad 
que consliluyen el mérito militar i político de los caudillejos 
del sud. El gobierno habíale nombrado por esto intendente 
del Nuble, i era el centinela avanzado que teníala autoridad 
en la raya déla amenazante provincia de Concepción. 

Con una rara dilijencia i una enerjia de espíritu no menos 
notable, Garcia habia reunido en Chillan una poderosa i lucida 
división que iba a ser el núcleo ¡ la parle mas eficaz del 
ejército destinado a salvar al gobierno de su inminente ruina. 
Componíase aquella de los dos disputados escuadrones de Ca- 
zadores a caballo, que, como hemos dicho, habían llegado a 
Chillan con el coronel Riquelme en la noche del 21 de setiem- 
bre, de la compañía de cazadores del Ynngay, compuesta 



24 HISTOUIA DE LOS DIEZ AÑOS 

(le 100 honibres que mandaba el bizarro capitán don José 
Campos, del escuadrón de la Laja, quo habla salvado el mayor 
Aguilera ¡ que constaba de 70 plazas, de otro escuadrón do 
Chillan al mando del comandante liriscño, con la fuerza de 
130 hombres, i por último, del brillante i disciplinado bata- 
llón cívico de Chillan al mando del octojenario coronel don 
Cleraente Lanlaño i que contaba 430 plazas. Estas fuerzas 
pasaban de 800 hombres de exelente tropa, i se aumentaron 
después a mas do mil con seis compañías cívicas que García 
reclulü en San Carlos, Cauquenes i el Parral. 

Habiendo llegado Riquelme en la noche del 21, como hemos 
visto, con la división de la frontera, García se movió de Chi- 
llan en la mañana del 23, habiendo destacado previamente 
30 cazadores al mando del sárjente mayor don Manuel Gaz- 
muri para socorrer el Parral i San Carlos contra los ataques 
de Urrutia. 

El mismo dia de su partida, se acampó en San Carlos, i al 
día siguiente, en el Parral, pues como se le desertaron en 
gran número las fuerzas de milicias que traia de» mas allá del 
Nuble, resolvió retrogradar hasta el Longaví, a donde llegó con 
estraordinaria presteza, interponiendo este rio entre la revo- 
lución del sud i la resistencia de la capital que se adelantaba 
ya hasta el Maule. 

Uno o dos días después de haber acampado García su divi- 
sión en la márjen derecha del Longavi, el jeneral Búlnes 
llegaba a Talca con su estado mayor. 

Había pasado el período de las escaramuzas ¡ de las guerri- 
llas. Iba a abrirse en grande escala la campaña de la guerra 
civil. 



CAPITULO lí. 



ORGANIZACIÓN DEL EJÉRCITO DEL GOBIERNO. 

Se pone en marcha para el sud el jeneral Búlnes. — Accidentes (Je 
sil viaje hasta Talca. — Aspecto de las poblaciones del tránsito 
en presencia de la revolución i medidas políticas que se adop- 
tan. — Diario de campaña del secretario del jeneral en jefe don 
Antonio García Reyes, — Recomendaciones honrosas que hace 
el presidente de la República a este personaje i al auditor de 
guerra Tocornal. — Recursos militares de la provincia de Gol- 
chagua. — El jeneral en jefe se dirije a Longaví, pero regresa 
desde el camino a Talca, para pedir refuerzos al gobierno. — 
Solicita la presencia del Ministro de la Guerra en el cuartel 
jeneral i se pone aquel en marcha. — El jeneral Búlnes se tras- 
lada a la división de vanguardia. — Aspecto formida¡)le que 
presentaba la revolución en aquellos momentos. — Palabras de 
Garcia Reyes. — Llega al cuartel jeneral el juez de letras de 
Concepción Sotomayor con las primeras noticias fidedignas de 
los acontecimientos del sud. — Se retira la división de vanguar- 
dia a Longomilla, i se teme «o poder organizar el ejército en 
la mürjen sud del Maule. — Comienzan a llegara Talca i al cam- 
pamento do Ghocoa los cuerpos del ejército. — Desconfianzas 
que se abrigan sobre la fidelidad del batallón Chacabuco. — Se 
traslada el cuartel jeneral a Chocoa. — Se recibe la noticia del 
triunfo de Petorca i es celebrada con salvas de artiJleria.— Pro- 
^; 4 



26 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

clama que con este motivo dirije el jeneral Búlnes al ejército, — 
Revista jeneral del ejército que tiene higar el 22 de octubre. — 
Proclama del jeneral Búlnes en esta ocasión. — Precipitado viaje 
que hace a la capital el coronel Gana con el Gn de solicitar re- 
fuerzos para los cuerpos decaballeria i artillería. — Organización 
de las tres armas del ejército. — El comandante don Santiago 
Urzua. — Muévese el ejército liácia el Nuble. 



A las dos ¡ medía de ia tarde del 21 de setiembre de I8d1, 
emprendió su marcha ai sud, desde la capital, el jeneral Búl- 
nes, nombrado jefe del ejército de operaciones que iba a 
organizarse en Talca, o, mas probablemente, en Chillan (como 
se creia en esos momentos) contra los rebeldes de Concepción. 
Acompañábale, ¡en una esteosa fila de carruajes de posta, 
loda la plana mayor que liabia nombrado en la capital en 
las cuarenta ¡ ocho horas anteriores (1). En la madrugada 

(1) «En la noche del 19, dice el secretario del jeneral Búlnes 
don Antonio Garcia Reyes, en su interesante diario de campaña 
citado en la advertencia del volumen anterior, se recorrieron los 
diversos medios de acción que podian emplearse, i se pulsearon 
los elementos de que el gobierno podia disponer. Después de 
echar miradas en grande por este orden sobre el asunto grave que 
Tenia a complicar la situación de ia República, los miembros del 
gobierno i nosotros nos retiramos, dándonos cita para el siguiente 
dia temprano. » I en seguida añade, aludiendo a ios preparativos 
hechos durante todo el dia 20. «Fu(* grande la actividad que 
desplegó el jeneral durante todo el dia para disponer lo conve- 
niente a su marcha. Todo a su alrrededor estaba en movimiento, 
i atendía simullúneamente a la organización del ejército, supro- 
Tision de armamento, municiones, la correspondencia, lat com- 
binación de planes, de operaciones militares i diversas providen- 
cias en el orden poh'tico.» 

En el apéndice de documentos, bajo el nú.m. 1, damos publici- 
dad ai notable documento del que copiamos estas palabras. El 



UK I.A ADMINISTRACIÓN MONTT. 27 

do aquel mismo ilííi, lKi!)íaiisc puesto lambion cu marcha 50 
Granaderos a cabalio, al mando del comandante don José 
Tomas Yávar, con el ohjolo do servir do escolta a los 
viajeros. 

II. 



Detúvose el jeneral en jefe, la nocbe de su partida, en la 
hacienda de Nos, a orillas del iMaipo. Hizo llamar aquí al 
comandante Silva Chaves que reorganizaba el batallón Cha- 
cabuco en San Bernardo i le dio orden de dirijirse a San 
Fernando para completar la recluta de su cuerpo. Con un 
objeto análogo, hizo adelantarse hasta Curicó al ¡nlelijente 
oficial don Caupolican de la Plaza para que prestase ayuda 
al comandante Yañes en el enganche i equipo del escuadrón 
de Lanceros, que este debia levantar en aquel punto. 

La segunda jornada del jeneral Búlnes le condujo solo hasta 
Rancagua ¡ la del siguiente dia, hasta San Fernando. Pocas 
leguas antes de llegar a esta villa, la mas triste i la mas 
atrasada de la República, en atención a sus recursos, reci- 

diario del señor García Reyes, con la escepcion de uno o dos pasa- 
jes, es una pieza digna de iu historia, por la templanza de su estilo, 
la claridad de su juicio i el espíritu a todas luces imparcial con 
que ha dictado sus impreáiones. Es lástima que no esté del todo 
completo, pues solo lo siguió hasta el dia en que el ejército del 
gobierno se puso en marcha sobre el Nuble, a principios de no- 
viembre. Esta deficiencia está, sin embargo, completamente 
salvada con el estenso parte de las operaciones de aquel ejército 
que presentó el jeneral Búlnes al gobierno en enero de 1852 i 
que fué redactado por García Reyes, con su característico estilo 
brillante i a veces pomposo en demasía. E>te último documentóse 
publicó en la Memoria de la Guerra de 1852 i comienza precisa- 
mente en la época en que termina el diario de García Reyes que 
publicamos. 



28 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

bió en e! porlczuolo de Pelequen las primeras noticias que 
pintaban de una manera alarmante el movimiento del sud. 
El intendente revolucionario Vicuña le escribía de potencia a 
potencia, como hemos referido ya, invocando su gloria i sus 
servicios para salvar el país, anulando la írrita elección del 
presidente' Monlt i convocando al pueblo a comicios cons- 
tituyentes. 

En el cuarto día de viaje (24 de setiembre), alojóse el je- 
neral en Curicó; i confirmada ya en este punto, por comu- 
nicaciones oficiales, la gravedad de los acontecimientos que 
tenían lugar ultra-Maule (una de cuyas consecuencias mas 
alarmantes era la retirada de Chillan del coronel García i el 
abandono de las líneas del Ilata i del Nuble), escribió al go- 
bierno de la capital, exijiendo que se demorase el envío de la 
espedicion organizada en Valparaíso i que de un momento a 
otro debía embarcarse para el norte. Acelerando entonces 
^ su marcha, llegó a Talca en la tarde del día 25, habiendo 
recibido en Camarico, a poca distancia de aquella ciudad, 
nuevas evidentes que atribulan a la revolución del sud un 
carácter formidable (1). 



(1) «Estas ocurrencias, dice García Reyes en su diario, con re- 
lación a las noticias recibidas en Camarico, eran de siniestro 
agüero. La provincia entera de Concepción aparecia en armas 
contra el gobierno. El jeneral Cruz, cuyo nombre no habia figu- 
rado hasta entonces en ia lista revolucionaria, se habia quitado 
la máscara, escribiendo a Venegas para que se adhiriese al mo- 
vimiento, según lo comunicaba reservadamente el intendente del 
Nuble. Sobretodo, el abandono de Chillan i el retiro de la división 
que la guarnecía debían producir un efecto moral de mucha tras* 
cendencia a los pueblos. Bajo la iníluencia de estas impresiones, 
añade en seguida, llegamos a Talca, a cuyas puertas salieron a 
recibirnos el intendente don Pedro Nolasco Cruzat i el coronel 
Letelier. » 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 29 

III. 

El aspecto do las poblaciones quo el joneral en jefe había 
recorrido en su Iránsilo ofrecía el fuerlo contrasto do las 
pasiones que dividían los ánimos en aquella época escepcional 
de tan violento enardecimiento político, como ni antes ni mas 
lárdese viera jamas igual entre nosotros. Recibióle, en efecto, 
eí pueblo do Cancagua con arcos triunfales ; el de Rengo con 
una lucida cabalcata, a cuya cabeza venia el gobernador don 
Antonio Lavin, i por último, el de Curicó con un improvisado 
baile. Pero en Molina i en Talca, el semblante de los vecinos 
habla tenido para los viajeros harto distinto ceño. «Nos pusi- 
mos en marcha, dice el secretario del jencral en jefe en su 
diario citado, aludiendo a la primera de estas dos últimas 
poblaciones, siendo bien notoria la indiferencia i aun la des- 
cortesía con que los vecinos de Molina vieron pasar al jeneral 
i su comitiva» i respecto de la acojida que les hacia el mas 
importante de los pueblos del sud en un sentido militar, ¡ 
que por tanto iba a ser el cuartel jeneral de la resistencia, el 
narrador afiade solo estas palabras que pintan mas bien un 
desengaño que un enfado. «Ninguna do las demostraciones 
que habíamos recibido en los demás pueblos nos lisonjearon 
en ésta. » 

Pero aun en las poblaciones en que se había hecho mani- 
festaciones oüciales de regocijo, notaba el sagaz caadillo do 
la resistencia los síntomas del profundo descontento conque 
era recibido por los pueblos do la República su mal apadri- 
nado candidato. En Rancagua, donde comienza en Chile la 
provincia, después que se han salvado las puertas de la om- 
nipotente capital, no se observaba ajitacion visible de ningún 



30 lllSTOlilA DE LOS DIEZ iÑOS 

jéncro,^ lo que podía esplicarse por el rol que aquel pueblo 
está llamado a desempeñar, como un suburbio polilico de la 
capilal, i lambicn por la influencia del popular gobernador 
que entonces la rejia. Era este el ciudadano don José Her- 
mójenes Alamos, joven enlusiasla i lleno de prendas perso- 
nales, que se había consagrado con un jeneroso ardor a la 
causa de sus simpatías. Pero en Rengo, ya la opinión apa- 
recía sin máscara. Los pudientes vecinos Hivas, Labarca i 
Madaríaga hacían una dcsembosada oposición, ¡ casi a pre- 
sencia del jeneral Búlnes, había tenido lugar en aquel pueblo 
una riña entre dos individuos por diferencias políticas, saliendo 
uno de ellos herido. En Curicó, los dos bandos opuestos 
estaban mas caracterizados, alistándose en uno i otro las mas 
influyentes familias del departamento. A la cabeza del círculo 
crusista, estaban los ciudadanos don José María Labbé i 
don Francisco Javier Muñoz; i era tal el encarnizamiento que 
comenzaba a apoderarse ya de los espíritus, que el último 
se encontraba arrestado en su casa. En el mismo San Fernan- 
do, capital de la provincia de Colchagua, notóse cierta flo- 
j3dad en el ánimo del intendente don Juan Nepomuceno Parga, 
por lo que se hizo venir de la capital, como en calidad de 
asesor político, al joven don Julián Riesco, que se había 
hecho conocer en aquel pueblo por rasgos de encrjía cívica, 
mientras desempeñaba la primera majislratura judicial de 
la provincia, durante las elecciones de 1849. Igual medida 
adoptóse en Talca, adjuntándose al intendente Cruzal, con la 
comisión de comandante de armas, al coronel don Bernardo 
Letelíer, hombre enérjíco i vecino relacionado en aquella 
población. 

El jeneral Búlnes había delegado en sus dos consejeros 
interinos García Reyes i Tocornal todas las facultades que 
requerían las medidas puramente políticas que era preciso 



DF LA ADiMINMSTRACION MONTT. 31 

acordar; ¡ asi sucedió quo eran a'iiiollos cíudadtinos, i parli- 
cularmenlc el úllimo, el que en cada uno de los puoblos do 
)a vía habiasc esfurzado en aplacar los espiriUis, tratando 
do conciliar las pretensiones encontradas de los vecinos, a 
tín de que prestasen una uniforme cooperación a los es- 
fuerzos quo iba a tentar el gobierno para salvarse. En estos 
pasos cnmplian los dos procónsules politicos de la revolu- 
ción del sud enviados por la capital, un noble encargo del 
jefo del Estado i, al mismo tiempo, obedecían a las instruccio- 
nes mas inmediatas del jeneral eu jefe a cuyas órdenes ser- 
vían (I). «El presidente nos hizo especial encargo a Tocor- 
nal ¡ a mí, dice en efecto García Reyes en su diario, de quo 
cuidásemos empeñosamente do informarnos do las necesi- 
dades de los pueblos que visitáramos en la marcha i le pasá- 
semos formulados los proyectos de decreto que nos pareciesen 
convenientes, ofreciéndonos desde luego que serian acojídos 
i ejecutados empeñosamente. También nos encargó quo re- 
gularizásemos en lo posible la administración i diésemos 
informe detallado de todo lo que debiera estar en su noticia, 
rcqniriéndonos muí especialmente que procurásemos desar- 
mar las injustas prevenciones políticas que se tenían por 
algunos c inspirar confianza en las intenciones del gobierno.)) 

(1) He aquí como se espresa el secretario del jeneral Búlnes con 
relación a los sentimientos personales de este jefe, i los suyos 
propios ai hablar de los acontecimientos de la villa de Molina. 
«Kl gobernador es hombre de carácter i está desencantado de las 
«speranzas que algunos pon( n en los medios pacílicos i conci- 
liatorios para aquietar un pueblo revolucionado. A fé, que tiene 
razón! El jeneral, que no comprende este sistema i es excesiva- 
mente opuesto a lodo procedimiento vigoroso i decisivo en polí- 
tica, aconseja que la responsaltilidad del atentado cometido se 
echase sobre pocas cabezu'í, que so llamase por bando a los pró- 
fugos para que volviesen a sus hogares i labores i se desarmase 
el aparato do persecución que pudiera existir.» 



32 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 



IV. 



Los elcnienlos de guerra que había reunido en su marcha 
el jeneral en jefe, no lisonjeaban, sin embargo, su ánimo, 
desmintiendo la creencia jeneral de que las comarcas de la 
provincia do Colchagua, cuajadas de una robusta población, 
serian un inagotable depósito de brazos para la resistencia. 
Sin contar el disminuido batallón Chacabuco, que quedaba 
acuartelado en San Bernardo, no aparecían elementos en 
todo el territorio que se estiende por mas de 60 leguas del 
Cacbapoal al Maule, para formar una división demás de 500 
hombres capaces de lomar el campo. 

De los batallones cívicos de Rengo, San Fernando i Curicó> 
apenas estaban listos 300 hombres, encontrándose en la 
capital de la provincia 116 hombres del primer cuerpo, al 
mando del capitán Márquez, habiendo marchado un número 
igual de San Ferniindo a sofocar el alzamiento de Molina a las 
órdenes del coronel Porras. En cuanto a los batallones cívicos 
do Rancagua i Talca, que eran los mas fuertes, hallábase la 
mayor parte del primero en Santiago desde la sublevación 
del Chacabuco, i el de la última ciudad no manifestaba dis- 
posición alguna para hacer servicio fuera de su propio cuar- 
tel, según lo declaró al jeneral en jefe, al dia siguiente de su 
llegada, el mismo comandante don Santiago Urzúa. En esto 
mismo dia (26 de setiembre), se encontraban listos solo 163 
infantes del batallón de Rancagua (1). 

En milicias de caballería era, al contrario, abundante on 
estremo el territorio comprendido entre Rancagua i Talca. 

(1) Libro Miscelánea del Ministerio de la Guerra. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MOKTT. 33 

I*cro os sabido quo, en nuestras guerras civiles, csla clase do 
tropas, si es posible decirlo así, solo forman un cjércilo do 
oslómagos que devoran las vacas asadas en los fogones del 
campamcnlü. A falla de jinetes útiles, el jeneral en jefe 
habia recomendado que se activara, en cuanto fuera posible, 
la compra de buenos caballos, a cuyo fin so babia señalado 
una tarifa que ascendía de una onza de oro a treinta pesoS 
i se babia destinado para su adquisición tres mil pesos en 
Rancagua, dos mil en Rengo i tres mil en Curicó. 



V. 



Mas, como ya dijimos en el capítulo anterior, el verdadero 
núcleo del ejército del gobierno estaba en la división de 
Chillan salvada por García. Comprendiólo así el jeneral en 
jefe, i al dia siguiente de su llegada a Talca (26 de setiem- 
bre), so ponia ya en marcha para el Longaví, con el objeto 
de inspeccionar aquellas fuerzas, cuando le dio alcance un 
espreso de la capital, por el que le anunciaba el gobierno (a 
consecuencia de las indicaciones que aquel le habia dirijido 
desde Curicó sobre la gravedad de los sucesos del sud) quo 
habia dado orden de suspender el envió de la división desti- 
nada a la Serena i que una buena parte de esta se dirijiria 
a Constitución, al mando del coronel don Manuel García. 

Regresó con este motivo el jeneral en jefe aquel mismo 
dia al cuartel jeneral de Talca, para dictar las providen- 
cias militares que este cambio de operaciones exíjia. Hacién- 
dose cargo, de momento en momento, de cuan formidable 
aspecto presentaban los acontecimientos en las tres provin- 
cias sublevadas del Maule, Nuble i Concepción, i particu- 
larmente, de la Araucanía, a cuyas lanzas el jeneral Búlncs 

3 



34 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

aparentaba Cerner mas quo a ningún otro elemento de guerra, 
pidió en el acto a la capital el inmediato euvio del bata- 
llón Buin i de una brigada de seis piezas de artillería. Solici- 
tó ademas que so alistara ¡ se remitiera a Talca 150 mil 
tiros a bala i de fogueo, 2,000 fusiles, 2,000 sables i 100 
rail pesos en dinero para la comisaria, a mas de los 40 mil 
con que se había dotado ésta en la capital. El jeneral en 
jefe, que se veía también agoviado de atenciones, roga- 
ba al gobierno con instancias despachase al ejército al mi- 
nistro de la guerra don José Francisco Gana, excelente jefe 
de estado mayor, cuya ausencia se hacia sentir tanto mas 
vivamente cuanto que el jeneral Búlncs no tenia las cualida- 
des especiales que este ramo mililar exije. Sus deseos se 
habían anticipado en cierta manera, sin embargo, porque 
habiendo tenido un disgusto el coronel Gana, a presencia del 
presidente de la República 1 en su propio despacho, con el 
ministro de justicia Lazcano, a consecuencia de la redacción 
de una nota del Ministerio de la guerra que el último im- 
pugnó, hizo aquel inmediatamente su renuncia. Pero púsose 
término a la dificultad enviando a Gana al sud, con reten- 
ción de su empleo de ministro de la guerra, i aunque en 
realidad no se hizo oficialmente cargo del estado mayor del 
ejército del gobierno, cuya comisión desempeñaba el jeneral 
Rondizzooi, prestó, desde su llegada a Talca, a principios de 
octubre, eficaces servicios a la organización del ejército. 



VI. 



Acordadas estas medidas el mismo dia 26, el jeneral en 
jefe se puso en marcha con dirección al Longavi en la ma- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 00 

ftana siguicnlc. Penosas impresiones trabajaban el ánimo 
del caudillo do la resistencia al acercarse a la vanguardia 
do su ejército, que, en realidad, no exislia todavía sino en 
decretos. La revolución so presentaba ahora en toda su pu- 
janza. Circulaban en o! campamento de Longavi Jas ardorosas 
proclamas que el jcneral Cruz dirijia al ejército, i la impre- 
sión que producia en los espíritus se tiacia visible en un 
desaliento jcneral. La deserción disminuía por momentos las 
fuerzas de vanguardia, i en un solo dia (2 de octubre), en- 
contrándose el jeneral Bíilnes en el sitio, so hablan marchado 
al sud sesenta soldados del batallón cívico de Chillan. Sabía- 
se, al mismo tiempo, que el coronel Urrutia estaba próximo 
a apoderarse de la capital del Maule, abandonada por el 
intendente Necochca, que no contaba con fuerzas suficientes 
para defenderla. Por otra parte, el gobernador de Quirihüe 
don Manuel Tomas Martínez, antiguo jefe del ejército, se 
habia defeccionado, entregando a la revolución aquella im- 
portante posición que cierra sobro el Itata las cadenas bajas 
del litoral, en cuyo riñon está situado Cauquenes. Diversas 
montoneras mandadas por un Martínez de Lara, un Fuentes 
i otros, recorrían ademas aquel territorio, habiéndose hecho 
completamente dueñas de la populosa costa de Chanco, i lo 
que es mas, amagaban de cerca a Constitución, cuyo puerto 
importantísimo en aquellas circunstancias, habia sido ¡ra- 
prudentemenle desguarnecido por el oficial de marina don 
Leoncio Scñoret, gobernador de aquella plaza. Habíase di- 
rijído este jefe, al parecer sin órdenes, con mas de cien 
infantes, hacia Cauquenes, de donde le fué forzoso retrocede,, 
a toda prisa. Temía, en consecuencia, el jeneral en jefe, con 
sobrada razón, que los revolucionarios del sud se apoderasen 
de esta posición, medíanlo la superioridad que les daba en 
la mar la posesión del vapor Arauco; i cierlamenle, que si 



36 HISTORIA DÉ LOS DIEZ AÑOS 

se hubiera acometido por aquellos tan acertada i fácil em- 
presa, la ruina del gobierno habríase hecho inminente. La 
movilidad, tan indispensable a las revoluciones populares 
i que al principio se habia malogrado con la pérdida de ios 
Cazadores, alcanzábase así con mas ventajas por la mar. 
Puesta la vanguardia del ejército Penquisto en Conslilucion, 
la linea de operaciones del jeneral Búlnes quedaba en el 
acto desbaratada, i lo que era mas grave, colocábase aquella 
en actitud de apoderarse de todos los refuerzos que en aquella 
dirección fuesen enviados de Valparaíso i aun del propio 
vapor Cazador, en que aquellos debían venir. 

La situación de los defensores del gobierno hacíase pues 
mas crítica cada hora que pasaba. «El fuego de la revolución, 
decía García Ueyes en su diario, sin disputa habia lomado 
pábulo, i los ánimos de las poblaciones estaban alarmados i 
constreñidos por ella. Nuestras operaciones no encontraban 
cooperación i ayuda espontánea, ni aun mediana con ausilio 
del dinero: lo probaba la escasez irremediable de noticias (1). 
Todo esto, añadía, sin embargo, no era obra de odiosidad 
sino de la actitud de la revolución i de la debilidad de los 

(1) Es un hecho singular el que solo por el juez Jde letras de 
Concepción don Rafael Sotomayor, dejado en libertad por el jeneral 
Cruz, se supiese en Talca, después cerca de un raes, los pri- 
meros pormenores del movimiento de Concepción. Aquel fun- 
cionario se habia embarcado en Talcahuano en el buque de vela 
Marsy i tan pronto como llegó a la capital (el 3 o 6 de octubre), 
se le comisionó para que fuese a dar cuenta de las noticias que 
traia al jeneral Búlnes. Llegó, en consecuencia, a Talca el 9 de 
octubre; pero era tal el aislamiento en que los partidarios del pre- 
sidente Montt habían vivido en Concepción, que aun ignoraban 
algunos de los hechos mas públicos que hablan tenido lugar en 
derredor suyo. Sotomayor, por ejemplo, contaba que el jeneral 
Baqucdano habia ido a Talcahuano a hacerla revolución, la noche 
del 13 de setiembr»?, cuando es sabido que él permaneció en Con- 
cepción, siendo Alemparto el que dirijió aquel movimiento^ 



DE LA ADMINISTRACrON MONTT. 37 

medios con que se sostenía la causa del gobierno. Las cosas 
cambiarían do aspecto tan pronto como bubíoso un cuerpo 
do tropa suíiciento a disposición del jencral para emprender 
sobre el enemigo. Entonces el cuartel jeneral so adelantaría 
a Chillan, se estrecharía el teatro en quo obra el enemigo ¡ 
so procuraría sofocar, antes que terminar con sangre, la re- 
volución.» 



VIL 



flízose pues preciso abandonar la línea del Longaví, que 
era ya la tercera posición perdida por el ejército del go- 
bierno. El día 3 de octubre dispuso el mismo jeneral en jefe 
que el coronel García moviese su campo hacia el valle de 
Longomilla, cuyo rio cubriría el flanco derecbo del ejército, 
que no tenia este reparo en el Longavi, i ponía también 
atajo a la deserción que diezmaba aquellas fuerzas. El día 
cualro quedó pues establecido el campo en la hacienda de 
Chocoa, a dos leguas del Maule, operación que por sí sola 
indicaba la flaqueza de los elementos de resistencia que el 
gobierno podía oponer en aquellos momentos a la revolución. 
Ese mismo día escribía, en efecto, el secretario del jeneral 
en jefe a sus amigos de la capital, que juzgábase ya difícil 
en el cuartel jeneral organizar la resistencia en la ribera 
sud del Maule, ¡ tal era la triste realidad de las cosas 
en aquellos momentos (1). Mas, quien hubiera podido ima- 

(1) «Se hablaba (en las comunicaciones al gobierno de la capi- 
tal) en la intelijencia de que el enemigo emprendía su marcha 
hacia las orillas del Maulo, sin que nos diera tiempo talvezpara 
organizaren la ribera sud de este rio las fuerzas con que debía- 
mos resistirles. Se díú orden al Chacabuco para que se pusiese en 
marcha.» Diario de García Beijes. 



38 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

jinarse qiieSa tardanza de los jefes de la revolución, a quienes 
curaplia poner la mas eslraordinaria presteza en sus noovi- 
niienlos, hubiera de dar lugar, no solo a que el ejército del 
í^obierno conservase sus posiciones do ultra-Maule, sino que 
después del trascurso de mes i medio cumplidos recobrase 
otra vez las líneas del Nuble? 
I sucedió, sin embargo! 

VIII. 

Pasado, en verdad, el primero i mas terrible embale del 
conlajioso movimiento popular que habia prendido en el sud 
i dejados los jefes de la resistencia en holganza para hacer 
sus preparativos, cambióse, irremediablemente, en pocos dias, 
el aspecto de las cosas, i antes de tres semanas, encontrábase 
listo, como por encanto, en la marjen izquierda del Maule, un 
lucido ejército, para abrir la campaña sobre los rebeldes de 
Concepción. 

El 9 de octubre hablan llegado, en efecto, al cuartel jone- 
ral de Talca i al campamento de Longomilla, a la vez, los pri- 
meros refuerzos de tropa veterana que iban a convertir en 
un verdadero ejército de operaciones la división de vanguar- 
dia. El coronel García, que había desembarcado en Constitu- 
ción el día 5, con la mitad del batallón Buin, conducido desde 
Valparaíso por el Cazador, se incorporó a la división del 
sud en Chocoa, i el comandanle don Erasmo Escala lomó 
cuarteles al mismo tiempo en Talca con una brigada de arti- 
llería compuesta de 4 obuses i 4 piezas de batalla. Conducía 
ademas esto acreditado jefe considerables pertrechos ¡ 50 
mil posos en dinero. 

Al dia siguiente, 10 de octubre, desfiló por las calles de 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 30 

Talca, no sin cierto mal ceño que alarmó a los adidos a 
la causa del gobierno, el balalion Chacabuco quo conducia 
Silva Chaves (1 ), i qnc completado en San Fernando, liabia, 
salido de esta villa, con dirección al sud, el 7 de octubre. 
El II so movió desde Talca, hacia el campamento de Chocoa, 
el balalion Colchagua, compuesto de las compañias do Rengo 
i San Fernando, de que ya hemos hecho mención. El 14 lle- 
garon lo,s Lanceros organizados por Yañes en Curicó i el 1G 
se dirijió toda la fuerza acantonada en Talca hacia Longomi- 
lla. Este mismo dia,se trasladó a Chocoa el cuartel ¡eneral 
del ejercito de operaciones. 

Presájios venturosos rodearon desde aquel momento al 
ejército que en aquel mismo sitio iba a sellar el triunfo, sino 
de sus armas, al menos de su disciplina. Al siguiente dia de 
su llegada, las bandas de música do los cuerpos i el estam- 
pido del canon anunciaban a los soldados quo sus camaradas 
del norte hablan desecho en Petorca las huestes de la revo- 



(1) «El aspecto jeneral del batallón, dice García Reyes en sn 
diario, el jesto i semblante de los soldados, al desfilar al frcnle 
del jeneral en su marcha de camino, desagradó a todos los cir- 
cunstantes. Pocos momentos después, se recibieron informes fide- 
dignos que corroboraban la notica que se tenia del mal estado de 
este cuerpo. Desde su venida de Santiago, babia esparcido voces 
alarmantes sobre su fidelidad, anunciando que tan pronto como 
recibiese municiones se sublevaria.» Apesar de las manifestacio- 
nes de seguridad que hacia el comandante del cuerpo i de haber- 
se dado a éste dos meses de paga, la desconfianza no se calmó, 
i aun dijese que una noche, el cuartel en que aquel estaba alojado 
en Talca fué rodeado por tropas, pues se suponía en rebelión a 
los soldados. El descontento de la tropa parecía, sin embargo, 
indudable, pues pocos dias mas tarde (12 de octubre], se espulsó 
del cuerpo a un sarjento Verdugo, después de una horrorosa vapu- 
lación, por haber proferido palabras de simpatía en favor del je- 
neral Cruz. Poco después, se rebajó a soldados rasos cuatro cla- 
ses del mismo batallón en el campamento de Chocoa. 



40 niSTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

lucion (l).'Ties días después (20 de octubre), se présenlo 
enChocoa el lucido balallon Talca; i estando ya completo el 
ejército en sus tres armaí?, resolvióse el jeneral en jefe a 
abrir la campana. 



ÍX. 



Quiso, con este objeto, hacer una revista preparatoria de 
sus fuerzas, i en consecuencia, el 21 de octubre, al mes cabal 
de su salida de Santiago, ordenó que todos los cuerpos for- 
masen de parada. «La línea estaba arreglada, dice un testigo 
presencial (2), como en el campo de batalla. Las cora- 
pañias de cazadores del Buin i del Yungay hicieron ejercicio 
de guerrilla en las dos alas de la linea con cartuchos de fo- 
gueo. La infanleria era mandada por el coronel don Manuel 
íiarcia i la caballería por el coronel don Ignacio. Después de 
varias evoluciones con fuego, se les díó descanso, i un grito 



(1) El jeneral Búlnes hizo circular en consideración de esta 
noticia la siguiente proclama, que copiamos del diario del coman- 
te Silva Chaves. 

«Las fuerzas del orden acaban de confundir a los rebeldes de| 
Norte en las ccrcanias de Petorca. 

• Soldados, esta victoria es el preludio de la que vais a obtener 
sobre los revolucionarios del sur. Vuestros compañeros de armas 
■volverán victoriosos a unirse a vosotros en esta empresa de gloria- 
Vosotros acreditareis sin duda que sois (an biavos como ellos. 
Un esfuerzo mas, i la Patria afianzará para siempre sus institu- 
ciones i su prosperidad. 

Búlnes.» 

(2) Don Santiago Lemus, oGcial de la secretaria del jeneral Búl- 
nes en carta a su padre, fecha 24 de octubre, que orijinal tene- 
mos a la vista. 



DK LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 41 

unánímo resonó en elcam()oiIc Viva eljeneral Búlnes! Viva 
el urden!)) (1 ). 



X. 



Aquella revista puso de manüieslo, sin embargo, un nota- 
ble vacio que se observaba por los jefes ¡uleüjentes en la orga- 
nización del ejército. La infanloria era exelenle i numerosa, 
pero la caballeria no guardaba proporción alguna en su nú- 
mero con relación a aquella tropa, pues solo se contaban 180 
Cazadores a caballos i los 30 Granaderos que servían de es- 
colta al jencral en jefe. La arlilleria estaba aun en un pié 

(1) Con motivo do esta revista, el jeneral Búlnes dirijió a su 
ejército la siguiente proclama que tomamos de la Civilización del 
30 de ocluhre. 

n Soldados — La revista jeneral de ayer me ha dejado lleno de 
satisfacción. Los cuerpos de las diversas armas han mostrado una 
instrucción militar que les hace honor. Yo he presenciado el en- 
tusiasmo que les inspira la causa que están llamados a sostener, 
i estoi orgulloso de hallarme a Ja cabeza de soldados tan hábiles 
i tan patriotas. 

«Doi las gracias, a nombre del Gobierno, a los jefes i oHciales 
que han sabido cumplir tun bien con sus deberes i preparar ea 
tan breve tiempo los cuerpos que se han puesto a sus órdenes. 

<í Soldados: — Peleamos bajo la bandera de la República; de- 
fendemos las autoridades lejítimas que ella se ha dado; vamos 
a combatir la anarquía que amenaza consumir en un inslante Jos 
bienes inmensos que una paz bienliechora de 20 años liaLia pro- 
porcionado a nuestro país. El Cielo ha de bendecir Jos esfuerzos 
de los que sostienen tan bella causa. 

«En pocos dias mas,' marcharemos sobre el enemigo. Llevad 
desde luego la conciencia de que obtendréis sobre él, como valien- 
tes, una espléndida victoria. 



Vuestro jeneral 



Manuel Búlnes,)» 
6 



42 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

mas desvcnlajoso, pues solo exislían 30 ailüleros vcleranos 
para manejar ocho piezas de calibre. 

Conferenció el jeneral Búlncs aquella misma larde con el 
coronel Gana, que era su consejero mas íntimo i mas eficaz 
en asuntos de eslratejia, sobre los medios de obviar aquellos 
males, í determinóse, en el acto mismo, que el último se dirí- 
jiera a la capital aceleradamente a solicitar los auxilios ne- 
cesarios. El coronel Gana llenó su comisión con una presteza 
tan admirable, que habiendo salido el 22 de Chocoa, estuvo 
do vuelta el 28, permaneciendo de incógnito solo una noche 
en la Moneda. En su Iránsilo por los pueblos de Colchagua, 
movilizó varios destacamentos de caballeria, a fuerza de rue- 
gos, i en Santiago obtuvo del asustadizo gobierno, ya un 
tanto tranquilizado con la victoria dePelorca, que se despren- 
diese del escuadrón de Granaderos a caballo que servia de 
escolta al Presidente i de los pocos artilleros que aun queda- 
ban i que componían en aquellos días la única guarnición 
veterana de la capital. 

Estas fuerzas, habiéndose puesto en marcha el dia 23 do 
octubre, llegaron a Chocoa el dia 29, ¡ casi al mismo tiempo 
(30 de octubre), se incorporaba al ejército la otra mitad de! 
batallón Buin, que se habia batido en Petorca al mando del 
mayor Peñailillo, i que el Cazador habia desembarcado en 
Constitución el dia 24. 

El ejército de operaciones estaba completo i en número 
que pasaba de 3,000 hombres. Faltaba solo darle una tijera 
organización en la distribución do sus jefes ¡ oficialidad para 
ponerlo en estado de abrir en el acto la campaña. 



DE LA ADMINISTIIACION MONTT. 43 

Xf. 

Formóse, en consecuencia, el plan de organización que so 
adoptó i para dar a la infanlcria do linea un solo cenlro, un 
rejiraienlo conipuoslo do los batallones Buin ¡ Chacabuco^ 
bajo la denominación de! primero do estos cuerpos, confián- 
dose su mando al coronel don Manuel Garcia. Mandaban el 2." 
batallón el comandante Silva Chaves i el valiente oficial don 
Basilio Urrulia, en calidad de mayor, teniendo este mismo 
puesto en el primero el bizarro i malogrado Peñailillo. Cons- 
taba este rejiraiento veterano de 070 plazas i el objeto 
principal que se habia tenido al organizarlo en esta forma, 
era oponerlo al rcjimienlo Carampangue que se sabia a la 
sazón habia formado el jeneral Cruz en los Anjeles. 

Entregóse el mando del Chillan de línea, compuesto do las 
compañías de infantería cívica de San Carlos, Parra! i Linares, 
sobre la base de la compañía de cazadores del Yiingai, al 
joven capitán que mandaba éstas, don José Campos, quien, a 
semejanza de Peñailillo, debía morir en el puesto del honor, 
alentando a sus soldados. Los tres batallones de infantería 
cívica tenían también jefes acreditados. El Chillan, al co- 
mandante don José María del Canto, que había reemplazado 
al octojcnario Lantaño, el Colchagua, al esforzado coman- 
dante don Juan Torres, retirado hacia pocos meses de la 
asamblea de Aconcagua por sospechas de desafección al 
bando Montlisla, i por último, el Talca, a don Santiago Urzúa, 
joven tan distinguido por su carácter como por su civismo (1), 

(1) Don Santiago Urzúa era natural de Talca i pertenecía a 
una familia de rango i acaudalada. Habíase hecho conocer como 
un jí'iven sdrio i moderado, ¡ desde sus primeros anos se habia 



44 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

i a quien 'se había agregado en calidad do sárjenlo mayor 
al bizarro oficial de estado mayor don Caupolican do la 
Plaza. 

Componíase de esla suerlc la infantería del ejércilo del 
gobierno do seis batallones que formaban una fuerza de 1814 
hombres, de los qué, algo menos de la mitad eran veteranos. 
Púsose esta arma, que constituía por mucho la superioridad 
del ejército de operaciones, bajo las órdenes del coronel don 
Manuel García. 

La caballería tenia una composición análoga. Constaba de 
500 soldados do linea i 7o0 de milicias, formando un total 
do 1250; pero, como es sabido, solo podia contarse como 
fuerza eficaz con los escuadrones de tropas regladas. De 
éstas, los Cazadores a caballo, que tenia 200 plazas i eran el 
cuerpo favorito del ejército, estaban mandados por el coman- 
dante Venegas, que había recibido (10 de octubre) la efec- 
tividad de su grado de teniente coronel, en premio de su 
supuesta fidelidad al gobierno. Mandaba ios Granaderos (182 

consagrado a la carrera del comercio, sirviendo en la casa de un 
respetable pariente, el señor don José María Silva Cienfuegos. El 
estudio de los idiomas había sido su ocupación predilecta i poseía 
notablemente el ingles, lengua a que era sumamente aficionado, 
acaso porque había en su carácter í aun en su organización 
física muchos rasgos de la raza sajona. Era retraído, por carácter, 
de los asuntos políticos, pero la amistad que profesaba a don An- 
tonio Varas, su amigo desde el colejio, le hizo tomar una parte 
activa en la revolución, sacrificando su reposo, su fortuna í acaso 
muchas de sus mas íntimas simpatías. Solo a su prestijio entre 
los cívicos de Talca ¡ a la jenerosídad con que les obsequiaba, 
debióse el que este cuerpo se prestase a tomar parte en la cam- 
pana. Por lo demás, es sabido que la batalla de Longomilla 
tuvo lugar en su propia hacienda de Reyes, cuyas casas fueron 
destrozadas por el plomo ¡ el fuego, ürzua obtuvo una jenerosa 
indemuizacion por estos perjuicios, i murió poco después (en 
18o2) de una manera repentina, en los baños de Colína. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MÜNTT. 45 

plazas), el comanda lUo clon José Tomas Yavar i los Lanceros 
oí teníanlo coronel don José Antonio Yaíios. 

Las milicias estaban divididas en ocho escuadrones, do los 
que tres formaban el rcjimienlo de Caupolican, compuesto do 
los huasos de «la huasa Colchagua» i los otros tenian el 
nombre de sus respectivas localidades, a saber: Laja (CO 
plazas) comandante Aguilera ; Chillan (104 plazas) coman- 
dante Briseño; fíancagiia (102 plazas) comandante Meló; i 
por último, los escuadrones de Linares i Curicó que Icnian 
84 jinetes el primero i 126 el segundo. 

Todas las fuerzas de caballería se pusieron bajo la direc- 
ción del coronel de aquella arma don José Ignacio García. 

La artillería, por último, constaba de 9 piezas con 100 arti- 
lleros, escasa dotación, en verdad, pero cuya deficiencia su- 
plían en gran manera el celo, el entusiasmo, i sobre todo, el 
probado denuedo de su joven comandante donErasmo Escala. 
Estaba dividida la brigada en dos balerías compuestas de cua- 
tro obuses, cuatro piezas de batalla i un pequeño cañón de 
montaña que los soldados habían bautizado con el nombre 
do el zorrito. 

£1 total del ejército con que el jeneral Búlnes iba a abrir 
la campaña se componía, según eslos detalles auténticos, do 
3,345 hombres (comprendiendo 26 jefes i 133 oficiales) dis- 
tribuidos en 6 batallones de infantería, 13 escuadrones de 
caballería i una brigada de artillería. Su equipo, en vestua- 
rio, armamento, municiones, hospitales, maestranza, comi- 
saría ¡ demás ramos de guerra era completo i lo animaba 
ademas un sincero entusiasmo por la causa que defendía (I). 



(1) Véase en el documento iiúm. 2 el estado jeneral de las fuer- 
zas del ejército del gubierno, quo tomamos de la Memoria del 
Ministerio de la Guerra de 1852. 



4G HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 



XII. 



Organizado, pues, de esta manera, el ejército de operacio- 
nes i resuello el jencral Búlnes a aprovechar lodas las ven- 
tajas de la ofensiva, levantó su campo de Clíocoa el 2 do 
noviembre, disponiendo la marcha al Nuble en tres divisiones 
sucesivas. 

Componíase la división de vanguardia de la caballería ve- 
terana mandada por el coronel don José Ignacio García, la 
del centro de una gran parto do la infantería, bajo las órde- 
nes del coronel jefe del rejimiento Buin, i la de retaguardia, 
de algunos cuerpos de infantería i escuadrones de milicia que 
custodiaban el parque, provisiones i bagajes. Iba al cargo de 
la última el coronel don Manuel Riquelme. 

El jeneral en jefe se puso también en marcha el mismo 
dia3 (1), dejando órdenes para que se enviase por mar un 

(t) He aquí la única nota en que el jeneral Búlnes dá cuenta 
al Ministro de la guerra de este movimiento. Está copiada del 
orijinal existente en el Ministerio de la guerra. 

Cuartel jeneral del ejkrcito de 
operaciones sobre el sur. 

Núm. 97. 

Longoiiiilla, noviembre 3 de 1851. 

«Ayer ha comenzado a moverse este campo para aproximarse 
al enemigo, i hoi ha desocupado completamente su alojamiento 
para ponerse en marcha. El cuartel jeneral se moverá también 
hoi mismo. 

«Lo digo a U. S. para que se sirva ponerlo en conocimiento 
de S. E. el Presidente de la lliípública í anunciarle que tan pron- 
to como arribe a las inmediaciones del Nuble, le trasmitiré un 
informe exacto del ejército i de los accidentes que ocurran en 
la campaña. 

Dios guarde a U. S. 

Manuel Búlnes.» 

Al scñui Miuistio de la Guerra, 



1)K LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 47 

ausilio (lo tropas ¡ armas al mayor Zúniga. Suponía el joncral 
Búlnos ocupado a aquel en sublevar la Araucanía, a rclaguar- 
ília del joncral Cruz, i so ¡inajinaba que iba a cojcrlc, como 
dico la csprcsion vulgar de nucslra milicia, cnlrc dos fuegos. 

XÍIl. 

Es pues ya tiempo de volverla visla hacia los acontecimien- 
tos que lenian lugar al sur del Nuble, ¡ que liemos dejado 
suspensos en el penúltimo capítulo del volumen anterior con 
la llegada del jeneral Cruza Concepción, que ponía término 
a los aprestos e incertidumbres de la revolución, para iniciar 
el período do la organización militar ¡ de la guerra civil. 



CAPITULO III. 



APRESTOS MILITARES DE LA REVOLUCIÓN. 

Decrétase en Concepción la formación de dos batallones de infan- 
tería i un escuadrón lijero, antes de ia llegada del jeneral Cruz- 
— Aprestos militares en las fronteras.— Eusebio Ruiz. — Su ca- 
rrera de soldado, su carácter i sus operaciones tan luego como 
estalla la revolución. — El comandante don Manuel Zañartu. 
—Sus servicios i su rol revolucionario en 1851. — Su diario de 
campaña i carta que escribe al autor en 1856. — Su conducta 
en presencia de la revolución i esfuerzos que hace para sofo- 
carla. — Carácter de este jefe. — El comandante Lara ocupa a 
Qulrihue i se reúne al coronel Urrutia en las cierras del Nin- 
hüe. — Desacertado envió del vapor Arauco, conduciendo a la 
comisión déla Serena al puerto de Coquimbo, i salutación qno 
ésta dirijió al pueblo de Con.;c'pcion. — Combate del Arauco i 
del Meteoro en la boca de la Qairiquina. — Progresos de la in- 
surrección hasta fines del mes de setiembre»— Enfermedad del 
jeueral Cruz. 



Dejábamos, al finalizar el penúltimo capitulo del volumen 
que precedo, a la revolución del sud fatalmente paralizada 

7 



50 histouta de los diez akos 

en sus aprestos militares por la penosa enfermedad que ago- 
viaba al jeneral Cruz. Yacia este en su lecho, esforzándose 
por encontrar en los alientos de su espíritu las fuerzas que 
fallaban a su naturaleza desfallecida. Nunca sobrevino un 
contratiempo mas grave i mas fuera de tiempo a una em- 
presa destinada a sostenerse ¡ a triunfar solo por el entu- 
siasmo i la dilijencia de sus defensores. La revolución habia 
podido tener lugar sin la presencia del jeneral Cruz, porque 
aquella era solo la forma moral de la ajilacion que sacudia 
a la república. Pero la organización militar no podia llevarse 
a cabo en ninguno de sus detalles sin su cooperación inme- 
diata i sin el prestijio que comunica a ledas las voluntades 
la presencia del que las dirijo hacia un fin determinado. 



II. 



El comandante de armas Baquedano, el intendente Vicuña 
i don José Antonio Alemparte que tenia particularmente a 
su cargo el departamento de Talcahuano i la organización de 
la marina revolucionaria, hablan tomado, sin embargo, me- 
didas militares de importancia desde el momento en que 
estalló la insurrección, i muchos dias antes de contarse con 
la decidida adhesión del jeneral Cruz al movimiento. El dia 
1 5, en efecto, 48 horas después de dado el grito de rebe- 
lión, se habia mandado levantar un batallón de línea en 
Concepción, comisionándose al ayudante de la intendencia 
don José Antonio González para el enganche de ios volunta- 
rios. Al siguiente dia 16, se acuarteló el batallón cívico de Con- 
cepion i se puso bajo. un pié de guerra con el nombre de 
Batallón cívico nim. I, que fué después cambiado por el de 



DE LA AD.MIMSIIIACION Mü.MT. Si 

(itiiu, en memoria de la vicloria que, en la porlada de eslo 
nombre, alcanzó en Lima el ejércilo chileno en 1838. 

Empeñados los jefes del movimiento en adelantar su ¡n- 
llucncia i sus armas hacia el norte, determinaron también 
alistar con toda presteza un escuadrón de caballería com- 
puesto en su mayor parte de veteranos retirados, a fin de 
reemplazar de esta manera, en cuanto fuese posible, la fu- 
nesta ausencia de los Cazadores. El 18 de setiembre se 
comisionó a don Francisco Prado Aldunale para que orga- 
nizara esta tropa a la lijera, elijiendo del batallón civico 
los hombres que fuesen mas aparentes para aquel servicio, 
i ordenóse al mismo tiempo, con fecha 21 de setiembre, quo 
se comprasen 500 caballos, distribuyéndolos proporcional- 
mente en los cinco departamentos de la provincia. El dia 23 
estaba ya listo, bien montado i armado de carabina í sable, 
(pues de esta última arma se habia encontrado un repuesta 
de mas de 200 completamente nuevos i un gran número de 
corazas en el almacén del cuartel militar de Concepción) 
un escuadrón lijcro. Púsose éste a las órdenes del valeroso 
joven don Ramón Lara, antiguo .oficial del batallón Aconca- 
gua que habia hecho con lucimiento la campaña del Perú 
en 1839, i que se encontraba asilado en Concepción, perse- 
guido por la asonada que habia acaudillado en San Felipe el 
5 de noviembre del año anterior. Diosele por capitanes de 
compañía a don Hermójenes Urbislondo, joven entusiasta i 
esforzado, que habia sido puesto en prisión i en seguida des- 
terrado, a consecuencia del motín de abril, i al antiguo capi- 
tán de Cazadores a caballo don José Antonio Sanhueza. agre- 
gado entonces a la asamblea de Concepción. El mismo dia 
23, movióse esta fuerza hacia el ítala con el objeto de apoyar 
las operaciones del ambulante coronel ürrutia que no con- 
laba para dominar las provincias del Nuble i del Maule 



52 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

sino con tropeles do buasos armados de cliusos i malas 
lanzas. El sárjenlo mayor don Benjamín Vidcia siguió a Lara 
con una pequeña fuerza de infantería cívica. 



líl. 



Pero lodos estos aprestos no salían del recinlo de la des- 
mantelada ciudad de Concepción, donde, como hemos visto, 
estaba el corazón, mas no el brazo do la revolución. Era en 
las fronteras donde debian reunirse las huesles guerreras que 
debían llevar aquella a la capílal de la República en la punta 
de sus lanzas; i así era que se miraba con cierla tibieza toda 
medida que no fuese dirijida a levantar en masa aquellas 
belicosas poblaciones de la raya de la Araucanía. 

Dos hombres iban a presentarse, entretanto, en aquellos 
parajes, como los opuestos emblemas de grandeza i mez- 
quindad que debian caracterizar las campañas de la revolución 
del sur. El uno era el litan de nuestras batallas, i su nombre 
glorioso resonaba desde su niñez en todos los ámbitos de las 
Fronteras con el raájico preslíjio de esas trompas bélicas con 
que los caciques araucanos avisan a sus tribus que ha lle- 
gado la hora de amarrar sus lanzas i montar sus caballos de 
guerra. Llamábase Eusebío Ruíz, i a su voz, no había un solo 
jínele en ambas riberas del Bíobío i del Vergara que no toma- 
se la brida i empuñase el sable para correr a recibir sus 
órdenes. Era el olro don Manuel Zañarlu, el comandante 
del batallón Carampanguc que asumió, durante la revolución 
del sur, la triste responsabilidad de todos los hechos en que 
los hombres de principios i los soldados de valor rehusaron 
tomar parle. Ruíz fué con Urizar el primero en desplegar 
al aire la bandera de la insurrección militar en los campos 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 53 

(lol sud, asi como fueron los primeros en morir sobro el 
campo dül bonor. Zañarlu, al contrario, se óslenlo el mas 
empeñado i egoisla enemigo de aquella rebelión, que después 
de una victoria en gran manera malograda por su culpa, iba 
a ahogarse en la mísera pusilanimidad de su pecho de soldado 
en aquel oprobioso lauco de Purapel. 



IV. 



Euscbio Ruiz había víslo la luz en Nacimiento, madriguera 
de leones, antes que población de pacíficos colonos, avanza- 
da hacia adentro de la frontera araucana. 

A los 15 años de edad, tomó las armas, alíslándose como 
soldado distinguido en el cuerpo de Cazadores a caballo, quo 
mandaba el coronel Freiré en 1817 i en el que servía, con la 
graduación de teniente, su hermano Ventura Ruiz, otra délas 
lanzas que han dado alto renombre a Nacimiento. Hallóse, 
por consiguiente, en todos los encuentros que en aquel año 
nos hicieron dueños de la raya del Biobio, conquistando cada 
uno de los fuertes que profejen sus vados, a filo de sable. 
Penetró uno de los primeros en la plaza de Nacimiento el 8 
de mayo de aquel año; apoderóse en seguida de Santa Juana, 
bajo las órdenes del valiente Cienfuegos, llamado vulgar- 
mente el Tacho por la ronquera de su voz, i sostuvo, por últi- 
mo, durante cuatro meses el sitio a que fué reducido Freiré en 
el fuerte de Arauco, después de haberlo perdido Cienfuegos 
junto con la vida. Cuéntase que, en uno de estos ataques, el 
iuesperlo recluta de Cazadores echó el cartucho a la carabi- 
na con la bala en el fondo, por lo que el tiro no partió ; re- 
conviniéndolo en el acto su inmediato jefe, que era entonces 
el capitán don Salvador Puga, la respuesta de Ruiz fué tirar 



54 HISTORIADE LOS DIEZ AÑOS 

la carabiiia'al suülo ¡ desnudür el sabio i esclamantlo: esta 
es la arma de los bravos!, se arrojó en medio de las filas 
oiienilgas (1). 

Durante la campaña de 1818, Ruiz confirmó su valor con 
su sangre. Prolejiendo la retirada del ejército, recibió una 
lanzada en las llanuras do Qacchereguas, que él se hizo 
pagar empero, a sus anchas, en la p'anicie do Espejo, pocos 
días mas tarde. Sabido es que su cuerpo, con Freiré a la 
cabeza, rompió al fin ol cuadro del Burgos en la derrota de 
Maipo. 

De las batallas en que el joven Ruiz peleaba como jinete, 
pasó en breve a los encuentros de la mar. Embarcado con 
Lord Cocbrane en 1819, encontróse en el asalto de Pisco ¡ en 
el combate de la Puna, a la entrada del rio Guayaquil, donde 
fué herido de bala. Un año después, volvemos a encontrarle 
en el sud, recibiendo otra herida de lanza en un encuentro 
{29 de diciembre de 1820], en el que su bravura dejó atóni- 
tos a sus soldados i al enemigo mismo que le acosaba. 
Boleado su caballo en un encuentro con las tropas de Bena- 
vides en la vecindad de Chillan, rodeóle un enjambre de 
indios que le asestaban sus lanzas, mientras sus compañeros 
iban a rehacerse a corla distancia para emprender una nueva 
carga. Defendióse Ruiz con increíble destreza, durante muchos 
minutos, con su lanza, i cuando los suyos llegaron a rescatarle, 
le encontraron todavía en pié, con el cuello atravesado de una 
herida, única lesión que había recibido (2), 

Durante todo el año de 182!, sirvió bajo las órdenes do un 
oficial que era digno de mandar a tan valeroso soldado, el 

(1) Noticia comunicada por el coronel don Salvador Puga a don 
Pedro Félix Vicuña. 

(2) Este dato nos lía sido comanicado por el señor comandante 
don José Anlonjo Yañes. 



l)K LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 55 

capitán don Manuel lU'ilnes. A su lado, recibió dos heridas da 
lanza en las vegas do ]\lulclicn, habiéndose inlcrnado hasla 
las márjcnes del Caiilin, en o! corazón de la Araucania. Desdo 
aquí, se adelantó hasta Valdivia con 100 cazadores i 300 in- 
dios aliados, pernianociendo un año entero vagando en las 
fragosidades do aquellas comarcas, que resonaban con el 
terror do su nombre. Durante toda esta terrible campaúa, 
estuvo interceptado por el enemigo ; i cuando se presentó de 
nuevo sobre el Biobio, con su tropa destrozada por la inter- 
perie i los combates, habriasele creído el jefe de una infernal 
cohorte de macilentos espectros. 

Antes de cerrarse la era dolos combates de la independen- 
cía, Ruiz volvió a recibir el fuego de los enemigos de su pa- 
tria. Unas de las últimas balas que se dispararon en las fron- 
teras por los fusiles realistas, le hirió en un brazo, durante un 
encuentro que sostuvo en Arauco al lado del valeroso coronel 
Picarte. «Tenia fama de valiente, dice uno desús émulos do 
aquella época i con mucha justicia, por su arrojo en los com- 
bates» (I). Lleno de cicatrices i con la nombradla de un 
bravo sin segundo, residía Eusebio Ruiz en Concepción cuando 
estalló la revolución de 1vS29. En el acto, toma partido en el 
bando que acaudillaba su antiguo coronel don Ramón Freiré, 
i sin mas preslijio que el de su nombre, pónese a la cabeza 
de una compañía de Cazadores a caballo que logró seducir 
en el pueblo de Yumbel ; entra con ellos en Concepción, pone 
en arresto al coronel Cruz, que mandaba aquella plaza i a 
quien sorprende en su cuartel, i después de reunir conside- 
rables fuerzas de milicias í algunos indios, marcha en ausílío 
del coronel Viel, que sitiaba a Chillan con las tropas consti- 



(1) El jeneral Baquedano— Carta privada al aotor, fecha de 
Concepción, mayo 17 de 1862. 



56 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

tucionales.' líasenos referido que en una de las salidas que 
hizo la cabalieria velerana de la plaza sitiada, compuesta de 
laü húzarcs, Ruiz, montado en un soberbio caballo mulato 
que había pertenecido al coronel Quintana (llamado el Moro), 
la cargó con sus cazadores i en el entrevero, trajo al suelo 
con su propio- sable once de sus contrarios (1). 

El desastre de Lircay envolvió a Huiz, como a tantos otros 
jcalessaldados de Chile, i habiendo emigrado al Perú, arras- 
tró durante muchos años una exislencia errante i azarosa. 
Encontrándose por acaso en Santiago diez años mas tarde, i 
se lo designó oficialmente como una de las víctimas de aque- 
lla inicua trama de rufianes, que se ha llamado golpe de 
Estado, i que es conocido con el nombre histórico de la farsa 
de Bazan i Bisama. Ruiz fué procesado con el senador Be- 
navenle, el comandante do la guardia cívica Aldunate i otros 
ciudadanos acusados de haber alentado contra los días del 
jeneral Búlnes, a quien se quería hacer mártir, para con- 
vertirle después, mediante la virtud del estado de sitio, en 
presidente de la República. Absuelto en esta causa, forjada 
por los palaciegos del candidato oficial, volvió a su vida 
peregrina, sobrellevando con ánimo entero los contratiempos 
de su mala estrella política, cuya tenue luz siguió, empero, 
leal e impertérrito hasta el heroico ¡ lastimero lance que 
puso fin a sus dius. Sabemos solo de los diez últimos años de 
la existencia de Ruiz, que fué subdelegado de Chañar<:¡llo 
en Copiapó i que habiendo acumulado con su industria i aho- 
rros una pequeña fortuna, se habia retirado a vivir tranquila- 
mente en su pueblo natal de Nacimiento. 



(1) Don Bornardino Pradol, qae era p\\ aquella época dueño 
del caballo ijue montaba Ruiz, nos ha referido este lance. 



l)E LA AiniIMSTllACION MOMT. 



Encontróle ahí la noticia del levantamiento de Concep- 
ción, que, por cierto, no ora un misterio para él. En el acto, 
montó a caballo, i dirijióso a los Anjeics para ponerse do 
acuerdo con Urízar, a fin de sujetar el escuadrón de Caza- 
dores que estaba en aquella plaza a las órdenes de Venegas. 
?Jas, por desgracia, a su llegada, aquellos iban ya en marcha 
hacia Chillan, después de haber burlado los esfuerzos de 
Urizar para detenerlos. Ruiz, sin embargo, no vaciló en se- 
guirlos i después de haberse puesto de acuerdo con Pradel 
(que como vimos llegó a los Anjeles el mismo dia de la 
partida de los Cazadores), galopó 1 i leguas hasta darles alcance 
cerca de Cholvan donde se puso al habla con Venegas. Con- 
testó éste a sus ardientes interpelaciones con palabras eva- 
sivas solamente; i aunque algunos soldados quisieron regresar 
con él, no lo consintió, a menos que no volviese todo el es- 
cuadrón. Cuando regresó a los Anjeles, i dio aviso a Pradel 
del mal éxito de su empeño, el jeneroso soldado se contenió 
con decir — No importa! tengo catorce mil pesos que consa- 
grar a la patria i no 7ios harán tanta falta los Cazadores (1). 

Marchóse, en consecuencia, a los pueblos avanzados de la 
frontera como Nacimiento, Santa Juana i Arauco, reunió las 
milicias, elijió los soldados mas a propósito para la guerra í 
dióse tanta prisa en sus aprestos que, a fines de setiembre, 
tenia ya reunido un lucido rejimiento de 300 lanceros, todos 
voluntarios. Enviáronse a este cuerpo todas las corazas que 
existían en Concepción, por io qno se le dJó el nombre do 

(1) Dato comunicado por don Bernardino P.-adcl. 



58 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Dragones de la frontera. El 19 de soliemhrc se habia es- 
pedido por el inlendenlc Vicuña el decreto de organización 
de aquellas fuerzas, nombrando coronel del rcjimientoa Ruiz, 
coraandanle al oficial veterano don Pedro Alarcon, i sár- 
jenlo mayor al capitán Zapata, antiguo soldado de los Pin- 
cbeiras. 



VI. 



Era Eusebio Ruiz en 18i]l un allélico anciano de rostro 
tostado, frente descubierta, pelo completamente cano, nariz 
grande i aguileña, alto, fornido, con músculos de fierro, ¡ un 
semblante entre terrible 1 severo. Temíanle mas que le amaban 
sus subalternos. Era incansable en los ejercicios de su profe- 
sión, pues no gustaba tener ociosos a los soldados. Dábales 
el ejemplo de la sobriedad en los campamentos i era de 
aquellos raros jefes que cuando dan en los campos de ba- 
talla la voz de acuchillar al enemigo , no dicen a sus filas 
os sigo! sino seguidme! Pasaba entre sus superiores por 
insubordinado, porque no reconocía fila ni oia en los com- 
bates otro toque de Jos clarines que el que sonaba al degüe- 
llo o a la victoria. Podía acaso tildársele de cruel, porque 
sableaba sin piedad i por su propia mano ; pero si su repu- 
tación de hombre se menoscaba con este juicio, su Hombra- 
día de soldado queda ilesa i mas imponente todavía. Era, en 
suma, Ensebio Ruiz uno de esos hombres que nacen para la 
guerra, viven en ella de sus propias heridas i, al fin, en- 
cuentran en un surco del campo la fosa de su gloria i de su 
sacrificio. Héroe mas que soldado, león mas que hombre, 
su memoria vivirá entre los chilenos mientras haya proezas 
militares que contar i mientras sea preciso conservar altos 



UE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. o9 

cjfimplos (lo civismo lopiíhlicaiio i do Icallad iiolilica qiio 
jormen la escuela do los dcronsorcs de la patria. 

Vil. 

Fué en lodo opuesto a Euscbio Huiz en su misión revolu- 
cionaria el comandante del Carampanguc don Manuel Za- 
fiarln,i si reunimos en estas pajinas sus nombres, no es, en 
verdad, por hacer sombra al del último con una gran memo- 
ria, sino porque el hondo contraste de sus caracteres i de 
sus hechos so arranca por sí solo de los acontecimientos 
que narramos. Ruiz era, en las fronteras, el brazo de la insu- 
rrección. Zañarlu, al contrario, fué el espíritu tenaz de la re- 
sistencia. Por lo demás, su reputación de soldado no podia 
menoscabarse al ponerla en parangón con la de aquel in- 
signe guerrero, porque el comandante Zañartu, a quien se 
ha llamado con tanta amargura «traidor» i «cobarde», fué 
en su juventud uno de los mas brillantes oficiales de nuestro 
ejército, i en 1851 no se hizo nunca digno de aquellos apo- 
dos, si es que la franqueza a toda prueba en la conducta de 
los hombres es bastante a ponerlos a cubierto de la sospecha 
de la doslealtad. La culpa única de Zañartu, en 1851, fué 
el de ser un enemigo descubierto de la revolución a que él 
solo por motivos personales prestó la ostensible adhesión do 
sus servicios. 

VIII. 

Don Manuel Zañarlu i Opaso habia nacido en Concepción, 
en el primer lustro del presente siglo (1804). Su familia era 



00 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

oscura, piics él mismo dice, en un documento que daremos 
Juego a luz, «que Icnia mas de caballero por costumbres que 
de orijen», pero los brazos de su madre habían mecido en 
cada uno de sus hijos un soldado. Sus hermanos don Vicente, 
don Alejo i don José Maria, mas conocido con el nombre del 
Pato, se habrán distinguido en la milicia, desde los primeros 
años de la independencia, el primero como comandante del 
Carampangue, i adquiriéndose el segundo la reputación de 
un valiente en el arma de caballería. 

Don Manuel habia tomado servicio, como Ensebio Ruiz, en 
^8\l. Era entonces un niño de 13 años i recibió el bautis- 
mo del plomo, comportándose bizarramente delante de las 
trincheras de Talcahuano, en el asalto memorable del 6 de 
diciembre de aquel año, en e! que recibió una herida de bala. 
Fué uno de los soldados del núm. 3 de Arauco (después Ca- 
rampague) que siguieron al capitán don José Maria de la 
Cruz hasta escalar las palizadas del fuerte i que siendo los 
primeros en la embestida, retrocedieron los últimos. 

Ya antes Zañartu habia hecho su ensayo en la acción de 
Curaquilla a las órdenes del temerario Catalán Molina i en 
el asalto i sitio de Arauco con el bizarro Freiré, cuando 
pasando a nado el batallón núm. 3, en medio del fuego ene- 
migo el rio Carampangue, cambió aquel su nombre por del 
si lio de &u hazaña. 

Hizo, después de haberse batido en Maipo, la segunda i 
tercera campaña de aquella guerra de Concepción, en la que 
no se daba ni se pedia cuartel, durante 'los años de 1817, 
1820 i 1821, encontrándose, como jefe de la reserva, en ¡a 
batalla de las vegas de Saldias, que cerró, en las goteras de 
Chillan, el cuadro de aquella era de horrores, de la que el 
sangriento Benavides i el caballeresco mariscal Freiré fueron 
los protagonistas. 



DE LA Administración montt. 01 

Terminada la guerra do la independe iicia, no volvemos a 
encontrarlo sino el año do 1830, cuando habla terminado la 
guerra civil. Era enlónces Zañarlu capitán del rcjiraientode 
Húsares que cubría la guarnición de Santiago, i habia servido, 
desde 1821, en dislinlos cuerpos i principalmente en los de 
caballeria, como en los Dragones, Escolla Dircctoriai i, por 
último, en el Rejiraionlo de Cazadores. Mas, en aquel año, 
volvió a incorporarse a su antiguo cuerpo, de quo era jefe 
su hermano don Vicente, a consecuencia de un lance que 
estuvo a punto do perderle (1). 

Distinguióse después Zañartu en la segunda campaña del 
Perú como sárjenlo mayor del Cararapangue, i a su regreso 
a Chile, recibió poco mas larde el mando de este cuerpo. 

llacia muchos años que cubría los fuertes de la Frontera 
con su aguerrido batallón, cuando, a principios de 1851, el 
jeneral Cruz, de quien era intimo amigo desdo que habían 
servido juntos en aquel cuerpo en 1817, le ordenó trasla- 
darse a Arauco con una compañía de su cuerpo (la de gra- 
naderos, capitán Molina), con el objeto de disciplinar el ba- 
tallón cívico de aquel departamento i adelantar la delineacion 
de aquel pueblo, azotado por tantas calamidades durante las 
guerras fronterizas. 

Encontrábase pacificaraenfe ocupado en aquel fuerte cuando 
se hizo la proclamación del jeneral Cruz, i desde luego, le 

(1) Filé juzgado en un consejo de guerra, en diciembre de 830, 
por haber tirado un pistoletazo a uno desús subalternos, con 
cuya mujer vivia en ilícitos amores. Coudenúseie por sentencia 
de 15 deinayo de 1831 a una prisión de seis meses en un ca5tillo 
i a la separación de su cuerpo. Presidió el consejo el jeneral don 
Manuel Blanco Encalada i fueron vocales los oficiales Ansíela, 
Lattapiat, don Pablo Silva, don Nicolás Maruri i los coroneles 
López i Obejero. El procesóse encuentra archivado en la coman- 
daucia de armas de esta capital. 



62 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

prestó, ea su carácter de ciudadano i como amigo, su mas 
empeñosa adhesión. No por esto creía comprometer su res- 
ponsabiüdad como jefe militar;! al contrario, sucedió quo 
cuando llegaron hasta su retiro las voces de que el Caram- 
pangue apo varia en caso necesario la rebelión armada, es- 
cribió a un amigo suyo, prohombre del bando Monltisla en 
Concepción, haciéndole las mas sinceras protestas de su ad- 
hesión a la autoridad (1). 

Vino después a Concepción, nombrado elector por el de- 
partamento de Lautaro, i dio su voto al jeneral Cruz, habiendo 
tenido antes la delicadeza de ofrecer la renuncia del mando 
de su cuerpo al intendente Viel, para alejar asi toda sospe- 
cha de connivencia en los planes revolucionarios que entonces 
se susurraban (julio de 1SB1) en Concepción. Es escusado 
decir que aquella no le fué admitida i con justicia, porque no 
habia quizá entonces en todo el ejército un solo oíicial que 
estuviese mas distante de pensar en adherirse a una revo- 
lución armada, que el comandante del Carampangue. 

Sabíase solo que Zañarlu, abominando de corazón las re- 
vueltas, profesaba al jeneral Cruz tal amistad ¡ tan profundo 
respeto que no sabría negarle ni aun el mas arduo sacrificio, 
i bajo este presentimiento, contábase con su cooperación 
personal, bien que a esta no se atribuyera gran importancia, 
desde que se disponia del Carampangue por medio de algu- 
no de sus oficiales i particularmente del mayor Urízar. Hi- 
cjerónse, sin embargo, algunas tentativas para sondearlo mas 
directamente en sus intenciones. En los primeros días de 

(1) Carta a don Ignacio Palma, fecha de Arauco marzo6.de 
1851, en contestación a la que aquel ie escribió con fecha 4 dd 
mismo mes i que publicamos en los documentos del apéndice en 
el tercer volumen. La carta a que ahora aludimos puede verse 
en el documento núm. 3 del presente volumen. 



I)K LA AÜMIMSTIIACIÜN MONTT. (13 

soliembie, so lo rcmilicron con cl ayutlaiilc do su cuerpo 
fjOO pesos en dinero (produelo de las libranzas Iraidas por 
don Francisco Vicuña de Santiago i de ios que so dicroQ 
2,000 pesos al mayor trizar i 5 rail a don Itcroardino Pradel, 
para impulsar la revolución en losAnjeles i en Chillan) i unas 
cuanlas varas de paño encarnado para obsequiar a los caci- 
ques. Pocos dias mas tarde i ya en la antevíspera de la revolu- 
ción (I I de setiembre), se presentó en Aiauco el ciudadano 
don Juan José Arleagaconel tin de participarle la inminencia 
del movimiento. Pero Zañartu se limitó a devolver friamenle 
el dinero, diciendo que no tenia en que invertirlo i a Artea- 
ga dióle por toda respuesta que ignoraba absolutamente los 
planes para cuya ejecución iba a pedirle su apoyo. Esteno 
era en manera alguna una deslealtad. Era, al contrario, la mas 
franca i esplícita animadversión profesada por él al movi- 
miento revolucionario que iba a estallar en su provincia 
natal, sostenido por las bayonetas de los soldados que el mismo 
mandaba. 



XI. 



Así sucedió que, cuando llegó a sus manos la caria del 
intendente revolucionario Vicuña, de que ya hemos dado 
cuenta (1), desconoció en el acto su autoridad i antes do 

(1) Zanarlu nunca habla esquivado, sin embargo, la manifes- 
tación de sus simpatías de hombre por la causa de Concepción. 
Contestando a don Pedro Félix Vicuña (a quien hadia conocido 
en casa de su compadre don Manuel Serrano, cuando estuvo en 
Concepción), le dice en una carta fechada en Arauco el 1.° de 
agosto i que orijinal tenemos a la vista, refiriéndose a la noticia 
que aquel le comunicaba de las medidas fuertes que se atribuía 
al gobierno, las siguieiiles palabras. «Si el gobierno, como ü. in- 



04 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

cerrar su ncspucsla, quo lambieii hemos publicado, envió un 
espreso a los Anjeles al inlenfienle legal don Beqjamin Viel, 
para ponerse a sus órdenes con loda su Iropa. 

I sin desmenlir con el hecho la promesa, tan pronto como 
recibió la conleslacion de aquel, llamándolo a Uerc, con el 
objeto do marchar de acuerdo, a fin de ir a sofocar la aso- 
nada de Concepción, púsose en marcha el dia 18 i llegó a 
Rere el 22, habiendo sabido, a su paso por Santa Juana, i con 
profundo disgusto, según refiere él mismo en su diario de 
campaña (1), la sublevación de Urízar, la que habia tenido 

fiere, quiere que se prenda a los que no le son afectos, es preciso 
mandar un ejército, pues tendrán que aprisionar a todos los ha- 
bitantes de la provincia con escepcion de una docena i no creo que 
los hombres estén dispuestos a dejarse amarrar.» 

(1) Publicamos íntegro en el apéndice, bajo el núm. 4, este im- 
portante ¡ esfenso documento. Escrito por Zañartu para su jus- 
tificación, hácesenos un deber de lealtad el darlo a luz, cuando 
le acusamos, i tanto mas cuanto que en él ha sido un acto de 
difícil condescendencia el ponerlo a nuestra disposición. Por lo 
demás, el diario de Zañaríu, retrata, si es permitida la espresion, 
de cuerpo entero a su autor. Ahí se verá al jefe revolucionario, 
que ni un solo momento deja de ser el comandante del Caram- 
pangup, acordándose solo de la ración i del pres de sus soldados, 
alabando las hazañas de su» oficiales o derramando una lágrima 
sobre los que hablan sido inmolados; pero maldiciendo, al mismo 
tiempo, todo lo que no estuviera dentro de los cuadros de su cuer- 
po, i particularmente, a la revolución, a su idea i a sus caudillos, 
en cuanto éstos eran los representantes de esa idea. 

Damos cabida, a continuación, a la carta que este jefe se sirvió 
dirijirnos, hace seis años, cuando, solicitamos por la primera vez 
su diario. Ella manifiesta cuales eran sus ideas en aquella época 
respecto de la publicación que hoi hacemos, i las que en el dia 
parecen un tanto modificadas. La carta dice así: 

Señor don Benjamín Vicuña Mackcnna. 

Coucepcion, noviejiibre O do 1858: 

Muí señor mió: 
£s en mi poJcr su estimable carta fecha 30 del mes pasado, en 



DE LA ADMINISTRACIÓN MÜNTT. C'i 

lugar, en los Anjcles, como hemos visto, en la madrugada 
del 17 de scliembre. 

que me manifiesta que, movido por un motivo de bien público, al 
que está ligado su ínteres directo, le obliga a dirijir.se a mi con 
el objeto de que le proporcione una copia de mi diario i documen- 
tos interesantes que existen en mi poder, para consultarlos en 
obsequio de la verdad i la justicia i ocuparse en la redacción 
final de la obra relativa a los sucesos de la revolución de 1851. 
Impulsado yo también por esos nobles sentimientos que a U. lo 
animan i anheloso por que se pongan en trasparencia aquellos 
hechos, para que el mundo entero conosca a los hombres quo 
figuraron en ese aciago movimiento, me seria raui grato condes- 
cender con U., si no me lo prohibiera la convicción en que estoí 
de que no es llegado el tiempo que juzgo conveniente para pu- 
blicar loque esciibí en la campaña de aquella desgraciada época. 

Hace mas de tres años que otras personas se insinuaron con- 
migo para que les diera las mismas copias que U. solicita con el 
fin que ü. me indica, pero me les negué absolutamente, tanto 
por la causa anteriormente espuesta, cuanto porque, habiendo 
sido yo el blanco de la calumnia, me fué necesario agregar al 
diario ciertos hechos de los hombres que no se saciaban de de- 
nigrarme, i que, apesar de haber presenciado sus malas acciones, 
había prescindido antes espontáneamente de hacer reminiscencia 
de ellas. Muí seguro de no haber cometido un solo crimen que 
pudiera avergonzarme i me hiciera indigno del aprecio que con mis 
buenos servicios me tenia conquistado desde mí juventud, quise 
dejar inédito lo que escribí, esperando que con el tiempo se descu- 
briera todo lo que entonces se creia inescrutable, i se convencieran 
los hombres que se ocupaban en chismes para lograr su deseado 
fin de minorar mi reputación, i esta idea no me engañó, pues, a 
escepcion de dos o tres estúpidos i obstinados, todos los demás 
han variado de concepto i de lenguaje. En esta virtud ¿no seria 
una indiscreción cooperar por mi parte a que se publiquen cosas 
que yo sé i pueden exacerbar los ánimos de los hombres que, per- 
suadidos de que lo que se hablaba cinco años antes eran solo 
patrañas i viven ahora en tranquilidad conmigo? Me parece 
que sí. 

Apesar de mi negativa, confieso a U. que estoi ávido por leer 
la historia de los acontecimientos del año 51, con tal que se es- 
cribiera con injenuidad e independencia, i ojalá que U., con su 

9 



66 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Fué diTieÜ al comandante Zafiartu enlcndersc con el inlen- 
dcnle Viel, porque su decidida voluntad de contribuir a sofo- 
car la insurrección, se estallaba contra las vacilaciones de 
aquel funcionario. Al íin, éste, no encontrando ya partido que 
tomar, nombró a Zafiartu, en representación del gobierno de 
Santiago, comandante de la alta i baja frontera con calidad 
de asumir la intendencia de la provincia, si él se veía obli- 
gado a retirarse. Con este titulo i con el carácter de un ver- 
dadero delegado de las autoridades de la capital, sedirijió 
Zañarlu a los Ánjeles, donde solo después de muchos dias 
de ansiedad (el 28 de setiembre), resolvió aceptar el movi- 
miento revolucionario, declarando antes espresamenle a don 
Bernardino Pradel (quien le interpelaba sobre sus intenciones, 
a nombre del jeneral Cruz) que se adhería a la revolución 
solo en fuerza de su amistad personal i de ninguna manera 
por los principios que ella proclamaba (1). 

suficiente i conocida capacidad, se empeñara en redactarla ¡nle- 
rrogándome a mí, si lo juzga conveniente, sobre algunos heclíos 
que quiera rectificar, pues, liabiendo sido testigo ocular de todo Lo 
que acaeció antes i después de la campaña, puedo darle noticias 
ciertas, porque, a mas de ser veraz, conoscoel descrédito en que 
caeria la obra de un historiador que, por no informarse bien, 
escribe falsedades. 

Suplico a ü. escuse las faltas de esta carta escrita por un vieju 
soldado que se suscribe de U. atento S. S. Q. B. S. M. 

Manuel Zañartu.» 

(I) Nos ha comunicado estas palabras tesfuales el mismo señor 
Pradel. Atribuyóse por algunos la poca voluntad de Zañartu para 
aceptar el movimiento después que su cuerpo (esceptuando ia 
compañía de granaderos que se encontraba cu Arauco) estalla su- 
blevado, a los celos que abrigaba por que no se le habia nombrado 
intendente de su provincia natal, como lo habia hecho el jeneral 
Viel en representación del gobierno. Circulóse entonces la voz de 
que Zañartu habia dicho a su amigo don Juan José Arteaga, «que 
era una vergüenza el quedos sanliaguinos como Carrera (nacido 



•de i.a adminms1"i\;vcion tíONtt. í)7 



X. 



El (lüsgraciiulo comantlanlc ZanarUi, a (juioii el vul^o se 
lia acosliimbrado a mirar como el espcclro de la revolución 
(le 1851, no era sin (¡mbargo un mal chileno. Poseía, al con- 
Irario, deles que honraban su carácter como hombre i como 
jefe. Era pródigo de su fortuna, aunque en los negocios en 
que intervenía en su carácter público desplegaba la mas 
acrisolada honradez. Tenia pocos amigos, porque su jenio 
adusto le enajenaba voluntades, pero servia con lealtad i de- 
sinterés a los que tenian alguna preferencia en su corazón. 
Como jefe militar, era, sin duda, uno de los mas distinguidos 
(le nuestro ejército. Habíase borrado, aun entre sus contem- 
poráneos, la memoria de las hazañas de su juventud, pero 
lodos lo reconocían sus relevantes cualidades militares. Tenia 
una vasta instrucción en el arte de la guerra i estaba dotado 
(le una intelijencia mas que suficiente para su ejercicio, como 
se demuestra en las líneas que • de él transcribimos en el 
presente libro. Pasaba por el mejor disciplinario entre los ofi- 

pi\ el Rosarlo del Paraná) i Vicuria fuesen los dos intendentes de 
)as provincias reheladas», manifestación característica cuya vera- 
cidad confirma el mismo Zañartu. En una serie de respuestas que 
este jefe se sirvió dirijirnos en abril último a otra de preguntas 
que, nos permitimos hacerle sobre las principales acusaciones que 
contra él se levantaban, dice, en efecto, estas palabras tan caracte- 
rísticas como la jenialidad a que aluden. «Lo de los intendentes es 
cierto que lo dije porque cstrañaba que ni en Coquimbo ni en mi 
pueblo hubieran hombres que desempeñaran esos destinos i por- 
qué, hablando francamente, me disgustó mucho que allá en su 
tierra no mas se hallen capacidades para desempeñar empleos, 
como que hasta ahora seles confieren aunque sean los mas insig- 
nificantes.» 



68 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

ciales que en aquella época mandaban cuerpos, i era estraor- 
dinaria su dedicación al trabajo. Amábanle sus soldados, ape- 
sar (le su severidad, por las larguezas que usaba con ellos, 
abriéndoles su bolsa, i también porque acertaba a manejar- 
los por la influencia de esas mujeres que siguen los balallones 
de Cbiie como una sombra de harapos ¡ de escuálidos senos 
que alimentan la prole de los vivaques. La rabona, ese ser raro, 
criollo de la América, mitad hembra, mitad soldado, que en- 
tre nosotros ha encontrado su tipo en la sárjenlo Candelaria, 
era uno de los resortes que mantenían siempre palpitante la 
popularidad del comandante Zañarlu entre sus subalternos. 
Su principal defeclo era la estrechez desús miras políticas. 
Zañarlu era un arribano por sus cuatro costados, un pen- 
quislo, hasta el tuétano de los huesos. No aborrecía a la capi- 
tal, porque en el odio hai muchas veces honra, pero la de.-- 
deñaba. Todo hombre que fuera santiaguino era su enemigo, 
sin mas delito que el haber nacido a orillas del Mapocho i no 
en las del Diobio. Era, en suma, un hombre por escelencia en- 
\idioso. Por esto, la mayor fatalidad que cupo a la revolución 
fué aceptar sus innecesarios servicios, prestados con evidenlo 
mala voluntad, asi como la mayor de sus desgracias perso- 
nales, oríjcn (le la vida de marlirios que ha arrastrado hasta 
hoi, maldito como Judas, fué el haberse alislado bajo las ban- 
deras do una insurrección que él reprobaba en su concien- 
cía i cuyos promotores detestaba con la hiél de su corazón. 



XI. 



Comprometido ahora de una manera pública i cuando ya 
habían trascurrido dos semanas desde que la revolución do- 
minaba toda la provincia, el comandante del Carampangue as- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. G9 

cciuüdo ahora a coronel, púsose a alistar los cuerpos do ¡nfan- 
leria quo se organizaban en los Anjeles, mientras Uuiz ponía 
sobro las armas las milicias de caballería do la raya del 
Biobio. 

Tal era el estado do las operaciones militares en las fronte- ' 
ras, en los últimos dias del mes de setiembre. 



XII. 



Adelantábanse aquellas al mismo tiempo sobre la línea del 
ítala i sucesivamente sobre la del Nuble, a medida que el 
intendente de esta provincia se replegaba sobre el Maule con 
la división de Chillan. Mientras el coronel Urrutia recorría con 
sus montoneras las sierras deNinhüe, acechando el momento 
en que debia descender sobre las vastas planicies en que 
está situada la capital del Nuble, Lara pasaba el ítala, el 27 
setiembre, con su escuadrón de carabineros, i en la mañana del 
28 desocupaba a Quirihüe, entregado en parlamento por su go- 
bernador el teniente coronel Mar.linez, después de haber cele- 
brado el aparato de una falsa capiluiacion. Reunido Lara a 
ürrutia con considerables refuerzos de milicias de caballería 
1 algunos infantes de Quirihüe, dirijiéronse arabos hacia Chi- 
llan, cuya plaza estaba en completa acefalia, desde que la 
abandonara el coronel Garcia el dia 23 de setiembre. 

De esta manera, las montoneras del Maule venían a ser la 
vanguardia del ejército de Concepción en la márjen meridio- 
nal del Nuble, mientras que las milicias de esta provincia i 
algunas de las fronteras iban a formar la vanguardia del 
ejército de Santiago a orillas del Maule. 



7l) HISTORfA DE LOS DIEZ ANOS 



XIII. 



Al propio tiempo quo se gafaba lerreno por las fuerzas 
lijeras ile la revolución, hacíanse aclivos aprestos en Talca- 
Imano para alistar el vapor Arauco, cuyas ruedas habrían sido 
las alas salvadoras de la revolución, si una mano aleve no 
hubiera venido a detener su impulso, en mala hora. Don José 
Antonio Alemparle, segundado por el inleiijcnte capitán Ángu- 
lo, había armado aquel buque con un poderoso cañón i puesto 
ademas en estado de servicio un bergantín norte-americano 
llamado A. B. que estaba embargado en la baiiia de Talca- 
huano i al que se bautizó con el nombre de jeneral Baque- 
dano. 

Túvose, al principio, la acertada ¡dea de enviar el Arauco 
a Valdivia con el objeto de traer una brigada de artillería quo 
existía en los castillos de aquella plaza i una considerable can- 
tidad de municiones que se había acumulado el año anterior, 
cuando se pensaba abrir la campaña contra los indios de Puan- 
cho. Abandonóse esta resolución, en seguida, por lamas atre- 
vida i, acaso mas feliz, de dar una sorpresa a Caldera i apode- 
rarse de los ínjenles caudales que por lo común se encuen- 
tran en la aduana de aquel puerto. Mas, al fin, llegóse a 
adoptar la mas ridicula i la mas infructuosa de las combi- 
naciones que iban sucediéndose cada día. A ejemplo de las 
autoridades revolucionarías de Coquimbo, que se apoderaron 
violentamente del vapor Fireflij para enviar a Talcahuano 
un canónigo, así las autoridades de Concepción determinaron 
despachar el Arauco a Coquimbo, para llevar de regreso a ese 
mismo canónigo i a su comitiva (I). El 26 de setiembre se 

(1) En el documento núm. 7 i subsiguientes del Apéndice del 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 71 

(liiijia, en cfoclo, el vapor Araiico, al mando del capitán 
Ángulo, para hacer el desairado o inúlil crucero que hemos 
referido ya ostensamontoencl tomo 1.", al hablar del embar- 
go do los vapores en el puerto de'Coquimbo por las fuerzas 
británicas. 

Al regresar a Talcahuano el vapor /Irawco de su malhadada 
ospedicion, lo atacó valientemente el bergantín Meteoro en 
la boca de la Quiriquina. El encuentro fué rápido pero recio. 

primer volumen, hemos insertado varias piezas relativas a la 
inisioQ de los enviados de Coquimbo a Concepción. Por ahora, 
solo tenemos que añadir la siguiente salutación que los comi- 
sionados dirijieron a Concepción ai dia siguiente de la llegada 
del jeneral Cruz. Dice así: 

«A CONCEPCIÓN. 
¡Ilustre pueblo! 

Cuaudo zarpamos de nuestras playas, para traeros la noticia 
de nuestra revolución por la causa de la República, el corazón 
nos avisaba que vosotros ya erais libres. 

Veniamos a un pueblo que en la historia de Chile tiene una 
pajina mui distinguida. 

Hemos tenido el honor de observar prácticamente esa verdad. 

Nos retiraremos contentos, nos iremos con la satisfacción de 
que este ilustre pueblo se ha puesto a las órdenes del gran je- 
jieral Cruz, i, por ahora, bajo los auspicios del antiguo e imper- 
térrito mártir de la democracia, don Pedro Félix Vicuña. 

Nos abrazaremos en Santiago, donde está el laurel del jeneral 
Cruz. 

Allí diremos: Chile será República protejida por un padre da 
la independencia. 

¡Viva la República! 

¡Viva Cruz! 

¡Viva Vicuña! 

¡Vivan Baquedano i Alemparte! 

¡Viva Concepción! 

Concepción, setiembre 21 de 1851. 

José Joaquín Vera. — Juan Nicolás Alvarez. — Rafael Piaarro, 
— Rufino Rojas. ■^José Ramos. — Juan Akarez.)) 



72 HI5T0R1A DE LOS DIEZ AÑOS 

Ignórase €l daño que el vapor causara al buque del go- 
bierno , poro en aquel no ocurrió otro accidente que la 
pérdida de tres dedos de una mano que arrebató una bala 
de canon al valiente capitán de artillería don Mauricio Apo- 
lonio, que mandaba la pieza de grueso calibre del Arauco. 

Esta escaramuza tuvo lugar el 30 de setiembre, i como 
el bloqueo do Talcahuano se mantuviese con suma estrictez 
por el Meteoro, Alemparte resolvió sorprenderlo en su fon- 
deadero cerca de la Quiriquina. Hizo venir con este objeto 
unos cien remeros del Tomé i Penco-viejo, alistó algunos 
boles i, aunque asaltado de incertidumbres, se encontraba 
ya a punto de llevar a cabo su ponderada empresa, cuando 
dio lugar a que, por la captura del Arauco, se fustrase aque- 
lla del todo, como en breve veremos, causando a la revolu- 
ción un daño irreparable. 

■ 

XIV. 

Tal era el estado de las cosas en Concepción ¡ losAnjeles, 
cuarteles jenerales de la insurrecion, i en Talcahuano i el 
Ítala, los puertos mas importantes de la vanguardia de aque- 
lla, cuando el jeneral Búlnes llegaba al Longaví i, lleno de 
sobresalto, hacia replegarse su propia vanguardia hacia la 
ribera del Maule. 

La revolución se ostentaba poderosa, pero un tanto inerte. 
La funesta dolencia que tenia postrado al jeneral Cruz se 
hacia sentir como una calamidad en todos los puntos en que 
la revolución habia penetrado, al principio, con la celeridad 
de una conmoción eléctrica. 

Aguardábase pues con impaciencia el que se restableciese 
la salud del caudillo i se creía por todos que, una vez puesto 



DE LA AUMIMSTIUCIüN MÜMT. 73 

aquel en el lomo de su caballo, solo se apearla en el des- 
canso do las jornadas que iba a contar con su ejército entro 
el Biobio ¡ el Mapocho, 

Cuanto se engañaban, sin embarí^o, los sagaces ¡ bien ins- 
pirados revolucionarios que asi pensaban! 



10 



CAPITULO IV. 



LA ARAUCAHIA. 

El jeneral Cijuz, restablecido de sus achaques, se dirije a los Anje- 
les. — Error de esta resolución i sus funestas consecuencias, — 
Prisión i íuga del comisario jeneral de indíjenas don José An- 
tonio Zúñiga. — Carrera i carácter de este caudillejo. — La 
Araucanía en 1851. — Zona de la Costa. — Zona de los Llanos. 
— Los caciques Golipí i Catrileo. — Los HuiUches. — Maguil Bue- 
no. — Carácter estraordinario de este bárbaro. — Llega el jeneral 
Cruz a los Anjeles i entusiasta acojida que le hace el pueblo. 
— Nota del gobernador Molina con este motivo i respuesta del 
jeneral Cruz. — Cartas impacientes por la acción que escriben 
el mismo Molina i el gobernador de Santa Juana al intendente 
Vicuña. — Sábese en Concepción i en los Anjeles la noticia de 
que Zúñiga trataba de sublevarlos indios de la costa i medidas 
que se toman en consecuencia. — El jeneral Cruz se resuelve a 
sacar rehenes de las tribus araucanas para asegurar la tranquili- 
dad de las Fronteras i celebra, al efecto, un parlamento en los 
Anjeles. — Funesta tardanza de estas operaciones. — Como los 
Araucanos entendían la política de los chilenos i las causas déla 
guerra en 1851. — Análogas esplicaciones del vulgo. — El jeneral 
Cruz eleva a Tejimiento el batallón Carampangue i decreta la 
formación del batallón Alcázar. 



Solo en los úl limos días de setiembre, comenzó a recobrarse 
el jeneral Cruz de la gravé enfermedad que le aquejaba. 



7G HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Desde sujecho de dolor, el viejo soldado se ocupaba, con la 
minuciosidad que es pncuiiar a su carácter, de todas las 
prividcncias militares que las circuuslancias iban exijiendo; 
pero su ausencia de los centros en que la revolución aco- 
piaba sus elementos, hacíase sentir ya en demasía. 

Al fin, el l.° de octubre sintióse con fuerzas para montar 
a caballo i ponerse en campaña. Era ya sobrado tiempo, por- 
que su activo i poderoso rival hacia una semana a que habia 
pasado el .Alaule acelerando los aprestos de la resistencia. 

II. 

En el estado de las cosas durante aquellos dias, la revolu- 
ción asignaba a su caudillo solo dos puestos. O bien en Chillan, 
a la cabeza de la vanguardia, como habria sido mil veces 
mas acertado, o bien en los Anjeles, solo de tránsito i para 
dejar sus órdenes a los jefes que disponían de las Fronteras, 
a fin de que marchasen tras sus pasos en dirección al Nuble. 

El jeneral Cruz adoptó el último partido, i los aconteci- 
mientos que vinieron en breve a rodearle, cuando cumplía 
esta resolución, probaron que la estrella de su deslino iba en 
breve a perderse entre rojizas nubes. Hubo en la revolución 
del sud un solo momento, después de la pérdida de los Caza- 
dores, en que pudo evitarse la catástrofe de Longomilla, i 
este fué el día en que, restablecido el jeneral Cruz de sus 
males, hubiese torcido la brida de su caballo hacia el norte, 
dando la voz de marcha a las entusiastas, aunque desorgani- 
zadas masas, que batían sus palmas al verle pasar. Pero acor- 
dóse solo el viejo soldado de la República de que era el 
jeneral en ¡efe de un ejército, i para su mal i el de la patria, 
olvidóse que los pueblos le habían aclamado su supremo 
caudillo revolucionario. 



DE l7\ admimstuaciün montt. 77 

Unaconlccimiciilo falalcoboncstahü, sinomhargo, en parlo, 
la resolución del jencral Cruz para Irasladarse a lu.s Atijclos 
¡ cslablecer en aquel punió su cuartel jeneral cluraiile la 
mayor parle del mes de octubre. La csplicacion do e.sle su- 
ceso exije que volvamos airas unos breves inslanlcs. 



iir. 



Cuando ol valeroso i no menos prudcnle que csfoizado 
Eusebio Ruiz segundó en Nacimiento la sublevación que ha- 
bía estallado en los Anjeles el 17 de setiembre, a la voz del 
mayor Urízar, creyó indispensable poner en arresto al comi- 
sario jeneral de indíjenas don José Antonio Zúñiga (sin disputa 
el hombre mas importante de la Araucanía después del je- 
neral Cruz, i del cacique Maguil Bueno] i pidió en el acto 
inslrucciones a Concepción sobre lo que debería hacer con 
aquel peligroso caudillejo, de quien se sabia era un ciego 
partidario del gobierno de la capital que lo tenia a sueldo, i 
particularmente del jeneral Búíqes, su favorecedor desde 
tiempos ya remotos. 

Por desgracia, la carta de Ruiz fué entregada al inten- 
dente Vicuña (el 23 de setiembre), en los momentos en que 
ésle se dirijia a Talcahuano a despachar su correspondencia 
por el vapor infles, Driver, que regresaba ese mismo dia a Val- 
paraíso. En la prisa de aquella coyuntura, remitió Vicuña la 
comunicación de Ruiz al jeneral Cruz para. que le contestase, 
pues él estaba mas al cabo del carácter i de la importancia 
del comisario Zúñiga ; mas, fuera estravio, fuera descuido, el 
espreso que habia venido de Nacimiento regresó sin llevar 
órdenes sobre aquel particular. Resolvióse entonces Ruiz a dar 
suelta al comisario de Indios, exijicndole antes su palabra de 



78 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

que se pi;escnlar¡a en los Anjelcs a disposición del inienden-^ 
te de la provincia. En consecuencia, en uno de los úilimos 
dias do setiembre, marchaba Zíiñiga a los Anjelcs, bajo la 
garantía de su honor I acompañado por su antiguo camarada 
el capitán Zapata, a quien Ruiz había encargado vijilarlo 
i hacerle cumplir su empeño, cuando, al pasar un sendero, 
hurlólo Zúñiga con una eslralajema i se internó en la tierra, 
escribiendo, sin embargo, una carta a uno de sus amigos, en 
la que decía «se retiraba al interior solo por huir compromi- 
sos i que su propósito era asilarse entre las pacificas tribus 
de la costa, con cuyo único íin se dirijia al antiguo Tuerte 
deTucapcI.» 



IV. 



Era Zúñiga uno de aquellos terribles indutlados de ios 
Pincheiras que, después de haber sido sus mas famosos lugar 
tenientes, se hicieron en breve sus espías i después sus ver- 
dugos. Oriundo de una familia española avecindada en el 
fuerte de Arauco, donde aun conserva aquella algunas tie- 
rras, lomó partido con los realistas, como todos los habi- 
tantes cristianos de ultra-Biobío, desde los primeros com- 
hales de la independencia. Dolado de un ¡njenio vivo, había 
adquirido, siendo todavía niño, tal destreza en el manejo 
de la lengua araucana, que pasaba por el mas elocuente 
de los lenguaraces, i tenia, por consiguiente, en las parlas i 
juntas de guerra de los caciques, el doble prestijío de su 
inlelijencia como intérprete i de su valor como soldado, pues 
se le contaba entre los mas valientes capitanejos de la tierra. 
Hizo, de esla suerte, una cruda guerra a la República, hasta 
que el bando de los Pincheiras fué deshecho, mas por el oro 



I)E LA ADMINISTRACIÓN MOMT. 70 

que por el acero; i como pros(araon aquellas ciicunslancias 
servicios de considoracioi), dcjóscic en la Araucanía con el 
carácler do comisaiio jencral do indios, especio de procónsul 
de ios cristianos, que representa a la Hcpública entro los 
bárbaros, i tenia por consiguienle entre ellos gran autoridad. 

Pasaba, sin embargo, Zúñiga como un hombre artero, 
pérfido i tan audaz como sanguinario. Los caciques, los ca- 
pitanes de amigos i los lenguaraces, que eran sus aliados o sus 
satélites, le hablan cobrado por esto mas temor que respeto 
i, en el fondo de sus pechos, tan aleves como el de su jefe, 
acechaban la ocasión de vengarse de todos sus actos de 
violencia i de rapacidad. 

Por otra parte, el preslijio de Zúñiga estaba circunscrito a 
los indios de la costa de Árauco propio (I), enire los que 

(1) El verdadero nombro, en nuestro concepto, del territorio 
de los bárbaros es el de Araucanía, como comprensivo de la raza 
i de ios cuatro antiguos Butalmapus, que ya no existen. Lus indí- 
jenas llaman Arauco solo la zona de la costa. He aquí lo que, a 
este mismo respecto, escribía don Bernardino Pradel, desde el 
interior de la Araucanía, a un amigo suyo (ilon José Maria Guz- 
man), en una carta fechada en Perquenco, julio 20 de 1861, i 
que hemos recibido en copia, después de estar escrito el presente 
capítulo. 

«Los propiamente araucanos no son otros que los que quedan 
en la costa de este nombre, i, cabalmente, son los únicos semi-ci- 
vilizados que se diferencian en todo de las costumbres bárbaras 
de las innumerables tribus que componen los indios chilenos. 

«Hasta hoi no puedo saber positivamente, añade Pradel (tra- 
tando de esplicarse la aulonomia de aquella nación desconocida 
que, en realidad, no tiene ninguna), las tribus de los naturales que 
pretenden entenderse con el gobierno de Chile. Lo que sé es que 
la cordillera llamada del Viento, se atribuye que demarca el te- 
rritorio Arjentino con el de Chile, i que, tomando este punto, solo 
desdé ahí tenemos indios, siendo los Pehüenches; i siguiendo al 
sur, tocamos con los de Lonquimay, que habitan entre dos cordi- 
lleras. Desde allí, se desprenden to las las diferentes ramas de 



80 UISTOKU DE LOS DIEZ AÑOS 

habia nacido, pero quo son los mas inofensivos. Los Lia- 
nistaSy que reconocían por jefes a los soberbios Colipi (lio i 
sobrino) ¡ los Huiliches, que habitaban en las faldas de la 
cordillera, bajo el cclro de Magull, el verdadero rei do la 
Araucania, le eran bosliies o desdeñaban su poder. 



V. 



nácese preciso, en esta parle, echar una rápida ojeada so- 
bre el Icrrilorio do la Araucania, para liacerse cargo de los 
sucesos en que los bárbaros, como luego veremos, serán lla- 
mados a tomar parle. 

La zona de Chile, do que son absolutos señores los Arau- 
canos, entre el Biobio i el Cautín o Imperial, conserva los 
caracteres de la topografía jeneral de la República, aunque 
revestidos de una pasmosa grandiosidad. Todo es mas her- 

coidilleras que forman la faja con que cierran las provincias de 
Arenco, ValJivia, Chüoé, hasta tocar con Magallanes. 

«Si los indioj Potiüeiiches i Lonquimay son chilenos, parece 
qne deben serlo también los que habitan de la otra parte de la cor- 
dillera de VillaiTÍca, pues esas tribus las reputaron, en tiempo de 
la Conquista, a favor de Chile, i fueron visitadas por los misioneros 
que ellos llamaron Evechinches, Huillipavos, Jahuavinos, Cá- 
chala, Tülapelin. En el dia son llamados Indios de fusil, que 
visten calzón corto, usando estribo de palo en su montura igual 
al que usaron los padres misioiieíos en aquel tiempo. — Los Giii- 
lliches.coludos, — los contra Güilliches, — los Güilliches cerrado*, 
porque el idioma no es igual con los que habitan en estas pro- 
vincias de que hablo arriba, son otras tribus. 

«Los iíidios que liabitan en las tribus de Maguil consideran 
todas estas razas ser sus companeros, i aun a ¡Maguil se le man- 
daron ofrecer' ayudarlo en la guerra, manifestándole que los 
indios Coluiios despreciaban las infanterías nuestras, porque ellos, 
con sus flechas envenenadas i su lijoreza en correr a pié i punto 
certero, no dejaban de matar siempre.» 



DK LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 81 

moso i mas jiganlescoen aquellas comarcas privilcjiadas. Los 
Andes ( I." zona jeolójica del tcrrilono chileno), erizados do 
volcanes, dominan con sus picos las cumbres de las cordilleras 
que se esliunden al sud del Biohio i del Verp:ara ; los llanos 
intermedios (2." zona), que sedilalan a las faldas de aquellas, 
son mas feraces i vastos i, por úllimo, la cordillera de la costa 
(3.° zona), que se présenla lan deprimida desde el desierto 
do Atacama hasta las tetas del Biobio, so empina en aquella 
rejion a tal altura que el viajero pudiera acaso confundir- 
la con la cordillera real, si no arrojara aquella sobre la costa, 
hasta tocar con la playa del mar, una serie de agrestes i for- 
midables espolones do montanas, por cuyos senos corren tor- 
tuosos i comprimidos, bramadores torrentes, que se han esca- 
pado de los llanos orientales, por entre los grietas de aquellas 
magnificas selvas que escucharon un dia los gritos de guerra 
de Caupolican i las trovas inmortales del poeta castellano. 



VI. 



De esta fisonomia especial de la Araucania toman también 
orijen el carácter í la distribución de sus tribus. Las de la 
costa, pobres, paciücas i sujetas a diferentes caciques, que por 
su aislamiento no consienten el predominio de un solo cau- 
dillo, viven en las faldas de los contrafuertes que la serranía 
de la costa, llamada cordillera de Nahuelbuta, prolonga 
hacia el Pacífico, o en los estrechos valles que forman, al 
descender de aquellos, algunos torrentosos rios como el Lebu, 
el Paicavi, el Tirua i otros de menor importancia. El camino 
do Concepción a Valdivia pasa por esta rejion, orillando la 
playa del mar i las principales posesiones que en ella tienen 
los cristianos son la villa de Arauco ¡ el desmantelado fuerte 

de TuoTj peí -viejo, un poco mas al sud. 

11 



82 HISTOniA DE LOS DIEZ A?ÍOS 

Tal es la rcjion de !a costa o de la cordilieía de Nahuelbu- 
la, famosa en el concepto de los naturalistas por ser la patria 
orijinaria de la papa, pues crece en ella salvaje, formando 
espesos matorrales. 



Vil. 



Sigue hacia el oriente la rejion de los Llanos. Es esta la 
Araucania hislórica, i los escombros de las siete ciudades 
(Angol, Puren, Boroa, la Imperial i otras) que pisan con 
la pezuña de sus caballos las hordas errantes que las habitan, 
están aun atestiguando que, en aquellas zonas, la conquista i 
la colonia hicieron, durante sus primeros siglos, esfuerzos mas 
poderosos de predominación i de civilización que los puestos 
enjuego a orillas del mismo Mapocho, que era entonces solo 
una ciudad de monjas i de frailes. 

Es imponderable la belleza i la feracidad de aquellas pla- 
nicies interceptadas por pintorescos riachuelos, en cuyas már- 
jenes se agrupan las reducciones de cada cacicado, e intcrrnn- 
pidas a trechos por amenos bosques de piñales, cuya suculenta 
fruta [e\ piñón) convida a aquellas tribus a fijarse en sus 
vecindades. Son, por esta razón, los indios llanislas ios mas 
ricos, i, por consiguiente, los mas. ociosos; los mas bravos i, 
por consiguiente, los mas inquietos; los mas independientes 
i, por consiguiente, los mas soberbios. 

Solo entre ellos pudieron, en consecuencia, hallar los chilenos 
algunos fieles aliados en la guerra do la independencia. El 
famoso cacique Venancio Coyopan, (natural de Pemuco cu el 
Itata), el amigo de los Carreras ¡ el camarada deljeneral 
Freiré, fué el jefe de aquellas tribus palriotas a quienes 
sus vecinos de los declives ¡ de los valles internos do la cor- 



l)l: LA AD'MNIáTUAriON MONTT. 83 

(íillo.'a (los Ilmhches i Pefnienches) mirahan como a trai- 
doras i trataban como a tales. El cacique Coli|)i, primera 
lanza de Arauco, liabia sucedido a Venancio, heredando esa 
lidelidad a la ropídjlira i su odio inveterado a ios Huiliches 
i a su famoso caudillo el sombrio Maguil, 

Aprovecháronse de esa rivalidad los intendentes de Con- 
cepción para mantener el erjuilibrio de aquella potencia 
vo;)ina que acarrea tantas infructuosas cabilaciones a nues- 
tros hombres de estado, i amenaza con tan frecuentes estragos 
a nuestras provincias limítrofes. Fruto do aquellas insidias 
fué el reciente envenenamienle de Colipí, que se atribula a 
los sortilejios de su implacable rival Blaguil Bueno. Ilq- 
bíale sucedido, en consecuencia, a principios de 1850, su so- 
brino Felipe Colipí, valeroso mancebo de 20 años, i mientras 
cumplía su mayor edad, servíale de tutor su pariente el ca- 
cique Calrileo, cuyo nombre se hizo tan popular en 1851, 
particularmente entre las amas i niños asustadizos de la 
capital. 

Tal era el aspecto físico de la rojion intermedia enlrs las 
cordilleras de los Andes i la de Nahuelbuta, que es jeneral- 
raente conocida con ei nombre de Llanos de Angol, i tal era 
el carácter i la posición de sus belicosos habitantes. 

VIII. 

La zona andina, habitada por los fíuiliches en, en <8o1, 
no menos importante que la de los Llanos. Aquellos indios 
son mas salvajes i, por tanto, mas indómitos. Fuertes en las 
asperezas en que habitan, sus tribus son mas bien cazado- 
ras, como la de los Llanos se dan de preferencia a la labran- 
za o a la ganaderia i las de la costa viven, en cierto modo, 



8i HISTORIA DE LOS DIEZ AiÑOS 

de ia pesca Je doiide viene a sus ¡ndiviJuos el apodo de cho- 
reros, alusivo al marisco de que se aumentan. La gradación 
que los elnógrafos han establecido entre los pueblos pesca- 
dores, cazadores ¡ labradores se encuentra pues marcada 
en la Araucania, en pequeña escala, como lo está en su 
mayor estension entre los habitantes de la Tierra del fueyo 
que viven solo de mariscos i para quienes las ballenas 
podridas, arrojadas por las olas en la playa, es el mas sun- 
tuoso de los banquetes, los bárbaros de la Patagonia, que 
cazan con sus laques la avestruz i el huanaco, i por último, 
el Araucano que culliva el trigo i el mais. 

Los Guilliühes son, por su posición jeográfica, los aliados 
natos de los Pehüenches i aun de las tribus nómades de 
ultra-cordillera. Acaso menos numerosos que los Llanislas, 
son mas fuertes por la cooperación de sus aliados ¡ por la 
naturaleza de su agreste territorio, en el que hasta aquí 
no han penetrado nuestras armas. Fueron, por consiguiente, 
aquellas tribus los mas constantes i poderosos auxiliares de 
los realistas en la guerra de la independencia, desde las 
campañas de Sánchez i Benavidcs hasta las correrías de 
José Antonio Pincheira, el Viriato que encontró la España 
en su reino de Chile. 



IX. 



Uq hombre singular, que salia de la esfera de los bár- 
baros por sus cualidades i sus defectos, habia conseguido, a 
fuerza de artificios i de astucia, imperar como un supremo 
jefe entre las diferentes reducciones déla Araucania, desde 
el Biobio al Imperial , pues al sud de este rio, por un 
fenómeno singular de fisiolojia, los indios pierden ya su fie- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 85 

reza ¡ de suyo han ¡do somiiliéndose al yugo de nuoslra 
aiiloridad polílica ¡ a las piáclicas cnslianas, que les cnse- 
üan nuestros misioneros do Valdivia. 

Era Maguil, o Mañil Dueño, como mas jeneralraenle se le 
llama, un indio viejo, frió, suspicaz, reservado i casi selvá- 
tico que, a todas luces, tenia en su sangre alguna mezcla del 
guinea u hombre blanco, pues su fisonomía seca, perfilada i 
do contornos agudos traicionaba, a la primera mirada, un orí- 
jen eslraño al de las selvas en que habitaba. Decia él, con 
su malicia habilual, revestida de una estudiada gravedad, 
que era hermano del jeneral Cruz, i debia .1 esta impostura 
una no pequeña parle de su influencia, pues aquel jefe era 
universalmente respetado en toda la tierra por la fidelidad 
con que había guardado sus pactos i la rectitud con que 
dirimía sus pretensiones con el gobierno chileno o sus mutuas 
querellas, mientras desempeñaba la intendencia de Concep- 
ción. La prudencia que habia desplegado en su carácter de 
jeneral en jefe con ocasión del castigo de los indios de Puan- 
cho, a quienes supo hacer justicia (cosa admirable!), apesar 
de ser bárbaros, afianzó entre éstos, de una manera poderosa, 
su antiguo prestijio (1). El taita Cruz fué, desde entonces, 
en la Araucania lo que Fraí Luis de Valdivia habia sido en 
el siglo XVII i el insigne virreí O'Híggins, a fines del último. 

Maguil BuenOy que nunca mereció tal nombre, a no ser, 
por su escepcional desinterés entre sus codiciosos compa- 
triotas, habia comprendido el carácter esencialmente super- 

(1) En el Apéndice, bajo el núm. 4, damos publicidad a la es- 
tensa i curiosa memoria que sobre los acontecimientos de aque- 
lla época dirijió al gobierno el jeneral Cruz, con focha de 12 
de setiembre de 1850. Aunque redactada con el trabajoso len- 
guaje que usa aquel jefe en sus comunicaciones, contiene dalos 
i pormenores mui interesantes que contribuirán a ¡lustrar la 
gravísima cuestión pendiente de la sumisión de la Araucania. 



86 IUSTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

ticioso de los ímiíjenas ¡ esplolaba su credulidad en todos 
sentidos para grangearse el preslijio de consejero supremo 
do los bái'baros. lira jeneroso de lo suyo i do lo ajeno, al 
punto de no tener mas propiedad que su pajizo rancho^ va- 
liente, esperiraentado, porque era ya raui viejo, i de suyo 
sagaz, aparentaba tal austeridad en sus hábitos i rodeábase 
de tantos misterios en la soledad en que vivia, acompañado 
solo de sus numerosas mujeres, que no le Labia sido dificil 
persuadir a todas las tribus i aun a las de de su implacable 
rival Colipí, de que era un ser sobre natural, una especie de 
machi o brujo supremo, a quien todos llamaban el Bueno. 
«El cacique Maguil, dice en unos apuntes autógrafos que 
tenemos a la visla, el único de los cristianos que haya en- 
contrado acceso hasta la intimidad i el techo de a^uel lár- 
baro (I), dominaba solo con la persuacion hasta el estremo 
de constituirse en un verdadero Mahoraa, pues tenia la ha- 
bilidad (le haber persuadido a todas las tribus que le diesen 
su poder para ser él solo la persona que las representase al 
frente de cuanto ocurriese con los cristianos. Este hombre 
se hacia creer en cuanto le convenia i sujeria astutamente, 
a fin de que los mismos indios le temiesen por el poder que 
le daban los jenerales Cruz i Urquiza, siempre haciéndoles 
consentir que el dia que él quisiese le mandarían soldados 
aquellos jefes. 

«Mantenía constanleaiente comunicación con Urquiza i, 
principalmente, con el cacique principal de Puelmapu, que 
se llama Calbucura, i es nacido en los llanos de la provin- 
cia de Valdivia, quien gobierna a los indios de las pampas 
de Buenos-Aii*cs. 

(1) Don Bernardino Pfadel, que estuvo asilado en las tolderías 
deMagui!, durante cerca de tres afios^ a consecuencia de la revo- 
lución de 18o9. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MOiNFT. 87 

«Tenia enganado a cslo cacique iiasla hacerle consenlir 
que conlaba con millares do lanzas para ausiliailo; i niaii- 
lieno éslo basla lioi testigos, hijos de .Maguil i otros caciques, 
para que estén recibiendo raciones cerca de Calbucura, de 
las que da el gobierno arjcntino. 

«Maguil, añade Pradel, hacia creer a los indios que era 
adivino, que tenia un toro, un caballo, etc., con quienes 
consultaba todo, i cuanto decia a este respecto lo creían como 
si lo viesen,» 

A principios de 1850, el siniestro i súbito ün de Colipi, el 
cacique patriota, como Maguil habia sido una especie de toqui 
o jeneralísimo de las reducciones godas, vino a dejar al último 
sin rivales en toda la tierra ¡ a colocar su influencia entre los 
bárbaros a la altura de una verdadera omnipotencia. «La 
muerte de este cacique, dice el jeneral Cruz en la Memoria 
que acabamos de citar, aludiendo al sospechado envenéna- 
lo de Colipi, es un incidente que ha hecho variar completa- 
mente el estado tle las tribus i frontera, situación que debo 
tenerse mui a la vista, pues que en su desaparición se ha 
destruido el contrapeso establecido entre los tres Bulamal- 
pus de esta parle de la cordillera, lo que refluye mui direc- 
tamente en la posición de aquella. Esta pérdida es tanto mas 
de sentir cuanto ella influye en el aumento de prestijio del 
cacique Maguil, cabeza de ese Bulalmapu monlañez o andi- 
no, indio astuto i sagaz para promover i mantener sus rela- 
ciones de amistad i alianza con los caciques de las otras tri- 
bus, desconfiado, supicaz, allanero en las mui pocas relaciones 
que tiene con los españoles, i estremadamenle simulado para 
ocultar sus intentos i aspiraciones, calidades que entre ellos 
son de gran valor i lo que le ha dado una gran influencia.» 



SS HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 



X. 



Talera, en 1851, la situación de la Araucania, esle pequeño 
Chile lan bello cooio el nuestro, que es la ardua tarea de las 
presentes jeneraciones unificar con nuestro territorio i nues- 
tra existencia, no social porque esta será la obra de los 
siglos, sino poHiica, que será solo el fácil resultado de una 
loi bien concebida i cuerdamente ejecutada. 

Al escaparse pues ol mayor Zúñiga con el objeto do suble- 
var la tierra, a espaldas de la revolución, habria puesto a 
ésta en grandísimo peligro, si aquel caudillejo hubiera conta- 
do con la alianza de Maguil, o siquiera con la deCatrileo, el 
tutor del joven potentado de los Llanos. Pero, felizmente, no 
era así. Aborrecíale Maguil en su corazón como a un émulo 
insidioso, i las tribus angolinas, víctimas de sus depredacio- 
nes, no le eran menos adversas. De esta suerte seesplica que, 
en vez de dirijirse a los llanos o a la cordillera, se marchase, 
sin mas compañía que la de su asistente, con dirección a 
Tucapel-viejo. 

Su intención de sublevar las tribus de las costas i apode- 
rarse de la importante posición de Arauco, que es a la vez un 
fuerte i un puerto de mar, era pues manifiesta. Pero antes 
de entrar en el detalle de sus operaciones, volveremos a se- 
guir al jencral Cruz, a quien dejamos en Concepción, alistán- 
dose para encaminarse a los Ánjeles. 



XI. 



Cuando el jeneral Cruz se ponía en marchado Concepción, 
para las Fronteras, el 1.° de oclubre,, asaltábale a menudo 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 80 

la zozobra do lo que potiia leinerse con relación a la fuga del 
comisario do indios ¡ a sus futuros planes. Aquel recelo era 
sobradamenle fundado ; mas no al punió de justificar los hon- 
dos temores que se apoderaron en breve del ánimo del cau- 
dillo del sud ¡ torcieron sus mas acertados planes. Por muí 
osados que fueran los intentos de Zúniga, en efecto, éstos no 
podrían jamas llegar a poner en riesgo la seguridad de las 
fronteras, desde que, por una parle, las poblaciones cristia- 
nas estaban unánimcmcnle adheridas a la revolución, i por 
la otra, los principales jefes de las tribus bárbaras prestaban 
homenaje al jeneral Cruz. 

Mas éste olvidóse fatalmente, como en tantas otras ocasio- 
nes, de su rol revolucionario, para acordarse solo de su deber 
como jeneral en jefe. Es una regla de la estratéjia militar no 
dejar jamas a retaguardia de un ejército un elemento hostil, 
i el jeneral Cruz se sometía ciegamente a este consejo de la 
rutina, olvidando que él era el soldado de una gran causa 
pública, i que el pais, al proclamarle, habia visto en su espa- 
da el rayo de la justicia i de la libertad, no la insignia de un 
caudillo militar. 



XII. 



Bajo la mortificante impresión de estos temores, llegó el 
jeneral Cruz a los Aójeles, en la tarde del dia 5 de octubre, 
detenido en el camino por el deplorable oslado de su salud i 
por copiosos aguaceros. Recibióle aquel pueblo belicoso con 
un estadillo de entusiasmo. Agolpóse la tropa i la muche- 
dumbre al paso del caudillo, desdo su entrada a la población 
i lleváronle en triunfo hasta su morada. El Gobernador don 

Ignacio Molina, le felicitó, a nombre do los habitantes de las 

12 



90 HISTORIA DE LOS DIEZ ANO 

Fronteras i le ofreció sus servicios i su sangro «para combíi- 
lir a sus opresores» ( 1 ). 

(!) He aquí la nota que, con este objeto, dirijió el gobernador 
délos Anjeles al jeneral Cruz i la contestación de éste. Dicen asi. 

GOBIERNO DE LA LAJA. 

Anjeles, octubre 5 de 1851. 

Señor Jeneral: 

Persuadido que la suerte de una causa que se discute en los 
campos de batalla, depende ordinariamente de no dejar pasar sin 
provecho un tiempo que no vuelve, me cabe la honra, como Go- 
bernador del departamento de la Laja, por elección popular, de 
ser el intérprete i órgano de los principios políticos de sus habi- 
tantes, que espresaré a US. en dos palabras. 

Cuando nuestros hermanos do Concepción declararon roto el 
pacto público que les unia al Gobierno Jeneral, reasumiendo el 
poder que le hablan delegado^, por el abuso escandaloso que hizo 
de él frecuentemente, invitó a los departamentos de la provincia 
a hacer causa común para reivindicar sus derechos; el Departa- 
mento de los, Anjeles ha contestado a su llamamiento, con una 
espresion muda pero elocuente i positiva,tomando las armas. Para 
que US. pueda expedirse en las operaciones de la guerra sin em- 
barazo con las fuerzas de este departamento, queda autorizado 
con la omnipotencia militar sobre ellas, i, al efecto, se dará orden 
conveniente para que, a las 8 del dia de mañana, se pongan a su 
disposición los Jefes i oüciales de los cuerpos de infantería i caba- 
llería. 

Al poner en conocimionto de US. esta medida, me lisonjeo que 
el entusiasmo i resolución de los ciudadanos de este deparlamento, 
que pelearán a sus órdenes, valga tanto como el juramento que 
los soldados de Fabio hacían de salir siempre vencedores i lo 
eumplian. 

Dios guarde a US. 

Ignacio Molina. 
A S. E. el jefe Supremo Milifar. 

CONTESTACIÓN. 

CUARTEL JENERAL DE LOS LIBRES. 

Anjeles, octubre 6 de 1851. 

Por la nota de US., fecha o del corriente, me ha sido mui lison- 



di: r.A ADMLMSTn.VCIÜN MONTi. 91 



Xlíí. 



Pero no dcbeiia timar largo liornpo en ol pcclio del Jcne- 
ral Cruz el alborozo (lo aquellas mauíTeslacionos, que eran 
ya los síntomas do la impaciencia con que se oslenlaban los 
pueblos por la lardanza do los aprestos de la revolución, no 
menos que evidentes testimonios de adhesión al caudillo quo 
se había puesto a la cabeza de aquella (I). Pocas horas des- 
pués de haber llegado a los Anjeles, supo, en efcclo, el jene- 
ral Cruz quo e! mayor Zúñiga había emprendido sus opera- 
ciones, íralando de sublevarlas reducciones de la costa, con 
ol objelo de asaltar a Arauco ¡ amagar en seguida la linea 
del Biobío. 

jero ver espresados los nobles sentimieritos de es!e heroico pue- 
blo, tratándose de libertades de la República, sentimientos que 
me liabia cabido la honra de reconocer por mi mismo en los mo- 
mentos de mi entrada a esta población. 

Con este motivo, al acusar recibo de su citada nota, me cabe 
la satisfacción de espresar por su órgano al entusiasta pueblo mi 
gratitud por sus demostraciones i decisión por la gran causa na- 
cional que sostenemos. 

Dios guarde a US. 

José María de la Cruz. 
Al Gobernador del Departamento de la Laja. 



(i) Como una muestra del desfallecimiento que comenzaba a 
apoderarse aun de los hombres mas decididos de la revolución, 
copiamos aquilas palabras que el mismo gobernador de los Anje- 



92 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Habíase recibido ya en Concepción, a las nuove de la nocho 
del dia 4, por un espreso enviado pore! gobernador de Arauco, 

leí dirijia privadamente al intendente don Pedro Fólix Vicuña, 
en carta del 30 de setiembre, que tenemos a la vista. 

«Téngase presente, dice, que esta causa va a ser fallada en el 
campo de batalla i que el vencedor es el que tiene la razón. Es 
un error creer que esto pueda llegar a una transacción. Los que 
están en el poder no juegan su vida empuñando la espada sino que 
mandan a matarse a otros por ellos i de este recurso sabrán hacer 
uso sin tocar ningún otro. La palabra de paz en boca del ene- 
migo es un ardid con que se quiere sorprender la buena fé des- 
cuidada. Luchamos con la astucia, mas bien que con la fuerza, 
¿Quién ignora esto?» 

No es menos significativa la siguiente carta, dirijida una semana 
mas tarde, al intendente de Concepción, por otro gobernador de- 
partamental, don Pascual Ruiz. Dice así: 

Señor don Pedro Félix Ficuila. 

Santa Juana, octubre 6 de 1851. 

Muí señor mío: 

Por don Ensebio Ruiz, se hacen pasar a esa ciudad al coman- 
dante Sepúlveda i al cura de Nacimiento, que, por oficio que se 
acompaña, sabrá U. el objeto de separarlos de aquel punto. Me 
dice el comandante Sepúlveda que el batallón Chacabuco hizo 
contra-revolución i se replegó a la capital; que el jeneral Búlnes 
se puso en marcha para esta provincia con 4,000 hombres, tra- 
yendo bajo sus órdenes el batallón Buin i Chacabnc<\ la artillería 
i rejimiento de Granaderos i su salida la hizo el 19 del pasado, 
i que ya está en Longaví. Así mismo, me dice que han zarpado 
del puerto de Valparaíso tres buques de guerra con jeiite para 
desembarco i se cree dirijidos a la provincia de Coquimbo, i dando 
a entender que el vapor Arauco ha sido preso. Como todo esto 
ignoramos por acá, muchos dan crédito de las aserciones del se- 
ñor Sepúlveda. 

Asevera también que el intendente García pasó el Maule con 
mil hombres que sacó de Chillan, i yo desearía me impusiese U. 
de estos pormenores, no por miedo, sino para asegurar mas 
nuestros preparativos de defensa. 

Desea a U. se conserve bueno su afmo. S. Q. B. S. M. 

Pascual ttuiz. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 93 

la noticia de quo Zúnijía so onconliaha el dia 2 do oclubro 
en Qiiolen, punta inlerniüdio entre Tucapel-viejo i Arauco, 
i sabíase que los indios de ios contornos so ocupaban en 
«amarrar lanzas», cspresion quo en el lenguaje pintoresco i 
semi-bárbaro do las Fronteras, equivale a una tácita decla- 
ración de guerra. 

La alarma que manifestaba el comandante militar de Arau- 
co encontró eco en los ánimos de los habitantes de Concep- 
ción que velan un peligro cercano para su propia ciudad, 
¡en consecuencia, las autoridades se apresuraron a enviar 
ausilios de armas i pertrechos al fuerte amenazado, por sí 
se vela en el caso de sostener un sitio. Acordóse también 
el sensato arbitrio de despachar a la tierra a un hijo do 
Zúñiga con cartas i promesas de sus amigos, remitiéndose 
entre las primeras una raui eficaz de una hija de aquel, monja 
profesa, que existía en el monasterio de Trinitarias de Con- 
cepción. 

No lardaron eslas mismas nuevas en llegar a los Anjeles. 
El dia 7, a la una i media del día, fué avisado el jeneral Cruz 
que Zúñiga estaba en Cupaño, i comprendiendo al punto 
que ora preciso obrar con celeridad, ordenó que la compaflía 
de infantería cívica de Santa Juana se dirijese a Arauco a 
batir a Zúiliga o defender la plaza, si se hacia necesario. 
Encargó al mismo tiempo que se remitiese una carga de mu- 
niciones i cien piedras de chispa con aquel objeto (1). 

XIV. 

Bastaba, al parecer, con eslas medidas i las adoptadas en 

(I) Correspondencia inédita dol jeneral Cruz con el intendente 
Vicuña. 



94 UISTORIA DE LOS DIEZ a5Í09 

Concepción, para aquietar ios espíritus de lodo recelo, a fin 
(le dejarlos solo preocupados do la gran empresa de llevar 
hacia el norte los pendones de la revolución. Existían ya los 
elementos de aquella ardua cruzada en hombres, armas i 
todos los recursos que una prolongada campaña puedo cxi- 
jir (1). Había en los Anjeies cerca de mil hombres de infan- 
feria, incluso el Cararapanguo, i los numerosos escuadrones 
que mandaba Ensebio Ruiz. En Concepción, existía la artille- 
ria con un abundante parque i un lucido batallón de volun- 
tarios. La vanguardia, al mando de Urrulia, era ya dueña 
de la linea del Nuble, habiendo ocupado a Chillan en la ma- 
drugada del día 4, i adelantaba sus partidas tijeras hasta 
cerca del Parral, en los momentos en que Húlnes se replegaba 
de Longavi sobre el Maule, El ejército revolucionario estaba 
pues listo para la marcha i todo lo que hubiera podido fallar 
a su suficiencia en disciplina i organización, le sobraba en 
cnlusiasrao i en fé revolucíonaiia, especie de pólvora sorda 
que hace en los sacudimientos popularos mas estragos que 
el cañón. 

Pero el jeneral sn jefe de aquel ejércilo asi fraccionado, 
volvió a perder preciosos dias ocupado de ponera salvo las 
Fronteras de los riesgos, a todas luces imajinarios, en que po- 
dían ponerlas los araucanos. 

(1) Solo habia gran falta de caballos para la movilidad de la 
división de la frontera. He aíjuí lo que el jeneral Cruz decia al 
intendente V^icuña, a este propósito, dos o tres dias después de 
haber llegado a los Anjeies. «No es posible proporcionarse caba- 
llos, ni aun quit;mdolos a los milicianos de caballería, porque 
estos tunantes, bien sea por libertarse que los haga salir o te- 
miendo el que se les quite, lo que en realidad tenia como paso im- 
prudente, todos ellos han concurrido a la reunión de ayer monta- 
dos en rabeles. Eo este mismo estado, veo en este monuMito pasar 
por el fronte de las ventanas, a cuya luz escribo, treinta i tantos 
indios Sanfaffcinos.» 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 95 

Eslo erroi" liié funcslo. VA peligro podía existir, pero no 
era en manera alguna necesario que fuese el mismo jenoral 
Cruz el encargado do conjurarlo. líubiérale bastado, para este 
íin, hacer venir deTalcaliuano al activo Aloraparlc, el mismo 
que después desbarató los planos do Zúñiga con tan san- 
grienio estrago, o comisionar a algún jefe militar de cierta 
rospetatiilidad, para que hubiese entrado en avenimientos 
con los caciques mas importantes. Si el jenoral Cruz hubiese 
tenido el don de la adivinación en esta coyuntura, habrialo 
bastado dejar con aquel encargo ai coronel Zañartu, con el 
título (por él tan anhelado!) de intendente de la provincia 
i, de esta suerte, era seguro que se habría ahorrado, sí no la 
sangre de Longomiila. la deshonrado Purapel, al menos. 



XV. 



Mas, el jenoral, minucioso por carácter i dado a los hábitos 
de la inspección personal que su celo le había impuesto durante 
su carrera pública, quiso él mismo eptrar en esos eternos i 
estériles parlamentos que celebran los bárbaros, aun para 
sus mas ínsigniíicantes resoluciones. Su objeto era obtener 
que las principales tribus enviasen a su ejército, no aüsilía- 
res, porque tan absurda i tan inútil barbarie jamas pasó por la 
mente del jenoral, como lo ha creído el vulgo, sino delegados 
o testigos, como son estos llamados en la tierra, que le sir- 
vieran como prenda de la paz que prometían guardar en 
ausencia de las fuerzas que custodiaban las Fronteras. La 
medida en sí misma indudablemente era acertada, pero no 
exijia, bajo ningún concepto, la presencia personal del caudillo 
de una revolución popular que, de esta manera, se espuso a 
presentar, durante mas de veinte días, cada uno de los que 



96 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

era de una inmensa ¡mporlancia revolucionaiia, el conlraslo 
casi ridicalo de un jeoeral rebelde que se emplea en oír las 
arengas de unos bárbaros majaderos, mientras el gobierno, 
contra cuyo colosal poder de organización hablase aquel alza- 
do, disponía, con un solo jesto, de lodos los tesoros de la 
nación í de lodos los hombres que sirven por salario, que, a 
la verdad, no son pocos. 

XVI. 

Tan cierto era que la presencia del jeneral Cruz en los 
Ánjeles era solo un lujo de su mal concebido celo, que en el 
mismo dia en que él llegó a aquella villa (5 de octubre), 
Ensebio Ruiz habla reunido en parlamento a los caciques 
Píchun, Piñolevi, CoÜpí ¡ muchos oíros, entre los que se con- 
taba el valiente Monlri, que pertenecía a una familia que no 
reconoce superiores por sus denuedos en todas las reduccio- 
nes de los llanos. 

Para conmover las tribus de Maguil, ademas, había baslado 
solo que el lenguaraz don Panlaleon Sánchez se presentase en 
San Carlos de Puren el dia 8 i que se enviase a aquel temido 
bárbaro un herraje de plata para su caballo i unos cuanlos 
pesos en monedas ( I ]. 

(1) En el libro de la comisaria del ejército del jeneral Cruz, 
que se conserva como uno do los trofeos de Piirap(?l en el Minis- 
terio de la guerra de esta capital, liai dos partidas que dicen asi. 

«. Octubre '2\. — Por veinte i cuatro pesos in fregados a don Pan- 
laleon Sánchez para que dé a Maguil Bueno, en recompensa de 
su cooperación en la seguridad déla frontera, amagada por Zúñiga 
con su huida a ios indios, según consta del decreto que se rejistra 
bajo t>l iiúm. lo. — Prieto — Panlaleon Sanche:. — [Son 24 ps. ) 

(¡.Octubre 23. — Por cuarenta i un pesos cuatro reales entregados 



DE LA ADMINISTIIACION MONTT. 97 

Medíanle cslos arbitrios, que ponen de manifieslo cuan fácil, 
i sobro lodo, cuan barato es el arlo do manejar a los llama- 
dos poderosos araucanos, cuyo mas soberbio potentado no 
dosdeflaria el oficio de pordiosero si fuese condenado a vi- 
vir en nuestras ciudades, consiguió el jeneral Cruz celebrar en 
losAnjeles un fatigoso parlamento con ios caciques que obede- 
cían a Maguil, el 10 do octubre. Mas, aquellos diputados, una 
vez concluida la ceremonia, se volvieron a sus respectivas 
comarcas, a fin do consultar maduramente el partido quo 
debían abrazar, mientras el jeneral Cruz veia que la revolución 
toda de Chile iba a quedar aguardando la respuesta que so 

dignasen enviar Aciagas fueron estas aberraciones i mas 

lo fueron sus inevitables resultados. Si el jeneral Cruz se hu- 
biese encontrado en Chillan i sucesivamenle en San Carlos ¡ el 
Parral en los primeros días de octubre, era casi evidente quo 
el jeneral Búlnes se habría visto obligado a replegarse al norte 
del Maule, como él mismo lo manifestaba en esos propios días; 
i entonces ¿quién hubiera podido atajar el paso triunfante 
de una revolución que estaba en todos los corazones chilenos 
que no recibían sueldos del erario? ¿Quien hubiera podido 
responder aun de la fidelidad pagada de aquel ejército en 
esqueleto, única valla que se oponía entonces al alzamieulo 
unánime de tres provincias, que equivalían por su territorio a 
un tercio de la República, estando ocupado el otro tercio por 
las armas do Coquimbo? 

Pero quizo el ciego destino de la siempre malhadada causa 
liberal que, mientras tronaba el caúon de Petorca (14 
do octubre), estuviesen los revolucionarios del sud (incora- 

a don Francisco Meló, valor de un herraje que se le compró para 
gratificar al cacique MHgtiil Bueno, según consta de la orden que 
íe acompaña bajo el riúm. 16. — Prieto. — Francisco Meló. — (Son 
41 ps. oO cts.)') 

13 



9vS HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

prcnsible cOiilrasle!], Gonio pueslos on chiquillas, a usanza 
(le los bárbaros, oyendo sus ¡ntermiriables ¡ pielünciosas 
arengas. 

XVÍI. 

Tan absurdo era lodo esto que el mismo jcneral Cruz 
hacíase cargo, a! parecer, de la anonialia de su situación. 
Escribiendo al intendente Vicuña, el dia 12, después de pin- 
tarle el entusiasmo de los indios para acompañarle, a con- 
secuencia del parlamento do los Anjcles (I ), le decía: «Así 

(1) «Acabo (le saber, dice el jeneral Cruz, en una carta del 12, a 
don Pedro Félix Vicuña, con relación a los resultados de esta ce- 
remonia, que los caciques de Magiiil han vuelto por allí (San 
Carlos de Puren) tan decididos i contentos con el saludo i parla 
que les hice, que la mayor parte de ellos aseguran al coman- 
dante que, aun cuando Maguil se opusiese a su salida, ellos 
vendrían con sus mocetones a los ocho dins del plazo que les 
había señalado i que me acompañarían hasta lograr « amarrar a 
Montes». 

A propósito de e>ta última frase, no podemos menos de apun- 
tar aquí una opinión mtii jeneral que hubo eti 1851 entre la 
iente del pueblo i particularmente de los campo?, sobre las causas 
de la revolución del sud en aquel año. Como poco antes habíase 
mandado recojer por una leí la plata de cruz, llamada macu- 
quina, creían los rotos i los huasos que esta era plata del jeneral 
de esto mismo nombre, i asi es que decian hace bien de pelear : 
■por que' le han de quitar su plata? I cuantos que no son rotos 
ni tiuasos no han tenido en nuestras revueltas una divisa nías 
elevada al empuñar las armas ? 

En cuanto a la manera de esplicarse los indios la guerra 
de los blancos entre sí, decian sus interprete.s que Montes era 
malo porque en las serranías hai leones, reptiles i plantas ve- 
nenosas, í Cruz era bueno porque era la seña del cristiano. Al 
menos, no puede negarse que los Araucanos eran mas lójicos 
que los guineas en la esplícacion de sus enigmas, i que no falla- 
lía ?t sus ruzonam¡;.'ntos un sí es no es de adivinación. 



DE l.\ ADMINISTRACIÓN MONTT. 99 

OS, mi amigo, el que por ahora solo puedo colocarnos cu al- 
gún apuro el que dou Maimol [cljeneral ^¿i/jí<?«j so nos 
ponida en marcha para (Ihüiau luego.» Palabras que ofrecen 
una curiosa coincidencia porque m:uii[leslau el lemor do un 
jenoral de verse atacado por su adversario en la misma co- 
yuntura en que éste relrocediu a su vez, sospechando que 
iba a ser el agredido. 

xViii. 

La única medida úa alguna importancia revolucionaria, 
acordada por el jcncral Cruz en los Aójeles, fuera de sus 
ingratas combinaciones con los iuilijenas, que agolaron al 
íln su paciencia, fué la organización del rejimienlo Caram- 
pangue (decreto de !0 de octubre), p )r medio de la agrega- 
ción al batallón veterano de este nombre de las milicias do 
Yumbel, para lo cual se hizo una promoción jeneral de la 
olicialidad de este cuerpo ( I ), i la creación del batallón de 

(1) El jeneral Cruz, en su calidad de jefe supremo de la na- 
ción, concedió uno o das grados a cada uno de los oficiales del 
Carampangiie, otorgándoles despacho?, con todas las formalidades 
acostumbrada'-. Gomo una muestra del estricto orden con que 
se procedía en todas las operaciones de la revolución, trans- 
cribimos aquí íntegro uno de estos despachos, copiado del oriji- 
ual. Dice así ; ^ 

JosE María de la Cruz, jexeral • 

DE DIVISIÓN ETC., ElC. 

Por cuanto : usando de las facultades que me da el cargo de 
Jefe Supremo de armas (jue me han conferido las provincias de 
Concepción i Cocjuimbo, i atendiendo a los méritos i servicios del 
capitán de la piinjera compañía del primer batallón del rejimiefito 
Carampangue don Juan A. Vargas, he veni lo en conferirle el 
grado de sárjenlo mayor, concediéndole las gracias, exenciones ' 



100 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

línea Alcázar, compuesto de los cívicos de los Anjeles, que 
se mandó poner bajo un pié de guerra el 11 do octubre, 



preeminencias que por tal título le corresponden, quedando su- 
jeto este ascenso a la aprobación del Congreso de Plenipoten- 
ciarios que debe reunirse, o del Jefe Supremo que este cuerpo 
nombre, ínterin se reúne el Congreso Constituyente. 

En consecuencia, ordeno que le hayan i reconozcan por tal 
capitán graduado de sarjento mayor del reji miento Carampan- 
gue, para lo que le hice espedir el presente despacho, firmado 
de mi mano, i sellado con el sello de la intendencia. Dado en 
el cuartel jeneral de los libres, en los Anjeles, a once días del mes 
de octubre de mil ochocientos cincuenta i un años. 

José Maria de la Cruz. 

S. £., en virtud de la autorización antes espresada, coníiere 
el grado de sarjento mayor al capitán de la primera compañía 
del primer batallón del rejimienlo Carampangue don Juan A. 
Vargas. 

Cuartel jbnebal de los libres. 

Anjeles, octubre 11 de 1851. 

Cúmplase, tómese razón en la comisaria del ejército i pásese 
al señor intendente de la provincia para que se anote en secre^ 
taría. 

Cruz. 

Se tomó razón en la comisaría del ejército a f . 4 del libro de 
títulos. Anjeles, octubre 11 de 1831.— Prieto. 

Concepción, novienabre 6 de 1851. 

Tómese razón en secretaría i tesorería jeneral. 

Tirapegui. 

Se tomó razón en esta secretaría en el libro respectivo a 
fojas 67. — Luis Pradel, secretario. 

Se tomó razón a f. 172 del libro de títulos militares, núm. 12. 
Tesorería jeneral de Concepción, noviembre 7 de 1851. — Urive, 
Ministro accidental. 



DR LA ADMINISmACION MOHTT. ' 101 

dándolo aquol nombro, dico oí docrolo corrospondionlo, «en 
memoria del benemérito i valíonlo jonoral sacrificado eu 
sosten do la ¡ndepcndeucia i defensa especial de este depar- 
tamento» ( i ). 

(I) Boletín del $ud, lib. 1°, núm. 7, 



CAPITULO V. 



EL GOBIERNO CIVIL DE CGNCEPCiON. 

E! coronel Urrutia ocupa a Chillsii con I;i vaiifruardia del ejórcilo 
revolucionario. — Acta de adhesión a la revolución que form;iii 
los vecinos de aquella ciudad. — Kl inletidente del Nuble don 
MariaiK» Uanion Zañaitu. — La vanguardia entra a San Carlos — 
Proclama que d coronel Urruiia dirije a los habitantes déla 
provincia dtJ Maule. — Pronunciamiento en Cauquenes. — Me- 
didas financieras adoptadas por la intendencia revolucionaria 
de Concepción. — Delicados procedimientos del intendente Vi- 
cuña. — Uecursos rentísticos de la provincia de Concepción. — 
El Estanco. — Deudas fiscales. — Comparación de los gastos 
hechos por el gobierno jeneral de la Kepública i los revolucio- 
narios de Concepción i Coqu¡mi)o. — Caja de la comisaria del 
ejército del sud. — Maestranza. — Envió de Rabanales i Claro 
Cruz para organizar montoneras en Colchagua. — Visita de 
cárcel estraordinaria que hace Vicuña. — El Boleiin del sud. — 
Estravagantcs detr^^os del intendente Vicuña declarando nu- 
los todos los pactos del gobierno jeneral. — Relaciones inter- 
nacionales de la provincia sublevada. — Avi>;o de su promoción 
a la intendencia revolucionaria que dirijió Vicuña a los ajenies 
consulares, i reconocimiento (jue hacen estos de aquel hecho. — 
El gobierno declara cerrados los puertos del territorio rebelde. 
— Patente de navegación del vapor Arauco, — Captura de este 
buque por los ingleics. — Furor del populacho de Talcahuano. 



104 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

— Heroisrrto de una «rabona». — Insolente ñola del coraandante 
Paynter.— Funestas consecuencias que trajo para la revolución 
el apresamiento del Arauco. — Protesta del intendente Vicuña. 
— El vice-cónsul ingles en Talcahuano teme que se atente 
contra su vida. — Notas cambiadas, con este motivo, por aquel 
funcionario i el intendente Alemparte. 



Mientras la revolución se encontraba paralizada ¡ casicom- 
promelída, como hemos visto, en las Fronteras, o, si no es 
impropio decirio, a retaguardia de sus operaciones, hacia aque- 
lla solo algunos inciertos progresos, mas como propaganda 
popular que por el influjo de las armas, sobre la línea del 
Nuble. 



If. 



El 4 do octubre, en efecto, como ya dijimos, habia ocu- 
pado a Chillan el coronel ürrutia, jefe de la vanguardia del 
ejército del sud, acompañado de sus principales lugar te- 
nientes Souper ¡ Lara, que se le habían reunido en los últimos 
(lias de setiembre. En el acto, se habia reunido el vecindario 
de aquella importante ciudad i por medio de una acta so- 
lemne (1), proclamó su adhesión al movimiento del sud, desig- 

(1) He aquí este documento que tomamos del Boletín del sud, 
núm. 4 del lib. I,". 

«El pueblo de Chillan, considerando la actual situación de la 
Ptppública, ha acordado: 

« l.° Que esta situación desgraciada depende de todos aquellos 
actos ilegales emanados del poder ejecutivo. 

<í.2.'> Que la proclamación de don Manuel Montt para presi- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MÜNTT. 103 

nandü al mismo liompo al entusiasta ciudadano don Uamon 

dente de la Repút)líca se lia hecho infrinjiendo la carta constitu- 
cional en el escrutinio que ella determina, habiéndose puesto 
antes en ejercicio cuanto medio reprobado ocurrió al poder 
ejecutivo para coartar la libertad del sufrajio, infrinjiendo igual- 
mente las demás leyes que lo reglamentaban. 

«3.** Que la autorización pedida por el poder ejecutivo al con- 
greso, concedida i promulgada como lei del estado en 14 de se- 
tiembre último, es atentatoria, contraria a los principios demo- 
cráticos, i visiblemente con el objeto de entronizar la dictadura. 

<(4.° Que en fuerza de estos fundamentos, i adhiriéndonos en 
todo al pronunciamiento libre i espontáneo de las provincias de 
Concepción i Coquimbo, declaramos, solemnemente i con la mis- 
ma espontarieidad, roto el pacto social, retirando desde luego los 
poderes conferidos a los representantes al congreso nombrados 
por esta provincia i demás autoridades, reasumiendo todos 
nuestros derechos soberanos, i en ejercicio de ellos, nombramos 
interinamente para intendente de esta provincia del Nuble al 
ciudadano don Mariano Uamon Zañartu, i de comandante jeneral 
de armas de la misma al benemérito i denodado teniente coronel 
don Alejo Zañartu, i ambas autoridades obrarán de acuerdo con 
el señor jeneral de división don José María de la Cruz, a quien 
conferimos las facultades necesarias a fin de llevar a cabo la 
realización de la Uepública^ poniendo a su disposición cuantas 
fuerzas i recursos tenga esta provincia; en virtud de lo cual se le 
remitirá copia de la presente acta para su conocimiento, i el pue- 
blo de Chillan queda satisfecho que este ilustre caudillo obrará 
en todo conforme a sus principios i heroico republicanismo.» 

Chillan, octubre 4 de 1851. 

(Siguen sesenta i dos firmas]. 

Al remitir esta acta al jeneral Cruz, el intendente Zañartu 
anadia estas palabras en una comunicación inédita que tenemos 
a la vista, fecha 7 de octubre. 

«Al infrascripto, como ciudadano i como primer majistrado de 
la provincia, le cabe la satisfacción de aceptar la causa popu- 
lar, i mucho mas cuando ve a U. S. puesto a la cabeza de ese 
mismo pueblo que con todas sus fuerzas pretende derrocar la 
tiranía i esa dictadura funesta que se ha querido entronizar en 
nuestra querida patria, mi corazón ha latido de contento, estoi 
dispuesto a morir por la libertad, como también lo está eu est« 
momento el pueblo que dignamente me rodea.» 

14 



100 HISTORIA DK LOS DIEZ AÑOS 

Mariano Zaíiarlu, rico hacendado di) aquella comarca; para 
que se hiciese cargo de la inlendencia de ia provjn'*ia del 
Nuble, acéfala desde la partida de García, i al comanda nio 
don Alejo Zaflarlu, para que desempeñase la comandancia 
de armas. 



III. 



El activo Urrulia no quiso permanecer mas tiempo en 
Chillan qu^ el que necesitaba para acopiar los escasísimos 
recursos militares que el no menos dilijenle García habia 
dejado tras sus pasos en su retirada hacia el norte. El 5 do 
octubre ocupó, en consecuencia, el pueblo de San Carlos, 
donde se hizo de unos 40 fusiles olvidados por García ¡ reu- 
nió cerca de cincuenta dispersos de los soldados del batallón 
cívico de Chillan que se desertaban de la división de Longaví. 
El deseo del impetuoso caudillo del Maule era invadir ace- 
leradamente esta provincia i conmoverla de nuevo para 
cruzar los planes que sobre ella trazaba el jeneral Bülnes 
desde su cuartel de Talca. «Continuamos pues adelante, es- 
cribía, en efecto, aquel jefe al intendente Vicuña, al ocupar 
a San Carlos el 5 de octubre, en nuestra magnánima empresa 
i estoí seguro, segurísimo de que triunfaremos de ellos, ape- 
sar de los terribles esfuerzos que hacen, pues su sistema 
infernal está en el día al alcance de todos.» 

Al mismo tiempo, el jefe de vanguardia hacia circular, entre 
sus amigos i adeptos del Maule, la siguiente entusiasta procla- 
ma llamándolos a las armas (1]. 

(1) Ya, desfle ol dia2 ile octubre, íiabia tenida lugar en Cauque- 
nes, capital de la provincia, un pronunciarnieiito revolucionario, a 
consecuencia, sin duda, de la retirada de la división de vanguardia 



DK LA ADMl.MSinAl.lON MONTl. 107 

COMPATIMOTAS. 

Cliill.in, octubre Je 18C11 

«Siempre celoso por los dcrschos del pueblo, ¡ por la 1¡- 
herlad do mi patria, bo combatido el despotismo que ha 
querido abogar la voz de la libertad. 

«En mi retiro, be visto los sufrimientos que dia por dia 
habéis tolerado, i en ellos jamas he estado lejos de vosotros ; 
porque, eiijvueslra persecución, he visto la muerto de la liber- 
tad por la que siempre ho combatido. 

«Dias de dolor os han amagado; pero el sol de la libertad 
brilló ya para los hijos del Maule I los que ayer jemian en la 
opresión boi respiran el aire de los libres. El departamento 

sobre el Maule, según aparece de la enérjica proclamación que 
Iraiiscribiinos en seguida de una hoja impresa. 

A miestros amigos i compatriotas, 

«Guando los pueblos proclaman sus derechos i libertad, la lira- 
nía redobla sus crímenes i atentado?. 

«Apenas Concepción i Coquimbo alzaron su grito de libertad, 
los que hoi apelan a vuestro patriotismo i valor hemos llevado la 
vida del proscripto. 

«Perseguidos a muerte por los esbirros de la tiranía, aun es- 
tamos vivos para defender la patria, después de vernos perse- 
guidos ¡ saqueados nuestros intereses. 

«Maule ardía en entusiasmo patriótico, i los ecos de libertad 
en el Sud i en el norte, la encontraron en su puesto. Aquí se han 
lirado el 19 de setiembre las primeras balas ^-ontra un pueblo 
indefenso que pedia su libertad; de aqui irá también el entusias- 
mo bélico que anonade la tiranía en sus mas recónditas trincheras. 

«No hai que dudarlo, cuando los pueblos se presentan a com- 
batir a sus criminales opresores, ellos triunfan: la historia está 
llena de estos ejemplos. Seamos unido?, i después de mas de 20 
años de tinieblas, la luz de la libertad reílejará gloriosa en nues- 
tra querida patria. 

Cauqiienes, octubre 2 de 1851. 

J. M. Fernandez Moraga— SMslian 2,° YUlalohos—Juan de 
iJioi Cisternas Moraga. 



108 UiSTOniA DE LOS DIEZ ANOS 

de Quirihüe correspondió ya al enlusiasmo do Concepción, i 
Coquimbo : el esla ubre ya. 

«Me cabe la esperanza de contar con igual esfuerzo i for- 
tuna en el resto de estas heroicas provincias que otra vez be 
dirijido: ahora, con un doble motivo, quiero vuestra felicidad. 
Me habéis visto nacer i me veréis morir por vuestra causa i 
libertad. 

«Quiera Dios que mis esfuerzos, unidos al de los leales i 
buenos patriotas, correspondan a mis deseos. 

«Ciudadanos que amáis la libertad, camaradas que habéis 
alzado el brazo para defenderla contra los tiranos ; que no 
haya mas pensamiento ni mas himno de guerra que el de 
¡Viva la República! ¡Viva el jeneral Cruz, su inpertérri- 
To defensor! ! 

Domingo Urrutia.^) 



IV. 



Pero, mientras el movimiento del sur se encontraba como 
estagnado en las márjenes del Bíobio, i se adelantaba hacia e! 
Maule con pasos vacilantes, arbitrábanse por el intendente 
do Concepción, con incesante afán, los medios de alimentar 
aquel, echando a la vez mano de todos los recursos que ofre- 
cía el patriotismo de los habitantes i poniendo en dura presión 
los diferentes ramos que por su naturaleza estaban bajo la 
mano del poder civil. 

Con increíble dilijencia, habíase reunido, de esta manera, 
por los dias en que seguimos el curso de la revolución, una 
suma de mas de 80 mil pesos en dinero efectivo, cantidad 
eslraordinaria en una provincia en que, por la naturaleza de 
sus transacciones, el numerario es tan escaso. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONIT. 109 

Uonios ya dicho que so había embargado a bordo del vapor 
Arauco un paquelo do onzas selladas quo ascendía a la suma 
do 20 mil pesos, perlenecíonles al erario nacional. Junlóso 
una suma equivalenlo, o inferior en poco, en las diferentes 
oíicinas do la provincia, i con oslo, el numerario disponible, 
al día siguienlo dol movimiento, alcanzaba a una suma re- 
donda do 38,300 pesos (1 ). 

(1) Esta cantidad estaba distribuida de la manera siguiente. 
Embargo en el Araüco 20,000 pesos. — Tesorería jeneral de Con- 
cepción 5,000 pesos.— Tesorería departamental 11,300 pesos.— 
Aduana de Talcahuano 10,000 pesos. — Estanco 2,000 pesos. — 
Total 38,300. 

«Del dinero, dice el ciudadano don Francisco Prado Aldunate, 
en el documento que hemos citado varias veces en el primer vo- 
lumen de esta historia, fui comisionado para tomar balance en las 
oficinas fiscales i encontré el número de 20,000 pesos tomados en 
el vapor, 11,300 en la Tesorería departamental, 5,000 en la Teso- 
rería jeneral, 10,000 en la Aduana, i 2,000 en la administración 
jeneral del Estanco i correos. Algunos pagarees de aduana, exis- 
tentes en la factoría, reducibles a plata, pocos; i gruesa cantidad 
en deudas de los vecinos, de fondos provinciales, en la Tesorería 
departamental.» 

El intendente Vicuña se empeñó eficazmente en que quedasen 
administrando los fundos fiscales los tesoreros Castellón i Martí- 
nez, que servían estos empleos; pero ambos se negaron, a menos 
de que se les permitiese protestar tres veces todo decrete de pago, 
lo que acarreaba dificultades inadmisibles. En su defecto, fué ele. 
vado a tesorero el primer oficial de aquella oficina llamado ürive. 
«Como mí fortuna habla desaparecido, dice Vicuña en sus apun- 
taciones citadas, durante las perseciiciones que me habían hecho 
mis enemigos, no siendo la menor una conspiración jeneral de 
todüs ellos para arruinarme, tenia que tomar las mas minuciosas 
precauciones sobre la contabilidad e inversión de todos los fondos 
públicos.» 

Terminada la revolución, hízose una honrosa justicia a la con- 
ducta observada por el intendente revolucionario en aquel espi- 
noso asunto. Las mismas cuentas de la tesorería revolucionaria 
fueron incorporadas en la cuenta jeneral de entradas i gastos de 
la Nación, i aun por los propios documentos i libros de aquella 



110 nisTOniA DE LOS DIEZ AÑOS 

Esla üMima cifra se hizo subir, en pocos días, a la de 60 
mil pesos, poniendo en juego lodo jéuero de arbitrios i sin 
que se impusiera a los vecinos un solo maravedí de conlribu- 
cion. Restableciendo la circulación de las onzas eslranjeras 
(decreto de 2 de octubre), cuyo curso estaba suspendido 
hacia poco por el gobierno jcnoi'al, se reunieron 8,000 pesos 
en aquella moneda, que se babia ido colectando de cuenta 
del erarlo en los deparlamentos. Agregáronse a estos dineros 
43,000 pesos por la liquidación del estanco i factoría de Con- 
cepción (1), 3,000 pesos de los estancos deparlaraenlales, 
1,500 del fondo de jornaleros de Talcahuano i 7,700 pesos 
mas devueltos al erario por varios deudores o comisionados 
fiscales (2), 

oíicina, puestos en órilon perfecto, se intentó poco después hacer 
efectivo el reintegro de las cantidades invertidas, por cuyo monto 
total el fisco ejecutó a Vicuña en 1852. Mas, luego, sin embargo, 
abandonó aquel su desacordada accioo, a la que los tratados de 
Purapel liabian puesto atajo. 

(t) Uno de los principales recursos de la revolución fue la venta 
del tabaco i su distribución a la tropa como equivalente del nu- 
merario. Al partir Vicuña de Valparaíso, habia convenido con il 
factor jeneral don José Manuel Figueroa que enviase éste a la 
factoría de Concepción cuanto tabaco fuera posible, de manera 
que, al estallar el movimiento, existia, entre la aduana de Tal- 
cahuano i la factoría de Concepción, un valor de cerca de cien 
mil pesos en este artículo. El intendente Vicuña suprimió por 
un decreto el estanco de Concepción, dejando solo subsistente la 
factoría, i en la liquidación de las cuentas de aquel, resultó un 
alcance contra el jefe del ramo, un rico especulador llamado 
Rodríguez, de 13,000 pesos, que la autoridad le hizo entregar en 
la tesorería, en el término de 2i horas, conminándolo con pri- 
sión. Esla era también una de las claves que ponían de manifiesto 
el enigma de la adhesión provincial al candidato de la Moneda. 

El Estanco en Chile ha sido para los gobiernos una especie de 
ejército permanente, h.ario mus eficaz por su organización que 
ios batallones armados. 

(2) Don Ignacio Palma, que lenia arrendada la valiosa isla de 



DF, I.A ADMINISTRACIÓN MOMT. * 111 

txislia adí'iiias una deuda provÍDcial (jiio ascendía a 187 mil 
pesos, ¡ por la que los favorecidos del lisco, que eran los adíe- 
los a la caiididalura JIonll, pagaban iiilcrcses suDiaineulo 
bajos, por sor censos u obligaciones pías, o no pagaban ab- 
solulanienlü nada. Con fecha 2^ de seliembrc, oitlenósc, en 
consecuencia, por undecrelode la ¡nlendencia, que lodos los 
(leudoies morosos enlrcgasen en lesorerid un 3 por 100 del 
lolal de sudeuda, como fondo de amorlizacion, dividiéndolos 
plazos do quince en quince días, a fin de hacer menos oneroso 
osle gravamen. De esta sencilla manera, se creó para la pro- 
vincia, o mas bien, píira el deparlamento de Concepción, una 
renta ü^a de 9,000 posos mensuales que, una vez hechos 
lodos los gastos de guerra, era suficiente para las domas 
exijencias del servicio. Desde luego, osla providencia dio por 
rcsuliado e! que so entregaran en lesoreria 4,000 pesos por 
intereses atrasados de la deuda flolanle déla provincia, sebo 
de todas atjaeilas recónditas afecciones políticas, que no te- 
nían el aliciente mas tenlador de un sueldo fijo. 



V. 



Tales fueron las sencillas operaciones de la hacienda revo- 
lucionaria en Concepción (I), i ciertamente que serán su 

de la Mocha on solo 300 pesos i debía al fisco gruesas sumas por 
otras negociaciones que esplicaban su ardiente civismo, entregó 
.i,000 pesos a cuenta de sus obligaciones, el comandante Sepúl- 
veda 3,000 pesos i un misionero italiano llamado Bracandori, que 
halda reci¡)ido 1,000 pesos para una comisión en Arauco, devol- 
vió por apremio a la tesorería 700 pesos que aun no había in- 
voríido. E>las tres cantidades hacian la ultima cifra de 7,700 
pesos que dejamos apuníados, 
(1) Les gastos de la revolución del sud fueron casi esclusiva- 



-112 • HISTORIA DE LOS DIEZ ASOS 

mejor Urabro i un noble desmentido a esas bastardas acusa- 
ciones que se hacen por los que solo viven del éxito, a todos 
los hombres que han promovido en Chile los sacudimientos 
populares. Pero acaso no ha existido, durante los últimos 30 

mente militaras, pero se pagó también puntualmente la lista 
civil i aun se dieron 1,000 pesos para gastos eclesiásticos. 

Según la cuenta jeneral de inversión de 1851 (en la (pie están 
insertadas íntegras las de la tesoreria revolucionaria de Concep- 
ción), se entregaron a la comisaria del ejército, durante todo el 
período de la revuelta, solo 35,409 pesos 87 centavos, es decir, poco 
mas de la mitad del dinero colectado en efectivo. Pero es preciso 
advertir que muchos de los gastos de guerra se hicieron por li- 
bramientos directos de la intendencia sobre la tesoreria, de los 
que no se tomaba razón por el comisario del ejército. * 

Según el libro de las cuentas de la comisaría del ejército dti 
sud, que, como hemos dicho, existe orijinal en el arctiivo del Mi- 
nisterio de la Guerra, la caja de aquella habia recibido hasta el 
l.°de noviembre, 30,996 pesos i solo habia gastado en esa fecha 
5,877 pesos, quedando una reserva de 25, H8 pesos. Esta se habia 
disminuido el 1." de diciembre a 14,978 pesos que fue mas o 
menos la misma cantidad que se distribuyó a los restos del ejér- 
cito revolucionario, antes de ser disuelto en Purapel. 

Entre los gastos de guerra, figura lo invertido en 2,600 camisas, 
600 casacas i 1,000 pares de pantalones que se hicieron en Con- 
cepción para el ejército i, mas especialmente, para el uso del bata- 
llón cívico de aquella ciudad. Pero los comerciantes vendían los 
materiales al costo, i las señoritas de Concepción se suscribían con 
gruesas partidas de aquellos ol)jetos que ellas cosían gratuitamen- 
te con sus delicadas manos. La señorita Rosa Esquella fue suscri- 
tora por 50 camisas. — Las obreras del pueblo cosían los pantalones 
solo a 9 reales la docena; i tal era el entusiasmo de estas infelices 
que una sirviente de doña Manuela Puga obló 200 pesos en que 
consistía toda su fortuna, fruto sin duda de largos ahorros. — Olra 
mujer del pueblo, al ver pasar por la puerta de su rancho a Vicuña, 
salió corriendo a su encuentro i presentándole un trozo de tocuyo 
que media dos varas, le decía — Señor intendente, alcanzapara una 
camisa! Escusado es decir que esta jenerosa dádiva fue admitida. 

Mas adelante tendremos ocasión de hablar mas detenidamente 
del patriotismo de las hermosas hijas del Biobio. 



nr i.A AnMiNisTn.vcioN momt. 113 

años, olro fiindameiilo do oslo cargo que una jcnnrálizacion 
(lo aquel anloccdcnto liislórico que sacó una revolución ar- 
mada dol moslrador de un Estanco. . . . 

Las medidas financieras de ios revolucionarios de Con- 
cepción aparecen mucho mas jusliíicadas cuando se las com- 
para al inmenso derroche con que so inició la hacienda del 
Decenio, i que, después de la sangre que verlió a torrentes, 
fué el mas odioso i el mas gravo de sus caracteres. Según 
las cuentas de inversión de los años de 1851 i 52, apare- 
ce, en efecto, que se gastó por el gobierno en sofocar la 
revolución do 1851, no menos do la enorme suma de 
1.298,758 ps. 23 cls. (1), es decir, diez i ocho veces mas 
que lo gastado en Concepción i trece veces mas de lo inver- 
tido en la Serena, pues en la revolución de Coquimbo se 
habían gaslado, según la cuenta de la tesorería de aquella 
provincia, 100,216 ps. 13 cts., casi el doble de lo que había 
sido preciso en Concepción. 

Hemos dicho que todos los gastos de la revolución del sud 
estaban completamente justiticados por sus documentos, í 
en vano el ávido ojo de los fisoales buscó algún resquicio 
do acusación a los que respandían cou su firma de aquellos 
procedimientos; pero sin embargo, el gobierno que osaba acu- 
sar a aquellos iiombres tan alrcvidos, como eran pobres. 



(1) Segiin las cuentas jencrales de inversión de los presnpnestos 
fio los años fisc3Í(i|^ de 1851 i 5*2. se srastaron en I8jI, como 
pxrt'so del presupuesto de guerra aprobado el año anterior, 
071,956 ps. 92 ct«., i en 1852, por el mismo motivo i con arre- 
glo a la leí de facultades estraordinarias de 14 de setiembre de 1851^ 
|j cantidad de G2G.80I ps. 31 cts.-Tofal 1.298,758 ps. 23 es. ' 

El presupuesto d-.d ramo de giieira había ascendido en 1850. 
en sus tres departamentos de ejército, marina i guardia nacional 
a 1.3'l9.3'ÍO ps. 7 cts. ¡ en 1851 subió casi al doble, esto es, a 



2.023,890 p^. -58 cts. 



lo 



114 DlSTOniA DE LOS DIEZ ifÍ09 

no sinlió el rubor do su responsabilidad (sino anle sus 
propias oficinas» cuyas manos estaban todas a sueldo, por lo 
menos anle la inexorable posteridad que comienza a juzgarlo) 
al eslampar en sus documentos públicos una partida concebida 
en estos tesluales términos : Por diarios, víveres i diversos 
gastos hechos en toda la república, con el objeto de conservar 
el orden público, librados a consecuencia de órdenes com- 
petentes— 152, 733 p?!! 

Para eterna honra de los sublevados de Concepción, re- 
jistrará la historia estas cifras, i en su contrapuesta com- 
paración, se leerá en los tiempos venideros con asombro que 
habia bastado al patriotismo de aquellos ciudadanos solo la 
mitad de los fondos secretos con que el gobierno que se habia 
sobrepuesto a la nación, sostuvo su usurpado poder, a fuerza 



de oro i de sangre. 



VI. 



Otro de los acuerdos de la autoridad revolucionaria, que 
ponian en evidencia de luz la honradez de sus propósitos [ 
el espíritu de orden con que se queria protestar contra la 
eterna acusación dirijida al partido de oposición, que en 
osla vez habia dejado de ser un bando para ser un poder, 
fué la creación del Boletin del sud, rejislro oficial de todos 
losados de la autoridad, el cual comenzóse a dar a la prensa 
el 2 do octubre, a imitación del que se publicaba en la capital, 
con el título de Boletin de las leyes ( 1 ). «Cuando una re- 
volución va a cambiar la faz de una nación entera, decia la 

(1) El primer número de esta curiosa publicación, de la que 
tomamos muchos datos esenciales para esta historia, apareció 
el 2 de octubre i el último el 3 de diciembre de 1851, formando 
46 números que componen un volumen en 4.* de 208pájs. 



DB LA AÜSHNI9TRACI0PÍ MONTT. 115 

Inlroiiucciüu do eslo repertorio, espücando la mcnle tío sus 
autores, los actos que inician esto movimiento rejenerador 
deben pasar a la posteridad, ya soa como una espresion del 
patriotismo do los quo abrazan los senlimientos e ideas quo 
la impulsaban, o bien, como las bases en que debe reposar el 
nuevo cdilicio social quo debe levanlarse,» 
4 

Vil. 

junto con la creación del Doleíin del siid, se espidió por 
la intendencia do Concepción, el 2 de octubre, un decreto 
oslraño cuya peculiar osadía rayaba ya en la extravagancia. 
Proponíase nada menos aquel rescripto, digno de la Busia ' 
dictado en Concepción, abolir de hecho la tesoreria nacional 
que existia en la capital, suprimir el ministerio de hacienda 
i por completo la acción del gobierno, declarando de ante 
mano irremediablemente nulos los pactos que celebrase el go- 
bierno jeneral, ¡ todos los pagos que se*hiciesen por su orden, 
incluso por supuesto el sueldo del presidente de la Repúbli- 
ca. Esto era llevar el ardor revolucionario hasta el quijo- 
tismo i desnaturalizar hasta cierto punto, el espíritu de cor- 
dura i moderación que habia caracterizado a la revolución 
desde sus primeros pasos (1 ). 

(I) He aquí esta curiosa pieza, tal cual se publicó énelJPoíetín 
del sud, núm. 9, del líb. i.°. 

BANDO. 

i4j)ro FÉLIX VICUÑA, intendente proclamado por la provincia de 
Concepción^ etc., etc. 

Por cuanto: con esta fecha b ¡ntenclencia ha espedido el de- 
creto que sigue: 

((Estando df^spedazados los lazos que ligaban las provincias 
con un gobierno tiránico, que ha sacrificado a los intereses i 



HISrOrUA DE LOS DIF.Z AÑOS 



VIH. 



La casi irremediable escasez do armas en la provincia era 
olro de los molivos do preocupación i de labor para la au- 
toridad provincial de Concepción. El 13 de seliembre no 
exislian en los cuarleles do aquel pueblo sino 100 fuciles 
útiles, do manera que desdo la madrugada del siguienle din, 



pgoismo de una facción diuiinuta i cnrromp'da los de la Repú- 
blica entera, i llegado ya el tiempo de poner un di(|tie a la di- 
lapidación que so hace de las rentas naciondles. fraguando nego- 
ciaciones escandalosas, compras i ventas fraudulenta?, para pros- 
tituir a los -ciudadanos; atentliendo, por otra parte, aquejas 
provincias de Concepción i Coquimbo, se hallan completainento 
emancipadas, i las del Nuble i Maule, ocupadas por nuestras 
furrzas, i como todas aquellas tienen derecho a una parte 
considerable de aquellas rentas, con que la espirante tiranía 
procura conservarse en las pro\¡ncias centrales, este gobierno 
por ?í i en representación de las dos que ocupan nuestras fuerzas, 
mientras tanto orgaíiizan sus respectivos gobiernos, ha decretado 
lo siguietite: 

Art. 1." Todo contrato hecho con el titulado g{)l)ierno jeneral 
quo oprime a las provincias centrales de la Repúldica, es nulo 
desde el 13 de setiembre pasado, en que esta provincia recobró los 
imprescriptibles derechos de su soberanía. 

2." Todo contrato antes estipulado se suspenderá desde aquel 
mismo dia, teniendo que devolver cualquiera anticipación reci- 
bida con esfe objeto, 

3.° Todo aquel que pagase un documento no cumplido de 
Ctualquiera naturaleza, adelantando fondos por descuentos o baki 
cualquiera otro título, los perderá^ teniendo que .devolverl(P, 
tan luego como las fuerzas de las provincias ocupen los puestos, 
donde las autoridades ilegales i nulas hubiesen cometido estas 
fraudulentas transacciones. 

4.» Los sueldos pag.idos al que se titula presidente de la Re- 
pública, a los que se llaman sus ministros, a todos los nuevos 



Di; i. A AÜMIMSTUACION MONTT. 117 

oí ¡nleiiiioiile Vicuña se ccnsíigró a orí^anizar una ntaos- 
Iranza suficieiilo para remontar lodo el armanienlo viejo o 
(Icscompueslo qno cxislia en la provincia. En pocos (lias, 
eslaba monlado \\n lalicr completo, cncl que ardían, durante 
el (lia ¡ la noche, (res o cuatro fiaguas, servidas |)or mas do 
Ireinla obreros, entro los que se contaha un buen número de 
mecánicos alemanes emigrados. De esta suerte, a fines do 
setiembre, estaba ya com|)letamento armado el batallón Guia, 
i S6 habia confeccionado pertrechos suficienics para un 
ejército de cuatro mil hombres, aunque la pólvora i el plomo 

empleados, comisiones ele. sobre-sueldos militares concediitos 
después del 13 de setiembre, se declaran también indebidos i 
nnlos, i los que ios reciban están obligados a devolverlos con sus 
correspondientes intereses. 

5.° Todos los administradores del estanco i demás oficinas de 
las provincias del Nuble i Maule, que rinden sus cuentas i pagos 
a la Tesorería priticipal de Concepción, continuarán entendién- 
dose con ella en la misma forma; i todo pago, transacción o des- 
cuento que haya tenido lugar en dichas provincias, después que 
fueron evacuadas por la fuerza de Ijs opresores, es nulo, sin la 
intervención de esta oficina. 

6.° En veinte dias contados desde esta fecha no se recibirán 
en esta provincia ningunos efectos despachados del puerto de 
Valparaíso; i en mes i medio, del resto de la República. Toda 
internación pagará los derechos establecidos en la aduana de Tal- 
ca huano. 

7." Este decreto durará hasta la organización de un gobierno 
nacional que resolverá lo conveniente. — Anótese, comuniqúese 
i publíquese. 

Por tanto: para que llegue a conocimiento de todos i tenga su 
debida observancia, puublíqese por bando, fijándose por el escri- 
bano de gobierno ejemplares e/i los lugares acostumbrados. Dado 
en la sala del despacho de la intendencia a dos dias del mes de 
octubre de ISol. 

Pedro Félix Vicuña. 

Luis Pradel. secretaric.» 



418 HISTORIA DE LOS DIEZ Af^OS 

fuesen estraordinariamento escasos en aquella provincia, 
donde el trabajo de las minas es casi totalmente descono- 
cido. E! grave error de no haber enviado el Arauco a po- 
sesionarse de las municiones depositadas en los castillos do 
Valdivia, se baria sentir en breve ¡ de una manera harto 
funesta ! 

Por este mismo tiempo, 1 a instancias del ardoroso cura 
Sierra, resolvió el intendente revolucionario comisionar al 
antiguo oticial de ejército don Mallas Rabanales, a fin de 
que levantase en la provincia de Colchagua partidas vo- 
lantes (montoneras), que interceptasen las comunicaciones 
entre la capital i el cuartel jencral del ejército del go- 
bierno. Aquel caudillo debia recibir algunos ausilios en 
armas i dinero del coronel Urrutia, pasar el Maule i comenzar 
sus operaciones entre Talca i Curicó (1 ). 



(1) Como una medida de buen gobierno, el intendente Vicuña 
hizo en los primeros dias de la revolución una visita de cárcel 
estraordinaria, i tan estraordinaria fué que de mas de 80 reos, 
recibieran su libertad 60. Quedaron en prisión solo los acusa- 
dos de salteos. Los otros eran cuatreros o delincuentes de fallas 
leves, que pe castigaban, sin embargo, con toda la severidad de 
las leyes del Estilo, La visita se hizo con la intervención de 
todos los escribanos i teniendo a la vista los autos de cada causa- 
Ademas, se dio orden para que ninguno de aquellos indultados 
fuese admitido en los cuerpos que se levantaban para formar el 
t^jércilo revolucionario. Pero apesarde todas estas precauciones, 
no sabemos si aquel acto debería censurarse como una violacionde 
las leyes, por cuyo cumplimiento iba a armarse el país, o con- 
templarse solo como una medida de induijencia revolucionaria 
que aumentarla el entusiasmo de las masas, sin causar grave 
daño a la sociedad. Entre los perdonados contose a un célebre 
ratero a quien llamaban el gato porque vivia solo escalando 
murallas i tejados para robarse utensilios domésticos, pero que, 
como el famoso Leña verde, de quien hablaremos mas adelante» 
üo ti'nia una reputación siniestra. De los detenidos por críme- 



DE LÁ AD31IN1STIUCI0N MONTT. 119 

Con igual misión, fué despachado dosdo Rere, por ol jcno- 
ral Cruz en persona, su sobrino don Vicenle Claro i Cruz, 
que se trasladó al sud con aquel objeto, finjiendo que iba a 
traer una arria do ganado de las haciendas de su lio, Dióle 
éste con aquel propósito una orden concebida con duplici- 
dad, a Un de engañar a su regreso a las autoridades del 
tránsito, cuya eslratajema tuvo un excolenlo resultado (1), 
pues el intendente de Talca Cruzat le detuvo solo unas 
pocas horas, como sospechoso, i luego le dejó partir. Claro 
Cruz venia a establecer sus montoneras entre San Fernando 
i Curicó. 



IX. 



La intendencia revolucionaria no habia descuidado tam- 
poco ejercitar, en cuanto era dable a su limitada acción 



nes de importancia, el de mas ivota era el célebre Sesruel, el 
Falcatodel sud, hombre de tan ilustre apellido que se le corría 
de voz vulgar emparentado por sus mayores en la casa de Aus- 
tria i tan valeroso como terrible en sus pasiones. Era ya algo 
anciano i tenia un aspecto venerable. Ofrecióse para ir a formar 
montoneras o llevar comunicaciones hasta Coquimbo, a trueque 
de obtener su libertad, pero la única gracia que le Sfi concedió fué 
cambiarle unos enormes grillos que lehabian remachado, porque 
con otros mas lijeros que antes tenia, mató un centinela i logró 
escapar, hasta que el animoso don Bernardino Pradel volvió a 
prenderle, empleando no menos de 70 hombres con aquel objeto; 
tan grande era el terror que inspiraba su nombrel 

(1)£n esta carta, fechada en Rere el 2 de octubre, dice el je- 
neral Cruz aludiendo a la venta de sus vacas, c Conducirlas para 
abajo en esta estación sería darles carne a los cuervos, i yo me 
hallo bien distante de proporcionárselas.» 



120 HISTiiHIA DL LOS DIEZ AÑOS 

poiiUca ¡ al bloqueo jeocral de sus puertos {!), sus relaciones 
¡niernacionales, fuera ya por medio de los vlce-cónsules que 
algunas potencias como la Inglaleria i los Eslados-Uuidos 
manlenian en Talcaluiano, fuera enlabiando amistosas re- 
laciones con los capitanes de buques de guerra cslranjeros, 
únicos que lenian aulorizacioD oficial para acercarse a" las 
costas del territorio sublevado (2). 



(1) He aquí el ilecrcto que declaró el bloqueo de todos los 
puertos del sud i que Cü|)ianiüs úv\ Boletín de las leyeSy núni. 9, 
lib. 19. 

Santingo, setiembre 30 de 1851. 

Considerando : 

1.*" Que los puertos de la provincia de Concepción están ocu- 
pados por los snldevados de esta provincia. 

2.° Que en uno de estos puertos ha sido asaltado i tomado un 
buque mercante de la marina nacional, con grave perjuicio de 
sus dueños; 

3.0 Que deben temerse iguales depredaciones en baques, tanto 
nacionales como eslranjeros ; 

He venido en acordar i decreto: 

Quedan cerrados todos los puertos de la provincia dn Concep- 
ción a toda comunicacio'i, esceptuáiidose lus buques de guerra 
estranjeros, basta nueva orden. 

' El comandante jeneral de marina dará las ordenes necesarias 
para que una fuerza competente de la escuadra nacional, vaya a 
hacer efectiva esta resolución, 

Comur)íquesc. 

Mí)>-TT. 

José Francisco Gana. 

(2) El capitán de la corl)e!a de guerra norte-americana Saint 
Mary entró, como todos sus conciudadanos, en las mas cordiales 
relaciones con ios jefes de la revolución i no opuso resistencia 
alguna al armamento que se ejecutó en Taloahuano de una 
conipañía de rifl-ros americanos destinada al ejército del jone- 



DE LA ADSllMSTIlACiON M!)MT. 1*21 

Una do las primeras atendiónos del inlondenle Viciina lia- 
i)ia sido, por consi¿,'uicnte, dar aviso a los ajenies consulares 
en Talcíliuano de su promoción al primer pueslo do la pro- 
vincia, on nombro de la soberanía popular quo esla asumía, 
i de las pacificas i amigables relaciones que el nuevo gobierno 
deseaba manloner con todas las potencias eslraujeras. Los 
ajenies de estas en la provincia, i el vice-cónsul ingles el 
primero entre estos, se apresuraron a hacer un esplícito re- 
conocimiento del hecho que se les comunicaba, cual era su 
deber, según las prescripciones mas vulgares del derecho 
internacional (1). 

ral Cruz. En uno o dos viajes que hizo a Valparaíso aquel bu- 
que su caballeroso comaiuiantu Mr. MacgrudiT llevó diversas 
cotminicacioiies de Vicuña a su familia i lo uiisnio practicó 
en otras ocasiones el capitán Johnson del vapor ingles Gorgon, 
esponiéndose a la brutal reprobación del ministro Sullivan que 
habia tratado malamente al capitán Paynter, porque no era tan 
brutal como él; aunque luego, en verdad, aprendió a serlo! 

(I) He aquí la nota del vice-cónsul ingles en que acusa recibo 
de las comunicaciones del intendente Vicuña. Está tomada del 
Bolelin del sur núm. 9 lib. 1.' i dice a!^í: 

Vice-Consulado Británico. 

T.ilcaliiianí), setiembre 16 dé 1851. 

Señor: el infrascrito, Vice-Cónsul Británico en la provincia 
(le Concepción, tiene el honor de acusar recibo de un oficio de 
esta fecha del intendente de la provincia que actualmente fun- 
ciona, don Pedro Félix Vicuña, hacién;loine saber que habia sido 
proclamado por la voluntad soberana del pueblo, i adjuntándo- 
me copias (le las actas i proclamas publicadas en Concepción el 
(lia 14, asegurándome que la intención del nuevo gobierno e» de 
continuar tratando a la nación inglesa con la nii.'sma cordial 
amistad (]iie tan felizmente se ha conservado liahla lioi. 

El infrascrito se aprovechará de la primera oportunidad para 
comunicar esta circunstaticia a su gobierno, i en el pntrelanto, 
tiene el honor de asegurar al señor intendente que funciona su 
mas alta consideración i aprecio. 

Roberto Cunningham — 'Vice-Cónsul). 

Al Kfñor (]oii Pedro Félix Vicuña, intendente actual de la provincia de 
Cquct'j¡c¡(>n, 

IC 



122 HISTORIA ÜE LOS DIEZ AÑOS 



X. 



Otro de los actos de ia soberauia que coDsliluiael territorio 
sublevado en ia independencia de lieciio exijida por las leyes 
internacionales para imponer los deberes de la neutralidad a 
los paises estranjeros, fueron las patentes de navegación 
que espidió el gobierno revolucionario a favor del bergantín 
Jeneral Baquedano i del vapor Arauco, sujetándose en lodo 
a las reglas del derecho déjenles (1). 

Pero la misma legalidad de sus procedimientos dio en breve 
márjen al atentado mas odioso que viera consumarse la 
revolución de 1831 ; tal fué el apresamiento del mismo va- 
por Arauco, hecho de sorpresa por el vapor Gorgon de S. 
M. B., según órdenes espresas del almirante ingles, i en vir- 
tud de un decreto verdaderamente oprobioso del gobierno le- 

(1) Damos publicidad, a continuación, a la patente de navega- 
ción del Arauco, tai cual se publicó en el Boletín del sur.iDice así. 

José María de la Cruz, Jefe Supremo militar, proclamado por los 
pueblos^ Jeneral de División de los Ejércitos de la Bepiíblica. 

Por cuanto he mandado armar en guerra el vapor nacional 
Arauco, i por mientras permanezca roto el pacto de unidad coa 
el gobierno invasor de los derechos del pueblo, vengo en estender 
la presente patente de navegación al espresado vapor, para que 
los buques i autoridades marítimas nacionales le presten todos 
los auxilios que pueda demandarles, i ruego a las demás naves 
i autoridades amigas o estranjeras lo consideren i auxilien en 
conformidad con el ofrecimiento que les hago de retribuirles 
iguales servicios en casos análogos, para lo que firmo la patente, 
sellada con el sello déla Intendencia, en el cuartel jeneral de los 
Libres, en Concepción de Chile, a veinte i cinco dias del mes de 
setiembre de mil ochocientos cincuenta i uno. 

José María de la Cruz. 



I)K LA AÜMINISTRACION MONÍT. 123 

gai. (]U6 (leoiuraba pirátíüa la batuioia chilena euarbolada eo 
los máslilcs de aquel buque. 



XI. 



Eq el primer volumen de esla historia (1), hemos referido 
con alguna detención ios pormenores de esta escandalosa 
violencia, i, al presente, cúmplenos solo añadir algunos docu- 
mentos a los numerosos ya publicados en esla obra, que 
ponen mas de manilieslo la humillación a que fué sometida 
la República por sus mezquinos mandatarios i la desmedida 
osadia de los marinos ingleses, autorizados por aquella mis- 
ma fatal debilidad, síntoma infame de ese infame crimen 
americano que hoi cubre de cadáveres el suelo de Méjico. 

El lo de octubre, en efecto, se anunció por los vijias de 
Talcahuano la aproximación de un vapor de guerra que en- 
traba a todo su andar por la boca grande de la (juiriquina, 
Viósele, en seguida, echar sus anclas a pocos pasos de! sur- 
jidero donde el Arauco permanecía desde su regreso ds 
Coquimbo, hacia dos semanas, i desprendiendo inmediatamente 
de su costado botes armados, tomó posesión del buque revo- 
lucionario, sin haber hecho antes ia menor intimación sobre 
cuales eran sus propósitos, al eniprendor un alaque tan sin- 
gular como inesperado. Era el asaltante el vapor Gorgon, 
capitán Paynler. 

Al saberse en tierra aquella depredación, que tenia lo- 
dos los caracteres de un acto de aleve piralería, encendióse 
en ira el ánimo del pueblo i comenzó éste a correr en 
tropeles hacia el fuerte que domina la babia, con la inlen- 

(1) Véase en el tom. 1." el capítulo titalado Un crimen de lesa 
patria i los documentos que le cürresponden en el Ape'ndice. 



124 HISTORIA DE LOS DIEZ A.ViS 

eion lie atacar en el aclo al agrcsur. Tanlo fué el furor 
de la muchediirabre i de la tropa en los primeros ¡nsíanles, 
que, fallando tacos en el castillo para cargar los ca- 
ñones, vióse a una mujer del pueblo (probablemente alguna 
rabona i que quedó tal por aquel acto) arrancarse con las 
dos manos su vestido de la cintura (1) i entregarlo a los ar- 
tilleros para que dispararan sobre \os gringos ladrones, como 
.en su tosco, pero esla vez verídico lenguaje, llamaban los 
rudos marinos de Talcahuano a los captores del Arauco (2j. 
El teniente de marina don Juan de Dios Camaño, joven 
animosísimo, natural de Valparaíso, que se encontraba a bordo 
en aquel momento con Alemparle, ocupado el último activa- 
mente de sus aprestos, hizo cargar la colisa del vapor, basta 
la boca i apuntarla al buque asaltante, creyendo que este 

fl) El intendente Vicuña mandó gratificar a esla mujer i a otra 
que siguió su ejemplo con una onza de oro^ para que costeasen un 
vestido de seda. 

(2) Como una muestra odiosa pero característica de la irritación 
que produjo en todo el país el atentado délos ingleses^ copiamos 
aquí la siguiente hoja impresa que circuló en las calles de Valpa- 
raíso, tan pronto como llegó a la bahía -de aquel puerto el vapor 
Gorgon con su mal liabida presa. Dice así con su peculiar i semi- 
bárl)ara ortografía. 

tA los ciiilcnos. 

«Compatriotas...!! Los ingleses estos pérfidos gringos pirata en 
la mar y contrabandistas en tierra, que siempre lian vivido di I 
pillaje; nos han arrebatado el vapor arauco para entregailo al 
tirano Montt, y protejer de óste modo la urania en chile. Este 
insulto tan alros a nuestro nacionalismo y á la causa santa que 
defiende el jeneral Cbuz del)e ser escarmentado, y si estos infa- 
mes gringos nos saltean en la mar nosotros debemos degollarlos 
en tierra. 

«Somos un millón de chileno*; y todos unidos podemos aniqui- 
lar esta rasa de ingleses maldita por los buenos americanos. Asi 
escarmentarán de insultarnos con su poJer en la mar, si al 
grito de degüello desíipirecen del suelo cliileno.» 



ni; I,A AnMlMSTR.VC.ION MONTT. 1 2rí 

¡lia a romper sus Iuo^íüs pero (¡evisüer iii ilo aquel acto lo- 
merario, cuando observaron (jiio bajaban los bolos dol Uoryon 
i quo vonia tropa armada a abordarlos. 

liljclb do los caplorc.í, ((uo ora aquol mismo marino ingics 
cuya condescendencia al celebrar el vil ajuste que levantó 
el embargo del Araiico en el puerto de Coquimbo habia sido 
tan severamente amonestado por el ministro i el almiranlo 
ingles, cumplió ahora las instrucciones que habia recibido, 
con loda la aspereza de su herida susceptibilidad, contentán- 
dose con enviar, al siguiente dia de la captura del Araiico, 
una insolente nota a su ájente consular, con encargo do 
trasmitirla al gobierno revolucionario, i contestando a las 
comediilas reclamaciones entabladas por el ultimo, a quien 
dirijia de su propio albedrio, las mas estrañas i amargas recri- 
minaciones. Este curioso documento, del que hemos encon- 
trado felizmente una traducción inédita, está concebido en 
los siguientes términos. 

A bordo del vapor de guerra Gorrjon de S. M. B. 

lalc:inu:ino octubre IG de 1831. 

Señor: 

Tengo el honor de acusar recibo a su nota fecha de hoi i 
demás que me adjunla. 

Suplico a U. so sirva hacer llegar a manos del señor inten- 
dente don Pedro Félix Vicuña, para el cono(;imienlo do las 
autoridades, que yo he apresado el vapor de guerra Arauco, 
por orden del conlra-almirante Fairfax Moresby C. C. coman- 
dante en jefe. 

El Arauco ha sido declarado pirata por el gobierno chileno, 
abandonado por su dueño, está asoguiado en Inglaterra i so 



126 HISTORIA DE LOS DIEZ AKOS 

han liechq proleslas ( i ) contra él por el capílan ¡ parle de 
la Iripuiacion, por robos ¡ pillaje de mucha ¡mporlancia co- 
melldos en súbdilos ingleses. 

El almiranle me ha autorizado para dar este paso i los 
motivos que ha tenido présenle al ordenarlo, emanan única- 
mente del deseo de preservar a, los súbdilos británicos de 
ultrajes i robos. 

Cuando las autoridades de Concepción sumerjieron a su 
pais en revolución, debieron haberse guardado cuidadosa- 
mente de cometer actos do violencia i agresión contra eslran- 
jeros residentes en Chile, que han confiado sus familias i sus 
bienes bajo la salvaguardia del honor chileno. Al esprosar el 
profundo sentimiento de ver a Chile empeñado en una guerra 
civil, Chile, que ha sido siempre un aliado sincero i firme do 
la Inglaterra, desde los primeros dias de su independencia, 
debo manifestar que es de mi obligación, como oficial britá- 
nico, velar que no se cometa ninguna violencia en súbdilos 
ingleses, pedir satisfacción cuando se les haya inferido insul- 
tos, i quedar perfectamente neutral en todas las disencioncs 
inlestinas. 

En conclusión, suplico aU. se sirva hacer présenle a! señor 
intendente la esperanza que me anima de que el largo pe- 
riodo de paz i prosperidad que Chile ha gozado se restablez- 
ca lo mas pronto posible; i con esta esperanza: 

Queda de TI., señor, su mui obediente i humilde servidor, 

L. Paynter, (Comandante). 



(í) Véase en el documento núm. 6 del Apéndice, la protesta 
del capitán del Araaco, fecha en Talcahuano, el ÍQ de setiembre, 
ante el escribano del departamento. 



DE LA ADMINISTUACION MONTT. 127 

XII. 

La captura del Arauco fue ua golpe de muerte dado a la 
revolucioD, i precisamente consumóse aquel crimen interna- 
cional en la hora mas oportuna para servir a sus autores. 
Como dejamos ya referido, al finalizar el capítulo que pre- 
cedo al anterior, ocupábase activamente en Talcahuano don 
JoséAntonioAlemparte, desde fines de setiembre, en aprestar 
una flotilla que debia apoderarse de los dos buques bloquea- 
dores del gobierno, el Meteoro i la Janequeo. Nada era mas 
fácil que aquella empresa. Como es sabido, las brisas del sur 
no se levantan en aquella latitud sino después de mediodía. 
Esta circunstancia dejaba a ios dos bergantines a vela del 
gobierno casi del todo inhábiles para defenderse contra un 
buque do vapor, armado con un cañón de a 24, mientras 
que aquellos no montaban sino carroñadas de a 8, i tan per- 
suadidos estaban los marinos bloqueadores del peligro inmi- 
nente que corrían (pues no ignoraban los preparativos do 
Alemparte), que todo su empeñe era regresar a Valparaí- 
so (i). Pero esta misma alarma esplica demasiado la alevo* 
sía i la oportunidad del atentado consumado por los ingleses, 
a influjos del gobierno de Chile. 

El plan que se había acordado para hacer mas segura 

(1) Temeroso el intendente Vicuña de qae los comandantes de 
Ja Janequeo i del Meteoro regresasen a Valparaíso, por falta de 
víveres, esponíendo asi a malograrse el plan de Alemparte, había 
dado orden a todos los subdelegados de las costas para que per- 
mitiesen libremente a los campesinos i pescadores el tender a 
oquollos cuantas provisiones quisieren, fo que los patriotas hua- 
sos de Penco ejecutaban, dando puntual aviso de cuanto sabian a 
las autoridades revolucionarlas. 



128 HISTORIA DE LOS DJEZ AÑOS 

presa do las débiles barcos del gobierno consistía en que el 
vapor Arauco remolcase el bergarilin jeneral Baqiiedano, dos 
lanchas cañoneras ¡ una o dos divisiones de boles armados 
de fusileros hasta !a Qiiiriquina, aprovechando la oscuridad 
de la noche i, a ¡a mañana siguiente , estando los buques blo- 
queadores detenidos por la calma, rodearlos de improviso i 
hacerles arriar su bandera, lo que lalvez se habría consegui- 
do sin disparar un tiro, desde que sus cañones tenían mucho 
menos alcance que los do los buques revolucionarios. 

Una vez apresada la e.scuadr¡lla bloquodora, el Arauco so 
presentaría con tres buques delante de Valparaíso, apresa- 
ría el Cazador, que era mucho mas débil que aquel en su 
construcción i armamento, o lo obligaría a permanecer en su 
surjidcro. I entonces, dueña la revolución de la mar; ¿que 
recurso quedaba al gobierno, sobre el que el pueblo rodaba 
en olas ajiladas, sino hacer la señal de socorro i resignarse 
al temible nauírajio a que le arrastraban las mismas pasiones 
que él había desencadenado? 

El crimen de los ingleses consumóse, pues, en el preciso 
instante en que aquolia empresa iba a ponerse por obra, 
porque concluidos ya los aprestos i vencidas las vacilaciones 
de Alemparte, que era tan laborioso en la. organización como 
irresoluto en el hecho, so había fijado la noche del mismo 
día loo la del I G para emprender el asaüo. 

XIÍÍ. 

El inlcndclilc do Concepción, enírelanto, comprimiendo en 
su pecho la ira justísima de aquella iniquidad sin ejemplo, 
había dirijido al vicc-consu! ingles la siguícntcprolesta, que 
tan notable conlrasíe prcsonla con laarrogaiíto nota del ma- 



PE Í.A ADMÍNlSTIlAClüN MONTT. 1 ¿O 

vino ¡nglcs, la que, según parece, fué cscrila en lespuesla a 
aquella. 

Concepción, octubre 15 de 1651, a lu8 6 de la tsrdc. 

«En perfecta armonía con loiloslos gobiernos cslranjcros, i 
marchando por el sendero de nuestra lejislacion con lodos 
ellos, acabo do saber que el vapor Gorgon do S. M. B., 
de cuyo Gobierno es U. vice-Consul, se ha apoderado del va- 
por Arauco. Sea cual fuere el- motivo de tan estraOa con- 
ducta, hai en estas provincias autoridades constituidas, a 
quienes dirijir cualquier reclamo; pero prevalerse do la fuer- 
za para tomar un buque que pertenece a este gobierno i 
romper lodos los miramientos que se deben en toda sociedad 
culta, no alcanzo a comprenderlo. 

Como U. solo puede ser intérprete de este suceso, como 
vlce-consul Británico, espero me comunique a la mayor bre- 
vedad posible las causas que han motivado tan violento 
procedimiento. Yo protesto, desde luego, ante la Reina de la 
Gran Bretaña i ante todos los pueblos de la tierra, seguro 
de que la justicia siempre se sobrepondrá a la fuerza que 
hoi nos insulta por creernos débiJes. 
Dios guarde a ü. 

Pedro Félix Vicuña. 

Al Sr. vice-Consul de S. M. C. D. Roberto Cunningham. 

XIV. 

La prudente nota del intendente Vicuña estaba mui lejos, 
sin embargo, de evidenciar los verdaderos sentimientos del 
pueblo, en presencia de aquella violación escandalosa de la 
leí internacional, hecha con tanto insulto i con daño tan in- 
minente délos intereses de la revolución, para la cual la na- 

17 



430 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

vo apresacia debió ser la centella eléctrica do su espansíon i 
do su triunfo. I tal cundió, en verdad, la exacerbación en los 
ánimos de los penquistos, sin distinción de categorías, que el 
vicc-consul ingles, D. Roberto Cunnigham, hombre honorable 
i que gozaba en la provincia, desde muchos años, de un apre- 
cio jeneral, llegó a temer por su vida, en vista de la cre- 
ciente irritación con que se contemplaba el bárbaro atentado 
de sus compatriotas (1). 

(1} He aqui la nota del vice-consul ingles, en que, guiado sin 
duda por apariencias, manifestaba al intendente de Concepción 
sus temores de que se atentase contra su vida i la digna i enér- 
jica respuesta que dio a aquella el intendente Alemparte, que 
habia sucedido a Vicuña en aquellos días en el mando político de 
la provincia. 

Ambas dicen así: 

Talcahuano, octubre 17 de 185Í. 

Señor: 

Acabo de ser perfectamente instruido que quince personas, reu- 
nidas anoche en la plaza de Concepción, han resuello cometer 
un asesinato en mi persona i toman todas las medidas necesa- 
rias para ejecutar este atentado, persuadidos, dicen, de haber 
tomado yo una parte activa en el apresamiento del vapor Arauco. 
En la misma noche, se propusieron consumar el asesinato, para 
cuyo efecto se deberian reunir treinta personas. 

Tengo la seguridad de que basta solamente poner en conoci- 
miento de US. esta noticia, para quedar satisfecho de que nada 
ocurrirá en mi persona. 

Tengo el honor de ser, señor, su mas obediente i humilde ser- 
vidor. 

Roberto Cunningham, vice-consul. 

A\ señor don José Antonio Alemparte, Intendente etc. etc. etc. Conce- 
pción. 

Intendencia de Concepción. 

Octubre 18 de J851. 

Con gran sorpresa he recibido la nota de US. fecha de ayer, en 
que me refiere un cliisme que solo pueden haber inventado al- 



t)F. I.\ MtMIM>IM\i;i'iN MdNtl. Í3I 



XV. 



t'cM-o es ya tiempo de que abarulonomos los negocios casi 
csciusivamcnle civiles de que nos hemos ocupado en el pré- 
senle capítulo, para seguir la revolución del sud en su lento 
desarrollo militar, cuyos aprestos dejamos terminados en los 
cuarteles jenerales de Concepción, los Anjeles i Chillan, sin 

gunos de los pocos hombres estraviados que contrarían nuestra 
causa por ardides tan torpes como ridículos. 

Por mas irritación que causó en el ánimo de todos los vecinos 
de esta provincia el rapto escandaloso del vapor Aratico, por or- 
den del Almirante ingles, bajo proles tos especiosos i enteramente 
infundados, no crea US. que en manera alguna pueda forjarse 
algún crimen i, aun cuando alguien lo hubiera intentado, la au- 
toridad tiene bastante vijilancia i enerjia para contener cualquie- 
ra avance, aun de los ciudadanos mas caracterizados. 

Sin embargo, nada ha ocurrido, ni mucho menos tratándosedc 
la persona de US., que me consta no haberse hecho solidario de 
Ja conducta del comandante del vapor Gorgon por orden del Al- 
mirante de S. M. B. 

Descanse US. en la persuacion de que ningún subdito de S. M. 
B. será molestado en lo menor, a consecuencia del atentado que 
tan justamente ha promovido la indignación jeneral, porque la 
autoridad no consentiría jamas que se mancillase el honor de la 
República con un crimen que ocasionaría talvez la misma alarma 
que ha ocasionado la informal captura del vapor Arauco, arran- 
cado por fuerza de nuestra bahía, por orden del Almirante 
ingles. El estado actual del pais, a consecuencia de nuestras disen- 
ciones políticas, es lo único que me ha contenido en tomar me- 
didas que tendiesen a manifestar al Almirante ingles que también 
podemos repeler atentados tan escandalosos como el que ha te- 
nido lugar, aun cuando la República de Chile se encuentre en 
una escala mui pequeña en comparación del poder colosal que 
ejerce con sus cañones el gobierno ingles. 

La protesta que por conducto de US. elevó mi antecesor me 
basta por ahora. Cuando hayan cesado las circunstancias esccp- 



132 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

que, sin CHibargo, se pensase aun por el joneial en jefe en 
abrir decitlamente la campaña, marchando hacia el norlo con 
las diferentes divisiones que se habia organizado. 

La relación do este movimiento i do todos ios aconteci- 
mientos militares que se sucedieron hasta los tratados de Pu- 
rapcl, serán n^ateria délos capítulos subsiguientes. 

cionales en que nos encontramos, el gobierno de Chile elevará 
sus quejas al gobierno ingles, seguro de obtener justicia, porque 
no es posible que el gabinete de San James pudiera aprobar ios 
procedimientos de su Almiranteen la estacíou del Pacífico, rela- 
tivos a la captura del vapor trauco. 

Me suscribo de US. su obsecuente i seguro servidor. 

José Antonio Alemparte. 

Al scfior don Roberto Cuiininglianí, vicc-consul de S. RI. B. 



i 
I 



CAPITULO VI. 



R EJÉRCITO REVOLUCIONARIO. 

Situación respectiva de los dos ejércitos helijerantes en los pri- 
meros días de octubre.— Muévese la división de los Alíjeles 
hacia la hacienda de las Peñnelas. — Kasgos de patriotismo en 
las fronteras. — El jeneral Baquedano se dirije al Ítala con la 
división de Concepción i despedida que dirije a este pueblo. 
— Parte el intendente V^icuña, nombrado secretario jeneral del 
ejército, sus adioses i sus sentimientos íntimos al entrar en 
campana. — Llega el jeneral Cruz a Peñnelas, i recibe a orillas 
del Itata la noticia de la derrota de Petorca i, en consecuencia, 
se da la orden de avanzar sobre Chillan. — Se presenta en Pe- 
ñuelas el coronel Ürrutia i reminiscencias políticas que tie- 
nen lugar con este motivo. — Gran festín que el pueblo de 
Larqui prepara (por decreto) al jeneral Baquedano i antipatías 
frailescas de este jefe. — Ileúnese en Chillan el ejército revo- 
lucionario. — Proclama del jeneral Cruz a los habitantes del 
Nuble. — Manera como trataba a este caudillo la prensa de la 
capital. — Organización militar del ejército. — Plana mayor. — 
Compañía de voluntarios norte-americanos. — Notables capita- 
nes del rejimienlo Carampangje, Robles, Rojas i Artigas. — 
OGciales mas distinguidos de los batallones Guia i Alcázar. 
— El capitán Tenorio. — El mayor Molina, — Organización de 
los cuerpos de caballería. — Enrique Padilla i el capitán Grandon. 
— El jeneral en jefe resuelve abrir la campaña en los primeros 



134 HrSTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 



días de noviembre — ProcUmn qup dirije al ejército i a la guar- 
dia nacional de la Hepública con aquel motivo. — Carta exhor- 
tatoria que escribe a los partidarios de la capital. — Gran tem- 
poral de primavera que sobreviene, i paralización completa de 
las operaciones. — Llegan al cuartel jeneral de Chillan las no- 
ticias del levantamiento de Valparaíso, i de la muerte del ma- 
yor Zdñiga en la Araucanía. 



Al dar remate a los capiliilos 2." i 4.° del presente vo- 
lüuieu, decíamos, con relación al ejército del jeneral Bülnes, 
que, desde el 10 de octubre, habían comenzado a pasar el 
Maule algunos de sus cuerpos para acamparse en Longo- 
milla ; i refiriéndonos a la división que organizaba en los 
Anjeles el jeneral Cruz, añadíamos que ya el 12 de aquel 
mismo mes, abrigaba este jefe temores que el ejército del 
gobierno tomase la ofensiva, cuando él no habia salido aun 
de los centros de la insurrección. 

El jeneral Cruz, en efecto, habia recibido el dia 12 la noticia 
de los movimientos que Búlnes ejecutaba sobre el Maule, i 
juzgando que iba a abrir la campaña, cuando solo trataba de 
organizarse, desconfiando, a la sazón, sostener la línea do 
este rio en su márjen meridional, ordenó aquel al coman- 
dante de su vanguardia que abandonase a Chillan i se re- 
plegase sobre el Ilata, tan luego como supiese que las descu- 
biertas del jeneral Bülnes avistaban a San Carlos, seis leguas 
al norte del Nuble. De esta manera, sucedía que ambos je- 
nerales obraban a la vez bajo la falsa impresión de sus te- 
mores, pues, cuando Búlnes creia que seria obligado a repa- 
sar el Maule, Cruz ordenaba a su vanguardia replegarse al 
sud del Itata, abandonando la línea mucho mas importante 
del caudaloso Nuble. 



ÜE LA AUXll,MáiR\i:iON MONTT. I 3t> 



ir. 



Poro, al mismo tiempo, aquellas nuevas obligaron al caudi- 
llo dol sud a abandonar su inacción, ¡ ou el mismo dia, impar- 
tió órdenes para que todas las fuerzas organizadas marchasen 
sobro Gliillan. 

En consecuencia, el dia 13 se puso en camino el coronel 
Zañartu con el rejimiento Carampangue que debia aguardar 
a los otros cuerpos del ejército en la hacienda de Peñuelas i, 
al siguiente dia, se movió en la misma dirección, el comandan- 
te Ruiz con el rejimiento de Dragones de la Frontera i el ba- 
tallón Alcázar, en medio de las aclamaciones del pueblo (1). 

(1) Fueron estraordinarios los rasgos de patriotismo que se 
evidenciaron en las Fronteras, con ocasión de la residencia del 
jeneral Cruz en los Anjeles. Un sárjenlo retirado del Caram- 
pangue obló 500 pesos en dinero para sosten del ejército; el 
suegro del sárjenlo Fuentes, inmolado en la capital, obsequió dos 
caballos que eran casi su única fortuna, i por último, un joven 
Hermosilla, natural de Arauco, comprometióse a equipar, a su cos- 
ta, de armas i caballos un destacamento de 2o hombres. «Hoi me 
he convencido, dice un ajenie conGJencial del jeneral Cruz (su 
sobrino don Manuel Prielo, en carta a don Luis Pradel fechada 
en los Anjeles, octubre 14 de 1851, que tenemos orijinal a la 
vista), del gran entusiasmo de este pueblo, al presenciar la par- 
tida del primer batallón del rejimiento Carampangue que se ve- 
riOcó ayer i del escuadrón de caballería de la frontera que, con 
el batallón Alcázar, compuesto de los nacionales de la Laja, 
parte en los momentos que le escribo. Cada soldado revelaba 
en su semblante el contento i resolución, la convicción de la 
santidad e importancia de la causa que marchaban a protejer, i 
Ja (é en el porvenir. Todo esto, para espresarlo, lo reasumían en 
una pAhhra: el jeneral Cruz ! Es, por esto, que en su tránsito 
por las calles de la ciudad dejaban oir los gritos de viva el je- 



'13C UlS'iORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

III. 

Al mismo tiempo seguia a aquellas fuerzas, quo marcha- 
ban por el camino de Yumbol, la división de Concepción, con 
rumbo directo ^il Itata, por la Florida, en linea casi paralela 
con aquellas. El punto designado para su acantonamiento ora 
el balseadero llamado de Troncoso, a dos leguas de la ha- 
cienda do Peftuelas. Componíase esta división del batallón 
C^Mifl, la brigada de artillería veterana i un escuadrón do 
caballería. Púsose en marcha en la larde del 16 de octu- 
bre (1), en medio de la conmoción de lodo el pueble que se 
agolpaba al paso de los voluntarios, que eran casi todos los 
hombres capaces de tomar armas que había en la despoblada 
ciudad de Concepción. 

neral Cruz! por él marchamos a morir! Estos hombres me han 
conmovido.» 

«Ya, pues, aíiade el narrador, no nos detienen aquí sino los in- 
dios que son por demás majaderos. Varias diputaciones de los caci- 
ques, pertenecientes a la tribu o reducción deMaguil Bueno, han 
visitado al jenerai; pero todas, apesarde su decisión por acompa- 
ñarlo, se han vuelto a llevar las palabrasde éste as4i jefe, valiéndo- 
me de la espresion de ellos mismos. Sin embargo, hoi ha llegado 
un caciffue con catorce mocetones ya armados; se esperan, par» 
pasado mañana, algunos otros de Nacimiento, i según el resultado 
de una par/a, tenida hoi con Lupayante ¡ otros caciques, debian 
éstos volver el mismo dia que los de Nacimiento, ya armados.» 

(1) El jenerai Cruz dio orden al intendente Vicuña i al jenerai 
Baquedano de alistar la división de Concepción para emprender 
sa marcha, desde los Anjeles, el dia 12 de octubre. Pero ya 
Vicuña, que tenia noticia de todos los movimientos de Búlnes en 
el Maule, le escribía con fecha 13 estas palabras, invitándole a 
apresurar la marcha del ejército i, particularmente, recomendán- 
dole so presencia en el norte. «La llegada de U. o Baquedano a 
Linares, le decía, pondría en gran desorden las operaciones de 
Búlnes,» 



DK LA ADMINISTRACIÓN MONI!. 137 

VA jofe (lo osla bisoña columna, que debía ser, sin embar- 
go, tan superior por sus servicios i por su lieroismo a la fuerza 
volorana que salia de los Anjeles, se despidió de los habilanles 
do Concepción con las siguieules palabras. 

«; Conciudadanos ! 

«lloi parlo para Chillan, al mando de la segunda divi- 
sión del ejército Liborlador, para reunimos a nuestros com- 
pañeros de la vanguardia, A nombre de los valientes del 
batallón Guia, do los patriotas voluntarios del nüra. 1, del 
rcjiraiento de Carabineros i de la brigada de Artilleria, rei- 
lero al heroico pueblo do Concepciou nuestra promesa do 
morir por la libertad de la patria, antes que verla subyugada 
al despulismo. 

«Muí pronto tendréis ocasión de celebrar nuestros triunfos, 
i de ceñir con nuevos laureles la frente del ilustre Jeneral 
Cruz que nos conduce a la victoria. Recibid, entre tanto, el 
mas afectuoso adiós de vuestro amigo. 

Fernanílo Baquedano.n 
Concepción, octubre 16 de 18o!, 



ÍV 



Dos dias mas larde (18 de octubre), seguia los pasos de la 
columna de Concepción el intendente Vicuña, nombrado, por 
decreto de 14 de octubre, espedido en los Anjeles, secretario 
jeneral del ejército revolucionario. ílabiale reemplazado, desde 
el dia anterior a su partida, en el mando civil de la provincia, 
don José Antonio Alemparte, ¡ al ponerse en marcha, habia 
dirijido a sus amigos de Concepción su marcial adiós, en las 
siguientes palabras. 

18 



138 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

«Perseguido por la tiranía, lie sido seis meses vucsiro 
huésped, gozando (le una libertad que hace bástanles años 
no tenia. Os be ayudado en la gloriosa revolución que habéis 
hecho por la libertad 1 me habéis honrado colocándome a la 
cabeza de vuestro gobierno. Llamado por S. E. el jeneral 
(Iruz como su, secretario jeneral, voi a cumplir con mis últi- 
mos deberes hacia la patria, para ocuparme después de mi 
lamih'a que de mi tanto necesita. 

«El magnánimo jefe que voi a acompañar i todos los jefes 
i tropa que abren esta campaña de la libertad contra la ti- 
ranía, solo recojerán gloria i laureles, i vosotros tendréis en 
la rejcneracion de la República la mas brillante pajina, por 
vuestro entusiasmo, vuestros sacníicios i patriotismo. 

«A los numerosos amigos que mi buena estrella aquí me 
ha proporcionado, lesdoi mis adioses, sintiendo no abrazarlos 
personalmente por la urjencia de mi viaje. A todas parles 
llevaré el recuerdo de su jenerosa hospitalidad. 

Pedro Félix Yicuña. » (1) 

Concepción, octubre 18 de 1852. 

(1) Del Boletín del sud. He aqoí como Vicuña dábase cuenta 
a sí propio de sus sentimientos íntimos, estampándolos en su 
diario de campaña, con ia espaiision ajena de pretensiones del 
hombre que habla solo delante de su conciencia i de su Dios. 

«Mis hábitos pacíitcos, dice en la primera pajina de su diario 
relativa aldia 18 de octubre, mis ideas íilosóficas ¡ mi sensibili* 
dad, cambiadas en un momento por campamentos militares i por 
batallas, no dejaban de impresionarme fuertemente. Antes de salir, 
al pasar por la plaza, oí cantar en la Catedral i fui a misa. Mis 
enemigos me culparán de ambición, i mis primeros ruegos a Dios 
fueron que me inspirase justicia, i presentarle mi corazón pene- 
trado délas profun'Jas convicciones que me habian conducido a 
la revolución i las que debi.in guiarme en toJos los sucesos que 
la condujeren a su triunfo. Yo pedia a Dios que la sangre chilena 
lio corriera, que nuestros enemigos, conociendo su impopularidad 
i su injusticia, abandonasen sus pretensiones de dominación; le 



bL I.A AUMI.\l>ru\ClON MONTT. 139 



V. 



El (lia 22 (lo oclubro, encünlrábanse ya, dosdo hacia una 
semana, las dos divisionos de Concepción i de los Anjeles en 
sus rospeclivos acanlonamientos, cuando, en la tarde de 
aquel dia, prescnlóso en Poñneias el jeaeral Cruz, rodeado 
de numerosos escuadrones que él conduela personalmente 
de las Fronteras. Venían también con él las últimas cuadrillas 
de indius que gradualmente hablan ido dando las diferentes 
tribus, mas como rehenes que como testigos. De las reduc- 
ciones de los Llanos o indios de Colipi, como eran mas co- 
nocidos, vinieron solo 37 i de los de la Montaña o indios do 
Maguil, hasta 150 (1). El total, como se ve, no alcanzaba a 
200, i por consiguiente, no podían considerarse propiamenle 
aquellos bárbaros como auxiliares, sino mas bien como mo- 
lestos agregados al ejército revolucionario, i cuya presencia 
era, en realidad, una prenda de tranquilidad i no un elemento 
de guerra. 

Las bandas de música del Carampanyiie I del Alcázar 
saludaron ai caudillo con la canción nacional, al descender 

pedí me preservase de las traiciones, porque, conociendo la co- 
rrupción reinante, eran para mí mas temibles que la fuerza i 
concluí por abandonarme a su voluntad i dirección, no dudando 
nunca de esa Providencia que vela sobre el hombre i encamina 
los sucesos humanos. Yo hablaba asía Dios en su mismo templo, 
descubriéndole mi corazón i pidiéndole su luz, pero yo no so» 
de esos fatalistas que creen que el cielo debe hacer todo por 
nosotros. Mi resolución era hacer todos mis esfuerzos, llenar mi 
puesto con honor i tener una muerte digna, si la desgracia hasta 
allí me conducía.» 

(1) Diario de campafia del coronel Zañartu. 



lio HIsTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

esle do su jjaballo a la. puerta do su propia morada ; pero, 
apeoas se había dado llempo para saludar a los jefes que 
mandaban aquel canlon, cuando volvió a subir sobre su 
montura con el objeto de inspeccionar el campo del jeneral 
Baquc'dano, dos leguas mas al norte, a orillas del ítala. 



VI. 



Cuando el jeneral Cruz, que habia recobrado, junto con 
el alivio de su salud, su jovial actividad, regresó al casorio 
de Peñuelas, ya mui entrada la noche, una nube de tristeza 
parecía oscurecer su frente fatigada. Acababa de recibir 
un espreso de Santiago, enviado por la esposa de don José 
Miguel Carrera, que le anunciaba la derrota de este caudillo, 
ocurrida en Petorca solo hacia una semana (14 de octubre.) 

Esta desgraciada nueva impulsó al jeneral Cruz a abrir 
desde luego la campaña, pues, durante los dias de tardanza, 
solo le hablan llegado noticias de los reveses que sufria la 
revolución en las provincias de ultra-Maule, desde la rendi- 
ción del Chacabuco hasla la derrota de Petorca. Temia, en 
consecuencia de este último fracaso, que el gobierno refor- 
zase su ejército con las tropas que se habían T)at¡do en aquel 
encuentro i érale preciso adelantarse a toda prisa, a fin de 
evitarlo. 

En consecuencia, habiendo llegado el coronel ürrulia a 
Pcñuelas, al siguiente día (1) {*23 de octubre), dio orden que 

(1) Con motivo do la visita del coronel Urrufia, se destaparon 
de sobremesa algunas botellas de champagne, con lo que algunos 
de los jefes presentes i el mismo jeneral Cruz se pusieron un 
tanto comunicativos. Habiendo, en efecto, preguntado el último 
a V'icuna si le creía por su carácter i sus ideas el hombre capaz. 



DK LA ADMINISTRACIÓN MONTT. lAI 

lodool ojércilü so movicsü sobre Chillan en la inaúaua del 21. 

Ejocúlose aquel movimienlo con la coloridad que el difícil 

balseadcro del Ítala permitia, 1 de esla suerte, el ejército 

acampó la noche del 25- cu el pueblo de Longaví (1), a seis 

(le acaudillür un bando que tenia por divisa la reS'lizacion de la 
democracia en la República, contestóle el último que de ninguna 
manera le suponía el caudillo a propósito para dirijir el partido 
liberal, pero que le liabia acompañado en la revolución porque 
tenia un alto concepto de su probidad i de su patriotismo, dotes 
que casi satisfacían las aspiraciones del pais respecto de su supre- 
mo mandatario en aquella época. El jeneral, haciendo justicia a 
la sinceridad de Vicuña, manifestó entonces algunos antecedentes 
que confirmaban su oríjen conservador, aludiendo a su partici- 
pación ('tí la revolución de 1829. Pero luego añadió estas palabras, 
qiiecopiamos de los apuntes de campaña de don Bernardo Vicuña, 
testigo presencial aquella vez. «Nadie como yo ha lamentado esa 
revolución , trabajé en ella por la libertad i sirvió solo a los inte- 
reses de un partido. Portales supo encadenarla i nunca hubo para 
Chile hombre mas funesto. Él sedujo el corazón de la juventud, 
él suplantó la buena féen la política con falaces intrigas i deslea- 
les embustes. Este fatal ejemplo contaminó a la juventud i esta 
es la causa de nuestros males.» 

El coronel Zañartu, compañero de Cruz en aquella revolución 
reaccionaria, tomó también parte en el debate, según refiere él 
mismo en su diario. «Después de comer, dice en efecto, se sus- 
citó conversación sobre la justicia de la causa que deíendiamos. 
Yo dije entonces, en presencia de los que nos hallábamos allí, qae 
parecía que no estábamos uniformes en nuestras ¡deas, porque 
habíamos hombres de diversas opiniones políticas, i tocando con 
suavidad el hombro al señor Vicuña, que se encontraba a mi de- 
recha, le aseguré que se decía que él no pertenecía a nuestro 
partido, pero él contestó que se equivocaban en la calificación, 
pues era liberal.» 

(1)E1 jeneral Baquedano se hospedó suntuosamente en este 
pueblo, decretando que se hiciera una gran boda para él i su es- 
tado mayor en casa de un pudiente monttista del apellido deLuCo, 
hacendado de la vecindad i que se encontraba prófugo por sus 
opiniones. En su ausencia, requerida la madre de aquel, puso 
a contribución todos los almireces i cacerolas del pueblo, para 
obsequiar al garboso i terrible jefe de estado mayor, que tuvo 



142 niSTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

leguas de Chillan ¡, en la lardo del día siguiente, lomó cnar- 

esta vez numorosos convidados a un fcsfin que, aunque dado de 
tan mala gana, tenia un esijuisito sahor, porque se hahian reunido 
para confecciünarlo todas las cocineras, galopines i comadres del 
^pueblo. 

Por lo demás, el último pagaba al jeneral una deuda de gratitud 
cuya memoria estaba aun fresca, pues en años anteriores, pasando 
aquel jefe para su hacienda de Yungai, supo que el cura de 
aquella parroquia no quería poner óleos por menos de un duro, 
io que era causa de que la mayor parte de la prole que aquel 
año habla dado a la llepública aquella pintoresca aldea (rodeada 
de fecundas campiñas cuajadas de siembras de trigo i arbeja), 
ostuviese «mora». El jeneral resolvió obligar, por medio de una 
€Stratajema esencialmente militar, al despótico párroco a que? 
hiciese un bautismo jeneral i de valde, para cuyo fin le mandó 
decir que aprontase la iglesia i que todo corria de su cuenta, 
mientras circulaba por el pueblo la voz de que el jeneral iba 
a «er el pariente espiritual de todas las felices madres de la 
comarca. Al dia siguiente, cuarenta de éstas se presentaron en 
la parroquia, donde el cura salió con capa decoro (dicela tradi- 
ción local) a recibir al ilustre compadre de sus feligreses, quien 
a la vez vestia una relumbrante chaqueta encordonada con.los 
bordados de jeneral de brigada. Practicada la ceremonia, el cura 
hizo una respetuosa insinuación pora cobrar su propina; mas 
el jeneral, acariciando el puño de su sable, le contestó que no 
tenia derecho a exijir un centavo, «porque así como él había 
perdido su dia en obsequio de los pobres, quedándose en Larqui, 
el cura debia también perder sus emolumentoí»; i como el buen 
párroco conociera que en aquella bufonada podia tener alguna 
parte el sable, cuya guarnición el jeneral no soltaba de la mano, 
Iiizo una venia i retiróse desconcertado a la sacristía. 

Conocidamente, el jeneral Baquedano no era amigo n¡ de la 
aristocrática sotana ni de la humilde coguya. En la mañana del 
«lia que siguió a la revolución de Concepción, hizo poner en la cár- 
cel a siete frailes de la Merced, que eran el total de la comunidad 
de aquel convento, sin mas delito que el haber repicado todo el 
dia 7 de setiembre, en que se promulgó por bando la elección del 
presidente Montt, Poco después, dijo también a\)n cura Fernan- 
dez, que fué remitido preso de Nacimiento por ciertos amagos de 
conspiración i cuya figura era un poco raquítica; que su som- 
brero de teja era mas grande que él, i que la barra de grillos que 
iba a hacerle poner, por nwnttista, seria mas grande que su som- 
brero. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MüNTl. 143 

leles en Chillan, liabiéiuloso ¡ncorporado en el líala la divi- 
sión do Concepción i en aquel pueblo la de vanguardia (1), 



Vil. 



La acojida queel compromclido vecindario do Cliiilanhabia 
hecho al ejércilo revolucionario no era del todo lisonjera. «La 
aristocracia de Chillan, dice Vicuña, en su diario de canipa- 
fla, nos era opuesla en su mayor parle; poro la muchedum- 
bre nos perlenecia con el mayor entusiasmo. En el Pueblo 
viejo nos victoreaban; i nos arrojaban flores; pero al pisar la 

(l) He aquí el oficio, un tanto exajerado, en que el secretario 
jeneral Vicuña daba cuenta al intendente de Concepción de la 
concentración del ejército revolucionario. 

'•Chillan, octubre 26 de 1851. 

«Ayer en la tarde se ha reunido todo el ejército en este pueblo, 
que lo ha recibido como a sus libertadores. Ahora ha podido cono- 
cerse la farsa que se representaba en toda la República, haciendo 
consentir que en tales pueblos hallaban adhesión i amigos los opre- 
sores de la República. Por Ja mañana, entró S. E. el jefe Supremo, 
acompañado de lo mas selecto del pueblo, en medio de acla- 
maciones i vivas, i en la tarde, las divisiones de Concepción i de 
la Frontera, a las órdenes del jeneral Baquedano. Toda la po- 
blación ocupaba las calles i avenidas por donde debia pasar la 
tropa i gran número de a pié i a caballo se hablan adelantado a 
reunirse i fraternizar con nuestros soldados. Las tropas de esa 
provincia están bien contentas de la acojida que han recibido 
i las calles por donde han pasado han quedado sembradas de 
flores. 

«El jefe Supremo espera la ropa i demás útiles de guerra para 
moverse sobre el Maule i US. puede ordenar la mayor actividad 
en su conducción. 

«Dios guarde a US. 

Pedro Félix Vicuña. r> 
Al señor Intendente de h provincia de Concepción. 



144 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

ciudad nueva, la mayor parle de las casas estaban cerradas i 
silenciosas.» 

Sin duda, con el propósiio de reanimar losdccaidos espíri- 
tus do los habitantes de aquellas comarcas, que las peripecias 
de la guerra, de que ha sido constante teatro, han hecho re- 
celosos, el jeneral Cruz les dirijió, el mismo dia de su llegada, 
la siguiente pno'^.Iama, haciendo un llamamiento a su amor- 
tiguado entusiasmo. 

«¡Conciudadanos! 

«Me hallo en medio de vosotros, al frente de un ejército dc 
valientes que va a devolverá la patria el ejercicio de sus 
derechos i a reconquistar sus libertades. Yo, que he envejecido 
en las filas de sus libertadores, cumplo en este momento con 
el mas sagrado do mis deberes. 

a El egoísmo i la corrupción hablan desnaturalizado el no- 
ble espíritu de la revolución consumada por nuestros padres; 
la justicia i la libertad reclamada por los pueblos se estre- 
llaban contra la tiranía que degradaba la República; pero 
al fin, la opinión se ha alzado imponente, ha llamado en su 
defensa a sus antiguos guerreros, i con ellos me veis ya en 
marcha contra los opresores do la patria, resuello a liber- 
tarla o a morir por ella. 

«¡Habitantes del Nuble ! 

«El entusiasmo con que habéis recibido al ejército Restau- 
rador, i vuestra heroica cooperación para salvar la Repú- 
blica, me hacen recordar el nuevo ardor con que en otro 
tiempo combatíais por los mismos principios. Yo os do¡ las 
gracias a nombre de los viejos servidores de la Patria de 
que me hallo rodeado, a nombro de la heroica juventud que 
me acompaña en esta gloriosa empresa, a nombre de lodos 
los valientes soldados del ejércilo, a nombre de la Patria, 



di; \a administración montt. 1 ir> 

en lin, por cuya Übcrlad vamos a coni!)atir. La jiisücia ¡ el 
honor cslan de nucsira pailo, i la vicloi ¡a será nuestra tam- 
bién: marclicmos con paso firmo hasta alcanzarla. 

«¡ Soldados del antiguo batallón Union! IJecordad que en 
otro tiempo he sido vuestro jefe, i que hoi se halla en nues- 
tras filas el bravo corono! ürrulia que entonces os mandaba, 
lista coincidencia feliz parece preparada por una providen- 
cia protectora do vuestros deslinos. Un solo paso nos queda 
que dar para asegurar el éxito de vuestros sacrificios. Va- 
mos presurosos al campo do batalla: aquellos de nuestros 
hermanos que han sido arrastrados por la violencia a las filas 
enemigas, al divisar nuestros pendones, volarán a abrazarnos, 
í nunca será mas feliz que al esírecharlos en su corazón, 
vuestro antiguo amigo. 

José Marta de la Cruz» (1). 
Chillan, octubre 23 de 185!. 

(I) Por esta misma (?poca, la prensa oficial de Santiago ya se 
liabia desencadena-io contra el ex-jeneral Cruz, como ahora se la 
llamaba, después de haberle aclamado tantas veces un ilustre 
ciudadano. La Civilización del 20 de octubre le llamaba «anciano 
imbécil», i en los núms. 33 i 3Í de aquel diario, encontramos los 
siguientes fragmentos insertos en una especie de biografía que se 
publicó del jeneral del ejército revolucionario. 

oNo bal recuerdos, dice el editorial del núm. 33, mas impere- 
cederos c]ue los de las víctimas para el crimina!: esos recuerdos 
son producidos por los remordim'entos de la conciencia. 

«Estos recuerdos han sorprendido millones de veces al ex- 
jeneral Cruz durante toda su vila i, mui particularmente, lioi, 
cuando se ha liecho cabeza de la sublevación del sur. 

«Los remordimientos son los que han decidido a Cruz a dar el 
nombre de Alcázar al rejimiento de caballería ([ue ha organizado 
en el sur, para acallar los contífiuos llamados de la conciencia 
per la muerte del btnemérito jeneral Alcázar, cruelmente lan- 
ceado por los indios, después de la derrota de Tarpellanca, de- 
rrota que fué la consecuencia precisa i necesaria de la fuga do 
Cruz en Pongal. 

«Pero ya que Cruz lia comenzado la reparación de Jas mal- 

IQ 



116 HISTORIA DE LOS DIEZ a5¡0S 

VIII. 

El cjórcilo revolucionario o de los libres [como era su lí- 
lulo olicial, desde que el jencral Ciuz acopló el supremo 
mando miiilar'de la revolución], reunido en Chillan el 2S de 
oelubre, ascendía a poco mas do 3,000 hombres, número 
casi igual al que en esos momentos organizaba en el cam- 
pamento de Longomilla el jcneral Búlnes. La distribución de 
las diferentes armas guardaba también en ambos la misma 
equivalencia. Componíase la infantería de cerca de dos mil 
plazas distribuidas en 4 batallones; la caballería constaba de 

flades cometidas en sus antiguos tiempos, deberla dar otro nom- 
bre a cada uno de sus soldados, Jlamar a uno Ureta, a otro 
OCarrol, Caiituarias, Flores, Ruiz, etc. etc., i recorrer los 
nombres de todos los oficiales del batallón de Coijuimbo i desús 
otras víctimas, por haberse escondido en Qiiecbereguas, por lia- 
ber traicionado a O'Cnrrol, por la derrota de Tarpellanca i sitio 
de Talcahuano, que ella trajo por resultado, por haber dejado 
cincuenta de los suyos en Chillan para ponerse en salvo, sin ol- 
vidar el nombre de les indios a quienes ha hecho tomar el veneno. 
Una vez entrado en las reparaciones, tendría (]ue aumentar »i 
número de sus tropas para que, dándoles a sus bandidos el nom- 
l)re de patriotas beneméritos, igualar coa ellos el nombre i nú- 
mero de sus víctimas. 

a¿Quién no se rie de las reparaciones de Cruz? ¿No son é.^tas 
las reparaciones del criminal i del leso?» 

I en el siguiente número, recapitulando los servicios del cau- 
dillo del sud, su detractor añade las conclusiones siguientes: 

«Tenemos, pues, a Cruz mezclado etj todas las guerras civiles 
anteriores a 1851 en (¡ue se ha hecho caudillo. 

«En la guerra de la independencia no se recuerda de Cruz mas 
servicios que — 

«1." El haber hecho una escursion en la isla de la Laja en 
1817. 

«2.° El haberse escondido en un inmundo rincón de las casas de 



nn lA AD51IN1STRACI0N MONrT. 117 

poco menos do mil jinclos, qiio loimahan ciiairo rojimicntos, 
¡ la ailillcría cslaha subdividida en Iros balerías qiio conla- 
ban cinco piezasdo batalla idos culebrinas. Una compañía de 
rifleros norlc-aniericanos, cnííanchados en Talcahuano, habia 
sitio agregada a esla arma (1). 

Qlicciicrpfíuas, el dia de la acción que lleva esto mismo nomine 
(marzo de 1818), por cuya causa, el valiente jenera! Freiré, en- 
lónces coronel, le arrancó de sus hombros las charreteras de sár- 
jente mayor graduado. De esta época data el odio eterno qué 
aquel miserai)le caudillo ha tenido siempre por el heroico Freiré. 

«3.° El haber armado un enredo en Pangal (23 de setiembrii 
de 1820], para tomar el mando en jefe, i el haber echado a correr, 
tan pronto como hubo comenzailo la acción, dejando a los suyos 
comprometidos en ella. La derrota fué completa i los males que 
ella trajo por resultado fueron inmensos. La horrible muerte 
del comandante O'Garrol, la no menos horrible de Aliázar, Ruiz, 
Flores, Gantuarias i demás oficiales del batallón Coquimbo, la 
del sarjento mayor Molina, el sitio de Talcahuano, el incendio 
i saqueo de todas las plazas de la Frontera i el inminente peli- 
gro, en que esfos sucesos pusieron a la nueva República, no fue- 
ron mas que una parte de los grandes males que trajo por re- 
sultado la fuga de Cruz en Pangal. 

«Todo esto es notorio, nadie lo ignora i las Jiistorias así lo 
dicen. — Después veremos los servicios de Cruz como político.» 

(I) He aqui el decreto por el que se mandó organizar esta 
fuerza i el acta de compromiso que ürmaron algunos de aque- 
IldS voluntarios. No pasaron estos, sin embargo, del número de 
20 i eran en su mayor parte marineros i desertores. Alemparte 
los llama en una carta fechada en Talcahuano el 3 de octubre, 
«canalla borracha i casi forajida». 

El decreto de organización i el acta de compromiso dicen 
así. 

Cuartel j exeral de los libres. 

Coüccpcioii, selicnibrc 37 de l^oi^ 

Con esta fecha, se ha decretado lo que sigue: 

Habiéndose ofrecido, p(ir el órgano del capitán de tos ejércitos 
de Estados Unidos de América don Jorje K. Buckey, la coopera- 
ción que, voluntariamente i sin sueldo, dcíe.in prestar muchos de 



148 HISTORIA DE LOS DIEZ AiÑOS 



IX. 



Tan IiiPgo como el cjércilo llegó a Chillan, el jencral Cruz 
so ocupó acliyamenlo do los dotallcs do su organización de- 
liniliva, pues sus doles nnililarcs i su eslraordínaria laborio- 
sidad encontraban en osle jénero de ejercicio un terreno qufr 
le era propio ¡ en el que, a diferencia del jencral Bíilnes, 
que dejaba todos los detalles a su jefe de estado mayor, te- 
nia una espedicion admirable. Ya, desde Concepción, habia 
nombrado comisario do guerra, capellán castrense, cirujano 
de ejercito, injcnicro, proveedor, i lodos los demás emplea- 

sns paisanos, en las filas de! ejército puesto a mis órdenes por las 
licróicas provincias de Concepción i Coquimbo, para protejer sus 
derectios contra la opresión en que mantiene a la llepút)lica el 
círculo que, contra el voto libre de los pueblos, ha querido cons- 
tituirse en go!)ierno. En uso de las facultades que ine han sido 
conferidas, vengo en acordar i decreto: 

1.0 Admítese él ofrecimiento de que se ha bocho mé.'-ito i, en su 
consecuencia, fórmese una compañia de infantería de los volun- 
tarios i libres aNorte Americanos» que procederán a reunirse en 
Talcahuano i Tomé bajo la inspección del mencionado capitán K. 
Buckey, que tan pronto como reúna todos sus paisanos, pasará 
una lista nominal de las personas que la componen, con designa- 
ción de los oficiales que, según su costiimbre, nombraren ellos 
mismos, para designarles cuartel en vista de ello, i darles el ves- 
tuario i armamento competente. 

2.*> Los gobernadores i jueces de los puertos de Talcahuano ¡ 
Tomé no embarazarán i sí facilitarán los ausilios que demande 
la reunión de diclios individuos, hasta que puedan trasladarse a 
este cuartel jeneral, removiendo las dificultades que puedan ocu- 
rrírscdos. 

3." El comandante de armas, de acuerdo con la intendencia, 
quedan encargados del cumplimiento del presente decreto, el que 
se trascribirá a quienes corresponda, para sumas puntual ¡debido 
cumplimiento, dando las gracias al capitán K. Cuckey, i por su. 



DE LA AÜMIMSTRACION MOMT. 14'.) 

dos (juc componen la plana civil do un oj¿rc¡lo; (I) do ma- 
nera quo on Cliillan solo liivo que ocuparse de la distribución 
do los puestos mililaros, pues aunque nombró jeíc de estado 
mayoral jcncral liaquodano, lodo lo hacia él personalmeule (2). 

órgano a, sus ccnupatriotas quo tan lieróicameute se prestan asa- 
criíicarse por lu libertad do nuestra patria, quien, a su vez, estará 
dispuesta a compensar tan importante servicio. 

José Maria de la Cruz. 

Concepción, noviembre 2 do J85I. 
Nosotros, los estrar)joros abajo suscritos, aliora residentes en 
Ciíile, nos compromelen)os por eáte documento, a ofrecer nuestros 
servicios ai lilire pueblo de Cliile i a su jefe el jeneral Cruz, i en 
consecuencia, nos obligamos mutuamente a obedecer todas las ór- 
denes que se nos den por los oficiales que nombremos, a asistir- 
nos en todas nuestras dificultades i protejernos recíprocamente 
en nuestras vidas. — Pkoberto Biickexj, (capitán) — Jorje Collón^ 
fl.^'' teniente)— 6rtti7íeríHo Maxivl, [(2,» teniente)— .4/ejaní/ro 
llodges (3." teniente) — Daniel Wixe — L. A. Kellogg — H. C. 
Prest—I. G. Coon — Crislóval Milncs — Ricardo Beardsley — Edivin 
Cliureli. 

[í) Don Miguel Prieto fué nombrado comisario de^ guerra ; el 
cuia Sierra capellán, el Dr. Andreas, médico alemán establecido 
en Concepción, cirujano i, por último, M. Eucher Enrry. un inteli- 
jente joven francés, emigrado desde la revolución da 1848, inje- 
niero del ejército, con la graduación de sarjen to mayor. 

(2) Fueron agregados al estado mayor, en calidad de ayudantes, 
el coronel don Manuel Tomas Martínez, a quien se depuso del 
mando del Alcázar por la dureza con que trataba a los soldados; 
el teniente coronel de ejército don Ceferino V'argas, exelente je- 
fe de caballería, al que se miraba con un injusto recelo, pues se 
Jiabia comprometido en Chillan por la causa del jeneral Cruz, 
desde que se promulgó su candidatura, i por último, los jóvenes 
don Bernardo Vicuña, hijo del secretario jeneral, con el grado de 
capitán de caballería, i don José Antonio 2." Alvarez Condarco 
con el de sarjento mayor. Este último pasaba |)or uno de los 
mejores oficiales de estado mayor del ejército nacional en aquella 
é,)0C3, i en realidad, era él quien manejaba en lodos sus detalles, 
el mecanismo de aquella oficina. En cuanto a los ayudante de 
campo del jeneral en jefe, solo se recuerdan los nombres de sus 



loO UISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

X. 

Puso el rcjimicnlo Carampangue (800 plazas] a las órdenes 
del coronel Zañarlu, reservándole mas inniedialanienle el 
mando del batallón velcrano, raiénlras el comandante Urizar 
tenia el del 2.° batallón, compuesto, en su mayor parle, de 
las compañías de ¡nfanlería de Rere, Yumbel ¡ délos cívicos 
de Chillan que se babian desertado de la división de García, 
Era sárjenlo mayor del rejimionlo un antiguo capitán del 
Carampangue llamado Gonzalos, oficial mediocre, natural de 
Aconcagua i que babia hecho la segunda campana del Perú 
en calidad de alfcrcs del cuerpo de aquel nombre, organizado 
en su provincia natal. Tenia a la sazón 34 años de edad. 

Constaba el rol de oíiciales de este cuerpo de cuarenta i 
tantos nombres i se distinguían, entre sus capitanes, los que 
mandaban las compañías de preferencia del viejo Caram- 
pangue, esto es, el capitán de granaderos don José 2.° lio- 
Lles i el de cazadores don Joaquín Rojas. Pasaba este último 
por un oficial acreditado como bravo e ¡ntelijonle, i que, en 
verdad, durante la campaña, solo dio muestras de haber me- 
recido aquella repulacíon con títulos de justicia. Robles era un 
bizarro mozo que, siendo un simple subalterno, había ganado 
sus galones en el puente de Buín, recibiendo dos balazos, 
de cuyas consecuencias tenia casi perdido el uso de una 

sobrinos, don José Luis Claro i don ^íanuel Prieto i Cruz, el de 
don Nicanor Las Heras, jefe de su escolla, i dos personajes mas 
que no dejaron niui en alto sus nonil)res, pues fué •■! uno encausa- 
de» por atribuírsele connivencia con el jeneral Búlnes i dijese del 
otro que habia sido el primer prófugo que llegó a Cliillan después 
<le la batalla de Longoniilla. Llamábase el 1.° La Maza í el 2.° 
Labarca. 



ÜE LA AÜMlNISill.VCIO.N HONTT. 131 

piorna. Scñalábascle ciilro los mas valicnlcs do los jóvenes 
capilancs del ejército, i conláhasc aun mas sobre su lealtad 
i su entusiasmo, porque había sido, desdo el pr¡nci|)io de la 
revolución, uno de sus mas ardientes iniciados. En Longomi- 
lla, coronólas esj)cclalivasdo suscaniaradas con mil pruebas 
de denuedo, i sin embargo, al siguiente día, después de tiaber 
recibido, como en lUiin, un grado sobre el campo de batalla, 
flaqueó su espíritu, al punto de haber merecido la acusación 
do cobarde, delante de la perfidia, como se había adquirido 
el renombre de valiente, en medio de los fuegos. 

fin el segundo Carainpangue, como sollamaba comunmente 
ai batallón que mandaba Urízar, se señalaban otros dos ca- 
pitanes, que debían sellar, con su inmolación, su lealtad ala 
causa que abrazaron. Eran estos don José María Artigas, 
natural de ChíHan ¡ don José Manuel Vega, de quien no he- 
mos podido rastrear noticia alguna, escoplo la de su muerte 
en el campo de Longomilla. 

En cuanto a Artigas, sabemos que había servido en el ba- 
tallón Pudelo, a las órdenes de los coroneles Bcauchef i Tu- 
pper, haciendo la campaña de Chíloé, en que su cuerpo recibió, 
como timbre do honor, el nombre de la victoria que devolvió 
al territorio de Chile aquel archipiélago. Retirado, después de 
Lircai, a la vida privada, se había establecido en Chillan i 
sufrido hasta última hora la persecución de sus antiguos 
principios, pues el intendente García le había enviado a la 
capital a las órdenes del gobierno, por suponerle desafecto. 
en la campaña electoral que iba entonces a iniciarse. 

XI. 

El batallón Guia (000 plazas) estaba comandado por fos. 



152 lllSTORIA DE LOS DIEZ A.ÑOS 

jóvenes oficjales Saavcdra ¡ Vldela, modelos de amistad en 
esa época, como fueron después encarnizados rivales. Com- 
poníase esle cuerpo, según ya dijimos, de ios volunlarios del 
pueblo de Concepción a los que se habia incorporado la com- 
pañía de cazadores del balallon cívico. De los oíiciales del úl- 
timo se habían alistado solamente el ayudante don Tomas 
Smith, adolescente, en el que un jeneroso entusiasmo, bullía, 
junto con la sangre juvenil, ¡ el capitán do cazadores don Pedro 
Benavente cuyos heclios en la campaña del sud no deberían 
medirse por la pequenez de su talla de soldado, sino por la 
pujanza de su esforzado corazón, 

Pero, a falta de los jóvenes milicianos de Concepción, habían 
lomado servicio en aquel cuerpo, que era el lujo i el orgullo 
de los Pcnquistos, muchos valerosos volunlarios, que no per- 
tenecían a la guardia nacional. Figuraba, entre estos entu- 
siastas mancebos, el joven Raimundo Pradel, que contaba 
en el ejército enemigo un hermano, en cuyos brazos debia 
morir; el oficia! de artillería don Manuel José Tviveros, que 
servia en su antigua graduación de teniente ; dos hermanos 
Ruiz, heroicos niños, que llevaban por herencia un apellido 
aun mas heroico i, por último, dos franceses llamados Cornou 
iBoyansi, el úllimo do los cuales era médico de profesión i 
ha muerto después en el campo del honor. 

Pero el mas distinguido do lodos, por su fama de bravura 
i la memoria de sus desgracias, era el capitán don Domingo 
Tenorio, hijo de un antiguo oficial inmolado en Sao Pedro 
por el aleve Bcnavides. El capitán Tenorio era digno, por sus 
hechos i por sus desventuras, de la celebridad que el romance 
ha prestado a su nombre. Gabia sido uno de aquellos bravos 
soldados de Lircay que perdonó el plomo sobre el campo de 
la matanza, pero no así el cáncer de la miseria en el destie- 
rro. Acosado por la desesperación, perteneció a la hueste 



DE l\ ADMlNISiKAClUN MOMl. 1133 

do ¡nvnsnros qno vinieron dol (]n!lao a las costas íIc Arauco 
acaiidiliados por ol coronel JJarnaclica en 1830. Sorprendido 
i prisionero en aquella lonlaliva, juzgólo en Concepción un 
consejo de guerra presidido por el vencedor do Lircay, i 
condenóselo, en consecuencia, a diez años do presidio en Juan 
Fernandez (I), Mas Tenorio no era hombro que se resignara 
a vivir caulivo en un peñón, i a los pocos dias do cncontrarso 
en la isla cumpliendo su condena (20 de diciembre í\o 183!) 
sublevó la guarnición que cubría aquel presidio, que consislia 
en un deslacamenlo del batallón Valdivia, a las órdenes del 
gobernador Zoppcli, i asaltando un buque, dirijióse a las 
costas de Copiapó, seguido de una horda de bandidos, quo 
sembraron de espanto su ruta por aquel valle, hasta tras- 
montar la cordillera. Pedida la esíradicion de Tenorio a las 
autoridades trasandinas, volvió este a ser juzgado í se le envió 
al Perú en calidad de desterrado, no regresando a su patria 
sino'dcspues de la amnislia de 1841. Desdo esa época, en- 
contrábase en •Concepción, gozando de una pequeña renta 
por su retiro de capitán, pues tal era su graduación en 
1829 en el batallón iiúm. 1, i tal era la que tenia ahora en 
el rejiraiento Carampanguc. 



XIÍ. 



Fué nombrado ¡ek del batallón Alcázar (iOO plazas) el 
antiguo capitán de granaderos del Carampangue don Fran- 
cisco Molina i sárjenlo mayor ei joven don Joaquín Fuenleal- 

(1) Sentencia de 8 de setiembre de 1830 — Puede verse en el 
proceso formado a los reos alzados en Juan Fernandez aquel año 
i que existe archivado en la Comandancia de armas de esta 
capital. 

20 



1o4 HISTOIUA DE LOS DIEZ ANOS 

ba, vecino ¡ulluyonlo de los Aójeles ¡ uno de los oficiales del ba- 
tüllon cívico de este pueblo, que ahora hahia enlrado a compo- 
ner en su mayor parlo aquel batallón de voluntarios. En cuanto 
a Molina, solo podrá decirse, que asi como el coronel Zañarlu 
fué la sombra de la revolución, Molina fué la sombra de 
Zañarlu, a quien debía la deferencia mas ciega como amigo 
i una sumisión a toda prueba como subalterno. Era, porlu 
demás, un hombre vulgarísimo. Había nacido en Chillan por 
los años i3o 14, pues tenia a la fecha de la revolución 37 
años, ¡ su hoja de servicios no señalaba en su carrera nin- 
guno de importancia, a no ser el haber cubierto la guarni- 
ción de Juan Fernandez, cuando aquella isla era un presidio 
político, durante los años del terror de Portales (1833 i 36). 

XIII. 

Los cuerpos de caballería tenían, en su major parle, jefes 
veteranos. Eusebío Ruiz mandaba los escuadrones de la raya 
fronteriza, que son los mas temibles jinetes de Chile, i que, 
por estar armados de corazas de fierro, habían recibido el 
nombre de Dragones de la Frontera. 

Alejo Zañarlu tenia a sus órdenes dos escuadrones cora- 
puestos de voluntarios de la isla de la Laja i de antiguos 
veteranos de los cuerpos del ejército que habían sido licen- 
ciados en la frontera. Mandaba uno de estos escuadrones, 
que estaba armado de carabina i sable, el bizarro Lara, por 
loque el rejimicnío había recibido el nombre de Carabineros 
de la República, i el otro, compuesto de lanceros, estaba 
a las órdenes del famoso Pablo Zapata, uno de los cabos do 
mas nombradla entre las huestes de Píncheira. 

El tercer rejiraicnto era mandado por el conocido coronel 



i 



DK LA ADMINISTUACION MdNTT. i O." 

(Ion Salvadoi' Piiga, oficial qiio habla gozado en su juventud 
{^ran preslijio ¡lo valuMilo, poro que, en artos posloiiorcs, pa- 
saba mas por un jelo de parada que de balalla, con mas 
amor a los bordados quo a la fíloria. Servían con el, como je- 
fes de escuadrón, el vállenle Soupcr, el joven doniMarllulano 
Urrlola, quo se habla prcscnlado al jcncral Cruz reclamando 
iin puesto en sus tilas, a nombre de la sangre de su padre, i 
por úlllmo, el joven don Víctor Antonio Arce, acaudalado 
propietario de la provincia del iilaule, que se habla Incorpo- 
rado al ejército con algunos cuantos huasos de su hacienda de 
Vlrguin, por lo que su tropa era mas conocida con el nombre, 
un si es no es burlesco, de «Vlrgulnes». La base de este rejl- 
miento eran las milicias do caballería de las provincias del 
Maule i Nuble, i parle de los que habla enrolado Soupcr en la 
de Talca, por lo que se le denominó licjimienlo de las Pro- 
vincias libres. 

Habíase mandado ademas formar en Chillan un tercer re- 
jimiento que se llamó de Cazadores de Lautaro, bajo la base 
de algunos desertores del cuerpo de Cazadores a caballo, ai 
mando de los oficiales de este último don Enrique Padilla i don 
Nicanor Las-lleras, que se hablan incorporado al ejército del 
sud, ¡ de un escuadrón de Rere, conducido recientemenle a 
Chillan por el esforzado capitán don Antonio Grandon. Fué 
Padilla nombrado jefe de este cuerpo, que no alcanzó a tener 
una organización determinada i Grandon su segundo, mien- 
tras que a Las-Iíeras se le dejó el inmediato mando de 15 
o 20 cazadores, que componía la escolla del jeneral en jefe. 

Era Padilla un joven oficial mas aturdido que valiente, 
antiguo alumno déla Academia militar, i que, comprometido 
por sus manifestaciones, desde antesde estallarla revolución, 
habla sido enviado a la capital tan luego como estalló aquella, 
llevando para don Manuel Monll o sus ajenies la carta del 



156 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

negro, coma vulgarmcnlc se dice. Mas, sospocliando el lazo 
en tiempo, regresóse desde (Jiiechercguas a Cliülan i lomó 
servicio con los revolucionarios. 

En cuanto a (írandon, asegúrase que era mas digno de ser el 
jefe que el segundo de aquel mozoinespcrlo aunque patriota. 
Era este jefe un valiente a toda prueba, como lo evidenció 
en el combale de Monto de Urra recibiendo la confirmación 
de su grado sobre el campo de batalla i en Longomilla pere- 
ciendo con la muerte de los héroes. Ilabia pertenecido en su ju- 
ventud al rejimiento de Cazadores a caballo i batídose por con- 
siguiente en Lircay a las órdenes del coronel Baquedano. Mas 
habiendo perdido un ojo a consecuencia do un accidente en 
aquella campaña, vivia retirado en su pueblo natal de los 
Áajelcs cuando el ruido de las armas lo llamó otra vez a los 
cómbales i a la mucrle. 

XIV. 

En cuanto a la arlillcría hemos ya dicho cual era su con- 
posicion, sus oficiales i sus fuerzas. Mandábala en jefe el co- 
mandante Zúñiga i en segundo el modeslo i valeroso capitán 
Gaspar ascendido ahora a sárjenlo mayor. 



XV. 



Bastaron solo tres o cuatro dias de laborioso afán al jcnc- 
ral Cruz para dar a su ejército aquella organización deliniliva 
en su cuartel jencral de Chillan, i en consecuencia el 1 .° de no- 
viembre pudo presentarlo en una lucida parada, celebrándose al 
efecto una misa de gracia en un dia festivo, aunque de lú- 
gubre signiiicado, — la festividad de lodos los santos. 



DK LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 157 

Resolvióse, puos, eljoncral a la visla de osle oslado de co- 
sas, a al)i¡r inmcdialamcnlo la campaña (!) i el mismo dial." 
ordenó al injciiitíro Ilonry colocara en el vado mas ¡nraodia- 
lo del Nublo, U!i andarivel que sirviera de punió do apoyo 
a la única laucha de que podian disponer para atravesar 
aquel rio. 

Jira fuerza ya el darse prisa para salir al encucnlro del 
enemigo. Parlidas csploradoras de osle habian llegado liasla 
las barrancas de la márjcn solcnlrional del Nuble, ¡ el mis- 
mo dia en que el jcneral Cruz enlró con el ejército a Chillan, 
(215 de octubre ) una de aquellas guerrillas había sorprendi- 
do la guardia que custodiaba un paso de aquel rio, matando 

(l) Tan adelantada estuvo In ejocnoion de esta medida que el 
dia 3 de noviembre ordenó el jeneral Cruz la formación de uii 
nuevo batallón de guardias nacionales que debía guarnecer a Chi- 
llan en la ausencia del ejército que iba a marchar al norte. 

El decreto relativo a este objeto se rejistra en el boletín núm, 
8 lib, 2. o i dice así: 

SECRETARIA JENERAL. 

Chillan, noviembre 3 de 1851. 
S. E. con esta fecha ha decretado lo siguiente: 

Debiendo marchar el ejército hacia el norte i no debiendo que- 
dar desguarnecida esta provincia en virtud de la autorización de 
que esloi revestido, decreto: 

Se organizará de nuevo el batallón de Guardias Nacionales de 
esta ciudad, i se nom[)ra sárjente mayor i comandante interino 
do él al capitiin graduado de sárjenlo mayor de ejército don Juan 
Nepomuceno Venegas. 

Este decreto servirá de suficiente título al espresado coman- 
dante, quien propondrá a la mayor brevedad los oficiales de las 
compañías que en su concepto puedan organizarse. Tómese ra- 
zeií i transcríbase.» 

Se transcribe a U.S. para su intelijencia i efectos consiguientes. 

Dios guarde a U. S. 

Pedro Félix Vicuña, 



158 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

uno ¡ haciendo ciialro prisioneros de los diez aiilicianos quo 
componian la parlida. dimo las creces de verano iban, ade- 
mas, a comenzar, era urjonlc salvaren liempoi las diliciilíades 
que ofrecía a la marcha del ejército el lorrenloso Nuble, i por 
olra parle, casi no se pasaba un solo dia sin que las corrien- 
tes de éste arrojasen a la orilla los cadáveres de uno o dos 
desconocido?, que, evitando los vados cubiertos por guardias, 
se arrojaban a la venlura en aquel rio, dando así a conocer 
cuan activas eran las comunicaciones que mantenía el jenc- 
ral en jefe del ejército del gobierno con sus amigos i corrcü- 
jionariüs de Chillan. 

Pero en los momentos mismos en que iba a abrirse la cam- 
paña sobre el norte (I), estalló uno de esos formidables 

(1) He aquí la proclama qiif o! j(^ncral Cruz dirijiú dosde 
Chillan al o-jcMcilo i guardia nacional de la Kepáblica, at empren- 
der la campana. 

SOLDADOS DEL EJÉRCITO I DE LA GUAUDIA NACIONAL. 

Al verme rodeado de vosotros, en los momentos en que vamos 
a emprender la gloriosa campana que ha de volver a la Repiihlica 
su libertad, su dignidad i su honor mancillados por unos cuantos 
hombres ambiciosos que se han apoderado do las riendas del 
gobierno, desprestijiando la autoridad i cimentando una tiranía 
ominosa, no puedo menos que dirijirme a vosotros con toda la 
franqueza i patriotismo que me animan, ya que me habéis hon- 
rado cotí el cargo de defensor de la santa causa de la libertad, 
por la que tomamos las armas en esta ocasión. 

Soldados: la causa que vamos a defender es la cansa de! pueblo, 
de la justicia, de la libertad, la que volverá a la Il<'pública esos 
días de calma bonancible amenazados por el grito aterrante de 
guerra civil. Nuestro deber es ahorrar la efusión de sangre 
hermana. 

Veteranos del valienie halallon Vuldivia, Yungai i Cliaccbuco: 
a vosotros también me dirijo en esta ocasión, porque habéis sido 
los prinieros que, afjercibiios ilel peligro de la patria, os lanzas- 
teis a derrüjar ese foco de corrupción i de inmoralidad, que tras- 
pasando las levos i por una burla cruel aun se denomina gobierno 



DK l\ ADMINISinACION MONTT. loO 

huracanes de priiiKivera (jiic se prnlon^'iiii en el siid por 
semanas cnlcias. Cumenzaruii las lluvias el 3 de noviembre, 

nacional. Vuestros primeros carhiclios quemados en defensa de 
la causa del piioMo han venido a despertar ese entusiasmo ar- 
ilieiite i jeiieroso (jue ha iiieeiidiado toda la Ilepública al solo 
fírilo de — La patria eslá en peligro, lini lando los pueblos vuestros 
no! les esfuerzos, es que se piesentau ahora unidos e invencibles 
para destruir esa sombra de ejército que comanda el jeneral 
IJúInes, i esií parodia de ?:o!)iernn, tras la que se oculta la fatídica 
figura de don Manuel Montt, cuya desenfrenada anibit ion lia 
comprometido la trauíjuilidad del pai?. — Contamíscon vosotros; 
nuestras illas aguardan con entusiasmo la incorporación de las 
primeras bayonetas que brillaron en defensa de la libertad i del 
pueblo oprimido. Nó dudo por un momento que llenareis vues- 
tro deber. 

Cazadores: esta es la segunda vez que me dirijo a vosolros 
llamándoos a mi lado para uniros con vuestros compañeros, que 
hoi forman mi escolta i que enarbolar! el mismo estandarte con 
que conquistasteis nuestra independencia; cuento con vuestra 
decisión, i agradezco el heroismo de losque, a! través del peligro, 
lo han despreciado, por ser consecuentes i combatir siempre con- 
migo por la libertad. 

Valicnle i esforzado Rejimienlo Carampangue: Iialeis sido 
siempre invencible donde quiera que vuestras bayonetas han 
afrontado el peligro; vuestra fama no se desmentirá en esta oca- 
sión, porque leo en vuestros semblantes las elocuentes palabras 

— VALOR I VICTOltlA ! 

Solddd'is voluntarios de la guardia nacional de Concepción, yf/i- 
jeles i Chillan: no habéis consentido que los bravos de la línea 
llenasen solos su deber. Habéis abandonado vuestros hogares i 
faenas por acompañarlos al campo de batalla i dividir con ellos 
el peligro. La patria os debe su eterna gratitud, i no dudo que 
se recompensarán vuestros nobles i jenerosos esfuerzos en favor 
de la causa que vamos a defender i por la que estoi dispuesto a 
morir, antes que consenlir por mas tiempo la corrupción i la 
inmoralidad que conducen al pais a su ruina i perdicio.!. 

Anles de avanzar nuestra columna, me es grato anunciaros 
que marchamos a la sombra del estandarte victorioso de Yungai, 
cuyo trofeo, testigo de nuestro valor, nos dio tantas glorias en la 
memorable jornada en que brilló altanero i esplendente cl trico- 



160 HISTORIA DE I.OS DIEZ ANOS 

procisamenlc en el mismo dia que ei jencral Búlncs raovia 
su campo de Lonííomilla hacia el Nuble; de manera quo 
cuando el jencral Cruz cmprendia un igual movimiento, vióse 
obligado a encerrarse en sus cuarlclcí de Chillan durante 
nuevo dias (del 3 al 12 do noviembre en quo escampó). 

XVI. 



No interrumpieron la monotonía de aquella forzada inac- 
ción sino las nuevas de dos graves acontecimientos, adverso 
el uno a la revolución i favorable el olro al desarrollo de sus 

lor de la Repúlilica. Bajo la sombra de esos laureles i con ot 
niisiTio estandarte a la cabeza, nos encaminamos a salvar a la 
Piepública del caos espantoso a que la precipitan sus lirp,nos. 

Jefes, ofcialcA i soldados del ejército i de la. Guardia Nacional: 
os debo manifestaciones de profunda gratitud por vuestro entu- 
siasmo i decisión. No dudo que la victoria coronará vuestros 
esfuerzos, que es la mas bella recompensa que os desea vuestro 
jciieral i amign. 

José María de la Cruz. 
Noviembre G de 1851, 

Al mismo tiempo el caudillo de la revnhici(>n dirijia a sus ami- 
gos i partidarios de las provincias centrales una carta en que les 
exhortaba a cooperar a sus esfuerzos con las siguientes palabras 
que hemos copiado del orijinal. 

«En las fuerzas que conduzco, dice, no bai un solo soldado quo 
no sea voluntario ¡ su número pasa hoi de mil hombres de exce- 
lente caballería, sin contar con los indios i dos mil i pico también 
de infantes, entre losque tienen V. V, ei entusiasta batallón Ca- 
rampaníjue, eli.-vndo a rejimiento i completado con soldados vete- 
ranos licenciados i con lo mas disciplinado del batallón de Lautaro. 
Si los departamentos del Maule a Sauliago quieren que la liber- 
tad, orden i paz se reconquisten con prontitud i sin tirar un tiro, 
es preciso salir del aturdimiento en que parece lian caído i (|ue 
imiten el denuedo i empeño de los de estas proviücias que no 
omiten ¿acrilicio;». 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. -161 

planos, pcroquo fuoron colebrados aml)os en cl campamento 
dolos libres como triunfos conseguidos, al son do las músicas 
i cantos militares. 

Fué la primera la noticia del lovanlamíento popular do 
Valparaíso, que tuvo lugar cl 28 de octubre í cuyo fracaso 
se supo en Chillan cl 5 de noviembre, i la última, la de la 
derrota o inmolación de Züñiga, acontecida en la Araucanía 
el 6 do noviembre, i que fué comunicada al cuartel jeneral 
de Chillan el dia 9. 

Estos dos acontecimientos van a exijirnos un paréntesis en 
nuestra relación, i desde luego, nos ocuparemos del que se re- 
liere a los sucesos que tenían lugar bajo la presión del gobier- 
no en las tres provincias que le estaban sometidas, de Santiago, 
Valparaíso í Aconcagua, i mas adelante, haremos una breve 
escursion en el territorio de los bárbaros, para asistir al las- 
timero desenlace de las operaciones del mayor Zúñiga, sin 
que, sin embargo, aparezca por esto con demasiada fuerza 
el contraste de los hechos atroces que leoian lugar en la tie- 
rra de los salvajes de Arauco, con los ejecutados por los 
ajenies del gobierno en las mas cultas ciudades, 



21 



CAPITULO VIL 



LA REVOLUCIÓN EN LA CAPITAL I EN LAS PROVINCIAS 
CENTRALES. 

Postración de los ánimos en la capital. — El intendente Ramí- 
rez. — Enganche de voluntarios. — Las mujeres de la capital en 
1851. — Proclamas incendiarias que circulaban en la población. 
— Pánico del gobierno, a consecuencia de creerse invadido el 
valle de Aconcagua por la división de Coquimbo. — Detalles sobre 
la asonada de San Felipe.— Situación de Valparaíso en I80I. 
—Elementos revolucionarios que encierra aquella ciudad. 
—Don José Manuel Figueroa.— El capitán Niño trama una 
conspiración i es denunciado. — Descubrimiento de un depó- 
sito de municiones que hace la policía i prisión de varios 
ciudadanos. — El jeneral Blanco asume de nuevo el mando de 
la provincia. — Se resuelve llevar adelante la insurrección. 
—Plan jeneral de esta. — El padre Pascual. — Rudecindo Ro- 
jas. — Don Rafael Bilbao. — Señálase el dia 3 de octubre para 
la asonada i se frustra el intento. — Persecución en masa de 
todo el gremio de sastres. — El comandante Riquelme reor- 
ganiza los elementos de la revolución. — Fíjase la mañana 
del 28 de octubre para ejecutarla i es aplazada por segunda 
vez. — Un grupo de 17 afiliados se reúne en la Cajilla i resuel- 
ve hacer la revolución por su cuenta. — Cómico incidente que 
ocurre, en consecuencia, con un espia. — Asaltan aquellos el 



16Í HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

cuartel del tjúm. 2 rio guardias cívicas i se apoderan de 
las armas. — Combate del '2S de octubre. — Consecuencias que 
tuvo para los revolucionarios de Valparaíso. 



Desdo la caláslrofe de abril, Santiago, que lo babia 
jugado lodo como parlido i como pueblo, en aquel san- 
griento lance, cayó en un profundo abaliraienlo. Sus prin- 
cipales ajiladores encontrábanse presos o perseguidos i ocul- 
tos. Unos pocos habían ¡do a buscar asilo en las provincias 
de Concepción I Coquimbo. Otros, i estos eran muchos, se habían 
refujiado en su propio egoísmo. 

Cuando llegaron los emisarios secretos que anunciaban 
el levantamiento simultáneo de aquellas lejanas provincias, 
encontrábanse, en consecuencia, los pocos hombres de ac- 
ción que aun permanecían en sus escondites de la capíial, 
en una posición tan difícil que equivalía a la impotencia. 
La sublevación del Chacabuco, esta grotesca parodia del 
veinte de abril, fué su último esfuerzo. 

La ausencia misma de las tropas que guarnecían la capital 
era un obstáculo, no solo a todo plan do insurrección, sino 
que estorbaba aun el pensamiento de ponerlo por obra. 
Era demasiado sabido quo, por la distribución de sus calles 
rcclangulare?> por la lejanía de sus barrios habitados por la 
plebe, único elemento tumultuoso de la capital (donde el 
artesano es mas bien un paria que un gremio), i por últi- 
mo, por el carácter apático de sus habitantes (|ue, según 
el sentir del jesuíta Olivares, parece peculiar a todas las ciu- 
dades allegadas a las inraonsas moles de nuestras cordi- 
lleras, era incapaz de acomcler una sublevación popular. 



DE LA ADJIlNISTRACION MONTT. lOf) 

Por olra parlo, el prcsidcnlo Müiill, alejando do Santiago 
hasta el último soldado do linca, liabia reemplazado el pe- 
ligroso elemento militar, que lan a las claras se inclinaba 
do poj' £i al Qiovimíento del sud, con un olemcnto mievo, 
creado por él, segnn su Índole i su sistema, i que, por lan- 
ío, le sirvió con admirable eficacia durante su decenio: 
fué este poderoso auxiliar la jendarmcria o j)olicia de segu- 
ridad, rejimenlada como el ejército, pero dependiente del mi- 
nisterio del interior. De esta manera, sucedió que, a prin- 
cipios de octubre, mientras la guarnición militar de San- 
tiago no pasaba de 100 hombres, entre granaderos de la 
Escolta i artilleros nuevamente rcclulados, el cuerpo do 
poJicia ascendía a cerca de 1,000 hombres. 

Era imposible emprender ningún trabajo sordo sobre esta 
masa asalariada sin espíritu de cuerpo i que, día a día, era 
adiestrada en el espionaje i la delación. 



lí. 



En otro sentido, rejia la provincia, como intendente, un 
hombre tan notable por su enerjia para usar c! despotismo 
autorizado, como dócil a todas las órdenes de ese mismo 
despotismo, cuando era ejercido por sus señores. Fiscal de 
lodos los procesos urdidos con Unes políticos; inlendenle a 
propósito para ledas las provincias en que se quería ga- 
nar una elección o imponer un castigo en masa por la 
represión i el insulto, don Francisco Anjel Ramírez ha- 
bía sido designado por el presidente liúJnes para descargar 
su responsabilidad de odio i de persecución, lan pronlo co- 
mo, a consecuencia del alentado cometido en la Sociedad 
de la Igualdad el 19 de agosto de 1850, se tifió d« negr^x 



1C6 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

el horizonte (\e la política i se persuadieron lodos !os áni- 
mos de que la elevación del candidato Monlt era un lia- 
maraienlo a las armas, liecho a la República en masa. Ra- 
mirez cumplió su misión con éxito admirable. El oro para 
los ospias, el licor pa.'^a los gariteros encargados del en- 
ganche de voluntarios [i], el azote para el pueblo, el in- 
sulto para las señoras, a una de las que desterró de la 
capiíal, la violación de todo derecho i de toda inmunidad 
doméstica, puesta en diario ejercicio con los allanamientos 
de domicilio, la apertura fraudulenta de la correspondencia 
privada i las prisiones arbitrarias de todos los ciudadanos; 

(t) Apesar de la prodigalidad del gobieri)o para enganchar 
soldados, solo pudo formar un batallón de 300 plazas, que se 
llamó Santiago i condujo al sud, a mediados de noviembre, el 
comandante don Santiago Amengual. Tanta era la innata aver- 
sión del pueblo al presidente Montt, que aun para reunir aquel 
escaso número, se habia ocurrido a los arbitrios mas indecoro- 
sos. Abriéronse, con aquel fin, en algunos de los barrios mas 
populares de Santiago, como el Arenal i la calle de Duarte, ga- 
ritos públicos, bajo las apariencias de chinganas de pasatiempo. 
Isidro Jara, el famoso chanchero^ era, bajo la inspección de 
Ramirez, el jefe de estas sentinas de escándalo i de infamia. Dá- 
base gratis (1 licor a los asistentes, i cuando se les veía bajo la 
influencia de la embriaguez, se les brindaba jenerosaraente al- 
gún dinero para que apostaran a las cartas, pues habia nn tallador 
perpetuo nombrado oficialmente. Si el tahúr habilitado ganaba 
en la partida, devolvia el dinero a los ajentes de la policia, con el 
premio de un real en peso; mas, si perdia, como sucediacasi en 
todos los casos, se le ponia en la alternativa de ir a la cárcel 
o engancharse como soldado, cuyo último partido todos acep- 
taban, pues así quedaban libres de la deuda, abandonándose- 
les el adelanto a cuenta de su enganche. 

De esta manera, e) presidente Montt logró alistar 500 hom- 
bres para su defensa; mientras en el sud, con el solo prestijio 
de la revolución, habian corrido a las armas mas de 4 mil 
hombres, i habiia sido este número doble, si aquellas hubiesen 
alcanzado para lodos los brazos que las pedian. 



I>E LA ADMINJSTRAGION MONTT. IG7 

tal filó el sisloma de tenor que aquel maotlalario impuso 
a la capital i con ol quo no lo fué dificil dominai-la. Dijoso 
aun, i liéncso por un hecho cierto, quo aquel tirano en mi- 
niatura (pues el do cuerpo entero estaba ya colgado 
en los sombríos muros do la Moneda) babia muerto, una 
noche, con su espada, aun infeliz quo, estando ebrio, no 
le cedió la vereda o lo asustó, al pasar, coa algún vaivén do 
su cuerpo. 



III. 



A falla de caudillos i de medios de acción, las mujeres 
entraron en la liza política con todo el ardor i la fé de su sexo. 
El «frac» íiabia desaparecido en la revolución, a no ser que 
so hubieran refundido lodos en aquel frac supremo, que 
tanto ponderó la prensa del gobierno cuando se proclamó 
candidato a don Manuel Monlt, en oposición a todo caudillo 
militar. La casaca en los campos i las «basquinas» en las 
ciudades eran ahora los trajes con que la insurrección se os- 
tentaba armada o se disfrazaba en los conciliábulos. Las mu- 
jeres, contándose entre estas las mas encumbradas matronas 
de nuestra aristocracia, imperaban a su albedrio en la capi- 
tal ; i asi era que, mientras en el norte i en el sud se batian 
los ejércitos a filo de sable, hacíase por nuestras calles tal 
guerra de chismes i ponderaciones, de mentiras i novenas, 
de falsos anónimos i de proclamas incendiarias ( 1 ), que nues- 

(1) Una animosa i discreta mujer, la esposa del conocido san- 
grador Barrera, era el ájente de la iinprenta secreta que arrojaba 
todas las noclies aquellos terribles boletines que fueron la deses- 
peración del intendente Ramírez, pues jamas pudo descubrir ni 
siquiera indicios del lugar donde se encontraba la prensa sub- 



íes HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Ira sociedad femenina llegó a presentar, en aquella época, 
la ¡majen de un verdadero campo de Agramante. Contábase, 
en verdad, por aquellos días, que hsmimsleriales i hs oposi- 
toras de los barrios « de arriba» de la capital celebraron, a un 
mismo tiempo i a la misma bora, una novena en la iglesia de 
la Merced, rogando a la Vírjen por el triunfo de sus bandos, 
i añadióse en los' salones, con este motivo, que a la salida de 
las devotas, usábase mas en las salutaciones de despedida, 
a lá puerta de la iglesia, el pellisco chileno que el beso fran- 
cés en la mejilla. . . . 



IV. 



Tal fue la misera i casi grotesca actitud de la capital, du- 
rante los cien dias que duró la mas imponente i la mas pro- 
funda de las revoluciones que han ajilado a Chile ¡ que partió 
del seno de aquella para dejarla fria i tenebrosa como la nu- 
be que ha descargado su rayo. «Santiago! Santiago!, docia 
una de las hojas secretas que circulaban en esa época ea 
la capital. Descansa, mecida en tus ilusiones ¡en la gloria de 
tus triunfos, mientras el cañón i las llamas convierten en 
cenizas ala sublime Serena ; mientras la muerte deja solitario 
el lecho de mil esposas i en la horfandad los hijos i al borde 

terránea. Servia esta un prensista llamado Bartolo, muchacho 
abnegado i de secreto a toda prueba. La mujer de Barrera le lleva- 
ba a una casita situada en Yungay los orijinales de los boletines, 
que escribían varios opositores do los que vagaban escondidos en 
Ja capital, i de noche iba ella misma a sacar las hojas impresas, 
<|ue se confiaban a manos seguras, i así amaneciasi aquellas, al si- 
guiente día, desparramadas por toda la población. Debióse a esto 
que los rotos diesen a aquellas hojas el hombre característico de 
trasnochadas. 



PR LA ADMINISTRACIÓN MONfT. 1G9 

del sepulcro la madre anciana ¡ desvalida I ... ¡Oh Santiago! 
Tu eres un inmenso panteón ! Los radalzos i las proscripciones 
do 20 años lian sembrado de tumbas tu recinto, cuna en otro 
tiempo de tan altos hechos. I la vista do esos mármoles san- 
grientos i su helado contacto han secado, dentro de tu pecho, 
ol corazón en que palpitó la epopeya de 1810; eso corazón quo 
el 5 de abril do 1818, te precipitó, en confuso e inerme tu- 
multo, a parlir con los combatientes de Maipo, su fosa o su 
gloria. . . . Pero nu!, anadia la proclama, como para hacer 
mas amargo el reproche que eslampaba contra los caudillos 
de la capital, tú no has muerto del todo, patria de las 
Guzman, Rojas, Valdivieso i Fonlesillas. Tu tienes todavía, al 
servicio de la patria, tus bellas mujeres» ! ! ! 



V. 



Pero, en la ausencia de toda hostilidad positiva, el gobier- 
no de la capital vivia lleno de pavores, como si el fantasma 
de la revolución que su política habia encendido ¡e estrecha- 
ra en sus brazos a toda hora ; i hubo, a la verdad, momentos, 
en que el recien electo Presidente se creyó perdido sin reme- 
dio. Al saberse, en efecto, en la Moneda, el movimiento que 
habia puesto a vanguardia del coronel Vidaurre la división 
de Coquimbo, el gobierno dirijió la guarnición de la capital 
sobre la amagada provincia de Aconcagua i ordenó que, sin 
pérdida de instantes, se presentasen en protección de aquella 
todas las milicias de los departamentos de la Victoria ¡ Meli- 
pilla (1). 

(t) Esta orden se espidió el 13 de octubre, i el 13 escribía el 
gol>ernador de Melipilla al Ministro de la guerra que, pocas horas 
después do recibida a<iuella, habia estado «toda ta fuerza de mi- 

22 



170 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

Cuando, pocos (lias mas larde, e! ¡nlendenle do Aconcagua 
anunció que el destacamento de la vanguardia de Coquimbo, 
que mandaba el autor de esta historia, habia sido avistado 
(14 de octubre) en las alturas que dominan el valle de Pu- 
taendo (que fué el punto mas avanzado que alcanzaron las 
huestes de la revolución en 1851 ) ¡ se supo, poco mas tarde, 
en palacio, la asonada que tuvo lugar en San Felipe la nocho 
do aquel mismo día (1 ), dijese, en efecto, que se habia dado por 

líela de este departamento pronta para que marchase sobre la 
capital.» La tropa que se encontraba acantonada en San Bernar- 
do, i que consistía principalmente en una parte del batallón cívico 
de Rancagua, se habia puesto ya en movimiento, en la tarde del 
14, cuando, en su marcha, recibió la orden de volver a su cuar- 
tel. (Véase el libro titulado Miscelánea en el archivo del minis- 
terio de la guerra.) 

(1) Al ocuparnos, en el primer volumen de esta historia, de la 
invasión de la provincia de Aconcagua por las fuerzas de Coquim- 
bo, hicimos solamente alusión al malhadado motin de San Feli- 
pe, por no haber tenido ninguna consecuencia de importancia. 
Mas, parécenos oportuíio consignar aquí la relación que nos ha 
dirijido el antiguo i respetable patriota de aquella provincia don 
Pedro Antonio Ramírez, que, junto con su hermano don José Ig- 
nacio, han sido, desde 1829, los decanos del partido liberal en la 
provincia eminentemente j^^P^ola de Aconcagua. Como nosotros 
publicamos en esta nota solo la versión liberal del motin, puede 
verse en el núm. 7 del Apéndice el parte oficial de aquel suceso, 
pasado al gobierno por el intendente Fuenzalida. 

La relación que nos ha enviado el señor Ramírez, con fecha 
de 3 de julio del presente año, dice asi : 

t Luego que estalló la revolución de Coquimbo., principiaron las 
autoridades deeste pueblo (San Felípe)a perseguir a todos los hom- 
bres de valer que consideraban enemigos de su política. Varios ciu- 
dadanos fueron aprisionados, como don José Plácido Zenteno i su 
hermano don Benigno. Esta prisión injusta i arbitraria trajo un 
disgusto jeneral en el departamento, i mucho mas en los herma- 
nos de aquellos, don Julián i don José de la Cruz Zenteno, que 
también se hallaban escondidos, por la persecución encarnizada 
que se les hacia. Estas incidencias, unidas a las noticias que re- 



DE LA ADlIlNiSTRACION MONTT. 171 

portÜda la causa del Laudo conservador ¡ que llegó a hablar- 
se cu los salones presidenciales do aprestos do rclirada a Val- 

cibiamos del norte, de que la división do Coquimbo marchaba 
sobre esta provincia, líicieron que yo i los Zentenos nos dispu- 
siésemos a reunir algunos ciudadanos para que marchasen a for- 
mar parte de aquella división. 

«En esto estábamos, en la mañana del dia 14 de octubre, en un 
lugar oculto de mi hacienda de Aconcagua arriba, donde se halla- 
ban reunidos mi hijo don Ignacio Kamirez, dotí Julián Zenteno, 
don Gregorio Armaza ¡ don Joáé Antonio Gutiérrez, formando el 
plan de salir pronto con jente al encuentro de los coquimbanos, 
cuando, en ese dia, recibi, por un joven Artigas de Santiago, una 
comunicación de los señores don Miguel Guzman i don Domingo 
Santamaría, para que, a toda costa, nos pusiésemos sóbrelas armas, 
a fin de facilitarle al jeneral Carrera su entrada a la provincia. 
En dicha comunicación se me decia que el triunfo de Carrera ea 
Petorca era seguro, no solo por la buena tropa que contaba su 
di\4¡sion, sino porque las fuerzas de Aconcagua, que se hallaban 
en las filas del gobierno, se pasarían a las nuestras. 

«Esta noticia, que luego comuniqué a los amigos, que, en su 
escondite, estaban formando la espedicion para el norte, los llenó 
de entusiasmo i alegría. En el momento, acordamos escribir a mi 
hermano don José Ignacio Ramírez, que se hallaba oculto en San 
Felipe, para que, condón Baldomcro Lara i don Joaquín Oliva, 
se preparasen con su jente a dar en esa noche un asalto en la 
ciudad, junto con la que yo debia mandarles de Aconcagua 
arriba. 

«Los embarazos que se nos presentaban para ponernos de 
acuerdo con los de San Felipe i vernos con los hombres queridos 
de la población eran muchos. Mientras el gobierno tenia guar- 
dias en todas las bocas calles de la ciudad i las tropas acuarte- 
ladas en varios puntos, i aun fuera de la población, los amigos 
que por nuestra parte podían operar estaban ocultos i persegui- 
dos. Sin embargo, i apesar de tantos peligros, pude hacer llegar 
a manos de mi hermano don José Ignacio i don José de la Cruz 
Zenteno el citado proyecto. Estos dos, venciendo muchas dificul- 
tades, pudieron al fin reunirse a los otros en mi hacienda, como 
a las ocho de la noche, hora en que ya mi hijo don Ignacio, don 
Julián Zenteno, don Dámaso lleves, don Gregorio Armaza, don 
José Santos Coatreras, don José Antonio Gutiérrez i otros de mi 



472 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

paraíso. I en verdad, que asi habría sucedido, si la provincia 
de Aconcagua se une a la de Coquimbo i ambas dan la raa- 



casa marchaban sobre San Felipe, sin mas armas que cuatro fu- 
siles, dos escopetas i algunos malos sables. 

«Advertiré que cuando esto sucedía, ya nosotros estábamos 
informados que de Santiago se encaminaban trescientos hombres 
del gobierno a resguardar a San Felipe i que esta fuerza estaba 
para pasar la cuesta de Chacabuco, como a las ocho de la noche 
de ese día 14, según los «bomberos» que el joven don José Santos 
Contreras habla establecido para saber la hora en que aquella 
fuerza podia caer sobre San Felipe. Con todos estos peligros, i por 
ser leales a la buena causa que defendíamos i a las exljencias de 
aquellos señores que me escribieron con el joven Artigas, lejos de 
arredrarnos a la vista de tan evidentes riesgos, se entusiasmaron 
mas mis amigos i continuaron en llevar acabo !a obra que habían 
emprendido. 

«£1 grupo que salió de mi hacienda ¡ al cual se unió mi an- 
ciano hermano don José Ignacio i mi amigo don José de la Cruz 
Zenteno, acordó ser comandado por don José Antonio Gutiérrez, 
como uno de los oficiales de línea del batallón Chacabuco, que 
antes se habla sublevado. En esta disposición, se dirijieron sobre 
San Felipe, contando con que allí serian apoyados por el pueblo, 
i con que algunos sárjenlos del escuadrón del comandante don 
Joaquín Villarroel, que se hallaba acuartelado en la misma ciudad, 
i a quienes yo había hecho prevenir del asalto, estarían prontos 
a secundarlos. 

«Con tales precedentes, la fuerza reunida en mi hacienda 
siguió su marcha, engrosando poco a poco sus filas eti el camino, 
con los patriotas que se iban agregando. Guando esta fuerza llegó 
a la casa del comandante don Domingo Luco del Castillo, que 
dista de la ciudad legua i media, ya nuestra fuerza pasaba de 
cuarenta individuos. En esta casa hablan acuartelados cien hom- 
bres del escuadrón de Luco, i una guardia en la calle para estor- 
bar al que no les convenia. Este estorbo, que de suyo obstruía 
el paso de nuestro grupo, hubo que desalojarlo a viva fuerza, ¡ 
tirar algunos tiros sobre el centinela, que defendía su puesto. A 
los tiros inesperados de fusil, que al aire .se dispararon para no 
ofender al centinela qne se resistía, la tropa que estaba dentro de 
ia casa principió a dispersarse, con lo cual pudieron los nuestros 
penetrar sin riesgo cu ella, tomar las armas que allí habla i 



DE LA ADMINISTnACIon MOüTT. 173 

no a la de Valparaíso, en la que el volcan de la ¡nsurreccion 
no lardarla muchos días en hacer su esplosion. 



rocojcr de la vina los soldados i alf?nnos oficiales que se encontra- 
ron. Al grito de / Viva Cruz!, nadie se ri'sistia. Este asalto, con- 
Sf^guido sin sangre i sin daño de ningún jénero, engrosó mas 
nuestras tilas i aumentó nuestras armas. 

«Con todos estos elementos, nuestra fuerza siguió su camino 
para San Felipe. Cuando llegó a la cabecera del pueblo, fué inte- 
rrumpida por el grito de un centinela que se hallaba en la boca 
calle, i como de nuestra parte nada se le respondió, i la luz clara 
de la luna dejaba ver a la distancia el grueso que formaba nues- 
tra tropa, ese centinela i demás guardias que allí había se pu- 
sieron en fuga a replegarse al cuartel, en donde se hallaba el 
escuadrón de caballería de Villarroel, ai norte de Ja cañada de 
Yungai, chácara de don Blas Mardones. 

«Este incidente hi/o que nuestras fuerzas se precipitasen a 
toda furia sobre dicho cuartel, antes que el comandante se orga- 
nizara i preparase su resistencia. Efectivamente, este cálculo no 
se erró, porque antes de que aquello sucediese, nuestra tropa 
atropello porencima de cuanto se le opuso i penetró en el cuartel. 
A los gritos de nuestros soldados i a los vivas que se daban al 
jeneral Cruz i a los mismos hombres que los acaudillaban, la 
jente del cuartel se pronunció toda, en el acto, en favor del movi- 
miento. El comandante Villarroel, que no pudo contener el entu- 
siasmo de su tropa, i que, en el acto, se vio desobedecido, no tuvo 
mas arbitrio, para salvar del conflicto, que manifestarse dócil i 
suplicante a las exíjencias del jefe que io asaltó. La saña que 
habia contra él era tan grande que, para escaparlo del furor de 
los soldados, fué preciso que mi hijo don Ignacio intercediese por 
él i le dejase escapar. 

«Mientrasque este cuartel se allanaba i se ponia todo a nuestra 
disposición, el intendente don Juan Francisco Fuenzalida, avisado 
del movimiento por el mismo Villarroel, se metió, en el acto, en el 
cuartel de infantería situado en la plaza, en donde solo tenia 40 
hombres de los Andes bien municionados. 

«Acertada la toma del cuartel déla cañada i unida su fuerza 
de 300 hombres a la nuestra, se marchó toda sobre el cuartel de 
infantería. Cuando la nuestra llegó a la plaza, quesería como a 
las doce de la noche, la jente brotaba por todas partes, gritaudo 



474 HISTORIA DE LOS DIEZ a5'03 

VI. 

Apenas habian Iranscurrido, en efecto» dos semanas des- 
de el desastre de Petorca, cuando la culta i patrióUca 
Valparaíso alzó la voz de la protesta, empuñando las ar- 
mas, en presencia de la rebelión del norte ya vencida, de 
la turbulenta Impotencia de Aconcagua I de la culpable apa- 
tía de la capital. 

Todo hacia a aquel pueblo, sin segundo en la República, 
políticamente hablando, el foco mas ardiente i mas ina- 
gotable de la revolución. El carácler de sus industriosos 
pobladores; la actividad de los espíritus; el contacto con 

¡ viva Cruz ! i pidiendo armas para el combate. El entusiasmo que 
toda la población manifestó en ese acto es indescribible. 

«Cuando toda nuestra tropa estuvo en la plaza, don Dámaso 
Reyes, que fué proclamado comandanfe, en el mismo cuartel 
tomado a Villarroel, mandó intimar rendición a la guardia del 
cuartel, con el oficial don Anselmo Aguilar i con otros que lo 
acompañaron, i la respuesta que aquella dio fué una descarga 
de fusiles que hizo sobre ellos, i de la cual cayó muerto Aguilar 
atravesado por una bala. Con tal motivo, se trabó un largo com- 
bate de fusilería que hacían los del cuartel i de la cárcel a los que 
estaban en la plaza. Nuestra tropa no tenia mas que siete armas 
de fuego ¡ con ellas sostuvieron un fuego vivísimo con los enemi- 
gos que hacian llover las balas, lucha que sostenían con sus 
muchas armas i a favor de las murallas en que se guarecían. 

«En este estado se encontraba el movimiento, cuando llega a 
manos del comandante Reyes una comunicación, que el patriota 
i valiente Portus había interceptado, dirijida de Peíorca al inten- 
dente de Aconcagua, donde le daban parle que la división del 
gobierno habia triunfado, i que las fuerzas del jeneral Carrera 
habian sido desechas completamente. Esta fatal noticia dio moti- 
vo a que el jefe hiciese tocar retirada, i dijese a sus amigos i a la 
tropa lo que sucedia, para que cada cual escapara como pudie¿p, 
lo que en efecto verificaron.» 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 175 

el cslranjero; los gremios; la facilidad de procurarse ar- 
mas i ocullarlason las quebradas, que son oíros laníos asilos 
en caso de conlralicmpo ; el agrupainicnlo de las clases obro- 
ras (en lo que ofrece su mas marcado conlraslo con la 
convenlual Santiago, donde las manifestaciones populares 
se hacen tan difíciles por motivos puramente topográficos); 
i por úilimo, hasta la plañía de la ciudad, en que cada co- 
rro es una fortaleza, cada calle un desfiladero, cada casa 
una trinchera ; todo, en fin, sirve a dar alas i recursos a 
las conjuraciones i a los combates del pueblo. 

Valparaíso ha sido, por oslo, la cuna i el baluarte de la 
demo'^.racia en Chile, i mientras subsista su espíritu inno- 
vador ¡ osado en la senda de lodos los progresos, la cau- 
sa liberal ensanchará el número de sus prosélitos ¡ robustecerá 
la fé de los que la sigan, con nobles ejemplos do igualdad repu- 
blicana ante la lei o ante el sacrificio. — Santiago, a su vez, 
se sentirá transformarse, con su contacto, desde que la lo- 
comotiva, devorando el espacio, nos traiga la chispa 
de la creadora ebullición de aquel pueblo, que el viajero 
toma con dificultad por una ciudad hispano-americana, 
pues tiene, no solo el aspecto físico, sino lodas las señales 
características de las mejores poblaciones de la América 
del Norle. 



VIÍ. 



Durante la conmoción de 1851, Valparaíso adquirió una 
importancia revolucionaria decisiva, porque, estando sub- 
levadas las extremidades de la República, i siendo estas 
dueñas de la marina por la captura del Araitco (mien- 
tras el gobierno tenia solo la fragata pontón Chile i dos o 



176 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Ires buques menores), convertíase, por consigui'eule, en el 
punto central, a que iba a converjer toda tentativa (Je un 
desenlace definitivo, fuera por la resistencia que debia opo- 
ner el gobierno, fuera por el éxito de un levantamiento 
popular o de un desembarco de tropas do parte de los revo- 
lucionarios. 

Todos los conatos de los caudillos de la insurrección se 
dirijian, en consecuencia, a hacerse dueños de aquella pla- 
za; i lo que mas admira, en las malogradas tentativas que 
se hicieron para conseguirlo, no es la estraordinaria dili- 
jencia con que fueron desbaratadas por la autoridad, sino 
la constancia, el sijilo i la abnegación del pueblo, quo re- 
novaba con mas pujanza sus esfuerzos, después de cada una 
de los contrastes que le sobrevenían. 

VIII. 

No podia decirse oiro tanto de ios jefes ostensibles que 
dirijian los trabajos revolucionarios de aquella ciudad. Des- 
de hacia do? años, presentábase como caudillo revoluciona- 
rio un hombre honrado i patriota; pero que no tenía ni 
la enerjía moral, ni la ardiente convicción política, ni menos, 
la pronta resolución que exijan los movimientos populares. 
Era este el factor del Estanco don José Manuel Figueroa, 
cuya repentina importancia política era solo debida a su em- 
pleo i a su parentezco con la familia de Vial, en la que es- 
taba casado. Todos los trabajos de la propaganda revolu- 
cionaria que emprendieron los hombres que obraban en una 
linca mas subalterna, encontraron pues un constante es- 
collo en sus vacilaciones i en el indefinido aplazamiento 
que exijia, al ir a ponerse por obra cualquier plan. 



DE LA ADMINISTnACION MONTT. 177 



IX. 



Ilabian aborlado, por cslc raolivo, varias Icnlalivas quo, 
como ya hornos insinuado antes, precedieron a la revolu- 
ción do scliembrc. A fines de agosto, se habia denunciado, 
cu erecto, al intendente Molo, una conjuración tramada por 
el capitán del batallón Carampanguc don Jacinto Niño, que 
se encontraba accidentalmente en Valparaiso, i que tenia 
por punto do partida la sublevación de dos corapañias del 
Yungay de la guarnición de aquella plaza (I). Pocos días 
mas tarde, en la noche del 3 de setiembre, el comandante 
de serenos Delgado habia descubierto en la casa de un sasire 
llamado Ignacio Duran un depósito de municiones, entre las 
que figuraban dos barriles de pólvora, nuevo baleros i tres 
barras de plomo. Este suceso habia acarreado la prisión 

(1) He aqui la nota oficial de este denuncio, que hemos co- 
piado del archivo del ministerio de la guerra. 

Valparaíso, agosto 24 de 1851. 
Señor jcneral, intendente de la provincia- 

En este momento, me acaba de dar cuenta eí sárjenlo S.^de 
mi compañía, José Vicente Lisana, que el viernes veintidós del 
presente fué llamado por el capüaii don Jacinto Niño, conquis- 
tándolo para que le entregase la compañía, i de este modo, 
tomar la compañía de artillería, ofreciéndole hacerlo teniente, a 
los demás sarjentos alféreces, a los cabos sarjontos, i a los solda- 
dos cien pesos a cada uno. El sarjento Lisana se ha negado a 
todas est-js ofertas i no ha querido ir mas a su casa. Lo pongo 
en conocimiento de US. para lo que halle por conveniente. — 
Dios guarde a US, — Pablo Corail, capitán de la 2.= compañía de 
dicho batallón. Es copia üel. — Lcmclrio R. Peña, secretario de 
marina. 

23 



nS HISTORIA DÉ LOS DIEZ AÑOS 

(4 do setiembre) de los ciudadanos Masenlli, Dodds, i otros 
liberales, a quienes se les atribuía participación en aquellos 
conatos (I). 

Hemos visto también que, al acordarse la sublevación del 
batallón Chacabuco en la capital, habia sido la exijencia 
mas soslenidí^ de los opositores que tuvieron conocimieuto 
de esta tenlaliva la de que el acto del amolinamionto se 
ejecutara en Valparaíso, donde el sarjento mayor don Jo- 
sé Manuel Pinto, a quien se lo suponía una amistad ínti- 
ma con Figueroa, mandaba dos compañías de aquel cuer- 

(1) He aquí un documento que pone de maniGesto la gra- 
vedad que se atribuye a este suceso. 

Valparaiso, setiembre 6 de 1851. 

Por las indagaciones que se continúan haciendo en la causa 
de conspiración, se toman datos que revelan la espansion de es- 
te proyecto, estendido, al parecer, icón bastante jeneralidad, en 
Ja clase de artesanos, algunos individuos de tropa, mui pocos, 
i ya de ante mano -vijilados, i muchos otros de una posición 
mas acomodada, cuyo número hace conocer el peligro en que 
ha estado a punto de verse comprometida la tranquilidad i el 
orden de este pueblo: felizmente se ha logrado en oportunidad 
atajar sus resultados, con medidas que puedo asegurar a U. aQr- 
marán el sosiego, i calmarán la alarma que ha ocasionado en 
estos habitantes el pensamiento funesto de los conspiradores. 
Ala vista del peligro, se ha reanimado el espíritu de orden de 
los buenos ciudadanos, i la tropa de línea, que siempre me ha 
merecido la mayor confianza, es el mas seguro apoyo con que 
debemos contar ea cualquier evento. 

Debe US. persuadirse que, por ahora, la situación de las co- 
sas no ofrece el menor temor de que pueda ser alterada la paz 
i tranquilidad que nos aseguran las medidas que han cruzado 
a los revoltosos la ejecución de sus protervos designios. Los 
que no han logrado aprehenderse han desaparecido, i se les 
busca con la mayor dilijencia.— Dios guarde a US.— /. Saníiajo 
Mclo. 

Al Señor Ministro del Interior. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 179 

po. Poro conocido es ya el mal ¿xilo do aquellas insinuaciones, 
(icsalondidas por ol ardor do los oílciales compromclidos 
en la conjuración. 

Encontrábaso pues el pueblo do Valparaíso ajilado violen- 
taraenlo por la inccsanto renovación do aquellos complots 
revolucionarios, cuando, al saberse el levantamienlodel norte, 
prescnlóso a reasumir el mando do la inlcndcncia el ánles po- 
pular i prcslijioso teniente joncral don Manuel Blanco Enca- 
lada, a quien el circunspecto Molo, juez de letras de la 
provincia, habia reemplazado interinamente, desdo hacia al- 
gunos meses. 

Nos será lícito, en esta parle, prescindir de calificar la con- 
ducta política del jeneral Blanco, durante la crisis de 1851. 
No es a fé el temor do los compromisos, ese fantasma, delanle 
del que tan pocas frentes osan alzarse entre nosotros, lo que 
nosimpone esle silencio, harto significativo en si mismo. Pero 
debemos a sus canas i a los. gloriosos servicios que, en me- 
jores dias, hizo a su patria, un respeto tan sincero, que 
creemos mas digno de nuestro rol de hisloriadores el acu- 
sarle con la mudez de los hechos, ánles que ir a confundirle 
en la censura de sus actos, con los vulgares i mezquinos 
ajenies del candidato oficial. 



XI. 



Los revolucionarios no se desalentaron, sin embargo, ni 
por el prestijio ni por el vigor de acción que daba a la resis- 
tencia del gobierno el nombre i los influjos de aquel jefe; i 



180 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

asi fué que, en los primeros dias de oclubre, cuando ya se 
alejaron hacia el sud i el norle las divisiones que se hablan 
aglomerado oh su recinto, pensóse sériamonlo en llevar a 
cabo la obra, tantas veces comenzada, del trastorno. 

Era inúlÜ contar con la cooperación de la fuerza de Jínca ; 
pero ésla era ya mui escasa, no habiendo llegado aun de la 
capüal el batallón níim. 3 do linea que organizaba con toda 
dilijencia el inlcüjenle comandante don Manuel Tomas To- 
cornal. Hacíase valer solamente el brazo del pueblo para 
asestar aquel golpe, que dehia salvar la revolución, si el 
éxito debiera coronarlo. 

£1 plan do la insurrección era de por sí mui sencillo i de 
facilísima ejecución, atendida la naturaleza del terreno de que 
los conspiradores iban a hacerse dueños. El núcleo de las fuer- 
zas del gobierno estaba en la parfe de la ciudad llamada propia- 
mente el puerto, donde se encontraba el cuartel de artillería 
i el del batallón cívico núni. 2, situado en un cdilicio anexo 
al convento de Santo Domingo. Grupos armados del pueblo 
caerían simultáneamente sobre aquellas posiciones, mientras 
otros pelotones, colocados de antemano, cortarían la comuni- 
cación con los otros puntos de la ciudad, en la estrechura 
llamada Cueva del chivato. De este modo, la insurrección se 
apoderaba, en unos pocos minutos, de la mitad de la población 
i se encerraba en posiciones verdaderamente incspugnables. 
En cuanto a! Almendral, donde tenían sus cuarteles la escasa 
tropa veterana que aun quedaba, i el batallón cívico núm. 1, 
otros grupos armados i las masas del pueblo obrarían de 
consuno. Pero mirábase esta segunda parte del movimiento 
solo como un accesorio del levantamiento tk) puerto, que era 
el centro de todos ¡os recursos militares. 



DE LA ADMIMSTRACION MONTT. LSI 

XII. 

El dia 3 (lo octubre se acordó por los conjurados dar aquel 
mcdilado asallo a los cuarlclos, ¡ con esle fin, so reunieron 
en el claustro de Sanio Domini,^o, ¡nnicdialo al cuartel del 
núm. 2, cerca de 200 afiliados, que fueron entrando, desde 
el medio dia hasta el oscurecer, mediante la connivencia del 
padre guardián frai Manuel de la Cruz León i, particularmente, 
del padre José Maria Pascual, español de nacimiento, acé- 
rrimo carlista, i hombre que, bajo la autoridad de su hábito i 
el hielo de sus canas, ocultaba un alma tan fogosa como era 
su injenio fecundo en arbitrios i atrevida su voluntad en las 
determinaciones que lomaba. 

Ilabia sido esle fraile el principal ájente do los revolucio- 
narios, desde que, por la prisión de los principales de éstos el 
4 de setiembre i la persecución que se hacia a los que se 
escaparon del arresto, quedaban sin un jefe ostensible. 
Aparentaba Pascual una gran indiferencia política, i mientras 
ayudaba en su celda a variosarlesanos, que tenia asilados, a 
trabajar balas i cartuchos, iba a los corrillos del puerto i, 
principalmente, a la librería de su compatriota don Nicasio 
Ezquorra, donde tenia ocasión ds vera algunos de los mas 
imporlantcs sostenedores de la autoridad. Dábase, en verdad, 
tales trazas el astuto fraile dominico, que estuvo a punto de 
persuadir al comandante de la artilleria cívica Pedregal, 
que el punto mas eslratéjico pars colocar un par de cañones, 
con que ametrallar a los sublevados, era la meseta sobre 
que está situado su convenio, cuartel jeneral, en esa hora» 
de los sublevados.... 



182 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 



XIII. 



El mas importante de los asilados que ocultaba en su 
claustro el padre Pascual era un obrero de Santiago, sastre 
de oficio, i hombre de corazón resuelto, no menos que ínleli- 
jenle i emprendedor. Llamábase Rudecindo Rojas i tenia a la 
sazón 30 años. Desde los disturbios electorales de 1841, habia 
tomado cariasen la política i bochóse conocerían ventajo- 
samente de sus compañeros, que, en 1830, habia sido socio 
fundador de la Sociedad de la igualdad i uno de los miembros 
de su consejo directivo. Perseguido después, mas por su 
influjo éntrelos artesanos de la capital que por su partici- 
pación en algún proyecto subversivo, se habia refujiadoen 
Valparaíso, donde los obreros mas inlelijentes de la capital 
encontraban, en aquella época, con facilidad, un ventajoso 
acomodo. 

Desde la prisión del 4 de setiembre, en que habían sido 
comprendidos cuatro do sus compañeros de profesión (1), se 
encontraba pues oculto en el convento de Santo Domingo i 
ahí acaudillaba la reunión de afiliados que habían sido con- 
vocad<^ el 3 de octubre, i que solo esperaban, para obrar, 
la señal de un ajenie íntimo. Era este el joven don Rafael 
Bilbao, que se decia delegado de los caudülos políticos do la 
capital ¡ Valparaíso, con el objeto de regularizar las opera- 
ciones del movimiento. 



(1) Fueron estos, entreoíros, Alejo Castillo, Josó de! Carmen 
Siiva, Nasíirio González i Marcos Diaz, todos oriundos de Santia- 
go i sastres de oficio. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONIT. 183 



XIV. 



Por desgracia, Ilafaol Bilbao no lonia ni el corazón, ni las 
convicciones, ni los compromisos do sus otros tres hermanos 
Francisco, Luis ¡ Manuel, i menos tenia el alma varonil de 
su madre, la respetable señora dona Mercedes Barquín. Pri- 
niojénito en su familia, i dado desdo la infancia al jiro del 
comercio, tomó Bilbao la revolución como una do tantas 
ocupaciones mercantiles, i por consiguiente, se hizo reo do 
todas las falacias i do todos los ardides que enseña el ma- 
nejo de los negocios. Baste, entretanto, esta jeneralizacion que 
escusa inútiles revelaciones i amargos comentarios per- 
sonales. 

Atribuyóse pues a la informalidad de Bilbao el que no se 
llevase a efecto, en aquel dia, el plan acordado, i temiendo, 
por otra parte, ser victimas de un denuncio colectivo, apenas 
linó la noche, escurriéronse los afiliados en todas direcciones. 



XV. 



Tenia esto lugar el dia viernes 3 do octubre i a la mañana 
siguiente, sabia ya el intendente Blanco, bien que de una ma- 
nera confusa, que se habia tratado de dar un golpe en la noche 
anterior, sin que pudiera señalarse otro antecedente sobre 
aquel intento que el de que el centinela del batallón núm. 2 se 
habia fugado aquella noche, abandonando su fusil i que mu- 
chos délos comprometidos pertenecían al gremio de sastres; 
i como ya, en el primer amago, habían sido descubiertos 
muchos de estos obreros, el jeneral Blanco, a imitación de 



184 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

llerodes, dio orden par.n que, en aquel mismo día, se pren- 
diese a cua«lo sastre existiese en Valparaiso, i cuya conduc- 
ta política no estuviese exenta de toda sombra de sospecha. 
Era aquel día el último de la semana, i como, por la noche, 
los oficiales de sastrería ocurrian a las tiendas a entregar sus 
obras, se hizo una verdadera barrida de aquellos infelices, 
que fueron cojidos, de tan aleve manera, en immero de mas 
de cien i enviados, en seguida, de una manera mas aleve 
todavía, a los ponlones i al destierro. 

Con este nuevo golpe, la revolución volvió a frustrarse, por 
la quinta o sesta vez, en Valparaiso. 

XVI. 

En estas circunstancias, en que el desaliento, pero no la 
traición (pues no hubo un solo delator entre mas de 300 afi- 
liados), ganaba ya los ánimos, presentóse oculto en Valparaí- 
so un hombre nuevo i caracterizado, a quien se suponía, con 
razón, capaz de volver a anudar los rolos hilos de tantas tra- 
mas, desbaratadas por el acaso o la pusilanimidad de los 
ajitadores. Era este caudillo el teniente coronel don José An- 
tonio Ríquelme, antiguo comandante accidental del batallón 
Yungai. 

Kiquolme había nacido soldado en un pueblo de guerreros 
i en una familia que contaba sus jeneraciones por el nombre 
de algún héroe. Era natural de Chillan i primo-hermanodel 
jeneral O'Hinggins por la linea materna. Desde muí niño, tomó 
las armas i ya era capitán del batallón Valdivia, en la segun- 
da campaña del Perú, que tuvo su desenlace en 1839. Ríquel- 
me había sido uno de los bizarros sostenedores del puente de 
Buin, en que se salvó el ejército chileno para ir a vencer en 
Yungai. 



DE LA ADMINISiTRACION MOMT. 183 

Ascendió, dospucs, oii laá.miainiciones do la Frontera, hasta 
racrocor, eii la úllinia campaña do Valdivia (en 1850), ol 
mando del batallón Yunijai, do que ora sárjenlo mayor, 
habiéndose separado, por razones deservicio, su comandanlo 
propietario Silva Chaves. 

En estas circunstancias, unióse Riquelrae en matrimonio 
con una señorita de la familia de Lazo, tan notable por su 
ardiente civismo como por la estrecha unión que liga a cinco 
o seis varones de aquel nombre, en sus propósitos públicos i 
en los sentimientos del hogar. La alianza de estos jóvenes tur- 
bulentos i patriotas fue para Riquelme el bautismo de su fe 
revolucionaria, a la que no tardó en ofrecer su espada, asi 
como, mas tarde, deberla consagrarle los padecimieolos d» 
diez años sobrellevados con noble entereza. 

Tan luego como aquel jefe recibió encargo de ponerse a la 
cabeza de los desencuadernados trabajos de Valparaíso, diri- 
jióse a esta ciudad, en compañía de don Joaquín Lazo, el prl- 
mojénilo de sus hermanos políticos i el mas distinguido, por 
su posición i su ínlelijencia. 

]\o era necesario gastar muchos días en poner en combi- 
nación todos los recursos dispersos con que contaba la revo- 
lución desde hacia mas de dos meses, i después de estar ya 
acordes con aquel jefe todos los inlermodiarios que aun que- 
daban sin ser perseguidos entre los conjurados, señalóse la 
mañana del 28 de octubre para dar cima al movimiento. 

XVII. 



Desde la llegada de Riquelme a Valparaíso, los planes de 
la revolución tomaban, sin embargo, un aspecto tan desfa- 
vorable que casi era un acto de desesperación el llevarlos 

24 



186 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

a cabo. Por una parte, babia llegada de la capital ol batallón 
núm. 3, reoien formado, pero que contaba con jefes ¡ oficiales 
jóvenes i llenos de entusiasmo por la causa a que servían. 
Por la otra, el número de los afiliados de aquella conju- 
ración, tan poderosa en su iniciativa, porque contaba con el 
corazón de todo un pueblo, babia quedado reducido, por la 
persecución o el desfallecimiento de los ánimos, solo a unos 
cuantos hombres tan obtinados como temerarios. Pertenecían 
éstos, en su mayor parle, al terrible gremio de sastres, a cuyas 
agujas la autoridad babia cobrado tal pánico, que, ni rodeada 
de cañones, se creía segura contra sus dardos. 

En atención a aquellas circunstancias, Ríquelme, que ha- 
bía encontrado un asilo en la casa de las señoritas Cortez, si- 
tuada en el barrio de San Juan do Dios ( punto céntrico entre el 
Almendral i el Puerto), había dividido la jente con que con- 
taba, en dos grupos que debían obrar, a. la vez, en las dos 
estremídades de la población. 

En el Almendral, un joven español Lecanda, comerciante 
de profesión, de carácter fogoso e intimo amigo del padre 
Pascual, debía caer de sorpresa sobre el cuartel del núm. 1 
de cívicos, con un grupo que se armaría oportunamente en 
el vecino teatro de la Victoria, donde exisüa un depósito de 
pistolas i puñales. Una vez dueños del cuartel, pondrían a 
vuelo las campañas, sublevarían las masas de gañanes que 
habitan en los suburbios del Almendral i tratarían de batir, 
o por lo menos, de llamar la atención del núm. 3 de linea, 
cuyo cuartel se encontraba en una parte central de aquel 
barrio. 

El otro grupo, mandado por Rojas i un sastre de Valpa- 
raíso, hombre animoso i popular entre sus camaradas, llamado 
Manuel Villar, tenía una comisión mas importante. Habíasele 
ordenado iniciar el movimiento, asaltando el cuartel del núm. 



DIC LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 187 

2, í en seguida, ol de la arlilloría, para dominar ol pucrlo i 
poder dar la mano a ios amotinados dol Almendral, fuera por 
la única calle que comunica los dos cslremos de la ciudad; 
fuera por los corros que eslan a la espalda de aquella. 

Un antiguo capitán dol CarampmujueWcUiuúo Miguel Galindo, 
que habia venido del Perú, donde rcsidia desde muchos años 
airas, tan luego como la noticia de las revueltas de su patria 
le hubo llegado, so ofrecía ademas a apoderarse déla persona 
del intendente Illanco, empresa para que se le juzgaba idóneo, 
pues tenia fama de arrojado. 

Al mismo tiempo, un abastero conocido con el nombre de 
Félix Osorio, i que, tenérnoslo entendido, era oficial del es- 
cuadrón de caballería de Valparaíso, compuesto casi esclu- 
sivaraente de carniceros, habíase comprometido a entregar su 
cuartel, situado en ol Almendral. 

Contábase, por último, con la cooperación instantánea de 
dos jefes acreditados del ejército que se encontraban presos 
en los cuarteles del núm. 2 í de caballería cívica. Era el 
primero el antiguo comandante do Huzares ll'mojosíi, a quien 
se perseguía por su conocida desafección al jeneral Búlnes, i el 
último, el mayor Sánchez, un viejo liberal, hoí gobernador 
del departamento de los Andes, i que habia sido conducido 
preso desde Quillota, donde desempeñaba ¡as funciones de 
sárjente mayor del batallón cívico, pues se le atribulan miras 
hostiles a la autoridad, en lo que, ai parecer, no padecían 
error sus acusadores. 

Avisados ya todos los comprometidos, señalóse la hora de 
las siete de la mañana de! martes 28 de octubre para dar el 
golpe i se previno que el joven Bilbao, que disponía délos 
depósitos de armas ¡del dinero, daría las órdenes, oportunas, 
si ocurría alguna novedad. 

En consecuencia, eu la nocbo del 27, Rojas recibió H 



18S HIsTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

pares de pistolas, 19 puñales ¡ dos onzas de oro para socorro 
de su jertle. ¡ advírliósclc ademas que, a lasG de la mañaüa 
del sigiiienle dia, enconlraria en la tienda do don Aulonino 
Arteaga, situada en la plaza de la Municipalidad, un cajón 
de armas. En cuanto a las municiones, el gruj)ü de Rojas 
tenia las suficientes para el asalto, pues aun conservaba una 
parle de las. que habia trabajado en la celda del padre Pas- 
cual, con materiales suministrados por un herrero ílaliano 
llamado Maleo Mercandino i un carpintero Sanla-Ana, hom- 
bre patriota i que tenia algunos acomodos. 

xvm. 



Amaneció el dia 28, encontrando a los conjurados que de- 
bían obrar sobre el puerto, dispersos en los cerros i callo- 
jueias vecinas al cuartel del núm. 2 ; ¡ la primera dilijeneia 
de Rojas fué bajar a la plaza de la Municipalidad ¡ conílncir 
en hombros de algunos do sus compañeros el cajón de armas 
queRilbao le habia prometido. Mas ¿cuál seria la sorpresa 
i la indignación de aquellos hombres, tan valientes como abne- 
gados, al encontrar dentro de la caja, en lugar do pistolas 
i puñales, una porción de bacalao seco i aprensaJo? Ocurrió- 
seles a todos la idea de la traición (ora el dia de San Judas) 
i hubo voces i juramentos de muerte contra los hombres que 
asi burlaban su jeneroso denuedo. 

Por otra parte, ni Bilbao, ni ninguno de sus ajenies, llegaba, 
como oslaba convenido, a dar la orden del asalto. Solo ss 
présenlo, pasada ya la hora designada, a decir a los conjura- 
dos que el movimiento se postergaba, un hombre llamado 
Bartolo Perla, cómico de profesión i que antes habia sido 
bordador en oro. 



DE LA ADMINlSTRAdOK MONTT. ^SO 

Fiíi lal conlliclo, la desesperación aconsejó a Hojas ¡ a sus 
coinpancros un parlido eslrcnin. Solicilaion un asilo en casa 
(le una niña eulusíasta, pero de mala vida, que liabílaba una 
casita en el punió Ihiniado la Cajilla, a dos o lies cuadras 
(le! cuartel de Santo Domin¿;o, ¡ alii resolvieron aguardar las 
órdenes delinilivas, que, por medio do algunos emisarios, 
exijicron do Hiquelme. 

Nadie volvió, sin embar^ío, i solo, pasado el medio (lia, 
presentóse en la Cajilla el ciudadano don José Miguel Acufia, 
antiguo guardado aduana, destituido por sus opiniones libe- 
rales, i hombro tan atrevido en sus planes como frió para? 
concebirlos. Conferenció, en el acto, con los conjurados, i en- 
tregando su reloj a I^ojas, díjole que, a las cinco en punto, se 
lanzara sobre el vecino cuartel, mientras él iba al Almen- 
dral a lomar lenguas délo que pasaba (I). 

(1) Ocurrió un Ir.nce sumamente cómico mientras los conjura- 
dos, a semejanza de aquello? ca^^leilanos que dieron muerte al 
marques Pizarro, e^tabun echados de bruces en el pavimento de 
la pieza donde se hablan asilado. 

Poco después de medio dia, llegó uno de los galanes déla nina 
de la casa, llamado Cifiientes, que era conocido como jefe de los 
espías de la intendencia i a «juien el pueblo aborrecía, en conse- 
cuencia, tanto como él amaba a su concubina. Uccelosa la madre 
de ésta de que, si le negaba la entrada, podía Cifnentes sospechar 
algo i dar aviso, consultó a Rojas sobre lo quedeheria hacer, i 
antes que aquel replicara, saltó el sastre Salinas, diciendo que lo 
dejaran entrar para volarle los sesos de un pistoletazo, pues le tenía 
nna odiosidad particular. Mas, Rojas io calmó e hizo entraren 
el aposento al sorprendido esbirro, cuya situación era ciertamen- 
te harto distinta de la que él se imajinaba. Obligáronlo inme- 
diatamente a desnadarse i a acostarse en la cama que había en 
el aposento, previniéndole que si hacia un solo movimiento, al 
instante seria apufudeado. Pero, no paró en esto la mala ventura 
de aquel enamorado siútico, (|ue elejia la mitad del dia para sus 
cortejos, i cuando los conjurad'iS n'.archaron al cuartel, lo lleva- 
ron del brazo entro sus lilas, resuellos a matarlo sobre el sitio, 
si se les oponía alguna resistencia. 



190 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 



XIX. 



El grupo de Rojas componíase solo de 17 hombres, todos 
artesanos i tan intrépidos como leales. Eran los últimos 
campeones, -que aun no había atado la soga de la policía, de 
aquellas numerosas falanjes de pueblo que, desde los prime- 
ros días (le la revolución, habían estado pidiendo armas para 
defender una causa que amaban sin comprender, a los que los 
traicionaban, perdiéndola, por pusilanimidad o por nego- 
eio. Son dignos de la historia los nombres de estos oscuros, 
pero nobles ciudadanos que, por su solo arrojo, estuvieron a 
punto de haber dado la libertad a su suelo, en aquel dia en 
que todo se perdió, por el engaño, mas no por el valor. 

Eran los principales, entre éstos, ademas de Rojas ¡ Vi- 
llar, un joven Samaniego (Este van], sastre como aquellos, 
pero dotado de una ¡ntelijencia que le hacia superior a 
la rutina de su oficio; dos hermanos llamados Melchor 
1 Manuel Inoslrosa, sastres también, naturales de la pro- 
vincia de Colchagua i un hijo del primero de éstos, que 
tenia el mismo oficio de su padre. Figuraban, ademas, el 
carpintero Manuel Salinas i otro artesano llamado Cecilio 
Cerda, zapatero de profesión (i que, como tal, tenia una 
alma alesnada i un brazo terrible), que habían sido los 
compañeros inseparables de Rojas en todos sus escondites, 
desde mediados de setiembre. Eran los otros un sastre 
neo-granadino de nacimiento, conocido con el nombre de 
Mauricio Madrid, i que pagó aquel dia su entusiasmo con la vida; 
otros tres obreros de la capital, sastres también, llamados 
Antonio Díaz, José Ruvilan ¡ Juan Antonio Morales, i dos 
de Valparaíso, de aquel mismo gremio, Carmen Santiago i 



BE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 191 

JoséMadaríaga, hombro valeroso i ya entrado en años. Com- 
plclaban el número do 17, sin contar al ex-guarda Acuña, 
(juc so les reunió en el momento do atacar el cuartel, ua 
hijo do aquel famoso Pastor Peña que expió en el cadalzo 
el crimen de una venganza, llamado Pioquinto Peña, car- 
pintero; otro mozo do esta misma profesión, a quien solo 
llamaban por su nombro cristiano de Antonio (hermano de 
la niña quo habia dado asilo a sus compañeros por su interce- 
sión) ; i por último, un soldado de gastadores de uno de los 
cuerpos cívicos de Santiago, cuyo nombre se ha perdido. ^ 



XX. 



Al sonar el reloj las 5, Rojas dio la voz de salir a la calle 
i dirijióse al cuartel, que estaba situado solo dos cuadras 
mas abajo del cerro. Habia hecho adelantarse, con algunos 
minutos de anticipación, al resuelto conjurado Peña, para 
que trabara conversación con el centinela, bajo el pretesto 
de una demanda que iba a interponer, i con orden de quo, 
tan pronto como avistara al grupo, lo derribara a aquel al suelo, 
tomándolo por el cuerpo junto con el fusil. 

flizolo asi el animoso artesano, ¡ el pelotón de asaltantes, 
penetrando en tropel por el zaguán de la casa que servia de 
cuartel, hízose dueño de este, desarmando, al grito de viva 
Cruzl a la guardia que en ese momento habia arrimado las 
armas para prepararse a comer. No hubo mas desgracia 
en el asalto que un golpe dado en la cabeza al sárjenlo do 
guardia por el carpintero Manuel Salinas, que llevaba una 
espada oculta entre la ropa. 

Desarrajando, en el momento, las puertas de las cuadras, 
donde existían 550 fusiles, 3,000 tiros a bala i un cajón de 



191 HISTORIA DE LOS DIEZ a5Í0S 

metralla para el servicio de un canon de calibre que so man- 
teoia en éi cuartel, listo para la defensa. Rojas i Villar 
hicieron locar jenerala en la puerta del cuartel, mientras al- 
gunos de los que ya hablan enlrado disparaban los fusiles 
al aire para probarlos, ¡los muchachos, estos forzosos volun- 
tarios do lodo bochinche, repicaban desaforadamente las 
campanas enla vecina torre de Santo Domingo. 

Como por encanlo, cubriéronse de jentio los cerros inme- 
diatos, ocurrieron en tropel lodos los jornaleros de la playa 
i tan instantáneo ¡ tan vehemente fue el entusiasmo del pue- 
blo, que pocos minutos después de asaltado el cuartel, no 
habia un solo fusil para entregarlo a los que llegaban pidien- 
do a gritos que les dieran armas. 

Entre los que habían sido los primeros en llegar, notába- 
se la pálida i descarnada figura de un niño de 17 años, 
que se habia procurado una espada ¡ un vistoso morrión con 
plumas I que, de su propio albodrio, asumia el puesto de je- 
fe. Era esto personaje el joven don Francisco Sampayo, hijo 
de un comerciante portugués, avecindado en Valparaíso des- 
de muchos años, i que, en aquel dia, inmortalizó su nombre 
i su popularidad, por los ejemplos de heroísmo que dio a los 
combatientes, quienes, antes del ataque, no lo conocían, i que, 
mas larde, dejábanse guiar solo por él. El capitán Galíndo 
había ocurrido también al sitio, pero a caballo i disfrazado 
con una manta. En cuanto a Hínojosa, amenazado por el 
impetuoso Villar de «partirle el alma a balazos» , si no los acom- 
pañaba enla jornada, habíase escapado por un albañal, para 
ir a presentar a! intendente, sí no el homenaje de su fideli- 
dad, al menos el de su miedo... 

Entre tanto, el comandante Itiquelme, que aguardaba, des- 
de temprano, las peripecias del dia,veslido de uniforme, al 
oir los disparos de fusiles, escribió una esquela a su cuñado 



DK LA ADMINISTRACIÓN MOiNTT. líKi 

ilon Jonquiíi Lazo, cuya morada so encontraba en la plaza 
(le la Vicloria, preguntándole lo (¡uo ocurría i lo quo deberla 
hacer. No había pusilanimidad en esto cstrailo acuerdo de 
uu caudillo revolucionario que interrogaba a un tercero, i 
por escrito, sobre lo que debería emprender, cuando ya sus 
subalternos se habían lanzado al combale; pero había sí una 
autorizada desconíianza, que si no justifica la irresolución do 
aquel jefe, al menos, dá esplicacion a su presoindencia en 
aquel levantamiento, por cuyo fracaso se le han hecho, conjus- 
licia, tan gravescargos. Mientras esperaba, en efecto, la contes- 
tación de su pariente, pasó, por delante de sus ventanas, el 3." 
de línea, que so dirijía al puerto, al paso de trote, i quedó asi 
a retaguardia de ios combatientes, sin que ya le fuera da- 
ble reunírseles. 

XXI. 



Cuando el pueblo se armaba en el cuartel del BÚm. ¡2, 
ocurrió, en efecto, que un vijilante habla llegado a esca- 
pe a la Intendencia a dar aviso de la revolución. El jeneral 
Blanco, sin vacilar un ¡nslanle, descendió a la calle i, mon- 
tando en el caballo del policial, habíase dirijido a galope al 
cuartel del 3.'' de linea, situado en el Almendral. Aquel vale- 
roso anciano recobraba ahora su puesto i, con el, su gloría 
i su verdadero prestijio público, pues no fué jamas en los 
ardides de la polilica, sino al pie de sus cañones, donde ha- 
bía alcanzado, desde su juventud, sus grados i su fama. 

Pálido, pero resuelto i sereno, penetró el jeneral Blanco 

dentro del cuartel, i tomando la mano de! comandante Tocor- 

nal, le dijo que hiciera armar i municionar su tropa, para 

marchar en el acto al encuentro de los sublevados. Un cuarto 

25 



194 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

de hora después, 150 soldados de los mas disciplinados dol 
batallón salian por hileras, en dirección al puerlo. El vence- 
dor del Barón iba a su cabeza. 

xxu. 

El terreno en que iba a trabarse el combate era el angosto 
espacio que se estiende de la playa a los cerros, entre las 
plazas de la Aduana i de la Municipalidad i que es conocido, 
quizá por esta circunstancia, con el nombre de la Planchada. 
Fuera de la senda practicable por la playa, hai solo dos ca- 
lles que cruzan, en líneas paralelas, esta parte de la ciu- 
dad, i son la de la Planchada, centro del comercio de lujo 
de Valparaíso i la llamada de Blanco, en honor del jeneral 
de este nombre, que corre mas hacía la playa i donde abun- 
dan los almacenes de víveres i efectos navales para la provi- 
sión de los buques. 

XXIII. 

Los sublevados hablan tomado sus medidas de combate, 
según esta disposición del terreno. Colocaron el canon, carga- 
do con una triple cantidad de metralla (1 ), en la esquina de 
la plaza do la Municipalidad, de donde se arranca la calle 
de la Planchada, i confiaron el mando de este puesto a un 
oficial llamado Herrera, que había servido en la guardia na- 
cional de Santiago. Galindo tomó un grueso pclotou de fusi- 

(1) Díjose que una señora de Concepción llamada Carmen Lillo 
había tirado su pañuelo desde un balcón para que sirviera de taco 
a la carga del cañón, p^ues no habla otro a mano. 



nU LA AÜMIISISIIIACION MONTT. 195 

leros ¡ se siluú a la entrada de la callo de Blanco, micnlras 
el valeroso zapatero Cecilio Cerda so dirijia por la playa a 
contener al enemigo en aquella dirección. 

líljeneral Blanco acordó, por su parte, iguales disposiciones, 
dividiendo su tropa en tres grupos i dándoles orden de avan- 
zarse en dispersión por las calles laterales de la Playa i do 
Blanco, micnlras él se atlclantaba en persona, seguido de la 
parle mas escojida del batallón, por la callo principal de la 
rianchada. 

XXíV. 

Media hora liabia. transcurrido apenas, desde el asalto del 
cuartel, cuando se hizo sentir la primera descarga de la re- 
friega, i luego un formidable disparo de canon. Habia suce- 
dido que, al divisar la columna enemiga que avanzaba por la 
Planchada, un francés, que tenia a su cargo la dirección de 
la pieza situada en aquel punto, allegó un cigarro al esto- 
pín, i la metralla barrió de tal modo la calle, que toda la tro- 
pa del gobierno se echó al suelo, pereciendo muchos solda- 
dos en el acto. El tambor de órdenes que locaba la carga cayó 
muerto a los pies del caballo que montaba el jéneral Blanco. 

El combate se hizo en breve jeneral ; pero, en pocos mo- 
mentos, las confusas masas del pueblo comenzaron a ceder 
ante los certeros fuegos de la tropa de linea, a la que alen- 
taban con su ejemplo sus bizarros oficiales. 

A las 6 de la tarde, ya el jeneral Blanco era dueño de la 
plaza municipal, de donde habia desalojado una masa de dos 
o Ires mil hombres, 1 aunque el combate no estaba concluido, 
la vicloria quedaba por la autoridad. Sentíanse solo algunos 
disparos de grupos de pueblo que se dirijían a los cerros por 



196 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

las callejuelas que dan acceso alas quebradas, desde la parle 
baja de la ciudad. 

XXIV. 

En esta desesperada siluacion, e! intrépido Villar se dirijió 
al cuartel de arlilleria, seguido de unos pocos hombres ar- 
mados, pues suponía indefensa aquella posición, habiendo ba- 
jado el mayor Faez con dos cañones a la plaza municipal. 
Logró, en efecto, penetrar al zaguán del cuartel, donde so 
encontraban presos los diputados Bello i González; poro ape- 
naste hubieran reconocido ios soldados de la guardia, lo traje- 
ron al suelo, derribándolo de un golpe asestado a la cabeza. 

XXV. 

Entre tanto que esto sucedía en el puerto, Lecanda i su 
grupo, fuera por irresolución, fuera por algún acaso impre- 
visto, no hablan obrado en el Almendral, ni Figueroa habia 
podido enviar por la retaguardia del 3.° de línea algunos 
grupos armados, que, a no dudarlo, habrían hecho rendirse 
aquella fuerza bisoña, poniéndola entre dos fuegos. Habían 
bastado, al contrario, algunos centinelas, colocados en las ca- 
lles que dan acceso al puerto, para contener la inmensa mu- 
chedumbre de jenle ineime que, con un espantoso clamoreo, 
se dirijia hacía el sitio del combate. 

XXVI. 

Al cerrar la noche, quedaban pues con las armas en la 
mano algunos pelotones del pueblo que vagaban por los cerros 



1)K LA AÜMINlSrilAClON MÜNTT. 197 

a las órdenes del intrépido Sampayo. Ksle arroganle mancebo 
concibió entonces el proyecto do reorganizar las fuerzas do 
los sublevados, poniendo en libertad a los centenares de 
presos políticos que pcrmanecian encerrados on la cárcel, 
situada en una do las colinas que dominan a la población. 

A las 10 de la noche, en efecto, guiados por la luz de los 
faroles que iluminaban aquel edificio, abrieron los sublevados 
un sostenido fuego sobre la guardia de la cárcel, que había 
sido reforzada con un destacamento del 3.° de línea, i se pro- 
longaba ya el tiroteo durante mas de media hora, cuando 
ocurrióse al teniente don Wenceslao Vidal, que mandaba junto 
con un oficial Corles el reten del núm. 3, derribar los faro- 
les con la culata de un fusil, de manera que los asaltantes, 
encontrándose sin blanco para dirijir sus punterías, cesaron 
los fuegos. 

XXVII. 

Dejando en el sitio cuatro cadáveres de sus compañeros, 
que fueron recojidos al día siguiente, bajó entonces Sampayo 
por la quebrada de Elias a la plaza de la Victoria, donde el 
jeneral Blanco, en previsión de lo que podía suceder, había 
concentrado todas sus fuerzas. 

Eran cerca de las 12 de la noche cuando los heroicos su- 
blevados anunciaron su presencia, dírijiendo sus fuegos sobre 
la plaza por las boca-calles inmediatas. Empeñóse otra vez 
el combate, pero después de una corla refriega, los rebeldes 
fueron obb'gados a retirarse, dejando algunos muertos i he- 
ridos. De parte del gobierno, habia tenido un brazo traspasa- 
do por una bala el bizarro capitán Villagran i quedaron fuera 
de combate cuatro o cinco soldados. 
, En la refriega de la tarde, habían sido heridos los oficiales 



198 nismuiA de los diez AxÑos 

Barros, Faez, Lynch ¡Corles i 28 soldados i clases, dolos que 
23 perleñecian al 3.° de linea. Los nciuorlos de una ¡ olra 
|)arle no pasaron de 20 ¡ de los combalienles del pueblo sepul- 
táronse 7 cadáveres al siguiente dia. El número de heridos, 
enlre los úllimos, debió ser muí superior, con todo, al de la 
íropa, i sin exajeracion, puedo decirse que en el combale de 
Valparaíso hubieron tantas víctimas como en el reflido en- 
cuentro de Pelorca, al que tan impropiamente se ha dado el 
nombre de batalla. 

xxviir. 

Tal filé el alzamiento de Valparaíso el 28 de octubre de 
4831. El pueblo se condujo de una manera tan magnánima 
como fue mezquino el rol que desempeñaron sus caudillos. 
Diezisiete hombres habían bastado para poner a dos dedos de 
su pérdida al gobierno que se había impuesto con violen- 
cia a la república i que en pueblo alguno había encontrado 
un rechazo mas enérjico í mas unánime, dejando asi escrito 
con su sangre jenerosa aquel axioma que pinta como efímero 
todo poder público que no esté basado en la opinión. 

XXÍX. 

Desde este día, decretóse, como era inevitable, por ios do- 
minadores de la Moneda, la proscripción en masa de aquella 
población tan heroica como desgraciada, í cupo al ilustre jcne- 
ral Blanco la triste gloría de cumplir ese analema del odio 
contra un pueblo que tanto había servido í donde, antes de 
ser el ájente de un tirano, fue tan sinceramente amado. 

Desde la noche del 28 de octubre de 1851, Valparaíso dejó 
de ser una ciudad: fué solo un lóbrego e inmenso presidio! ! 



CAPITULO VIH. 



LA REBELIÓN DE ZUNIGA. 

i)cyn José Antonio Alemparle se hace cargo interinamente de la 
intendencia de Concepcioti. — Su sistema gubernativo i medi- 
das que toma en consecuencia. — Elección de los plenipotencia- 
rios de Concepción, que debian hacer la convocatoria de la 
Asamblea constituyente. — Intrigas de Alcmparte para evitar su 
reunión. — Reaparece en armas el comisario Zúñiga entre las 
reducciones de la costa. — Perfidias de este capitanejo al reci- 
bir comunicaciones amistosas del jeneral Cruz. — Prevencio- 
nes acertadas que hace éste al gobernador de Arauco, quien no 
les dá cumplimiento. — Zúñiga envia un emisario secreto al je- 
neral Búines, poniéndose a sus órdenes. — Acepta este sus ser- 
vicios i le envia auxilios. — Carta autógrafa e instrucciones que 
le dirije para que hostilize la retaguardia del ejército revolu- 
cionario. — Juicio sobre la conducta de los jenerales Cruz ¡ 
Búines, al buscar aliados para sus ejércitos entre los bárbaros. 
— Intima Zúñiga rendición a la plaza de Arauco. — Activas pro- 
videncias que toma para desbaratarlo el intendente Alempar- 
te. — El mayor Gallegos toma posesión del gobierno de Arauco. 
— Alemparte sale a campaña i ordena al gobernador de la Laja 
que use de los animales de las haciendas del jeneral Búines. 
— El cacique Catrileo se ofrece para sorprender a Zúñiga por 
su retaguardia. — Sorpresa de Cupaño i desastroso fin de Zúñi- 



200 IJISTÜRIA DE LOS DIEZ AÑOS 

ga i sus tres hijos. — Bárbara venganza de Aleraparte. — Pacifi- 
cación dq las fronteras. — Alemparte es nombrado intendente 
de ejército i funesta tardanza que pone [¡ara reunirse al jenerai 
Cruz en Chillan. 



Después cíe haber conteráplado el ajilado cuadro en que 
la idea de la revolución trabajaba por sobreponerse, entre 
cadenas i asonadas, en los centros a donde se encaminaba 
i que era su principal propósito dominar con las armas, vol- 
vamos un instante la vista hacia su punto de partida, a ori- 
llas del Biobio, para asistir, en seguida, a su rápido ¡ tremea- 



ilo fracaso. 



II. 



Como hemos visto, el 17 de octubre, tomó posesión de 
la intendencia de Concepción el conocido ciudadano don Jo- 
sé Antonio Alemparte, i en el acto de asumir el mando, ha- 
bía puesto en planta aquel antiguo sistema de enerjia poli- 
tica, que en otros tiempos, le habia granjeado los aplausos de 
Portales i el temeroso respeto de sus gobernados. Su prime- 
ra medida fué, en efecto, i el propio dia en que asistió al des- 
pacho, prohibir el uso del cierro en la correspondencia 
epistolar, establecer el pasaporte en el interior de la provin- 
cia i ordenar perentoriamente la entrega do todas las armas 
de chispa qne existiesen en poder de particulares (1). 

(1) Publicamos, en seguida, el bando por e! que se promulgó el 



I)K LA AUMIMSlUACiON Mo.MT. 201 

Acuerdos postenorcs no (Icsniinlieron csla ¡nicialiva del 
programa gubciiialivo del nuevo ¡nleiidenle. Uos dias después 

(loorcíto relativo a estas nieiliilas ;,Mil)L'rnalivas. I. o copiamos del 
iiolclin del sud iiúni. 7 lib. 1." i dice testiialuiente así: 

Josií Antonio Alemparte, intendente i comandante jencbal 

DE AUMAS INTEBINO DK LA PROVINCIA DE CüNCEPClON ETC. ETC. 

Por cuanto: con esta fecha la inteiuloncia ha decretado lo que 
sigue: 

Siendo indispensable atender a las urjentes necesidades que 
demandan las circunstancias, evitando de una manera eficaz el 
perjudicial resultado que ofrecen las invenciones que se fraguan 
por algunos mal intencionados, en perjuicio de la paz pública, i 
considerando que las armas de chispa que existen en poder de los 
particulares pueden ocasionar males de trascendencia a la causa 
|)áblica, siendo perjudiciales aun para los individuos que las po- 
seen ; mientras que la autoridad puede hacer de ellas un uso ven- 
tajoso en la época que atravesamos, he acordado i decreto: 

Art. 1.° — Para evitar la violación de la correspondencia, tan 
perjudicial a la moral pública i a los principios que hemos adop- 
tado, se prohibe (solo por mientras las circunstancias lo exijan) 
el uso del cierro en la correspondencia epistolar entre los parti- 
culares, a lin de que pueda ser examinada por las autoridades 
encargadas de velar por el orden público, sin que puedan ser de- 
tenidas dichas correspondencias en el uso i tráfico para que son 
dirijidas, a no ser que contengan noticias políticas que puedan 
contribuir a contrariar el orden público. 

2." — Desde la publicación de este decreto, no se permitirá pa- 
sar a ningún individuo al otro lado de los rios Laja i Biobio, sin 
que lleven el correspondiente pasaporte, el que no se dará sin 
examinar el objeto i miras pacíGcas que lleven los transeúntes; 
pues ya se han tomado documentos que tienden a introducir el 
desorden en aquella parte de la provincia. 

3." — Se recojerán todas las armas de chispa que existan en poder 
de los particulares, dando cada uno de los inspectores, subdele- 
gados o gobernadores el competente recibo al interesado, de la 
clase i circunstancias del arma que entregare, después de dejar 
un rejistro circunstanciado, en que se contenga igualmente la ca- 
lidad i dueíio del arma entregada, cuyo documenta se mandará 
a los gobernadores i estes a la intendencia, para que, teniínduse 

. 20 



202 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

(20 da oclubre) , ordenó que se despoblase la isla Quiíiquina, 
abandonándola todos sus habilanles, con osccpcion de un 
ovejero que pastoreaba el ganado, ¡al mismo liompo conminó 
con la multa de cien pesos a todo aquel que estuviese do 
cualquiera manera en contado con los buques bloqueadores 
del gobierno. Con estos propósitos, ordenó también, con fecha 
25 do oclubre, que todos los buques de comercio que existían 
en la espaciosa bahía que cierra la Quiriquína, se alejasen de 

la respectiva noticia, se hagan devolver a sus dueños, tan luego 
como las circunstancias lo permitan. 

4,° — Las personas que, a los cuatro días de publicado por ban- 
do el présenle decreto, dejaren de entregar las armas de chispa 
que tuvieren, o. intentaren traficar sin pasaporte serán penadas 
en la multa de 25 pesos, por cada arma que dejaren de entre- 
gar, i en igual cantidad, los infractores del pasaporte o del cierro 
en la correspondencia epistolar, sin perjuicio de las demás penas 
a que por la naturaleza de su falta diesen lugar. 

6.^ — La intendencia i los gobernadores departamentales que- 
dan autorizados para consentir el uso de las armas de chispa, 
que no sean fusiles ni tercerolas, a los ciudadanos que, por su co- 
nocida probidad, puedan conservarlas sin los riesgos que se de- 
sean precaver, para lo que deberá darse a tales personas un sal- 
vo-conducto, en que se contenga la clase i número de armas que 
se les permita conservar. 

6." — Las multas que quedan impuestas se aplicarán al erario 
nacional i de ellas se cederá la mitad en favor del que denunciare 
al infractor, guardándose las formalidades establecidas para ar- 
mas en el art. 3.°, al tiempo de hacer la colección de las muí- 
tas. Publíquese por bando, transcríbase a los gobernadores, para 
que lo hagan cumplir en sus respectivos departamentos i rejís- 
trese en el Boletín. 

Por tanto; para que llegue a conocimiento de todos i tenga su 
debida observancia, publíquese por bando, fijándose por el escri- 
bano de gobierno ejemplares en los lugares acostumbrados. Dado 
en la sala del despacho de la intendencia, a 18 del mes de oc- 
tubre de 18oI. 

José Antonio Alemjyarte. 

Luis Pradel, secretario. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 203 

la cosía O se concentrasen, en ol solo puerto de Talcaliuano. 
Jusliíicaba, en parle, el rigor de estas providencias (1) el 
lundado temor do un desembarco do tropas hecho por órdenes 
(le! gobierno en cualquiera punto de aquella provincia, i las 
operaciones de Zúñiga, que, aunque habia desaparecido do las 
vecindades del puerto do Arauco, en los primeros dias do 
octubre, se suponía maquinaba siempre por amenazar las 
espaldas de la revolución, sublevando los indios de la cosía. 
Bajo la impresión de estas consideraciones, el intendente 
Alcmparte habia resuello cuerdamente levantar un escua- 
drón de caballería en cada uno de los departamentos de la 
provincia, dando al efeclo las órdenes necesarias, con fecha 
17 do octubre. 



III. 



Otro de los cuidados que, mal de su grado, ocupó la in- 
quieta imajinacion del intendente revolucionario fué la elec- 

(1) De los procedimientos del intendente Alemparte contra 
personas particulares no tenemos mas noticia que el de la prisión 
de un individuo llamado José Dolores García, a quien se acusaba 
de haber escrito una carta llena de invectivas contra ia auto- 
ridad. Dejósele, sin embargo, en libertad, el 21 de octubre, me- 
diante una escritura de fianza por 5,000 ps. que otorgó en su 
favor don José Ignacio Palma, Fueron puestos tan alameda 
estos documentos, durante el gobierno forence de don Manuel 
Montt, que hemos creído ofrecer una curiosa muestra de esta 
nueva especie de mordazas políticas (puestas en la boca de los 
ciudadanos para qne no cometiesen el crimen de ocuparse de la 
cosa pública) dando a luz la escritura orijinal, por laque García 
se obligó a no hablar mal de la revolución, como si esta hubiera 
perdido algo con que este personaje le dirijiese las invectivas que 
tuviese a bien. Puede verse en el documento núm. 8 del 
Apéndice. 



204 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

cion d'0 los diputados al congreso de plenipolencianos que 
debia convo'caise, según las actas del 13 ¡ 14 do setiembre, 
i el qué, a su vez, tan luego como estuviese conslituido por 
la mayoria de las provincias que se segregaban del gobierno 
de la capital, procedería a llamar a comicios públicos a lod a 
la nación, con el objeto de elejir un congreso constituyente, 
encargado de realizar las libertades que la revolución habia 
prometido a los chilenos, i cuyo punto do partida estaba en 
la desaparición del código reacionario de 1833. 

Eabia sido este el plan favorito del intendente Vicuña. El 
jeneral Cruz, aceptando el título da jefe supremo de la revo- 
lución, solo en cuanto asumía el imperio militar, había dele- 
gado tácitamente en aquel toda la suma del poder político, al 
principio, en su calidad de intendente i, enseguida, nombrán- 
dolo su secretario jeneral. No habia olvidado pues aquel fun- 
cionario los comprometimientos que sus antiguas ideas re- 
formadoras le imponían entre sus compatriotas i, con fecha do 
42 do octubre, espidió un decreto con el objeto de que se 
procediese en loda la provincia a la elección de los tres ple- 
nipolenciarios que a ella correspondían. Ya, a ílnes de setiem- 
bre, como dejamos dicho en el primer volumen de esta 
historia, se había oficiado a la autoridad revolucionaría de 
la provincia de Coquimbo, para que, por su parte, procediese 
a la elección de sus respectivos delegados. 

Según el decreto de la intendencia, la elección de pleni- 
potenciarios se haría de la siguiente espedítai poco ceremo- 
niosa manera, mediante el cómodo arbitrio del sufrajio 
universal (I). 

(1) He aquí el bando de la intendencia, por el que se promulgó 
el modo de verificarse las elecciones. Dice así: 

Con esta fecha, 12 del actual, la intendencia ha espedidoel de- 
creto siguiente: 

Habiéndose destruido todas las autoridades que existían en la 



ÜK LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 205 

Los sielo deparlamcnlos dsla provincia debían ¡nslalarcn 
sus respcclivas cabocoras ¡ parroquias mesas receptoras de 
sulVajios, presididas por los gobernadores en aquellas i por 
los subdelegados cu las úllimas, con la agregación do dos 
ciudadanos respetables, como mandantes do la soberanía 
popular que representaban, i a la que se daba por única 
garantía esta quimérica combinación, pues era evidcDlc que 

provincia, por la adhesión de todos los departamentos a las actas 
con que se inauguró Ja revolución del 13 de setiembre pasado, i 
siendo indispensable un nuevo cabildo para atenderá las necesi- 
dades eti que nos encontramos, he acordado i decreto: 

Art. 1." Convóquese al pueblo, por el gobernador, en la cabe- 
cera de cada departamento i por los subdelegados, en sus respec- 
tivas subdelegaciojies, para hacer Ja elección de nuevo cabildo. 

"2,° El gobernador i dos ciudadanos nombrados por el mismo, 
presidirán la mesa receptora en Ja cabecera deJ departamento 
i eJ subdelegado i dos vecinos, también nombrados porel mismo 
gobernador, en las subdelegaciones. 

3." Para que esta elección sea Jo mas popular posible, se ad- 
mitirán en la mesa receptora los votos de todo individuo desde la 
edad de veinte i un año para arriba. 

4.° En dicha mesa, se recibirán los votos de los individuos que 
se presenten a sufragar, cuyos votos contendrán una lista de las 
personas por quienes sufragan. 

5:° Esta elección tendrá Jugar Jos dias 20 i 21 del presente mes, 
debiendo funcionar dicha mesa tres horas en la mañana i tres 
en la tarde, i cumplido este término, se procederá a un escru- 
tinio en la misma forma que previene el reglamento de eleccio- 
nes; avisándose inmediatamente a los que resultaren nombrados 
por mayor número de votos, para que se reúnan el 2o de esle 
mismo mes en la cabecera del departamento, con el fin de nom- 
brar un diputado délos mismos municipales, que deberá estar en 
la capital de la provincia el 28 del actual, para cumplir con los 
arts, 16 del acta de Concepción del dia 13 de setiembre icón el 
tercero del dia 14 del mismo mes. 

Anótese, circúlese i publíquese por bando, 

Pedro Félix Vicuña. 

Luis Pradcl, secretario. 



206 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

los gobernadores i subdelegados iban a ser los únicos elec- 
tores, eu virtud de esa comedia política que nosotros llama- 
mos tan seriamente «el libre sufrajio de los pueblos». 

El objeto de esta primera elección, que dcbia tener lugar en 
los dias 20 i 21 de octubre, era solodirijidoal nombramiento 
de nuevos cabildos, pues los antiguos hablan caducado do 
hecho con la revolución. Pero una vez instalados aquellos, 
procederían a ólcjir un individuo de su seno; para que, en su 
representación, elijera, de acuerdo con los otros delegados de 
los departamentos, los tres plenipotenciarios correspondientes. 
La designación hecha por las municipalidades debía verifi- 
carse el 25 de octubre, sus delegados se reunirían el 28 en 
Concepción i, por último, el dia 30, procederían al nombra- 
miento definitivo de los plenipotenciarios, que eran solo los 
predecesores de los delegados constituyentes, cuyo mandato 
había prometido la insurrección en sus primeras acias. 



IV. 



La ejecución de estas medidas, que no eran en manera al- 
guna de un carácter popular, sino meramente gubernativas, 
fué facilísima a las autoridades departamentales, i solo en- 
contró un pasajero escollo en ciertas intrigas, no del lodo 
desacertadas, del intendente Alemparte, que era adverso a 
la reunión del Congreso de plenipotenciarios, i que, por tanto, 
él se proponía estorbar en lo posible, haciendo que la elec- 
ción recayese en personas a quienes fuera difícil cumplir su 
mandato (i ). 

(4) He aquí la carta reservada del secretario de la Intendencia 
don Luis Pradel al jeneral Cruz, que pone de manifiesto las mi- 
ras anti-parlamentarías del señor Alemparte i la respuesta de 



DE LA ADMINISTRACIÓN MÓNTT. 207 

Como eslaba deciclado, se reunieron en Concepción los do- 

aquel caudillo. Ambos documentos esistian entre los papeles del 
finado Pr.idel, encontrándose su carta en borrador, i la del jeneral 
Cru2 orijinal. Ambus dicen asi: 

Concepción, octubre 'i2 de 1851. 
SeFior don José Marví de la Cruz. 

Señor de mi respeto i estimación: 

Ayer me manifestó el señor Alemparte que tenia acordado con 
U. el nombramiento de plenipotenciarios, i que todo lo liabia ü. 
dejado a su arbitrio. Él ha determinado que se nombren tres, i 
que este nombramiento se hará en personas que se hallen en lu- 
gares distantes que hagan imposible su reunión. Su objeto en esta 
singular determinación es, dice, no coartar las facultades que le 
han conferido a U. las provincias en estas circunstancias. Las 
personas que me ha indicado tienen también el mismo aire de 
misterio. Yo no me atrevo a penetrarle, pero veo que en esta 
elección no se consulta la voluntad de ü. 

Con Tirapegui hemos acordado dirijirnos a U. consultándole 
su opinión a este respecto, pues no podemos someternos con cie- 
go consentimiento a la voluntad del señor Alemparte en materia 
tan grave. Nosotros hemos convenido en que estos plenipotencia- 
rios sean provisionalmente dos, como U. lo previene en su última 
nota oficial, que yo he visto por casualidad, apesar de haber teni- 
do en las anteriores una parte mui directa. Las personas que he- 
mos designado para plenipotenciarios son don Toribio Reyes, el 
mismo Tirapegui, i don Ricardo Claro. 
Soi etc. 

Luis PradeL 

CONTESTACIÓN. 

Señor don Luis Pradel. 

Peñufelas, octubre 23 de 1851. 
Mi amigo: 
He recibido su apreciable de fecha de ayer, en que me pide pa- 
recer sobre las personas que pudieran nombrarse como plenipo- 
tenciarios, temiendo el que las personas que puedan elejirse no se 
encuentren eu aptitud de reunirse. — Escei)luandü a Ricardo, que 



208 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

jegodos de los deparlamentos que eran los siguientes- ciuda- 
danos. 

Por el departamento de Concepción, don Adolfo Larenas. 

Por el departamento de Talcahuano, don Ramón Tirapegiii. 

Por el departamento de Pucliacay, don Gaspar Fernandez. 

Por el departamento do Coelemu, don Juan de Dios líeycs. 

Por el departamento de Rere, don Matías Rio-Seco. 

Por el departamento de la Laja, don Antonio Larenas ; i, 

Por el departamento de Lautaro, don José Antonio Saa- 
vedra. 

Instaláronse estos representantes (que eran, en su mayor 
parte, vecinos de los pueblos por que hablan sido elejidos, no- 
tándose solo entre ellos el delegado de la Florida, don Gaspar 
Fernandez, hijo del antiguo secretario del jeneral Freiré, don 
Santiago Fernandez i hombre ilustrado i liberal), en la sala 
capitular de Concepción el dia 30 de octubre i en el acto 
procedieron a cumplir su mandato, levantando el acta que 
sigue a continuación. 

«En la ciudad de Concepción, a 30 dias del mes de octu- 
bre del año de 1851, reunidos en la sala de sesiones de la 

es mi sobrino, me parecen mui bien las otras personas en que se 
han fijado i al que podía reemplazarse con don Juan José Arlea- 
ga, Molina u otro. 

Nada he tratado con Alemparte sobre este asunto, ni le he 
hecho ninguna prevención ni él me ha hecho otra indicación que 
la de que cree no deberá reunirse el congreso antes se decida la 
cuestión, por mas que sean amigos decididos los elejidos, porque 
siempre podrían ocurrir algunos embarazos consiguientes a la de- 
liberación hecha por cuerpos colejiados. 

Los asuntos deque me encuentro ocupado en la actualidad tie- 
nen para mí una mayor preferencia i por lo tanto no puedo ocu- 
parme mas detenidamente en este asunto, reconociendo a U, el 
interés que toma por su afectísimo. 

José María de la Cruz, 



ÜK LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 200 

Mimici'iialiilad los soüorcs don Kamoii Tirapegiii, nombrado 
|)ür la municipalidad do Talcaliiiano; don Adolio Larcnas, 
por la de Conoepcion ; don l\Ialias Ilioscco, por la do Kere ; 
don José Antonio Saavedra, por la do Laularo; don Antonio 
liarenas, por la Laja ; don Gaspar Fernandez, por la de la 
Florida i don Juan do Dios Reyes, por la do Coclemu, proce- 
dieron al nonibramienlo do presidente i secretario, recaycntlo 
ol primer cargo en el señor don UamonTirapegui, i el segun- 
do, en el señor don Adolfo Larénas. 

«Inmediatamente se dio principio a la lectura del decreto 
de la intendencia de doce del corriente i a los artículos diez 
i seis del acta popular del trece do setiembre, i tercero do 
la del 14 del mismo mes, citados en el decreto ante dicho ; 
i calificados los oficios del nombramiento de todos los dipula- 
dos, se convino en elejir tres plenipotenciarios para repre- 
sentar la provincia de Concepción. Se procedió ala votación, 
resultando del escrutinio elejidos los señores don Toribio 
Reyes, don Juan José Arteaga i don Nicolás Tirapegui. Hecha 
la proclamación por el presidente, se dispuso comunicar ol 
nombramiento a las personas electas, i la redacción por du- 
plicado de la presente acta, para remitirlas en pliego cerra- 
do a la intendencia i al Cabildo de esta ciudad, con el fin de 
que sean archivadas; dando por concluida sumisión el cuer- 
po electoral, después do haber firmado todos sus miembros. — 
Ramón Tirapegui. — Matias Rioseco.— Gaspar Fernandez. — 
José Antonio Saavedra. — Juan de DiosHeyes. — Antonio La- 
rénas. — Adolfo Larénas, Secretario.» 

Los plenipotenciarios quedaron pues nombrados habiéndose 
observado todos los trámites determinados, i faltaba ahora 
aguardar para la solemne instalación del Congreso, quo los 
pueblos fuesen emancipándose de la tutela política de la ca- 

27 



210 niSTORlA DE LOS DIEZ aSoS 

pila!, a fin de que enviasen al punto designado oporlunamenic 
sus respectivos coniilenles. 



Encontrábase el intendente de Concepción consagrado a 
estas paciiicas tareas, ajenas a su ¡ní{iiÍeto carácter, cuando 
una súbita nueva vino a sacarle de su forzada apatía. El co- 
misario Zuñiría había vuelto a aparecer en armas a fines de 
octubre, i acababa de inlimar rendición a la plaza de Arauco, 
amenazando pasar a cuchillo su indefensa población, con las 
lanzas de mas de doscientos raocetones que lo acompañaban. 
Escribíalo asi el 27 de octubre a la auioridad de Concepción, 
el atolondrado i desobediente gobernador Luengo, (un antiguo 
oficial de Lircay) quien pintaba a los habitantes de Arauco 
sumidos en la mas profunda conslernacion, pues carecían, por 
la propia culpa do aquel, de todo recurso de defensa quo 
oponer a los bárbaros. Pedía, en consecuencia, el comandante 
de aquel importante puesto militar (llave de la Baja Fron- 
tera, como Nacimiento lo es de la Alia], que se le enviasen 
en el acto los auxilios necesarios para sostener un sitio. 

£1 suceso podía hacerse grave. Las Fronteras estaban ame- 
nazadas en los momentos mas críticos de la revolución, pues 
el ejército del sud había ya pasado el Hala i el del gobierno se 
preparaba para adelantarse hasla el Nuble; do manera que, 
en caso de buen éxito, aquel movimiento hecho a retaguardia 
por los bárbaros, acaudillados por un hombre tan osado como 
Zúniga, podía despedazar la provincia de Concepción i luego 
poner al ejército revolucionario en graves conflictos, amagán- 
dole por su espalda, miénlras el jcneral Búlnes lo atacaba 
do frente. Veamos pues como se había venido preparando tan 
seria dificultad. 



DK I.A ADMINISIRVCION MOMT. 211 

VI 

I)ej;imos a Ziifíig;!, al ocuparnos do su (lofcccioii, cu e! capí- 
lulo (loílicado a la Arauranla, ác prófugo cnlre las Iriljus do 
la cosía, csforzájulose en sublevarlas. Mas, la odiosidad quo 
lo j)rofcsaban, |)or una parlo, los caciíjuos i, por la olra, los 
preparativos de rcsisloucia que habla hecho el jenoral Cruz 
eu los Anjeles i el comandante de aimas vie Concepción, por 
su lado, hablan dosbaralado, desde luego, sus leuiiblcs maqui- 
naciones. E\ jeneral Cruz le había enviado ademas, desde los 
Anjeles, una caria amistosa, que le tenia escrita desde antes 
de su fuga, acompañándole oirá de empeños i reproches do 
su viejo camarada el mayor Zapata, a quien, como ya refe- 
rimos, burló, escapándose en su viaje de Nacimiento a ¡os 
Anjeles; ¡ aunque no dio respuesta por escrito (1) i aun pro- 

(1) «No ha conleslado a ninguna de las dos carta«, diciendo 
que lo dispensasen, porque tío tiene papel para hacerlo; i no obs- 
tante, su contesto cortés de palalira, su manejo con el correo i 
conversación ten.ida con él, maniíiesta su doblez i que si no ha 
ohrado dcsle luego, es porque no ha logrado que los caciques 
Lampi i Guenaman que contaha por sus mayores amigos, no han 
(]uerido concurrir al llamado que les había hecho, como tampoco, 
dice, han concurrido los de las otras reducciones, p(ir lo que solo 
hahia podido juntar cincuenta indios de los anclantes que no re- 
conocen cabeza.» 

Decia las palahras anteriores el jeneral Cruz al jeneral Baque- 
daño, en carta fechada en los Anjeles el 13 de octubre 1831. i tan 
lejos estaba de equivocarse el sagaz caudillo, queZuñiga, aludicnúo 
a su estudiado silencio, en una carta que dirijiaal inlendeulo 
de Valdivia, de que nos ocuparemos mas adelante, se espresaba 
en estos términos. «Después de haber llegado a este punto, nci- 
bí comunicaciones del jeneral (]ruz i del jeneral Baijuedano, eií 
donde se me ofrecían grandes ga^al!tia^ ; tuve a bien despreciar- 
las i no contestar una letra, i estos desprecios al jeneral, (añade, 
no sin una justajactancia, porque tal habia iuccdidoj, lo han he- 
cho confundir sus plancá.y 



212 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

filió, delante ^e\ espreso que le llevó aquellas comunicacio- 
nes, algunas sinieslras amenazas, hizo protestas de su neu- 
tralidad en la contienda, lo que, sin embargo, estaba mui 
lejos de su ánimo avezado a las perfidias. 

El hijo de Zíiñiga, aquel honrado mozo que, como vimos, 
fué comisionado desde Concepción para aplacar a su padre, lle- 
vándole cartas de su hija, la monja trinitaria, envió también 
seguridades al jeneral Cruz, afianzándole la conducta de su 
padre, mientras él permanecía a su lado, pues decia que 
los improperios que éste había vertido eran dirijidos contra 
líusebio Ruíz, a quien había cobrado un violento encono 
por haberle reducido a prisión en Nacimiento. 

Sin embargo, el jeneral Cruz conocía demasiado al artero 
. comisario de índijenas para fiar en su palabra, ni descansar 
tampoco sobre las honradas pero impotentes protestas de su 
hijo (1). Con su prudencia característica, ordenó al goberna- 
dor do Arauco en los momentos en que la división de los Anje- 
les se movía hacía el Ilata, que retuviese en aquella plaza las 
fuerzas que se habían organizado en ella i que Iban ya a in- 
corporarse a la columna de Concepción. «Es conveniente, 
decía el cuerdo jeneral en jefe del ejército del sud al go- 
bernador de Arauco, en carta de fecha 13 do octubre, cuyo 
borrador oríjínal hemos consultado, que esa plaza quede 
guarnecida, pues mientras exista en el interior de los indios 
el comisario Züñiga, debe mirarse su permanencia entre ellos 
como hostil, no obstante su esposicíon de que permanece 
tranquilo.)) 

(1) «El hijo (Juan) dio al correo recado para mí (refiere el jeneral 
Cruz en la ñola que acabamos de citar), diciéndole que él es- 
taba con su padre i que esiuviese seguro que apesar de las ame- 
nazas que había hecho al correo, para que se las dijese a Ruiz, 
su padre no daria un paso en mi contra ni la de los pueblos de 
la frontera.» 



DE LA AÜMINISTIIACION MONTT. 213 

«Debo V,, anadia eljcncral Cruz cu esta comunicación (em- 
poflándoso por lodos caminos en cruzar los planes do aquel 
caudiliejo quo lo Iraian lan funeslamenlc preocupado desde 
su partida de Concepción), tomar lodo el ínteres ¡ empeflo 
posible en hacer conocer al cacique Lampi i Gueraman, de 
Ranquilliüc, como al gobernador do Tucapel i demás caci- 
ques de esa, que la introducción i permanencia de Zúüiga en- 
tre ellos, puede serles perjudicial ; que no deben, de ningún 
modo, dar crédito a las palabras i cuentos que les dé, porque 
todas han do ser mentiras i llevadas con el Un de sacar par- 
tido de ellos por ocultar sus faltas i poder conseguir asi el 
volver a quedar de comisario, i que a nadie le conviene mas 
que no vuelva a esos puntos que a ellos mismos, pues han 
esperimenlado el mal trato que les hadado, ¡al mismo tiem- 
po, ellos saben que toda la tierra se halla regada de sangro 
por sus consejos, i mui piincipalmente, la costa, en que hizo 
que murieran la mayor parte de los caciques.» 

Pero, por desgracia, el gobernador Luengo, a quien eran d¡- 
rijidas estas oportunas indicaciones, desatendiólas por entero, 
fuese que no le llegasen, fuese por tivieza de carácter o,* 
como se ha creido mas jeneralmente, por secretos influjos, 
pues parece mantenía relación con el coronel Riquelme. «Na- 
da habria ya, i estaríamos libres de las maldades de Zúñiga, 
escribía al intendente Alemparle el gobernador de Santa 
Juana con fecha de octubre 30, si Luengo hubiese cumplido 
con las órdenes e instrucciones del señor jeneral. Todo des- 
preció i aun ha estado regalándolos» (1). 

Mientras esto sucedía, el comisario Zúúiga, tan pérQdo co- 
mo inquieto, había acertado a enviar un emisario secreto at 
jeneral Búlnes, ofreciéndole volver las lanzas de los bárbaros 

(1) Documento que existia en copia entre los papeles de don 
Luis Pradei. 



2U HISTORIA DE LOS DIEZ a5¡0S 

con Ira las espaldas do la revolución i pidiéndole órdenes i 
auxilios. Al m^ismo lienipo, despachó a Valdivia otro correo 
con el mismo objeto. 

vir. 

El joneral en jefe del ejército que se denominaba del or- 
den concibió al inslanlo la importancia do los servicios que 
podía prestarle el comisario Zúñiga a retaguardia del enemi- 
go que se preparaba ya para ir a atacar en sus posiciones 
del otro lado del Nuble, i sin pérdida de momento, despachó al 
ájente de aquel, aceptando sus planes i prometiéndolo re- 
fuerzos. 

í)¡ó, en seguida, órdenes activas para que se alistase en Cons- 
liluciou una goleta i remitió a aquel puerto un destacamento 
de diez granaderos veteranos al mando de su propio sobrino, 
el alferesBíihies, con el objeto de que se embarcaran a la ma- 
yor brevedad i se reunieran a Zúñiga, a quien dio instruccio- 
nes para que aguardase este refuerzo en la boca del rio Lebu, 
poco mas al sud del puerto de Arauco. Enviábale ademas 
50 carabinas, 100 sables nuevos, municiones ¡ 500 pesos 
en dinero, ademas de varios regalos para los caciques con 
cuya alianza contaba. 

Al propio tiempo, el jeneral Búlnes, valiéndose de la firma 
del coronel Riquclme, escribió al comisario de indijenas, dán- 
dole instrucciones en que le autorizaba para obrar a su al- 
bodrio, i aun para reunirsele con los indios, en el caso que el 
jeneral Cruz le disputase con su ejercito el paso del Kuble, 
en dirección a cuyo rio iba ya a ponerse en marcha. «.Ma- 
ñana, lo decía, en efecto, con fecha de 1.'* de noviembre, des- 
de su campamento de Longomllla, debemos partir en busca 



DIÚ Í.V ADMINISTRACIÓN MONTT. 



2li 



del ciicmiíjo (jiic se halla liasla ho¡ en Cliillan, i V., Iuc{¡;o 
que reciba esla, deho principiar a ubrar sobre la frontera, 
a üii de cvilar la reliradn de olios, pues, délo contrario, po- 
drán hacer mas duradera la guerra i mucho mas crecidos 
ios males.» 

«¡Vo es posible, anadia, que yo pueda dar a V. instruccio- 
nes, sobre el modo cómo debe proceder, porque, ignorando 
su posición i cii'cunslancias, podria mui bien sufrir un error 
en mis juicios, i eslo nos perjudicaría sobre manera, asi es quo 
Y., tratando únicamente deevilar los desórdenes do los indios, 
puedo en lodo lo demás darla el jiro quo quiera a sus ope- 
raciones.» 

Decíale, a renglón seguido, en esla misma comunicación, que 
buscase a toda costa coino amigo a Maguil Bueno; que hi- 
ciese valer su influjo con el gobernador Luengo, ahijado del 
coronel Iliquelme, a tiu de neutralizarlo; que se ganase do 
la misma manera al lenguaraz joneral Panlaleon Sánchez; 
que traíase de apoderarse de todos los pueblos del deparla- 
monto de Lautaro i, por último, dábale órdenes para que se 
le incorporase «a toda costa» , si el enemigo ie disputase el paso 
del Nuble. 

Aunque todas estas órdenes estaban firmadas por el co- 
ronel Riquelrae, el jeneral en jefe las había autorizado com- 
pletamente por medio de la siguiente carta, que coDserva- 
mos orijinal en nuestro poder. 



Señor don José Antonio Zúni^a» 

Longomiila, noviembre l.*d«195l. 

Mi queriilo mayor: después de la que ha escrito a U. oí 
cotonel Uiquelme, solo tengo que decirle obro con el tino i 
prudencia que siempre le ba caracterizado, seguro que do 



21 G HKTOniA DE LOS DIEZ AÑOS 

este modo llenará todos los deseos, de su jcneral i amigo. 
"^ Manuel Búlnes (1). 

VIII. 

Es este sin <liida el apropiado momento de hacerse car- 
go de la grave acusación que se ha formulado en la con- 
ciencia pública céntralos jeneralesenjefede los ejércitos que 
se batieron en 1851, a nombre del orden, el uno, i do la liber- 
tad, el Giro, por haber empleado a los bárbaros como auxi- 
liaros en la guerra civil. En nuestro concepto, ambos tuvie- 
ron igual culpa i responderán por ella ante la posteridad, 
pues uno i olro mancharon sus banderas cobijando con ellas 
esas hordas de salvajes desnudos, que, fuera de su sublime 
amor a la hermosa tierra que nacieron, no tienen mas Dios 
que el latrocinio, ni mas lei qud la de sus lanzas. 

Poro esa falta fué atenuada, en cuanto era dable, por la 
manera como se llevó a efecto. El jeneral Cruz no la come- 
tió, según ya lo hemos declarado, al sacar algunos mocelones 
en rellenes de seguridad para las fronteras. Su error tuvo 
lugar mas larde, permitiendo que aquellos indios se batiesen 

(1) Esta comunicación, como la de Riquelmeque hemos citado, 
fiiiroii insertadas por los revolucionarios de Concepción i publi- 
cadas en el Boletín del sud, por órdenes del jeneral Cruz, quien 
las remitió de Chillan con aquel objeto. Nosotros las hemos en- 
contrado, ademas, orijinales, entre los papeles del secretario de la 
in.tendencia don Luis Pradel i están en todo conformes a las pu- 
blicadas en aquel rejistro oficial. La carta de Riquelme a que 
aludimos, asi como otras que dirijió en la misma fecha a los in- 
dios Pehuenches i a los de Maguil, ll.imamlo «ladrón»- (lenguaje de 
la frontera] al jeneral Cruz, pueden consultarse en el Apéndice bajo 
el uúni. 9. 



ni: LA AÜMINISTUACION MONTT. 217 

con las tropas del ¿Jtobiorno on la jornada do Monto do Urra, 
dondo hicioron feroz carniceria en los rendidos. 

E\ jencral Búlnos, por su parto, podía dar como descargo, 
la ¡nicialiva do su émulo en echar mano do aquel elemento 
vedado i peligroso; pero sus intoncioues do directa hostili- 
dad se anticiparon a las que Cruz ejecutó en su contra, 
pues ya hemos visto que, desdo el 1.°do noviembre, daba 
órdenes al comisario Zúñiga para apoderarse do los pueblos 
de la frontera, lo que equivalía a ponerlos a sangre i fuego, 
no siendo olra la manera como los bárbaros toman pose- 
sión de todo lo que pertenece a los cristianos. Abonábale 
también el envió de armas i pertrechos que hacia con aquel 
motivo al comisario de indios. Eran estas destinadas para 
levantar fuerzas do españoles, porque, asi como Cruz obli- 
gaba a los caciques fronterizos a darle «testigos», para te- 
ner consigo esta prenda do lealtad i de reposo, el jeueral 
Bülnes se empeñaba en que se uniese a sus aliados una di- 
visión de hombres blancos, que sirviese a contener, en lo po- 
sible, sus desmanes. Asi, al menos, lo dice en estas palabras 
dirijidas a Zúñiga, que copiamos de las célebres comunicacio- 
nes ya citadas. — «Si V. consigue. reunir algunos españoles, 
para quienes van las carabinas i los sables, trate siempre 
marchen reunidos con los indios, para evitar del todo los de- 
sastres que estos pudieran ocasionar a los pueblos.» 

De todas maneras, es algo que consuela i alienta, en medio 
de los estravíos que acarrea a los partidos el odio que los 
divide, la timidez misma con que se adoptan resoluciones 
tan estremas, I en el presente caso, esta satisfacción es tan- 
to mas alta cuanto que no hubo que deplorar, como su- 
cedió en olra época mas aciaga, males de ningún jéuero ea 
las poblaciones cristianas de la raya fronteriza. 

2S 



218 HISTORIA nn los diez años 

IX. 

EiUrclanlo, el mayor Zíiiliga, desdo el regreso de su pri- 
mer emisario, pues las comunicaciones que acabamos de ci- 
tar son de fecha posterior, no liabia estado ocioso. líaciendo 
valer las promesas del jeneral Búlnes i tal vez el dinero quo 
aquel probablemente le envió, habla conseguido reunir al- 
gunos centenares de indios do las tribus de la costa de Tu- 
capcl i particularmente de las mas bárbaras ¡guerreras de 
Puancho i la Imperial. 

Preparado de esía suerte ¡ contándose ya poderoso con 
los auxilios que aguardaba pormomeiilos de Talca por mar, 
i de Valdivia por tierra (1), se acercó a Arauco, en los últi- 

(1) He aquí lo que escribía Zúniga al inlendenle de Valdivia 
don Juan Miguel Riesco, acusándole recibo déla nota en que éste 
le prometía auxilio. 

"Tiicfipel, octubre 30 de 1851. 

Recibí la nota de US., fecha 22 del presente, la que me ha 
complacido a mí i a (ocios mis caciques, que me parece serán 
grandemente recomenaadus al gobierno. Tan pronto como llegué 
a esta, tuve que mandar a donde el señor jeneral Búlnes, del que 
tengo órdenes grandemente activas: he tenido que mandar para 
los Alíjeles i varius puntos los que hasta ahora no han regresado. 
Toda ocurrencia la comunicaré mni pronto a US. Hui mismo he 
tenido aviso que el pueblo de Arauco se preparaba para sor- 
prenderme; cuando ha llegado su propio, me ha encontrado a 
caballo, preparado para batirlos, con la resolución i ánimo, como 
un verdadero patriota, hijo del orden. US. dispense las fallas, 
pues su contestación ha sido recibida sobre mi marcha t el coa- 
testo ha sido darme mas ánimo a mi i a mis tres hijos que me 
acompañan. 

Dios guarde a US. 

José Antonio Záuiga.i» 

Al S. inteudente de Valdivia, 



DE LA ADMINISTRACIÓN MÜMT. 219 

iiios (lias lio oclubre, ¡ por el conJucto do un vecino llamado 
Javier Aiiiagada, a quien Iiizu acompañar do un indio ar- 
mado, como para dar i'ó de su amenaza, iolünó rendición a 
aquella plaza, como lo dejamos ya narrado. 

Al saberse osla nolicia en Concepción, la alarma mas viva 
se apoderó de los ánimos, pues sabíase el cslado indefenso 
de la plaza de Aranco, era conocida la osadia de Zuniga, ¡ 
mas que lodo, la ferocidad de sus aliados. 

La primera medida del activo Alemparle fué despachar a 
toda prisa al oficia! relirado don Aguslin Gallegos (raililar acre- 
ditado, coquimbano de nacimiento i que, durante la adminis- 
tración del joneral O'íliggins iiabia sido gobernador de la 
Ligua), para que lomase posesión del gobierno ds Arauco i or- 
ganizase la defensa que fuera posible, mientras él se alistaba 
para entrar inmediatamente en campafia. E\ mismo dia (28 
de oclubre], puso fuera de la lei, por un decreto, a! mayor 
Zúiliga : medida que, si no era digna de una revolución que 
proclamaba la abolición de toda barbarie, era al menos carac- 
terística del mandatario que la dictaba ( I ]. 

(1) Reproducimos, en seguida^ tomándolo del Soletin del suá, 
el decreto del cual consta esta violenta medida i otras análogas. 
Dice asi ; 

«INTEMJEtxCLV DE CONCEPCIÓN. 

Octubre 28 de 1651. 

Noticiada esta intendencia del audaz atentado cometido por e\ 
prófugo Zúíiiga, que ha tenido la insolencia de intimar rendición 
al comandante de la plaza dt? Arauco, el que fallando a su deber 
lia permitido dejar regresar al paisano Gabriel Arriagada i un 
indio, cuyo nombre no se me ha dado; en desagravio de seme- 
jante insolencia, he acordado i decreto: 

1." Se declara traidor i fuera de la lei al famoso salteador José 
Antonio Zúñiga, ex-comisario de indios, que se halla prófugo i al- 
zado en lu jurisdicción de Tucapel, por el lugar llamado Paicaví, 



220 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Gallegos no lardó en cumplir su comisión, presenlándose 
en Arauco a las 11 de la mañana del dia 2S de octubre. Kl 
pueblo estaba casi desierto i aterrado. Las familias emigra- 
ban a los moiites, apesar de que Luengo habia colocado cen- 

quedando autorizados los caciques, mocetones i demás individuos 
déla Araucanía para apresarlo vivo o muerto, a fin de que sea 
presentado a este gobierno i proceder a jnz^íarlo i castigarlo, en 
conformidad de nuestras leyes, por los crímeuas que lia cometido 
i continúe practicando. 

2.*» Todo individuo do la fuerza cívica de la subdelegacion de 
Arauco en toda su comprchension, que obedeciese a las órdenes 
de Zúñiga i le acompañase en sus criminales atentados de pertur- 
bar la paz i saltear las propiedades de particulares, se hace reo de 
complicidad i se le aplicarán las penas a que se haga acreedor con 
tan indebida obediencia, i en igual culpa serán considerados los 
paisanos i los indios que lo acompañasen. 

3.° Todo individuo, desde la edad de 13 a 60 años de la citada 
subdelegacion, se presentará a reconocer cuerpo, en el dia de la 
publicación de este decreto, bajo la pena de seis pesos de multa* 
que deberá pagar en el acto de ser aprehendido, sin perjuicio délas 
demás penas a que se haya hecho acreedor por su conducta, i cuya 
noticia se sacará de los rejistros que debe hacer llevar el coman- 
dante de la plaza, sárjenlo mayor don Agustín Gallegos, nom- 
brando para ello los comisionados que juzg.ue necesario, para 
establecer el alistamiento con el orden indispensable al objeto 
con que se dispone. 

4." Las multas impuestas en el artículo anterior serán colecta- 
das por el encargado del estanco, i se aplicarán por el comandan- 
te de armas a los gastos que debe ocasionar !a alarma injusta pro- 
movida por Zúñiga, lo que agravará la malignidad de los delitos. 

o." El comandante de armas de la plaza de Arauco queda en- 
cargado del cumplimiento de este decreto, que lo mandará publi- 
car por bando en todos los distritos i hará llegar, por medio de 
lenguaraces, a los caciques i demás indios; para que, llegando a 
noticia de todos, tenga su mas puntual i debido cuinplimiento. 
Anótese, trasciíbase al citado comandante de armas, i publíquese 
en el Boletín oficial. 

Alemparte. 

Luis Pradelf Secretario.» 



DE lA ADMINISTRACIO?í MONTT. 221 

Únelas a las salidas del pueblo para cviiarlo. Todo el quo 
había toiiidü un caballo se había puesto en salvo, i solo 
quedaban, al lado del aturdido gobernador, 50 infantes del 
batallón cívico de Lautaro, cuya exelento í disciplinada tropa 
había sido distribuida entro los pueblos de la frontera. Zíi- 
ñiga encontrábase en el cerro de Cupaño, a corla díslancia 
do Arauco i temíase, por nionientos, quo las lanzas de su fe- 
roz esquito brillasen por los senderos do la áspera montaña, 
a cuyo pié está situada aquella fortaleza, entre la playa del 
mar i el rio Cararapangue. 

Con la presencia del anciano pero valeroso Gallegos, todo 
cambió en breve de aspecto, líizo este jefe disparar en el 
fuerte el cañón de alarma, pusiéronse a rebato las campanas 
de la parroquia, juntáronse las armas que había en la po- 
blación, sin escepluar las escopetas, aporratáronse caballos 
i, por último (1], publicóse por bando que todo individuo 

(1) He aquí el parte oficial del mayor Gallegos en que están de- 
talladas algunas de sus operaciones. Lo copiamos del Boletín de 
sur, i dice asi: 

«.Comandancia de Armas de 

Arauco, octubre 28 do 1851. 

Llegué a esta plaza lioi a las once del dia, i rae ha producido 
una grande indignación i sentimiento ver la jeneral emigración 
de todo este vecindario, hasta el esfremo de no haber encontrado 
[un solo hombre de caballería sobre las armas, en circunstancias tan 
[críticas, pues solo habia unos cincuenta infantes. Inmediatamente^, 
[mandé una guardia al Araquete, con la orden severa de que per- 
[sona viviente pasase de dicho punto: en seguida, hice repicar las 
campanas i tirar un cañonazo, mandando reunir toda la fuerza 
posible, i a las cinco de la tarde, ya tenia mas de 300 hombres de 
caballería con lanzas i algunas escopetas i ochentas infantes con 
buen armamento, i mañana, a las tres de ia mañana, salgo con 
toda esta fuerza a atacar al rebelde Zúñiga, que se encuentra en 
Tucapel; i para esto, le voi a mandar antes un mensaje a los caci- 
ques para que me entreguen el espresado rebelde, i de no hacerlo 



222 HISTORIA DE LOS PTrZ AÑOS 

capaz de cargar armas entre lii i GO años, reconociese, en el 
aclo, fciicrpo, bajo la iniiila de seis pesos al que desobedeciese. 

Con estas eficaces providencias, ai dia siguiente de su lle- 
gada, tenia reunidos Gallegos 200 a 300 hombres de caba- 
lieria. sin contar con la tropa de infantería que guarnecia la 
plaza. 

Entre tanto, el intendente Alcmparte se liabia puesto en 
campaña el 2 de noviembre, llevando consigo una columna 
de infantes de Talcahuano. Quedaba en Concepción, como su 
suslilulo, el ciudadano don Nicolás Tirapegui, que, desde la 
partida del jcncral Baqiiedano hacia el Kata, desempeñaba 
las funciones de coraanilante de armas de aquella ciudad. 

Reunido Alemparte a Gallegos, ambos lomaron el campo 
con una respetable i entusiasla división, en demanda de Zú- 
niga. Abandonó éste en el aclo, a Cupaño, «viendo, dice cl 
mismo, que aquel terreno no era para poder obrar con las 
caballerías indijenas» i comenzó a replegarse hacia la embo- 
cadura del rio Lobu, donde esperaba por momentos cl auxi- 
lio promelitlo por el jeneral Búlnes. 

Esto sucedía el día o de noviembre. 



así, me Jetprminaré a sicario vivo o muprto. Para qiip mi dt^tor- 
miiiacion trnga rtipjor acierto, me he puesto en comunicación con 
el señor gol>ernador do Santa Juana para que le corte la re! ¡rada 
por Nacimiento. Toda la indiada de este fuerte me acompuña con 
inurho entusiasmo i todos van voluntar¡o>. 

Es de mucha necesidad que U. S. tenga a bien ordenar al ma- 
yor Melinet venga inmediatamente a ponerse a mis órdenes. 

El vieiecito Luengo no lo considero traidor sino un homhre 
incapaz de nada por sus enfermedades» pero me siive de mutho 
con su conocimiento de los lugares. 

Es cuanto puedo decir a U. S. por lo pronto. 
Dios guarde a U. S. 

Aguslin GaUe<jos,y) 



DE LA ADMlMSIRAr.lON MOMT. 



223 



X. 



Al sígiilciíle (li;i Alempatlc ocupó a Ctipailo i Zúiliga se 
acampó en Lliiiqucluie, asionlo de su principal aliado el caci- 
que Bailcman. Desde aquí despachó a Valdivia al oficial ro^ 
lirado Tolosa con comunicaciones en que pedia urjcntemcnle 
80 le enviasen refuerzos (í). 

(1) He aquí esfa comunicación que ya hemos citado i que to- 
mamos del Boletín del sud. 

A l(>j amiento LlinriuegUe, noviembre 6 de LS51. 

Necesito que US. tenga a bien anviliarme con cien hombres, 
cincuenta de caballeria i cincuenta infanteria: este auxilio debe 
venir a Tirúa pues las circunstancias lo exijen asi, mandándome 
lodos los pertrechos de guerra (|ue searj necesarios. El señor je- 
neral Búlnes me mandó decir con un propio que hice a Talca, 
me mandarla auxilios por mar, dirijidos a la embocadura de Le- 
bu, lo que hasta ahora ignoro el motivo de la demofü, pues a 
la fecha se me ha presentado a la vista una fuerza de los per- 
turbadores del orden en < I punto denominado Cupaño, a donde 
me había dirijido a batirlos. Viendo que el terreno no era para po- 
der obrar con las caballerías índíjenas, he tenido a bien retirarme 
dejándoles aquel campo, para{|ue ellos obren el pasar: yo i todos 
mis caciques qup me acompañan los af^nardamos por momentos. 
Asi espero de US, que el aux lío venga lo nías pronto posible, 
que solo eslo aguardo para desordenar a los perturbadores ilel 
orden. Mucho le recomiendo al caci(|ue que va don Ignacio Na- 
muncura, igualmente al oficial retirado don Segundo Tclosa, 
quien dará a US. noticias del estado de las cosas i de las faltas 
que en él me rodean, pues me escapé del d<'parfame:ito de los 
Anjeles solo montado en mi caballo, después de haber sufrido 
cuatro dias de prisión, motivo de no haber qucrjilo tornar partido 
con los perlurbadores del orden. Después de haber llegado a este 
punto recibí coinunicaríunes del jeneral Cruz i del jeneral Ba- 
quedano, en donde se me ofrecían gr;indes garantías j luve a bien 
despreciarlas i no contestar una bUd, i estos desprecios al jene- 



224 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Alistábase enlrelanlo Alemparte, cuya división distaba solo 
tres leguas de aquel punto, para ira batirlo en la madrugada 
del dia 7, cuando al caer la noche, llegaron varios indios 
ílesconocldos a su campamento i con gran algazara, mostran- 
do los fierros de su lanzas humeantes de sangre, decian que 
Züñiga habia perecido junto con toda su raza. 

Nos queda pues por referir el que seria el mas siniestro 
de ios episodios do la revolución de 1831, sino fuera que la 
sombra de Cambiase se ajita todavía entre las nieblas del polo, 
como el espectro de las matanzas. 



XI. 



Lo que habia tenido lugar era lo siguiente. 

Mientras Alemparte marchaba de frente sobre Züñiga, 
obligándole a replegarse al sud los gobernadores de Santa Jua- 
na i de los Anjeles, haciendo valer la odiosidad de los indios 
Llanistas i principalmente los de las reducciones, Lumaco, 
habían conseguido que Catrileo, el sucesor del valeroso Co- 
lipí, marchase con sus caciques hacia la retaguardia de los 
sublevados, a cuyo fin habia pasado también otra partida 
de indios i cristianos al mando de un oficial Chaves, antiguo 
pincheirano, la elevada cordillera de Naliüelbuta, por una 
de sus ásperas sondas, mas al sud del espolón de Cupaño, a 
cuyo pié corre el torrentoso rio de este mismo nombre, que 
es el mismo que denominan Lebu en su embocadura sobre 
el Pacífico (I). 

ral Cruz lo han hecho confundir sus planes. Repito a US. si fuose 
posible hüi tnisnio tener a la vista el auxilio. 

Dios guarde a US. 

José Antonio Zúñi/ja^ 

(1) Gomo un cebo para aquel sangriento maíon, elintendente 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 22í) 

Lo que monos lomia Zúni^^a era aquel rnovimienlo j)ür su 
espalda, lanío mas lormiilablo cuanlo era menos esperado. 
Conliaba, al conlrario, en que Calrilco, a quien babia agasa- 
jado para disponerle en su favor, so manluvicse compiola- 
menlo neutral i aun le suponía ¡nieresadoen su suerte, pues, 
para tenerlo mas engañado, le babia esciilo rccienlemenlo 
suplicándolo consiguiese su perdón con las autoridades de los 
Anjelcs, do quien aquel poderoso cacique era un fiel 
aliado (!]. 

Con esla seguridad, ¡sabiondo que la división de Arauco 
eslaba a Ires leguas de distancia, babiasc echado Zúniga a 

Alcmparte babia ordenado al gobernador de la Laja, desde algu- 
nos dias atrás, que entregase a los caciques compiotados todos 
jos animales que tuviese a bien de las haciendas del jenoral 
Búlnes i del coronel Ixiquelme, según consta del decreto si- 
guiente: 

Intendencia de Concepción, octubre 21 de 1851. 

«Para evitarlos males que pudiera ocasionar el ex-comisario de 
¡ndíjonas don José Antonio Zúñiga, que de acuerdo con los ene- 
migos de la República, intenta mover a los indios para asaltar 
los pueblos pacíficos de la frontero, engañándoles con falsas pro- 
mesas, se autoriza al gobernador de la Laja para que disponga 
de todos los animales de don ?»Ianuel Búlnes i don Manuel Rinucl« 
me, con el fin de repartirlos entre los caciques i mocetones que 
llenando los convenios que hicieron para la aprehensión de Zú- 
ñiga, puedan alcanzar a desvanecer las pretensioiies de tan per- 
judicial perturbador, empleando, ademas, todas las medidas que 
prometan la tranquilidad, armonia i amistad con las tribus indíje- 
nas. Anótese i trascríbase. — Akmparte^Luis Pradel, secretario.» 

(t) «Don Ventura Ruiz, (escribe a Alt-mparte el gobernador de 
Santa Juana en la comunicación que ya hemos citad(!) en carta 
particular que me ha dirijido ayer, me dice que el cacique Ga- 
trileo i Meliii le mandan decir que Zúfiiga les babia mandado 
correo con el íid que estos se empeñen para conseguirle el perdón; 
pero que esto ha sido después de no haber podido seducir a estos 
caciques para que lo auxiliasen.» 

■29 



226 DISTOniA DE LOS DIEZ AÑOS 

doriaiir on la casa deí cacique Baíleman (siluada a pocas 
cuadras del antiguo fuerle de Tucapcl, hoi convertido en 
misión), en la que le acompañaban tres de sus hijos i un her- 
mano. Eran aquellos don Pedro i don Juan i un inocente ni- 
fio de 15 años que Zúñiga tenia ahora a su lado, como en su 
mocedad acostumbraba llevar consigo a su madre, pues 
estos hombres. que poseen la ferocidad del león sienten tam- 
bién los impulsos del amor, a la manera de las fieras, i lo 
practican como elías. 

Mas, a la primera luz del dia 6 de noviembre, sintióse de 
improviso por el bosque que rodeaba la toldería de Baileman 
un tropel de caballos que despertó a Zúñiga con sobresalto; 
i luego se escuchó esa espantosa i peculiar vocería indijena 
llamada chivateo, que han aprendido nuestros soldados re- 
gulares en los malones de la Tierra. 

El bravo capitán comprendió al punto que estaba perdido 
por la traición de los suyos o una sorpresa aleve, i sallando 
de los pellones en que reposaba, sin poder montar a caba- 
llo por estar desencillado, corrió al monte con dos de sus 
hijos, empuñando resueltamente su lanza i llevando al cinto 
sus pistolas. En un instante, vióse rodeado de los implacables 
Llanislas, i con un valor sobre humano, poniéndose al lado 
desús hijos, cual ajil leopardo que defiende su albergue, pe- 
reció con ellos batiéndose, hasta que la lanza de Catrileolo 
taladró el corazón. Una de las balas de sus pistolas habia 
traído al suelo al primer cacique que le intimó rendición... 

Fué aun mas lastimoso que este lance, en que había pere- 
cido un niño inocente, la muerte del otro de sus hermanos, aquel 
honrado i prudente Juan Zúñiga que tantos esfuerzos habia 
hecho por reducir a su temerario padre a permanecer tran- 
quilo. Cuando éste escapó hacia el bosque con sus hermanos, 
quedóse él en la casa de Baileman, como aturdido con lo 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 227 

que sucedía, i acaso hubiera salvado ocultándose eulro las 
mujeres do la loldon'a. Pero el infeliz mancebo escuchó los 
roncos gritos de su padre, que acosado por sus inmoladores, 
lo llamaba a su socorro, i obedeciendo a un impulso do esa 
ternura irresistible que Dios puso en ol pecho de los hom- 
bres, i no la negó aun a los brutos, tomó una lanza i fué a 
morir sobre el cadáver de su padre que se revolcaba asi en 
la sangro do toda su raza sacrificada. Su hermano había 
sucumbido también a su lado, siendo cinco las víctimas in- 
moladas. 



XII. 



Tal fué el desastroso fin que tuvo aquel capitanejo, famo- 
so entre los Pincheiras, terrible entre los Araucanos, i que 
los blancos de la Frontera respetaban por su indómito va- 
lor. Fué un hombre pérfido ¡ cruel. Pero era un bravo sol- 
dado, era chileno i, mas que todo, era padre i ensenaba a sus 
hijos a ser hombres esforzados con su propio ejemplo. Pe- 
reció con ellos, i esta fué la lastima de su fin, que, de otra 
suerte, teníala merecida como enemigo í tiranuelo do los bár- 
baros, que cobraron sobre su sangre la antigua deuda de 
odio que con él tenían. 

XIÍI. 



Pero si aquella catástrofe, que recuerda por sus inciden- 
cías la muerte de Valdivia, cual la cuenta el cronista Mar- 
raolojo, era solo una triste incidencia propia de la guerra 
entre los bárbaros, perpetróse, por los que no lo eran, un ac- 



228 HISTORIA DE LOS DIEZ AJiOS 

lo Itic ínülü ilepúsíuma crueldad, que se recordará siempre 
como una afi'enta para sus ejecutores.— Tal fué la órdea 
que d¡ó el intendente Alemparte de poner en un palo la ca- 
beza del inmolado Zúñiga en la plaza de Arauco, donde habi- 
taba su anciana madre, a la que no le quedaba ya mas 
bien sobre la tierra que aquel lívido rostro, asi afrentado, 
i los cadáveres insepultos de sus nietos... Ejemplo de tanta 
barbarie no se había visto on la República, desde que los 
mezquinos vengadores del magnámino Portales colgaron, du- 
rante tres días, en la plaza deOuillota, la cabeza deVidau- 
rre, como una ofrenda de engaño al sacrificio que acaso aplau- 
dían en su corazón (1). 

(1) He aquí el oficio en que Alemparte daba cuenta al inten- 
dt'nle de Concepción de este rasgo de crueldad (disputando a los 
l)árl)aros la gloria de un malón salvaje en el que él no hahia lo- 
mudo partí) i el documento, mas triste aun, por el que consta la 
ejecución de su bárbara venganza. 

El primero dice asi ; 

Al pié. de Cupaño, noviembre 6 de 1851, a las 8 de la noche. 

«Me apresuro a comunicar a US. el triunfo espléndido que al- 
canzamos hoi a las o de la tarde, mediante la bizarría de los bra- 
vos que tengo la honra de mandar, i mui especialmente el denue- 
do de los valientes caciques Colipí, Catrileo, Coliman, Calhu, 
Cuanchó, Coilí, Quian, Canila, Llanquin i otros muchos con sus 
guapos mocetones que merecen bien de la patria. 

Nuestra pérdida es de poco número ¡ felizmente corto también 
el de los rebeldes, entre los que se cuenta el alzado desertor Zú- 
ñiga, cuya cabeza mandaré colocar en un palo para memoria de 
|;i insolencia con que tuvo la audaz petulancia de intimar ren- 
dición a la plaza de Arauco, i que tal ejemplo evite tamaña 
ofensa a nuestras armas. 

De los pormenores me ocuparé en otra ocasión, cuando las 
tareas de mi campaña lo permitan, esperando que, con el favor 
déla Providencia, lograré realizar los fines que me propuse al 
emprenderla; todo que ruego a US. maride trascribir a S. E. 
para que, en su vista, me anticipe las órdenes que quiera impartir- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 220 



XIV. 



Con la miicrlo do Zúniga, la Araucania quedó complela- 
mcnlc pacificada i destruidos los funestos planes del jeneral 

me, seguro de que la provincia so conservará tranquila i que 
Fie lisonjeo de poder llenar las indicaciones que le tengo hechas 
en mis postreras comunicaciones. 

Dios guarde a US. 

José Antonio Alemparte.y) 

Al señor Intendente de la provincia de Concepción. 

El segundo documento está concebido en estos términos. 

«COMANDANCIA JENERAL DE AR3IAS. 

Tucapel, noviembre 8 de 1851. 

«Al cargo del mismo paisano, Gabriel Arriagada, que comisionó 
el ya desaparecido Zúñiga para cometer el atentado de intimar 
rendición a esa plaza, va la cabeza del malvado que concibiera 
tamaño crimen, i le fué dividida por los cacique aliados de Lu- 
maco en la jornada del 6 del presente, de que di aviso, para que 
U. la mande colocar en el lugar mas conveniente, a fin de sa- 
tisfacer la vindicta pública, en desagravio de tamaña injuria i de 
que tan patente muestra de los temores que infundiera ese cri- 
minal, hagan olvidarlos desde luego, ya que no es posible alcan- 
zar la indemnización de los inmensos males que cuestan a todo 
el departamento i especialmente a esta subdeiegacion, las esta- 
fas que cometiera i las pérdidas que tienen lugar, como una con- 
secuencia necesaria del plan adoptado para poner atajo a los 
avances de ese malvado. 

Dios guarde a U. » 

José Anionio Alempartc. » 

Creemos de nuestro deber añadir a la autenticidad de estos 
tristes documentos que el señor Alemparte nos ha informado 
posteriormente que la ma Iré de Zúñiga se encontraba a la sa- 
zón en Tucapel i no en Arauco, i que cuando él. llegó a la tolde- 



230 BISTOniA DE LOS DIEZ AÑOS 

Búlncs para estrechar ia revolución entre sus fuegos i las 
lanzas de los salvajes. A los pocos días del malón de Llin- 
quéhue (12 de noviembre), ancló, en efecto, en la emboca- 
dura del Lebu, la goleta Primavera que habla salido de 
Constitución el día 5, conduciendo los auxilios que aquel 
caudillo remitía a Zúñiga, lodos los que cayeron en manos 
de la división dó Arauco. Se incorporaron en ella volunla- 
riamente los granaderos que mandaba el alferes Bíilnes i éste 
quedó en Concepción prisionero bajo su palabra. 

La división de Alemparle, reforzada de una manera tan 
singular con armas que eran en estremo necesarias, como 
los sables i las carabinas, quedó pues ociosa. El dia 8 sa- 
bemos que ocupó a Tucapel viejo, pero no nos consta que 
este movimiento justiflcara el error que cometió aquel jefe en 
no conducirla en el acto hacia Chillan, donde tal refuerzo 
era eücasisimoen los momentos en que ya el jeneral Bülnes 
iba en marcha sobre el Nuble. A fin de capturar la goleta 
Primavera, que según los papeles lomados sobre el cuerpo 
de Zúóiga se aguardaba de un dia para otro, bastaba solo 
dejar en la embocadura del Lebu un destacamento compe- 
tentemente mandado, para que, haciendo las señales conveni- 
das con Zúúíga, se apoderase de aquel barquicbuelo i de su 
escasa tripulación. 

El 1 4 de noviembre se encontraba todavía en Arauco el 
intendente Alemparle con su tropa, i ese dia le dirijió una 
bombástica proclama para anunciar a sus «victoriosos» sol- 
ría de^Baiieman, ya los indios habían cortado la cabeza de 2úñ¡ga 
i la tenían separada del tronco, castodiándola un indio con su 
lanza en ristre, para que no faera a juntarse con aquel, pues tal 
era el terror que le tenían i el influjo que ejercían sobre los es- 
píritus supersticiosos do los bárbaros los sortilejios de aquel 
hombre tan astuto como valeroso, a quien llamaban Culpan o ti- 
gre de los llanosa 



DE LA ÁDMlNISTnACION MONTT. 234 

liados que debían marcliar a reunirse con el ejércilo del je- 
ueral Cruz (1). 

Debióse sin duda esta tardanza de Aleraparte a la falla 
do órdenes superiores para moverse; pero, en esta oca- 

(I) He aquí esta proclama que copiamos del Boletín del $ud 
nám. 7 lib. 'i.*». 

«Cívicos de Talcaiiuajío i de la alta i baja Frokteba. 

«Aun no hemos cumplido nuestra jornada. La comisión que 
nos ha tocado desempeñar la habéis llenado honrosamente. Os 
felicito por ello i me complazco sobre manera de haber encon- 
trado en vosotros tanto valor i entusiasmo, tanto denuedo i pa- 
triotismo. 

«Satisfecho de esa noble decisión con qne me habéis acompa- 
ñado a la frontera para pacificar a vuestros hermanos, haciendo 
desaparecer el hombre funesto que amagaba nuestra tranquilidad, 
nuestra vida i nuestros intereses, es que me dirijo a vosotros, a 
nombre del jele supremo, elejido por los pueblos, pidiéndoos que 
me acompañéis de nuevo a engrosar las filas del ejército de los 
libres para que también seáis testigos del escarmiento que vamos 
a dar a los verdaderos autores del crimen que hemos castigado. 

«Si a mi lado os habéis mostrado con valor i entusiasmo, espe- 
ro que, cuando os encontréis en medio de vuestros hermanos 
del ejército i déla guardia nacional, i bajo las órdenes del ilus- 
tre jeneral Cruz, redoblareis vuestros esfuerzos i os presentareis, 
como ahora, dignos hijos de la patria que os vio nacer. 

«Habéis empezado vuestra jornada gloriosamente. La victoria 
ha coronado vuestros esfuerzos : pero el peligro aun no ha desa- 
parecido del todo. Para que vuestra victoria sea duradera, para 
que la patria os ofrezca sus coronas cívicas, necesitáis dar un 
paso mas, necesitáis volar al encuentro de vuestros hermanos 
que os aguardan anciosos, para probaros que ellos también me- 
recen bien de la patria: pues están dispuestos a derramar la úl- 
tima gota de sangre en defensa de la causa santa de la justicia 
i de la libertad. 

«Cuento con vosotros, valientes déla guardia nocional, i confío 
en que despleguéis el mismo entusiasmo, por el que hoi está taa 
reconocido vuestro compañero i amigo. 

José' Antonio Alemparte.» 
Arauco, noviembre 14 de 1851. 



232 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

siou, no iliü miieslras de su jcnio revolucionarlo ni de la ac- 
tividad i perspicacia que le eran habiluales, el antiguo in- 
tendente de Concepción, cuya lentitud era ahora tanto mas 
eslraña cuanto que su presencia personal era necesaria en el 
ejército, del que habia sido nombrado intendente militar, el 
mismo dia 6 de noviembre, en que dio feliz término a su 
comisión, con la derrota i sacrificio de Zúñiga. Solo el dia 
17 o 18 do noviembre, víspera del combate del Monte de 
Urra, salió de Concepción el intendente de ejército (1) con 
una lucida división de 300 hombres de infanleria I caballe- 

(I) He aqui el documento de que consta el título del nuevo em- 
pleo de don José Antonio Alemparte i en el que aparece también 
el nouíbramiento del ciudadano Tirapegui para intendente de 
Concepción, en reemplazo de aquel. Dice asi; 

«CCARTEL JENERAL DE LOS LIBRES. 

Chillan, noviembre 6 de 1851. 

«S. E. con esta fecha ha espedido el decreto que sigue: 
«Hallándose recargada la secretaría jeneral con las atenciones 
de la intendencia de ejército, i siendo, por consiguiente, necesa- 
j-io proveer desde luego este empleo, se nombra al señor in- 
tendente de la provincia de Concepción don José Antonio Alem- 
darte, intendente de ejército, quien se pondrá en marcha a 
tomar posesión del empleo que se le confiere, tan pronto como 
deje evacuadas las comisiones especiales que se le tienen en- 
comendadas. I quedando por este nombramiento vacante el cargo 
de intendente político de Concepción, se nombra, para que sirva 
dicho empleo, al gobernador de Coelemu don Toribio Rfyes, i 
de comandante jeneral de armas al teniente coronel don Nicolás 
Tirapegui, Anótese, comuniqúese i tómese razón en las oficinas 
que corresponda. 

«Se trascribe a US. para su intelijencia i efectos consiguientes» 

Dios guarde a US. 

Pedro Félix Vicuña. f> 

Al comandante *de armas de la provincia de Concepción, don Nicolás Ti- 
rapegui. 



DK LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 233 

ria, a la que se habian incorporado algunos indios do la 
costa. 

Pronto veremos las funestas consecuencias que tuvo esla 
tardanza, dando lugar a que por su causa se coinoticran mas 
graves errores en la campaña sobro el Nuble, pues es ya 
tiempo do volver a ocuparnos de las operaciones mllita*res, 
cuya narración hornos suspendido con el propósito de pasar 
en revista, a vuelo de ave, los acontecimientos de la revolu- 
ción que tenían lugar lejos do ambos ejércitos belijerantcs. 



30 



CAPITULO IX. 



EL COMBATE DE MONTE DE ORRA. 

Marcha del ejército del gobierno desde el campamento de Longo- 
milla hasta San Carlos, — Revista de comisario que tiene lugar 
en este pueblo i comparación de las comisarias de ambos ejér- 
citos belijerantes. — Nota en que el jeneral Búlnes detalla sus 
operaciones militares, — Falso amago que hace con la caballería 
sobre el vado de Cocharcas para pasar el Nuble por la monta- 
na. — El jeneral Cruz se sitúa en Cocharcas i proclama que 
dirije a sus soldados. — El ejército del gobierno pasa el Nuble 
por Niblinto. — Juicio sobre este atrevido movimiento. — Párra- 
fo de carta escrita por Garcia Reyes sobre esta operación. — 
El jeneral Cruz traslada su ejército a los Guindos. — Topografía 
del terreno que ocupan los belijerantes. — Ambos ejércitos se 
ponen a la vista en la hacienda de los Guindos. — .Vtrevida mar- 
cha de flanco que emprende el jeneral Búlnes. — Cruz, a instan- 
cias de su secretario jeneral, envía un parlamentario al enemi- 
go con una invitación para hacerla paz. — Las guerrillas no pa- 
ralizan sus fuegos i el jeneral Búlnes continua su marcha.— 
Arengan Cruz i Vicuña al ejército rebelde ¡ se mueve este sobre 
Chillan, a retaguardia del jeneral Búlnes. — El «Monte de Urra», 
— Fórmanse ambas líneas de batalla i se rompe el fuego de ca- 
non. — Falso movimiento que hace el coronel Puga para poner 
a cubierto su caballería en la ala izquierda, contra la artillería 



236 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

enemiga. — El jenoral Búlnes ordena que su cabalJeria pase a 
su flíinco izquierdo. — Manera como el coronel García ejecuta 
esta operación. — Emprende este jefe sin orden superior el ata- 
que de la caballeria. — Combate de Monte de Urra, — Oficiales 
que se distinguen en ambos ej(5rcitos i rasgos señalados de va- 
lor. — Pérdida de los ejércitos en este hecho de armas.— El je- 
iieral liúlnes ocupa a Chillan i Cruz regresa a su campamento 
de los Guindos. — llespuesta tardía que aquel da, negándose a 
entrar en convenios de paz con el caudillo revolucionario. 



I. 



Al íülerrumpir la narración de las operaciones militares 
de la campaña de 1851, dejábamos al ejército del gobierno, 
fuerte de tres mil hombres, en marcha sobre el Nuble, des- 
de su campo de Longomilla, que habia levantado el 3 de 
noviembre; mientras que el que comandaba el jeneral Cruz, 
i cuyas fuerzas eran iguales a las de aquel, se veía parali- 
zado en su cuartel jeneral de Chillan por la no interrumpida 
violencia de las lluvias de primavera. 

El jeneral Búlnes tuvo la peor parte de este recio cuanto 
inusitado temporal, que se habia desencadenado desde el 
mismo dia en que emprendió su marcha. Solo el 6 de no- 
viembre, habia logrado ocupar el pueblo del Parral i el 9 a 
San Carlos. El ejército habia llegado a este punto, a las Ires 
de la mañana, en medio do torrentes de lluvia; pero estas con- 
trariedades, que ponian a prueba el ánimo bisoño de los 
soldados, presentaban, al mismo tiempo, de manifiesto su exe- 
lente organización, su dirsciplina i el marcial espíritu que les 
inspiraba su popular caudillo. El sobrio soldado chileno 
se contenta con bien poco; pero los que conduela el jeneral 
Búlnes disponían de tales recursos que hubiéraseles creído 
mas bien un ejército de lujo, destinado a hacer una parada 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 237 

miülar, quo una división colecticia, organizada a la iijcra. 
Su vosluarioi calzado eran de primera calidad i completamen- 
te nuevos; el armamento soberbio, abundantísimo su parque, 
¡ on cuanto al rancho, basta decir que solo en «harina tos- 
tada» so habia comido aquel ejército, hasta el 2 de noviembre, 
un valor de 719 pesos, mientras que el consumo de la sal 
para la sabrosa carne de las vacas, que se mataban por cente- 
nares, llegaba a la cantidad de 204 pesos, el 7 de ese mismo 
mes (1). 

(I) Constan estas partidas del libro de la comisaria del ejército 
del gobierno, que existe archivado en la contaduría mayor de es- 
ta capital, donde lo hemos consultado. Aparece también de tos 
borradores i apuntes de aquel documento (que nunca llegó a or- 
ganizarse ¡ menos a justificarse debidamente), quese gasíaron en 
el rancho del ejército del gobierno 88,030 pesos 34 centavos, in- 
cluyendo algunas partidas por fletes o indemnización de semen- 
teras taladas. 

Es curioso el contraste que ofrecen las cuentas de la co- 
misaria del ejército del orden con las del de los anarquistas. En este 
iillimo, que se conserva archivado en el ministerio de la guerra 
como un timbre para la revolución, se ven todas las hojas del 
libro perfectamente balanceadas, cada una de sus partidas está 
firmada por los encargados de invertir el dinero, i se refieren a 
la correspondiente orden de pago que se acompaña con la nume- 
ración correspondiente. 

El libro del comisario Vieites no tiene ninguna de estas cir- 
cunstancias. Es simplemente un cuaderno informe de apuntes, 
en que, de cuando en cuando, figuran algunas órdenes de pago, fir- 
madas por el jeneral jBúlnes ¡ escritas, las mas veces, con lápiz. 

La mayor parte de los abonos del último son por suples i bue- 
nas cuentas pagadas a los cuerpos del ejército, que ascienden en 
su totalidad a 182,206 pesos, desde setiembre al 31 de diciembre, 
Hai algunas otras partidas que dicen simplemente asi. 

Diciembre 15, ai presbítero Toledo (el párroco guerrillero) para 
imprevistos — 100 pesos. 

Diciembre 19, al presbítero Toledo por danos en las sementeras, 
li pesos 5o centavos. 

Octubre 3, pagado al capataz Palma por birlochos l,5o2 pesos 
üO centavos. 



23S HISTORIA DE LOS DIEZ A^OS 



II. 



Las lluvias deluvieron al jeneral Búlnes cuatro días en San 
Carlos. Solo el dia 13, que, como dijimos, era el dia designado 
por el jeneral Cruz para salir a campana, pudo el ejército 
del gobierno volver a emprender su marcha. Ambas fuerzas 
estaban ahora solo a ocho leguas de distancia; i mientras nos 
trasladamos a la márjen meridional del Nuble, para seguir 
un instante al jeneral Cruz en sus operaciones, dejemos a 
su émulo contar las suyas propias en la ribera norte, hasta 
el momento en que emprendió el paso del rio. Están éstas 
detalladas en el siguiente oficio inédito, redactado por la ele- 
gante pluma del secretario García Reyes i dice testualmente 
asi, tal cual lo hemos copiado del archivo del ministerio de 
la guerra. 

«CUARTEL JENERAL DEL EJERCITO DE 
OPERACIONES SOBRE EL SLR. 

Saa Carlos, noviembre 13 de 1851. 

«En oficio de 3 del corriente, bajo el núm. 116, anuncié 
a US. que el ejército de mi mando emprendía su marcha en 
busca del enemigo, ¡ ofrecí dar, desde este pueblo, una ra- 
zón de su fuerza, del aspecto con que se presentaban las 
cosas, i de los planes que me proponía ejecutar. Cumplo al 
présenle con este deber, aunque no me es dado, por las cir- 
cunstancias del dia, hacerlo con la individualidad que había 
deseado. 

«La marcha del ejército ha sido detenida por una lluvia 
casi constante que sobrevino desde su salida de Longomi- 
lla, i que no le permitió arribar a este punto hasta el 9 del 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 2J9 

corriente. Desdo enlónces, ha permanecido detenida por la 
misma causa hasta el presento, en que recien pasados los 
efectos dol temporal, han quedado los campos on estado do 
permitir el movimiento do las tropas. 

«Alo os gralo decir a US. que el ejército ha mostrado du- 
rante la marcha una moralidad i disciplina ejemplares, i qud 
las penalidades consiguientes al estado del tiempo no han he- 
cho mas que alizar cl buen espíritu que lo anima i de quo 
otra vez he tenido el honor de imponer a US. 

«A nuestra aproximación a San Carlos, las partidas ene- 
migas que ocupaban este deparlamento para espoliarlo i come- 
ter esacciones de todo jéncro, se replegaron hacia la banda 
opuesta del Nuble, que he encontrado, como era de esperar- 
se, cubierta de guardias en una considerable ostensión. 

«Mi principal empeño, después de restablecidas las auto- 
ridades lejitimas que los sublevados hablan depuesto, ha sido 
informarme de los diferentes pasajes que el rio ofrece, para 
elejir el que presenta menores inconvenientes para el tránsito 
de las tropas. Por desgracia, ninguno de ellos proporciona, 
no ya comodidad, pero ni siquiera posibilidad para transpor- 
tar la artillería, no pudiendo verificar esta operación los cuer- 
pos de las otras armas sino por terrenos cubiertos de fanga- 
les, i teniendo al frente enemigos parapetados de la barranca 
dominante en la ribera opuesta. Como seria en gran manera 
difícil emprender el pasaje del ejército con tales circunstan- 
cias, me he decidido a subir con él a la Montaña, i aprove- 
charme de la ventaja que ofrece el vado denominado las 
«Nalcas», que por hallarse a ocho o diez leguas de este pue- 
blo i otras tantas del cuartel jeneral del enemigo, situado en 
Chillan, me hace esperar que no encontraré en él la resisten- 
cia que era seguro en otros que están mas inmediatos a 
aquel punto. Es fácil burlar la vijilancia del enemigo (sitúa- 



240 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

(lo en Chillan) con falsas tentativas de pasaje por otros va- 
dos, i hacer pasar el ejército, a favor de ellas, sin el gravo 
i casi invencible oi)sláculo que puedan oponer sus fuerzas. 

«En este momento, algunos jefes ¡oficiales idóneos exa- 
minan los lugares por donde el ejército tiene que hacer su 
marcha, a fin de prevenir con tiempo las dificultades con 
que se podría tropezar. Mientras tanto, la caballería se ha 
movido hoi sobre el Nuble, al mando del comandante jene- 
ral de armas, coronel don José Ignacio García, con el objolo 
de cortar toda comunicación con el enemigo, tentar artificio- 
samente el reconocimiento de los diversos vados, i ocultar 
el verdadero movimiento del ejército, que se emprenderá ma- 
ílana con la infantería, si algún grave inconveniente no lo 
impide. Unida a ella la caballería, mas tardo, espero que el ejér- 
cito dormirá mañana en las inmediaciones de las «Nalcas», 
i que ejeculará el pasaje felizmente al alba del siguiente dia. 

£1 estado adjunlo manifestará a US. la fuerza efectiva del 
ejército. En cuanlo a su disciplina i decisión por la causa 
que defiende, solo tengo que ratificar el favorable concepto 
que le manilieslo a US. en notas anteriores. Confiado en él, 
me atrevo ir a buscar al enemigo en su campo, dejando a 
retaguardia un rio de difícil tránsito, i por consiguiente, sin 
retirada en un caso adverso, que aforlunadamonle no espero. 

«De las demás or-urrencias que sobrevengan, daré cuenla 
a US. oporlunomeníe, i me limito por ahora a suplicarle se 
sirva Irasmilir a S. E. el presidente el contenido de esta nota, 
asegurándole que marcho en perfecla intelijencia de los ca- 
ros intereses nacionales que estol encargado de sostener, i 
que no se omitirá medio alguno de cuantos puedan contribuir 
a que sean asegurados por una completa victoria. 
Dios guarde a I S. 

Manuel Bídnes.n 

Al señor ministro de la íruerra. 



DE LA ÍDMINISIRACION ÍIONTT. 541 

iir. 

Al ser avisado el jcncral Cruz do quo toda la caballería 
enemiga so movía (conformo al plan desenvucllo por el jeneral 
Bíilnes en lañóla quo acabamos do transcribir) sobro el vado 
do Cocharcas, quo os el mas inmediato a Chillan por el ca- 
mino recto del sud, salió apresuradamente do este pueblo 
con su ejército (1] ¡ so situó frente a aquel paso. Sin embargo era 

(I) He aquí la entusiasta i enérjica proclama que el jeneral 
Cruz dirijiü a su ejército al tiempo oe salir a campana. Las noti- 
cias i las cifras aparecen cstraordinariamcnte abultadas en esta 
pieza, debiéndose sin duda esto a la fácil credulidad del secretario 
jeneral que la redactó. 

«SOLDADOS DEL EJÉRCrfO RliSTAUBADOB. 

«Vosotros sois la esperanza de la República, ¡ estas esperanzas 
son solemnes i sagradas para quo dejen de cumplirse. Vuestro 
valor, vuestro patriotismo i denuedo van a devolver a la Repú- 
blica sus derechos ¡ libertades. A la sombra de heroicos laureles, 
volvereis a reposar con vuestras familias i a disfrutar de la glo- 
ria i beneficios que vuestro brazo va a alcanzar. 

«La hidra de la corrupción i el azote de la discordia que ella 
fomentaba, van a desaparecer de nuestro suelo para que el pa- 
triotismo i la virtud se ocupen de la dicha de la Patria. 

aEn los mismos que vais a combatir, mirad solo algunos ilusos, 
a otros arrastrados por la fuerza i a un puñado de ambiciosos se- 
ducidos por el oro i los empleos. Su número es tan pequeño, su 
alma tan baja que los veréis desaparecer con solo presentaros. 

«En Aconcagua, Coquimbo i Valparaíso ellos'asesinan a inde- 
fensos ciudadanos; a la vista de sus crímenes, alzan gritos de de- 
sesperación contra el heroico patriotismo, que prefiere la muerte 
a la horrible servidumbre en que tienen la Patria. Estos gritos 
son los ecos de su conciencia ajitada, son los desahogos del mie- 
do i del terror. 

«La mano de Dios pesa sobre ellos; no dominan sino el terreno 
que pisan en Santiago i Valparaifo; todo lo demás está ocupado 

31 



242 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

demasiado evidente para él que el amago de la caballería Icnia 
porobjclo solo una maniobra estralcjica del jeneral Bülnes, con 
ol fin de encubrir el verdadero movimienlo que hacia con sus 
fuerzas en demanda de olro vado mas asequible. El no ver 
sobre las altas barrancas que encajonan el Nuble por su 
márjen selcntrional otra arma que la de la caballería, hacia 
demasiado fácil concebir que el enemigo no tendría la Icme- 

por nuestros amigos. Las poblaciones enteras armadas loman el 
campo: de Valparaiso salieron 600 hombres, a ia \¡sta de ellos 
mismos, después de haber derrotado su caballería; ahora inter- 
ceptan los caminos, i unidos con los invictos aconcagüinos, tie- 
nen arrinconados a nuestros opresores en solo aquellos dos pue- 
blos. Eii San Fernando hai multitud de hombres de caballería i 
también en Lontué organizados en guerrillas que han cortado al 
Jeneral Búlnes sus comunicaciones con la capital. La fragata 
Chile la perdieron en Papudo i los prisioneros del Meteoro i la 
Janaqueo hoi llegarán voluntarios a servir bajo nuestra bandera. 
A la fuerza de Coquimbo se pasaron armados doscientos valien- 
tes aconcagüinos de caballería de las mismas filas de nuestros 
opresores. 

«Es por esto que salen de sus atrincheramientos de Longomilla 
i se avanzan contra vosotros, buscando como desesperados algún 
acaso que los favorezca. Volemos también nosotros a hacer ver 
(¡ae no hai mas salud ni mas esperanza que someterse a su Pa- 
tria i que el reinado de la corrupción i de la injusticia ha termi- 
nado. 

«Soldados: la patria entera os contempla en este momento. 
Vuestra conducta i disciplina rae llena de satisfacción. Vuestros 
enemigos vorán con vergüenza que sus mujeres, abandonadas a 
la miseria, han sido alimentadas i socorridas por vosotros i que 
todas ellas querían ir en vuestras filas para desarmar a sus ilusos 
maridos. 

aSoldados: la victoria es segura, desde que vuestra causa es san- 
ta i justa; el Dios de los Ejércitos es el que os inspira eso entu- 
-siasmo i patriotismo. Marchemos con paso firme, i en pocos dias 
mas la suerte de la Patria e^tá asegurada, — Vuestro amigo i com- 
pañero. 

José STaria de la Crus.» 
Chillan, novípuibrc ]0 de Idól. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 243 

ridad de ¡nlonlar el paso del rio por Cuchareas, a la v¡.sla 
del ejéreilo icvolucionario. 



IV. 



Enlrclaulo, el jcncral en jefe del ejéreilo del gobierno ha- 
bla movido su campo de San-Cárlos, en prosecución do los 
planes que hemos visto desarrollados en su citada comuni- 
cacioQ oficial, después de haber pasado a sus fuerzas, que 
ascendían en ese dia (12 de noviembre) a 3,139 plazas, 
la revista do comisario que correspondía a la quincena de 
aquel raes (1). 

Emprendió el jeneral Bülnes aquel feliz movimiento eslra- 
léjico, a las 6 de la mañana del dia II, i a las 3 deja larde, 
se encontraba al pié de los últimos declives de la cordillera, 
cuya rejion es conocida en el sud con el nombre de la Monla- 
ña, en contraposición a los Llanos, de que aquella se despren- 
de. Su marcha habiasido, hasta esa hora, en línea recta hacia 
el oriente. Reunióse la caballería que regresaba a Cochar- 
cas, en aquel punto, i tan oportunamente i con tanta preci- 
sión en los movimientos combinados de antemano, que mon- 
tando la infantería en el acto a la grupa, pasó aquella misma 
larde al otro lado del rio. 

El vado elejido por los prácticos era el de Nahüei Toro, 
en el punto denominado Niblinlo, i aunque el poderoso Nuble 
se estrecha allí entre las gargantas de los últimos aírrestcs 
espolones de la cordillera, su corriente es mas rispida i 

(1) Puede verse en el núm. 1." fiel Ápértñice el estado inédito 
de esfa revista, que debemos a la [)on!j3d del spuor Silva Chaves 
i que completa por sus detalJes el que publicamos bajo el núm. 
~, copiado de la Memoria del ministerio de la guerra de 18o2. 



244 HISTORIA DE LOS DIEZ AMOS 

arrastra I9I masa de guijarros i pedrones, quo el paso so 
hace en eslremo difícil para la artillería i obliga a los caba- 
llos a un peligrosísimo ejercicio. Empleóse, en consecuencia, 
todo el dia 15 en pasar la artillería i el parque, habiéndose 
mojado una parte raui considerable de este en los pigmeos 
carritos usados al sud del Maule, en quo eran conducidos. 

Quedó a tan mal traer la caballada del ejército invasor 
con el continuo paso i repaso del pedregoso vado de Niblin- 
to, que, al siguiente dia, 16 de noviembre, no pudo hacer 
aquel sino una jornada de dos leguas, i el 17 otra aun mas 
breve, acampándose en el punto llamado las casas de Peña, 
donde el jeneral Bülnes permaneció todo el dia 18, dando 
reposo a sus fatigadas monturas. Marchaba ahora aquel 
intrépido caudillo resueltamente sobre Chillan i los ejércitos 
belijerantes so encontraban separados solo por un espacio de 
tres leííuas. 



V. 



Considerado militarmente, el paso del Nuble habia sido 
absurdo i temerario de parte del jeneral Bülnes. Instruido 
ya del completo fracaso de las tentativas del comisario Zú- 
ñiga para molestar a los revolucionarios por su retaguardia, 
arrojábase él ciegamente a interponer a la suya un rio inva- 
deable, poniéndose en un riesgo inminente (que no tardó en 
llegar) do ser atacado do frente poruña fuerza que era igual 
o superior a la suya, i la que, una vez estrechándolo contra 
las márjenes del Nuble, podia obligarlo a darle una batalla 
en situación desventajosa. Al menos, encaso de mal éxito, no 
habría escapado uno solo de sus soldados, pues tenia com- 
pletamente cortada su línea de operaciones, mientras que 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 245 

Cruz conservaba abiertos lodos los caminos liasla las Fron- 
teras. 

Por olra parlo, alojándose el cjércilo del gobierno hacia 
la cordillera, dejaba espodito el paso del Nuble al jeneral 
Cruz, por el vado del camino directo del sud a la capital, 
i en esla ventajosísima coyuntura, el caudillo revolucionario 
pedia o bien poner en jaque al jeneral Búlnes, situándose en 
la raárjen setentrional del rio para disputarlo su repaso, en 
lo que habia un cambio completo de papeles, o bien marchar 
resueltamente sobre el Maule, lo qne era por cierto mucho 
mas atrevido ¡ por consiguiente, mas acertado. Tan cierto era 
en verdad todo esto, que el sagaz jeneral en jefe del gobier- 
no llegó a temerlo, en el instante mismo en que pisó la ribera 
meridional del Nuble (1). 

Pero, en un sentido revolucionario, aquel movimiento ha- 
bia sido cuerdamente concebido, porque, en la guerra, mu- 
chas veces la osadia es prudencia, i esto esplica la gloria 
del jeneral Búlnes i su éxito en Yungay i, mas tarde, en 
Longomilla, donde, derrotadas sus armas, su audacia les 
dio a la postre la victoria. 

Hacia ya dos meses, en efeclo, a que los pueblos del sud 
estaban en armas. Las guerrillas de su ejército dominaban 
todos los pueblos de las llanuras intermedias entre el Nuble 
i el Maule. Cobrando ánimos los partidarios de las provin- 

(1) Hé aquí, en efeclo, lo que, con fecha 15, decía el secreta- 
rio García Reyes, desde el campamento de Cato, al intendente 
de Talca, en carta queorijinal tenemos a la vista. — «No ha deja- 
do de sospecharse que, adelantándonos con este ejército hacia la 
cordillera, Cruz pase el Nuble por su frente i se avance sobre el 
Maule. En tal caso, el ejército traspasaría el Nuble i avanzaría a 
ese rio por un camino mas corto i cómodo que el que llevaba el 
enemigo, a quien deben faltar las carretas i otros útile« para con- 
ducir artillería i bagaje»,» 



2iG HHTORIA DK LOS DIEZ ANOS 

cias '^.enlralos con la poderosa aunque lenla organización que 
el jeneral Cruz había dado a su ejército, ¡nlentabau por lo- 
das parles alzamientos armados, que traían al gobierno de la 
capital en una profunda alarma. La provincia de Colchagua 
se cubría do montoneras. Valparaíso había dado el grito de 
rebelión, regándose sus calles en heroica sangre, mientras que 
en la Serena corría aquella a raudales con ejemplos de mayor 
heroísmo. Aun en el lejano Copiapó, asomaba la rebelión a 
cara descubierta, como lo referiremos en el lugar correspon- 
dientó, sin que faltaran en la remota provincia de Valdivia 
síntomas evidentes de descontento i agresión. 

lira pues preciso apresurarse a destruir el foco de aque- 
lla inmensa conmoción en que se ajitaba convulsa toda la 
república. Este era el pensamiento del gobierno: este era 
también el temerario plan de campaña del jeneral Bülnes, 
uno do los pocos jefes del ejército chileno capaz de conce- 
birlo, i a no dudarlo, el único que tuviera las dotes necesa^ 
rias para ponerlo por obra. 



VI. 



Sucedía, entretanto, qi;9 mientras el ejército del gobierno 
descendía sobre Chillan por la línea paralela de las corrien- 
tes del Nuble i del Cato, su principal afluente, el jeneral Cruz, 
después de tener oportuno aviso de aquel movimiento, se ha- 
bía trasladado del paso de Cocharcas, donde su ejército es- 
taba espueslo en un campo descubierto a la violencia de un 
sol abrasador, hacía una posición mas favorecida, a orillas 
del Cato, acampándose con el ejército en línea, la noche del 
15, en la hacienda de Quintana, i al siguiente día, en el punto, 
aun mas fuerte, de los Guindos, situado cerca de la con- 



HF. LA AUMINISTRACION MONTT, 2+/ 

fiucncia (Ifil ('alo con el Xublc. Asi quoilaha inlcrpnoslo en- 
tro Chillan i el ejército enemigo, que so movía en aquella 
dirección, i distaba eso dia, como hemos visto, solo dos o 
tres leguas do su campo. 



VIL 



El teatro que iba a tenor la guerra era la ciudad do Chi- 
llan i sus campiñas inmediatas, cu medio de las quo está edi- 
ficada aquella, como un tablero de ajedrez sobre un tapiz 
de verdura. Dilálanse aquellas llanuras, cuyos horizontes in- 
terrumpían entonces solo las lineas de algunas jóvenes ala- 
medas, por un espacio que mide cuarenta o cincuenta leguas 
de arca, entre el ítala i el Nuble, las cordilleras i las coli- 
nas de la costa. Fueron estos los llanos, a cuya vista, es fa- 
ma, esclamó uno de nuestros jenerales. — «Que hermoso cam- 
po para un combale naval!»; i a la verdad, que la ¡raiíjen 
no es del todo desapropiada, porque, mirando hacia el oriente, 
aquellas suaves i vastas ondulaciones aseméjanse a un mar 
inmóvil i petrificado, al que el solitario Descabezado i la lava 
que brota del cráter del Pico deChillan, sirvieran de jigantes- 
cos faros. 

El profundo cauce del Nuble i del ítala defraudan aque- 
llas planicies de los cursos de agua que deberían fecundi- 
zarlas i abonar la pobreza nativa de sus tierras. Solo tres rios 
mediocres, tributarios de aquellos, las recorren en los pri- 
meros declives de la Montana, cayendo el Diguillin i el Chi- 
llan en el Ítala i arrojando sus aguas metálicas el turbio 
Calo en el Nuble. 



248 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

VIII. 

Fué, como dijimos, en la vecindad de la confluencia de 
estos dos ríos donde el jeneral Criiz resolvió aguardar al ene- 
migo. El caserío de la hacienda de los Guindos, propiedad do 
los padres misioneros de Chillan, ofrecia con sus espesas 
arboledas sombra i refrijcrio a la tropa, mientras las mu- 
rallas do las casas servían como de baluarte, en el caso de 
darse ahí la batalla. 

El momento de esta se acercaba ya aceleradamente. 

IX. 

Hacía las dos de la mañana del día 19 de noviembre, el 
mayor Videla, que se encontraba al mando de la gran guar- 
dia del ejército del sud, cerca de dos leguas mas al oriente de 
los Guindos, en la orilla del Cato, con dos corapaflias de su bata- 
llón, recibió aviso, por un desertor del Buin (antiguo soldado del 
Valdivia), a quien se habla impuesto un castigo aquella noche, 
que el ejército enemigo se movía do las casas de Peña en 
dirección a Chillan i que no tardaría en avistarse. Puso, en 
consecuencia, gran cuidado Vídela ¡ envió aviso al jeneral. 

El desertor no había mentido. Cuando tenia la primera 
luz del día, comenzaron a divisarse, hacia el oriente, algunas 
lénues polvaredas, i aplicando el jefe do la avanzada su oido 
en tierra, percibió claramente el traquido de los caballos en 
las pedregosas márjenss del Cato. 

A! instante, dio orden a su columna úo replegarse sobre el ejér- 
cito, loque se verificó al paso de trole. Cuando so presentó en las 
casas de los Guindos, el cauto jeneral onjefo había formado la 



DE LA ADMINISTRACIÓN MO»TT. 249 

linca do batalla en una altura, al oriente de aquellas, i la 
caballcria estaba montada i con sus armas en la mano. Eran 
osos momentos las siete de la mañana. 

Una hora después, avistáronse las columnas do marcha, en 
que venia formado el ejército del jencral Cuines, por el ca- 
mino que conduce de Chillan a la Montaña. La posición quo 
habia ocupado el ejército revolucionario no distaba sino seis 
u ocho cuadras a la izquierda del camino, de manera quo 
cuando el enemigo pasase por su frente, lo amagaba de flan- 
co ¡ podia comenzar la batalla con considerables ventajas. 

Asi iba a suceder en verdad. 

El ejército del sur rebosaba en bélico entusiasmo i el sol 
naciente iluminaba, como un astro de gloria, los rostros juve- 
niles de aquellos voluntarios déla libertad, reflejando sus ra- 
yos en sus bruñidas armas. 

No era menos marcial el aspecto de los soldados del or- 
den. Se avanzaban éstos en compactas columnas, paso de 
carga, banderas desplegadas, armas a discreción, batiendo 
sus bandas marchas guerreras. Al dar frente al camino de 
los Guindos, avistando la linea de los rebeldes, acortaron el 
paso, como si temieran que su celeridad fuese atribuida a 
temor, i comenzaron a atronar el aire con sus retos de guerra, 
esc chivateo del soldado chileno, que tiene el hálito de la pól- 
yora i de la muerte. 

En ese instante, se hicieron oir los primeros disparos. Algunas 
mitades de carabineros, seguidas de un enjambre de indios 
desnudos, galopaban, haciendo diversas evoluciones, por los 
flancos del enemigo en marcha. Las guerrillas de éste, manda- 
das por un bravo capitanejo de Chillan, llamado Vallejos, an- 
tiguo camarada de los Pincheiras, salían a contestar el fuego 
con sus carabinas i se empeñaban tiroteos parciales, sin quo 

por esto las columnas pararan su marcha. 

32 



2150 HISTORIA DE LOS ÜIF.Z A.ÑOS 

Era conocida la intención del jeneral Búlnes de apoderarse 
do Chillan, pasando alrevidamenle, en marcha de flanco, por 
el frente del jeneral Cruz i atravesando la angosta faja de 
terreno que se estendia entre la posición do este i la escar- 
pada ribera del Cato. Solo un jeneral tan audaz como el 
vencedor de Yungay podia acomolor aquella empresa. 

La batall-a iba pues a empeñarse i seria terrible. A una se- 
fialdel jeneral Cruz, su linea do infantería se plegaria en co- 
lumnas de ataque, sus masas de jinetes se agruparían en los 
flancos i mientras el cañón jugaba, desde las eminencias del 
terreno, sobre la linea que debia tender el enemigo, caerían 
aquellas como un torrente de fierro sobre los fatigados ba- 
lailones de la capital, esforzándose por arrollarlos sobre las 
barrancas elevadísimas del Cato. Acaso en aquel dia, en 
aquella hora, iba a ser el cauce de este rio la tumba de 
la reacción vencida ahora, como el del Lircai fué el sangrien- 
to lecho del bando liberal en 1829. 



X. 



Pero quizo e! destino que sucediese de otra suerte. Cuan- 
do el jeneral Cruz, adelantándose un gran trecho sobre ol 
camino, reconocía con su anteojo al enemigo, ocurrióse a su 
secretario jeneral la honrosa pero malhadatla idea de hacer 
un llamamiento de paz al hombre que con tan singular osadia 
i tan temeraria resolución venia a provocarlos en su propio 
campo. Equivocación funesta que en lugar de un solo i pc- 
rcnlorio desmentido, tuvo, después del sangriento de aquel 
dia, el atroz de Longomilla! 

Acercándose, en efecto, el secretario Vicuña al jeneral 
Cruz, con voz que acusaba su noble i eslemporánea solicitud. 



I)F. LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 2."! 

(lijólo: — «Señor. — Soríi posible quo vayamos a malarnos entro 
hermanos, sin qiio nos digamos anles una sola palabra do 
reconciliación!» (I) 

— «Ellos lo quieren ! lo contestó con firmeza el caudillo 
del sud. A ellos tocaba hablar, i ya ve U. como han roto 
sus fuegos». 

— «Pero, señor jeneral.roplicülo aquel: ¿qué se pierde con 
esto paso patriótico? Es un deber nuestro el probar quo no 
hemos hecho la revolución por miras mezquinas. Con la res- 
puesta del jeneral Biilnes sabremos a que atenernos.» 

Durante ua momento, el caudillo de la revolución pareció 
vacilar. Sin duda, pasó por su frente la imájen desfallecida 
i sangrionta de la patria, que tanto habia amado i que ahora 
iba a despedazar el plomo fratricida. Hubo una pausa de 
solemne silencio i al tin,como si fuera presa de una incerti- 
dumbre, a la que no encontraba en su ánimo solución posi- 
ble, volvióse a Vicuña ¡ díjole — Haga U. lo que le parezca! 

Apeóse entonces de su caballo aquel bien intencionado pe- 
ro inesperto patriota, ¡ reclinándose en el suelo, estendió, 
con la facilidad peculiar de redacción que le es característica, 
la siguiente nota, que firmó el jeneral Cruz en el arzón de 
su silla. 

([) El secretario jeneral Vicuña, que, apesarde tener solo un 
puesto civil en el ejército revolucionario, no esquivó nunca su 
persona a los peligros que le imponia el deber, habia escrito a su 
esposa estas palabras íntimas, que ponen de maniOesto su entu- 
siasmo patriótico, no menos que su buena fé de caudillo, el mismo 
dia (18 de octubre), en que partia de Concepción para entrar ea 
campaña. «Te diré, en fin, que en cualquier peligro, Dios \ íú 
serán mis últimos recuerdos ! Estas son las palabras que decia En- 
rique IV a la que mas amaba; pero como yo no soi como el reí 
caballero, no debes temer nada por mí, aunque en mi cabeza 
llevo el penacho blanco que él tenia en su cascu en los dias d« 
combate. » 



252 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 



^ «CUARTEL JENEBAL DE LOS LIBRES. 



Los Guindoí, noviembre 19 da 1851. 

«A la cabeza de un ejército que rae asegura la victoria, 
es mi deber dirijirmo a US., a nombre de la humanidad i del 
patriotismo,' para ahorrar a la república la sangre que debe 
derramarse. No es este el momento de resolver cuestiones 
políticas; pero el buen sentido de US. no dejará de conocer 
la justicia de la causa que defiendo, apesar de los compro- 
misos a que ha sido arrastrado. No me anima ninguna pasión, 
ningún resentimiento, i desde que se salven los intereses pú- 
blicos i se haga arbitra a la misma nación de sus destinos, 
yo estoi pronto a arreglar con US. la cuestión militar de un 
modo que garantizo el orden público, mientras la nación pue- 
da espresar sus intereses i voluntad. 

«Entre las fuerzas que mando hai una división de Arauca- 
nos que no podria contenerse en una derrota que US. sufra. 
Mi primer deber es asegurar el triunfo de la causa que de- 
fiendo, i ya que nuestros enemigos no se han ocupado sino 
en incendiar las tribus de A rauco cnnira las provincias eman- 
cipadas del gobierno que US. obedece, mui justo era los com- 
batiésemos con las mismas armas. 

«Yo autorizo a US. para mandar un ayudante a examinar 
el número úg nuestras fuerzas, i esto examen será bastante 
para convencer a US. do que la victoria debo estar de nues- 
tro lado. Su fuerza moral, reposando en la justicia i en la 
reconquista do las ¡ibcrlades públicas, es superior a cuanto 
US. puede imajinarse: es en esto en lo que encuentro mi ma- 
yor confianza i seguridad. 

«En cualquiera situación do mi vida, me llenará de orgu- 
llo este paso que doi. Uua sola lágrima ahorrada a la repú- 



DE LA AÜMINISTRACION MONTT. 253 

blica, es para mi un bíon incstimablo; un campo de batalla 
es solo un sangriento recuerdo úa odios i pasiones, es el re- 
sultado de la terquedad i desprecio con que so ha mirado 
la opinión nacional. 
Dios guarde a l'S. 

José Maña de la Cruz. 

Pedro Félix Vicuña, secretario jcncral,» 

Cerróse el pliego, i llamando el jeneral Cruz a uno de 
sus ayudantes do campo, el joven mayor don Tomas Rioseco, 
dijole que fuera a ponerle en manos del jeneral Búines. 

Hizolo asi, en el acto, aquel oficial, adolanlándose'con una 
bandera de parlamentario i un corneta, mientras las guerrillas 
se batian ya con algún encarnizamiento. Olvidóse en aque- 
lla coyuntura hacer cesar los fuegos do las partidas avanza- 
das, i el jeneral Bíilnes, aunque recibió al parlamentario, no 
detuvo por aquel motivo la marcha de su ejército, como sa 
lo exijia el exacto cumplimiento de las leyes de la guerra. 



XI. 



Observando el jeneral Cruz aquella informalidad, i que ala 
vez ganaba mucho terreno hacia su vanguardia el enemigo, dio 
la voz de marchar sobrólas columnas, a cuyas espaldas que- 
daba ya su línea. 

Cuando se formaron las columnas, o mas bien, pelotones 
de marcha, pues la tropa se adelantaba en gran confusión, el 
jeneral Cruz, que montaba un pequeño caballo blanco que 
conserva todavía, se paró delante de las fdas i, con toda la 
fuerza de voz que le permitía su delicada complexión, aren- 
gólas, señalándoles aquel dia como el del de su glorioso desea- 



254 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

lace de la campaña en que se habían alistado voluntarios. — 
«El jen&ral Cruz, cuenta en su diario de campaña el se- 
cretario Vicuña, que se encontraba a su lado, Iraló fuerte- 
mente a Dülnes i a toda la corrompida administración que 
había organizado para defenderlo. Ilabló de la libertad, de 
los derechos de los pueblos i dijo que eran llegados los mo- 
mentos de reconquistarlos. Como la línea era eslensa, añade, 
habló a la mitad ; pero se afectó demasiado en el estado de 
debilidad en que se hallaba i me dijo. — « No puedo continuar. 
— Hable Y. al resto de la tropa. » 

*iDirijime entonces con un ayudante, continua Vicuña, ha- 
cia el sitio en que formaba el Carampangue, i levantando la 
voz, reproduje lo que el jeneral había dicho. Los soldados 
me vicloriaron, añade el narrador, por mis discursos mar- 
ciales, que lalvez eran elocuentes, porque en aquellos mo- 
mentos, yo estaba poseído de una enerjia i entusiasmo es- 
traordinarios.» 

Sonaron entonces las cajas el toque de marcha, i el ejército 
se puso en movimienlo hacia Chillan,, dando muestras del 
mas vivo entusiasmo. «Los soldados, dice Vicuña, volaban 
mas bien que corrían.» — En su tránsito, encontraban palizadas 
i sanjones llenos de agua, pero, sin reparar en ningún obsíá- 
culo, se adelantaban en tropeles hacía el enemigo, hasta que al 
fin, viéndose este amagado ya de cerca, detuvo su marcha, 
casi en los suburbios del pueblo nuevo de Chillan. 

Ll famoso cómbale de Siente de Urra, el Junin de nues- 
tras guerras civiles, i que tan impropíomenlo so ha llama- 
do balalía do los Guindos, iba a tener lugar. 



DE L\ ADMIMSIIIACION MOM í. 2j5 



xri. 



Era ya pasada la hora del medio dia, cuando ambos jeuG- 
rales hicieron alio i formaron su linea de balalla, desplegan- 
do Búines sus lucidas columnas, en que la disciplina brillaba 
a la par con cl ardimiento nalivo do las peleas; i desarro- 
llando Cruz sus masas de enlusiaslas voluníarios, que habían 
venido desde los Guindos a carrera tendida ¡ en confusos tro- 
peles. 

Era e! terreno en que iba a trabarse el combale digno do 
Jos bravos que debian medirlo con sus armas. No había re- 
paros, ni sinuosidades, ni accidentes que dieran la ven- 
taja al mejor colocado. Una planicie rasa, empapada de ver- 
dura i de humedad, con las recientes lluvias; algún árbol 
solitario (1] ; sin mas fosos que los que bordan el camino 
real, que, do esta suerte, sirvieron de reparo al ejército del 
gobierno que por él venia ; sin otras palizadas, al contrario do 
lo que entonces se ponderó, que los débiles maderos que di- 
viden los potreros, dejando entre ellos tan espaciosos claros que 
una linea de infanteria no seria detenida ni desorganizada en 
su marcha mas de unos pocos segundos: tal era ci campo de 
Monte de Urra, asi llamado por un matorral que crece en sííí 
bajio del terreno, i cuyo aspecto apenas haria creer hubie- 
ra merecido jamas el nombre de monte, sino fuera que en 
las llanuras del sur se dan estas pomposas denominaciones 

(1) Señálase todavía el árbol, a cuya sombra se mantuvo c\ 
jcneral Búliies, hacia un lado del camino. Visité el campo de 
batalla de Moute de Urra, en octubre de 1861, en compañía del 
amable joven de Chillan don Vicente Borne. 



256 HISTOniA DE LOS DIEZ AÑOS 

aun a las «manchas de palquí» quo nosotros miramos como 
abrojos én nuestras zonas montañosas (1). 

XÍII. 

Apoyaba el jeneral Cruz la izquierda de su iofanteria en 
aquel sitio (propiedad hoi dia de don Gonzalo Gazmuri, opu- 
lento vecino de Chillan), que, mas que de monte, tiene, desdo 
la distancia, el aspecto de una vega fangosa. Su derecha re- 
balsaba el camino real de Chillan a Talca, hasta tocar en 
una eminencia situada en las tierras de un hacendado llama- 
do Quintana. Formaba en el centro de la línea el batallón 
Guia, el Alcázar a la izquierda i a la derecha el 2." Caram- 
pangue, cuyo activo jefe cuidaba del buen orden de la tropa 
en todo el frente, El veterano Carampangue, al mando del 
coronel Zañartu, estaba situado de reserva, en columna cer- 
rada, doscientos pasos a retaguardia de la linea. La artillería 
ocupaba los claros dejados por los batallones en línea, en- 
contrándose Zúñiga en el centro con tres piezas, Gaspar a 
la derecha, i otros oficiales subalternos, con dos cañones, a 
la izquierda. Los voluntarios de Estados Unidos, cuyo núme- 
ro llegaba a 28, tenían a su cargo una de estas piezas. 

(1) Llámase también «Monte Badillo> otro sitio inmediato a 
Chillan, donde no existen árboles, como no los hai tampoco en 
el llamado Monte Baeza, a inmediaciorjes de Talca. Quizá diosa 
este nombre a los lugares de donde se proveían de leña los pri- 
meros pobladores de aquellas localidades, i es curioso observar, 
por las denominaciones que dejamos apuntadas, el hecho de que 
casi todos esos sitios de esplotacion humana tienen nombres es- 
pañoles, sin duda por los propietarios que los poseyeron, mien- 
tra la gran mayoría de las posesiones de Chile, llevan los pin- 
torescos títulos que inspiraba la naturaleza a los primitivos in- 
díjenas. 



m I.\ ^DMINMSTP.ACIO.N MONTT. 2o7 

Ta numerosa caballería del ejército revolucionario, mon- 
tada en caballos que habian iiecho mui poco servicio, al con- 
trario (lo los de la opuesta, recibió la colocación acostum- 
brada. El coronel Unutia, ascendido íiliora a jcncral, dirijia 
ol ala derecha, donde estaba formado por escuadrones el 
Tejimiento de Ensebio Huiz, teniendo en primera línea un es- 
cuadrón do carabineros del cuerpo perteneciente a Zañartu. 
Mandaba el ala izquierda ol coronel Puga, el mas antiguo 
jefe de esta graduación que hubiera entonces en nuestro 
ejército, i componíase su columna de los escuadrones de su 
propio rejimiento i de los otros dos de carabineros de la Re- 
pública que mandaba Alejo Zañartu. El rejimiento de Lauta- 
ro, a las órdenes de Padilla, formaba sus dos escuadrones al 
lado del Carampanguo, en protección de la reserva. 

Habíase organizado ademas una columna lijera que se lla- 
maba do vanguardia, compuesta de las compañías de caza- 
dores del Carampangue i Guia, i que mandaba el valienlo 
capitán de aquella, don Joaquín Rojas. 

Entre tanto que estos aprestos tenían lugar en las filas de 
los libres, el coronel Gana (mientras el jeneral en jefe se ocu- 
paba de leer las comunicaciones que le había traído el parla- 
mentario Rioseco) había formado la línea del ejército del go- 
bierno, tendiendo sus sois batallones con el frente hacia el 
oriente, dando la colocación respectiva a su excelente arti- 
llería i disponiendo que ¡a caballería cubriese los flancos. 

XÍV. 



A la una de la larde, lodo apresto oslaba terminado. Decli- 
naba apenas el sol de su zenit, í el calor de la hora era so- 
focante. Los soldados de! gobierno habian marchado 9 o 

33 



2o8 HlSIüRíA DE LOS DIEZ AÑOS 

10 horas, sin cesar, ¡ los rebeldes estaban faligados con 
la viólenla carrera que, en alas del entusiasmo, emprendie- 
ron desde ios Guindos. Era pues el cansancio iin obstáculo 
para empezar un combate jencral. Éralo aun mayor la dispo- 
sición de ánimo de los jefes que acababan de cambiar pala- 
bras de avenimiento i do reconciliación. A no dudarlo, había 
irresolución en ambos, i la circunstancia de haber formado 
sus lineas a mas de doce cuadras de distancia, casi fuera do 
Uro de cañón, manifestaba mas que nada sus secretas vaci- 
laciones. 

El jeneral Cruz tenia, ademas, por su parle, una poderosa 
razón militar para no empeñar una batalla jeneral en aquel 
dia. Aguardaba, por momentos, el importante refuerzo que 
conducía Alemparte, i no entraba ni en el carácter revolucio- 
nario ni en los planes estratéjicos de aquel caudillo, aventu- 
rar una jornada decisiva, teniendo tan cerca de sí un elemen- 
to mas de victoria. Acaso fué esta sola consideración militar 
la que impidió a los rebeldes pelear en masa i vencer en 
Monte de Urra a sus contrarios. 

El combate de Monte de Urra iba pues a presentar la imájen 
de una formidable batalla campal, sin ninguna de sus peri- 
pecias ni de sus estragos. Solo ocurriría un pasajero poro 
terrible choque a la arma blanca, que el acaso, mas quo las 
combinaciones estratéjicas, prepararía solo como un episodio 
de aquel encuentro que pudo ser deGnitívo. 

Hacia las dos de la tarde, rompióse, en efecto, en ambas 
líneas, un tremendo fuego de cañón; i luego vióse que se des- 
plegaban al frente de aquellas las columnas de cazadores 
mandadas por Rojas, de parte de Cruz, i de la opuesta por el 
estratéjico Silva Chaves, a quien el jeneral Bülnes dio esla 
comisión, sobre el campo de batalla, pues tenia a sus órde- 
nes en la línea el segundo cuerpo del rejimienlo Buin. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONIT. 2*)9 

Las operaciones do oslas columnas, quo se avanzaron rc- 
cíprocamcnlo algunas cuadras, haciendo fuegocn dispersión, 
i el cailonoo incesanlo do lodas las balcrias do amhos ejérci- 
tos, no pasaron, sin embargo, do ser un aparato militar. Un 
solo soldado murió del ejército revolucionario, i esto, a reta- 
guardia do la linea, por el efecto de cerca de mi! proyectiles 
huecos i balas rasas disparadas por las 16 o 17 piezas de 
cañón puestas de una parto i otra en activo fuego (1). 

Pero la violencia de aquel cañoneo inusitado produjo, al 
fin, la necesidad de ciertos movimientos estratéjicos que aca- 
rrearon el choque de las cabalierias de una manera harto 
singular. 

Apercibiéndose, en efecto, el precavido coronel Puga que 
su caballeria en el ala derecha estaba algo espuesta a los 
fuegos de la artilleria enemiga que jugaba en aquel costado, 
dio orden a sus escuadrones de replegarse sobre un bajo 
oculto, tras una elevación del terreno. 

La ejecución de aquel movimiento fué la señal del combate. 



XV. 



Observando con ojo certero lo que ocurria, el jcneral Búl- 
nes supuso que Cruz enviaba aquellos escuadrones por la re- 
taguardia de su línea para reforzar su flanco derecho i ala- 

(1) El comandante Zúñiga nos refirió, en 18o2, que la artillería, 
que él mandaba en jefo en el ejército revolucionario, disparó en 
Monte de Urra 385 bombas i balas rasas. Recuerdo que, en esa 
époea, aquel hombre, tan candoroso como entusiasta, hacia reír 
a mis hermanos menores, contándoles quo a cada tiro de canon 
qjie él hacia, decia como relando ai enemigo. — Allá va esa peri- 
ío.', palabras a las que él daba una acentuación particular al pro- 
nunciarlas, produiiendo un efecto t-n cbíremo grotesco. 



260 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

car el izquicrilo suyo, donde solo formaban algunos escuadro- 
nes do milicias i el tercer escuadrón de cazadores, al mando 
del mayor Las Casas, mientras que toda su caballeria vete- 
rana estaba situada a su derecha, pues, viniendo ésta en or- 
den de marcha, a la cabeza de las columnas de infantería, 
le habla sin duda tocado aquel puesto en la formación de 
la línea. 

Apercibiéndose, al punto, del peligro que amagaba a su 
línea por la izquierda, envió el jeueral Búlnes, con su 
ayudante Corgoño, al coronel García, que mandaba la caba- 
lleria en su derecha, la orden de pasar rápidamente a su cos- 
tado izquierdo. 

Uízolo asi aquel jefe, pero con tal petulancia i con tan 
eslpaño olvido de las reglas mas comunes de la láctica, que, 
en vez de pasar por la retaguardia de su línea, puso su ca- 
balleria a galope, en columna, i se lanzó por el frente, es- 
torbando asi los fuegos de su propia infantería i sirviendo de 
cortero blanco a los cañones enemigos. 

Fué en esta aturdida maniobra donde cayó muerto, arre- 
batado por una bala de cafion, el ayudante San Martin de 
granaderos i donde el sárjenlo mayor del mismo cuerpo don Pe- 
dro María Pantoja (I) tuvo su caballo derríbado por un proyec- 
til, que le arrancó las pistoleras de su silla, sin hacerle le- 
sión alguna. Mayor fué aun el daño que estuvo a punto de 
hacer García a la columna de cazadores de Silva Chaves que 
este hacia replegar sobre toda la línea, i no por los flancos, 

(I) Era este oficial hermano mayor del coronal de este nom- 
bre i gozaba de algún créiiilo por su valor. Habla nacido en 
Concepción en 1S07 i servido desde 1833 en el rejimlento de ca- 
zadores a caballo. Hizo, en este mismo cuerpo, la segunda cam- 
paña del Perú, eiicoiiLráiidose destacado en la división que man- 
daba el jeneral peruano La Fuente i que obro sobre el norte de 
aqut'üa República. 



DE I,A ADMINISTRACIÓN MONTT. 201 

como se acosluinbra oii tales casos, lo qiio diú lugar a (juo 
muchos lio sus soldados fueran alropüllados por los escua- 
drónos que pasaban a galope sobre el lerreuo en (¡uc aquellas 
se batían. 



XVI, 

Pero el alolondrauíi'enlo del coronel García no paró aquí. 
Acaso irritado contra si miáino por la precipitación con quo 
habia ejecutado su movimiento, pasó unas zanjas con sus escua- 
drones veteranos i dióles orden, con voz de despecho, para 
formar en batalla i prepararse a la carga. Todos aseguran 
que tan atrevida resolución fué acordada sin órdenes supe- 
riores. 

Colocáronse, en efecto, los cinco escuadrones disciplinados, 
de que constaba la caballería de Búlnes, en actitud de em ^ 
prender la carga sobre el flanco derecho del jeneral Cruz. 
Los lanceros de Colchagua se situaron a la derecha, al mando 
de su comandante Yañez, los Granaderos en el centro, bajo las 
órdenes de Yavar, i por último, a la izquierda el favorito re- 
jimiento de Cazadores, a quien, sin embargo, por derecho de 
antigüedad, correspondía la derecha de la formación. £1 co- 
mandante Venegas estaba a su cabeza, aunque solo tenia a 
sus inmediatas órdenes en aquel encuentro uno de sus es- 
cuadrones. 

En el flanco derecho de la linea del jeneral Cruz, formaba, 
como ya dijimos, el rejimienlo de Ruiz, que habia tomado po- 
sición, oculto tras un bosquecíllode álamos, en la inmediación 
de un pequeño molino, i dos escuadrones que se encontraban 
a vanguardia, siendo uno de estos de tiradores (t). 

(t) Nunca hemos podido saber con fijeza a que rejimiento 



'2Cy2 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Al son de los clarines, lanzárons;o los Cazadores de Yenegas 
sobre aquellos dos escuadrones que parecían aislados, ¡ en 
pos de ellos, los Granaderos, mientras que Yafiez lomaba 
con sus Lanceros los aires de láctica i el mayor Las Casas que- 
daba firme con su escuadrón, sirviendo de reserva. 

La carga fué valienlemenle ejecutada por los Cazadores; 
i los dos escuadrones enemigos, rolos i desordenados por 
aquella embestida, retrocedieron en confusión. Pusiéronse en- 
tonces a perseguirlos, Cazadores i Granaderos, rebalsando la 
linca deinfanleria de Cruz i aun la posición de la columna de 
reserva que hizo un cambio de frente para contenerlos. 

Mas, eu esla coyuntura, como el león que salta de su gua- 
rida, Ensebio Ruiz salió de enlre ios arboles que lo encu- 
brían, i cargando de flanco a los escuadrones enemigos que 
venian persiguiendo, púsolos en súbita confusión. Volvieron 
entonces cara, a su vez, los mas de los soldados del gobierno 
i fueron a rehacerse a retaguardia, ]\Ias Ruiz había corlado 
un grupo considerable de los que iban adelante; i viéndose 
estos aislados i sin poder retroceder, pusiéronse en fuga, dis- 
persándose por la campiñia, en dirección a las márjenes del 
Calo. Casi lodos aquellos desgraciados perecieron en la per- 
secución que se les hizo. Eran, en su mayor número, grana- 
deros a caballo i, como so hubiera dicho que en Pelorca ha- 
blan acuchillado a los rendidos, teníanles particular odiosidad 
los jinetes rebeldes, a quienes sus jefes asuzaban. Asi fué que 
cuando los vieron en derrota, distinguiéndolos por el panla- 

pertenecian estos dos escuadrones de los rebeldes. Nos consta so- 
lamente que uno era de carabineros i pertenecía al cuerpo deZa- 
uarlu, pero ignoramos quien lo mandase. En cuanto al otro, 
nos inclinamos a creer fuese el escuadrón de Souper, por la parte 
que este tomó en el combate, i a quien, sin duda, el jeneral Ba- 
quedano habia señalado aquel puesto, desprendiéndole del reji- 
uiiento de í'uga a que pertenecía i que foroiü a la izquierda. 



PE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. ^díl 

Ion grana qiio usahan, coinonzaron a ciecir muchas voces a 
la vez— il los cobrados! a los colorados! i (Mirrislrando lan- 
zas, iban los lorribies fronlerizos do Uuiz acncliillándolos por 
las espaldas. 

Tomaron también parle en este ejemplo de ferocidad !os 
indios de (lolipi, que no llegaban a 40, mientras que los do 
Maguil so habían manlenido inactivos en el punto en que es- 
taba la provisión del ejército, lejos de todo peligro. Estos 
bárbaros so manifestaban aterrados con el estallido do las 
bombas, cuyo uso les era al parecer desconocido, pues cuan- 
do alguiíos oficiales fueron a decirles que cargaran, señala- 
ban con sus lanzas el espacio ¡ tratando de remedar con el 
josto el estallido de aquellos proyectiles, daban a entender 
que ellos tenían miedo de pelear con enemigos que hacían 
caer sus fuegos del cíelo (1). Solo uno de aquellos carniceros 
araucanos se mostró sobre el campo de batalla, digno de la 
fama de sus mayores ¡ de las hazañas que aquellos ejecutan 
solo en su nativa tierra; i fué este el adolescente heredero de los 
bravos Colípi, quien matando a un granadero, de hombre a 
hombre, con su lanza, lo despojó de su bruñida coraza, i 
teñida todavía de sangre, se la ciñó al pecho, mostrándose 
ufano de su triunfo. 

Entretanto, los Cazadores, reorganizados a retaguardia, ha- 
bían vuelto a la carga, conducidos por el bizarro capftan Vi- 
llalon, pues Venegas, que hacía la guerra a su pesar, se ha- 
bía retirado del terreno, así como el eomandanlo Yavar. 



(1) Casi todaí? las bombas que se dispararon en Moiitü de Urra 
por la artillería del ejército del gobierno, reventaron en el aire. 
El coronel Kscala, quien nos ha contirraado en este aserio, atri- 
buye aquella circunstancia a que, estando mal arregladas ios ros- 
cas o tornillos de graduación para las punterías de los obuses, 
no se podía acertar a medir la elevación. 



264 HISTORIA DE LOS DIEZ AiSOS 

Dejó eslo su cuerpo a sus mas acreditados capilaucs dou Se- 
rapio Diaz ¡ dou Roque Allende. 

Trabóse entonces, entre los fronterizos de Huiz i aquellas 
tropas veteranas, uno de esos combales que nuestros soldados 
de cabalicria llaman de entrevero, i por un considerable es- 
pacio, no se oyó sino el choque de los sables de los ague- 
rridos jinetes de Bülnes i el bote de las lanzas que los vo- 
luntarios del Biobio asestaban contra sus corazas. £1 ajilado 
tropel de los caballos, su pesado resollar, los aves de los 
que caían, las voces de mando, el son de los clarines, quo 
ya tocaban repliegue, ya el avance, i los raros d¡>paros de 
las pistolas i carabinas de los coaiba tientes ; tal era el as- 
pecto quo presentaba el terreno en que se bailan las caba- 
llerias, envueltas, como en Junin, por una carga de flanco, 
que babia hecho vencedores a los vencidos. 

Tan grande era la confusión de aquel enjambre de com- 
batientes que, habiendo mandado locar reunión el alférez do 
granaderos a caballo don Benjamín Diaz Valdez a un corneta 
de su cuerpo que vio a su lado, vinieron a formar los pro- 
pios soldados enemigos i, reconociéndolo, lo obligaron a ren- 
dirse, junto con otro oficial de su cuerpo llamado Molina. El 
joven Valdez entregó su espada al valeroso Souper que aca- 
baba de quebrar la suya sobre la coraza de un soldado que 
reusaba rendirse, i cuando aquel fué conducido a la presen- 
cia del jeneral Cruz, en el mismo campo de batalla, pregun- 
tándole éste si era pasado, como acababan de decírselo, asomó 
una lágrima a los ojos del pundonoroso mancebo i díjole con 
entereza — No, mi jeneral, soi prisionero! 

Enlretanlo, i en lo mas ardiente de aquella obstinada 
lucha, hablan venido dos nuevos cuerpos a lomar parle en 
la refriega. Del ala izquierda, se desprendía el bizarro Lara 
con el escuadrón de tiradores veteranos que mandaba, i 



DR LA AOMINISTÍIACION MONTT. 2GIi 

avanzando .a gulojio sobro el silio tlondo lenia lugar ul cho- 
que, llegaba a la hura oportuna para decidir oí combato. Do 
parle del ejército del gobierno, llegaba, al raismo tiempo, el 
comandante Yañoz con sus intrépidos aunque bisónos lance- 
ros i «como tonto atolondrado», según sus propias palabras de 
soldado, penetró en medio do aquella vorájinc de enardeci- 
dos combatientes. iMas, rodeólo al punto Lara, mientras una 
compañía del Carampanguo, que estaba tendida en emboscada 
dentro de una sementera de Irigo ya del lodo crecida, hizo 
su aparición por un flanco con una descarga cerrada. Yañez 
se creyó perdido i él o uno de sus oficiales gritó: estamos 
rendidos!, a loqué,adelanlándose el jcneral Baquedano, orde- 
nó parar el fuego e hizo señales al mayor Gaspar para que no 
disparase un cañón cargado a metralla, que, desde la balería 
de la derecha, apuntaba en ese momento contra el escuadrón 
que se mantenía inmóvil. 

En tan critico momento, es avisado el jeneral Búlnes del 
peligro en que está toda su caballería, i ordena a su bizarro 
ayudante, el comandante don Anionio Videla Guzman, que 
se ponga a la cabeza del tercer escuadrón de Cazadores 
i cargue eu protección de sus comprometidos i desorganizados 
escuadrones veteranos. Verilicólo aquel con celeridad i pu- 
janza ; i al notar Yañcz aquel movimiento salvador, cobra 
ánimos, da la voz de media vuelta i se escapa por entre 
los grupos de sus propios captores, tan sorprendidos como 
él{l). 



(1) He aquí como cuenta Yanez este lance, en una carta fecha- 
da en Chillan el 23 de noviembre de aquel año i que se publicó 
en el Bolelin Oficial de aquellos días. «I yo, como tonto atolon- 
drado, dice, me perdí con el cuerpo i me fui a los enemigos, los 
que me consideraron su prisionero, apesar de haber yo rehusado 
al jeneral Baquedaoo, quien rae lo intimaba i con quien cruzé 

34 



2G6 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Con la escapada de Yafiez, que no fué perseguido, tuvo fin 
el combale ¡ gran parte del éxito del reñido combale de 
Monte de lírra. Los cañones apagaron sus fuegos, ¡ las líneas 
se alojaron alguna distancia entre sí, mientras los cornetas 
de la caballería iban por los campos tocandx) reunión a los 
dispersos. A las tres i media de la larde, todo estaba termi- 
nado i no se observaban sino las maniobras que hacían arabos 
ejército para ponerse a cubierto de un nuevo ataque. Toda 
la refriega no habia durado mas de dos horas (1). 

XVÍI. 

El hecho de armas de Monte de Urra fué, mas que una ba- 
talla, un palenque de caballeros. Pplearon los jinetes de uno 

m\ lanza; i por un milagro, me desprendí de ellos con m¡ escua- 
drón, a fuerza de lanza .» 

La versión que hace el jeneral Baquedano de esta peripecia es 
algo distinta, según una carta que sobre este combate ha tenido 
la bondad de dirijirnos últimamente. 

a Lo que recuerdo, dice, del encuentro de Yañez en los Guindo*, 
es que en las escaramusas que tuvo la caballería en aquel lugar, 
Yafiez, quiza sin advertirlo, se encontró envuelto con la caba- 
llería que yo mandaba, i cuando se vio en peligro, pretestó que 
estaba rendido, como me lo gritó, i yo creí que realmente vinie- 
ra pasado i ordené a mi ayudante, coronel don Ceferino Vargas, 
Jo desarmase i se entendiese con Yañez. Mientras tanto, yo 
mandé un movimiento a mi caballería i me retiré un momento, 
circunstancia que aprovechó Yañez para escaparse con su es- 
cuadrón. » 

(1) He aquí la sucinta manera como el comandante Silva 
Chaves describe la función de armas de Monte de Urra, en cuanto 
a sus operaciones estraíéjicas. 

«Habiendo situado la línea Cruz, dice aquel jefe en su diario 
de campaña, frente de los Guindos i en dirección paralela a la 
nuestra, pero a no menos distancia de una milla, se me hizo 



l)K LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 2ü7 

¡ oiro ejércilü con cslraortliiiaiia bizarna, i luvo por mu- 
clio la peor parto del eiiciiciilio la oaballcria del gobierno, 
(juedaron fuera do cómbale cerca de cien do sus mejores 
soldados, i la dispersión do las milicias, que fugaron hacia 
el Nuble, fué casi complela (I). E\ cuerpo que mas habia 

salir con la columna de cazadores, compuesta de tres compañías; 
se me ordenó avanzar, i yo me creí era el objeto de protejer el 
movimiento de la línea , pero avanzé, me acerqué al enemigo, i 
rompí mis fuegos, que fueron contestados por dos compañías que 
a la vez salieron del jenoral Cruz. Después de media hora de 
fuego i a cierta distancia, porque mis balas alcanzaban a la 
líneadel jeneral Cruz, miro atrás i veo que la línea no se ha- 
bia movido i que podia ser cortada, sin protección por la dis- 
tancia. Sigo mi fuego en retirada, i al acercarme, se me mandó 
orden para que me replegase a la línea. El coronel don Ignacio 
García, jefe de la caballería, habia hecho pasar a vanguardia de 
la línea toda la caballería en columna cerrada, no sé con que 
objeto ni que se propuso con tamaña imprudencia, i sin órdea 
del jeneral en jefe. El enemigo no hizo mas que ver la caballería 
de blanco, rompió el fuego su artillería sobre nuestra caballería, 
i para complemento del desatino, García mandó desfilar la caba- 
llería por enfrente de la línea de infantería, no pudiendo nuestra 
artillería contestar los fuegos enemigos. Despejado el frente, áteme 
aquí con el gran cañoneo, sin consecuencia de ninguna parte.» 

(1) Según utta lista nominal, hecha por el ayudante de estado 
mayor Gómez Garfias, con fecha de enero 12 de 18ü2, el número 
de los muertos del ejército del gobierno ascendió solo a 15 i el de 
los heridos a 69; pero este estado es inexacto, desde que omite 
las bajas que tuvo el Tejimiento de Cazadores, que, según una 
revista de este cuerpo que hemos consultado en su mayoria, 
fueron 7, de modo que el total de plazas puestas fuera de combate 
fué de 91, sin contar I >s dispersos i de 30 a 40 prisioneros, entre 
los que figuraban dos oficiales. En cuanto a la pérdida del ejér- 
cito de! sud. aparece que no pasó de 30 hombres, siendo 7 los muer- 
tos i 21 los heridos, aunque el coronel Zañartu dice en su diario 
que aquellos fueron lí, 

Alguíios hacen subir las pérdidas del jeneral Búlnes a un número 
mayor. Silva Chaves, en su diario, señala el doble de mnerlos que 
d que fija Gómez Garfias, esto es 16, cuando en la lista nominal 



268 HISTOUIA DE LOS DIEZ A^OS 

sufriíJo había sido el de Granaderos a caballo. Muchos do sus 
bravos perecieron defendiendo su montura a pecho descubier- 
to; olrós fueron heridos por la espalda, cuando se dieron a 
)a fuga, recibiendo ominosa muerte de las lanzas araucanas, 
único baldón de aquella jornada. 

Distinguiéronse, entre los oficiales del gobierno, el coronel 
Gana, que luvo su caballo herido de bala de fusil, habiendo 
escapado antes de una bomba que reventó a pocos pasos de 
distancia del sitio en que se encontraba con el jeneral Búlnes, 
cubriéndolos a ambos del polvo que levantó al estallar. Murió, 
como hemos dicho, el ayudante San Martin i fueron heridos 
los oficiales Urzúa de Granaderos, i el alférez de los Lanceros 
de Colchagua don Belisario Ibañez, valeroso mancebo, hijo 
de aquel famoso coronel Ibañez que enlazó los cañones del 
enemigo en una salida del sitio de Rancagua, ¡ por último, el 
esforzado oficial de Cazadores don Santos Alarcoo, cuyo 
Dombre, en los anales militares del sud, es sinónimo de 
bravura. 

Enlre los jefes de los rebeldes, señaláronse muchos nora- 
bies con elojio. Ninguno podia sonar mas alto que el de 
Ensebio Ruiz, pero el jeneral Cruz premió la bizarría del ca- 
de éste son solo 22 (compremlienflo las bajas de los Cazadores). 
Vicuña los aumenta a 51 i a 90 heridos. Por último, en una carta 
del jeneral Cruz fechada enBaeza, el 24 de noviembre, dice este 
jefe que el enemigo perdió 160 jinetes entre muertos, prisioneros 
i heridos. 

En el documento núm. 11 del Apéndice, publicamos la lista 
nominal de los soldados del gobierno que perecieron o fueron he- 
ridos en Monte de ürra,no solo por ser un comprobante tristemente 
auténtico de la importancia militar de este hecho de armas, sino 
como una ofrenda a la memoria de esos hombres del pueblo que 
no tienen mas epitafio que la raya de tinta que pasan sobre sus 
nombres los comisarios encargados de ajustar el prest de los que 
han sobrevivido. 



DE LA AOMIMSTRACJON MONTT. 269 

pilan Grandon, coníinéndolo el grado de mnyor on el campo 
de balalla, título do gran valia, porque nadie se mostró mas 
parciraonioso en los ascensos que aquel severo caudillo. Fué 
llorido también un capitán de Arauco llamado Sacns, a quien 
un casco de granada rompió un pió en la caballería de reser- 
va i una bala de canon trajo al suelo, sin mas lesión que la 
calda, al ayudante Alvarez Condarcoque pasaba a galope al 
frente de la línea. Entre los jefes que no eran veteranos, Sou- 
per i Lara llevaron los mejores aplausos de la jornada. 

Los cuerpos de infantería bicieron solo una lucida parada 
militar. Su ardimiento por el combate había sido eslraoidi- 
nario, sin embargo, i habíase visto, al principio de la acción, 
uu voluntario del Guia que, habiendo recibido una bala fiia 
en la mejilla, corrió al hospilal, sin soltar su fusil, sufrió la 
dolorosa extracción que le bizo el cirujano Andreas i, sin 
admitir mas venda que un trozo de tela emplástica, corrió de 
nuevo a las filas a vengar su sangre (1], De los soldados • 
enemigos, contábase también de un cazador llamado Henri- 
quez, asistente del capitán Castillo, que teniendo la coraza i 
el pecho perforados con una bala, rehusaba rendirse, hasta 
que la sangre i la ira le abogaron, derribáüdole de su caballo. 
Otro valiente sárjente de Granaderos a caballo, llamado Valle- 
jos, favorito del jeneral Búlncs i que, después de los peligros 
de aquel dia, fué a morir nobleraenle en un vado de Longo- 
milla, tratando de salvar una mujer que se ahogaba, se de- 
fendió en combale singular contra un enjambre de enemigos 
que le perseguía, basta que logró abrirse paso hasta ios suyos, 
por la sola fuerza de su brazo í el filo de su sable. 

(1) Aquella bala, que derramó la primera sangre en los comba- 
tes de la campaña del suO, fué conservada durante algunos años 
por mi hermano, Bernardo Vicuña, que presenció el lance que 
contamos. 



270 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

XVIII. 

Pero no fueron las proezas del heroísmo n¡ la sangre ver- 
tida en el campo lo que dio realze i nombradla al combate de 
Monte de Urra, en presencia de la revolución. Fué el espiridí 
marcial, el orgullo dol éxito, la exaltación en la fé i en la 
justicia de la causa, el sentimiento que cundió entre las fdas 
que hablan proclamado aquella, i el necesario abatimiento 
que las peripecias de aquel encuentro produjeron en sus 
contrarios. La sangre de los bravos chilenos se hizo así el 
bautismo de la idea que ganaba igual terreno con el triunfo 
i el martirio i sus mil disparos de cañón se disiparon solo 
como la salva que prometía a la causa de la República, mas 
allá de sus funerales, los días de ventura que ho¡ comienzan 
a sonreiría. 

En un sentido militar, el hecho de armas de Monte de 
Urra no fué sino el fogueo de la tremenda batallado que era 
precursor í que la tradición coloca ya en el número de las 
grandes catástrofes de Chile. 

XIX. 

A lasseis déla tarde, estaban ya acampados í en comple- 
ta tranquilidad ambos ejércitos, después de aquella fatigosa 
jornada. 

A la mañana siguiente (20 de noviembre), el jeneral Búlnes 
entró a Chillan, después do maniobrar, como si hubiera que- 
rido atraer al enemigo a un combale jeneral , i el ejércilo 
revolucionario rogrc-ó a su iinligua posición de los Guindos 



t)i; LA AÜMIMSTUACION MüNTT. 271 

El jcnoral en jefe dol ejército del gobierno consideraba 
una sobrada compensación, para ci parcial fracaso que habían 
sufrido sus armas, la ocupación do un pueblo tan abundante 
de recursos como era la ciudad do Chillan. 

I']| caudillo de los rebeldes, que por sus vacilaciones habia 
dado aquella ventaja al enemi¿?o, se retiraba también, salis- 
fccho del éxilo alcanzado por los suyos. 



XX. 



En cuanto a su jenerosa, pero mal aconsejada inspiración 
de obtener una solución pacírica de la contienda, los escua- 
drones del gobierno hablan venido a traerle en las puntas da 
sus lanzas la respuesta de los ajenies de aquel, mientras quo 
su parlamentarlo era detenido en las filas enemigas. Solo 
muchas horas después, regresó esle con la siguiente noble 
respuesta que cierra dignamente los acontecimientos de aquel 
primer cuadro de la campaña del sud. 

Cuartel Jeneral del Ejército de la Repíbliga (1). 

«He recibido la nota que U. S. ha tenido a bien dirijirmo 
en la mañana de hoí, en que me manifiesta estar dispuesto a 

(1) Hé aquí el oncio en que el jeneral Búlnes daba cuenta al 
gobierno de su manera de concebir las propuestas de paz del 
caudillo de la revolución, asi como de las operaciones militares 
del día 19. 

CUARTEL JENERAL DEL EJERCITO DB OPERACIONES SOBRE EL SUR. 

Chillan, noviembre 21 de 1851. 

«Me ha parecido conveniente dar a US. por separado cuenta 
del contenido de una comunicación que el jeneral don José Ma- 
ría de la Cruz me dirijió el 19 dol corriente, al tiempo de pre- 



272 HISTORIA DE LOS DIEZ A?{OS 

arreglar conmigo la cuestión müilar pentüenfe, de un modo 
que garaslicc el orden público, rnienlras la nación pueda 
espresar sus intereses i su voluntad. U. S. se sirve invocar, a 
este propósito, los sentimienlos de humanidad i de patriotis- 
mo que le impelen a dar esle paso, i espone los resultados 
lastimosos que pudieran resultar de mi negativa, en atención 
a haber en el ejército de su mando un número de indio» 
bárbaros, de cuya conducta parece no se atreve ü. S. a 
salir garante. 

Me es sensible tener que contestar a U. S. que noinvislo 
carácter ni facultad alguna, en virtud de la cual me sea dado 

sentarme al frente de su campo. Por la copia de ella que incluyo, 
se impondrá US. de los términos bastante jeneraies i vagos de 
que se sirve para proponer medios de avenimiento. Ellos son 
susceptibles de diversas esplicaciones, de manera que pueden iíi- 
terpretarse en distintos sentidos, mas o menos exajerados o pru- 
dentes. Podría parecer quizá que debió pedirse al jefe que los 
suscribía que determinase su mentó, reduciendo la invitación 
que hace a medidas determinadas; pero, como todas las inter- 
pretaciones posibles daban siempre por resultado la indicación 
de alguna interrupción jeneral o parcial en el réjimen consti- 
tucional de la República, entendí que no tenia facultades para 
oír semejantes medios de avenencias, ¡ que el sostener corres- 
pondencia de esta clase no producirla otro resultado que demo- 
rar las operaciones, i dar lugar a que se reuniesen al campo ene- 
migo los refuerzos que le venian en marcha desde Concepción. 
En consecuencia, me determiné a dar la contestación de que re- 
mito copia. Por ella verá US., que repeliendo las propuestas que 
se me t^acian^ he drjado abiertas las puertas para cualquier ave- 
nimiento sobre la base de respetar el réjimen legal de la Nación. 
«Por lo demás, conviene que US. sepa que, al mismo tiempo 
qne mis avanzadas recibían al parlamentario, una partida des- 
prendida del campo enemigo, compuesta en su totalidad de in- 
dios bárbaros, cargó a otra que habia avanzado para cubrir un 
flanco. Asi es que fué m; nester romper el fuego para procurar la 
defensa. Mas adelante i en los momentos mismos en que contes- 
ba la nota, fiallándose los ejércitos al frente, el cañón de los 
sublevados rompió de nuevo el fuego, obPgándome a poner en 



PF, LA ADMIMSTUACION MONTT. 273 

rovocnr los aclos |)nliticos qiio lia ejercido la íío|)uljlica 
iTricntomentc ¡ qno cslan consagrailos por las formas cons- 
liUicionalcs do que U. S. mismo ha sido por largo tiempo 
celoso defensor, i por la auíoridad del Congreso Nacional, 
cuyos aclos lia acatado U. S. del mismo modo que yo. Sol- 
dado del gobierno proclamado por el órgano competente, no 
puedo celebrar con U. S. aclo alguno valedero que tienda a 
revocaren duda la existencia de ese gobierno, i hacer pasar 
a la República por un nuevo período electoral, que Ici alguna 
determina i que no tendría otro orijon que la estipulación 
desautorizada de dos jefes militares, a quienes la Constituciün 
impone por único deber la obediencia. 

movimiento mi caballería i jagar la artillería para contestarlo. 
De es^ta manera, me cabe la satisfacción de decir que la iniciati- 
\a de la sangrienta jornada de ese dia, corresponde a los ene- 
migos, no obstante su aparente intento de abrir cotnunicaciones 
de paz. 

«Sírvase US. poner en conocimiento de S. E. el Presidenta de 
la República el contenido de esta comunicación. 
Dios guarde a US. 

Manuel Búlnes.y> 
A! señor Ministro de la Guerra. 

Don Manuel Montf, a su vez, daba noticia de aquellos sucesos 
a uno de sus subordinados (t^l coronel don Patilo Silva, goberna- 
dor entonces de Ovalle), con las siguientes palabras, en carta fe- 
chada en Santiago el 25 de noviembre. 

«Nuestro ejército pasó el Nuble con felicidad, i después de un 
encuentro de las caballerías de ambas partes, bastante ventajo- 
so para la nuestra, ocupó a Chillan el 'SO, Cruz estaba en los 
Guindos, parapetado detras de fosos i palizadas. La corta dis- 
tancia que mediaba entre ambos hace esperar bien pronto una 
acción decisiva. El resultado lo esperamos con contiiinza, por 
que nuestro ejército es numeroso, está bien provisto de todo, se 
encuentra animado de un excelente espíritu, bal verdadero en- 
tusiasmo, no solo en los jefes sino también en la tropa, i ponjut? 
nuLSlra causa es juslü.» 

3o 



274 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

«Conozco que la humanidad i el palnolismo exijen ovilar 
el sacrificio sangriento de las víctimas que están prontas a 
ser sacriíicadas ; pero invocando esos mismos sentimientos 
de que U. S. ha dado pruebas, me permito representarle quo 
no soi yo e! que he invocado las armas para resolver una 
cuestión política que debió terminar en la urna electoral, 
sino que he' sido mandado por el gobierno para sofocar el 
pronunciamiento que en el mes de setiembre pasado hicieron 
en Concepción una parto de las fuerzas militares que guar- 
necían aquella provincia. En manos de U. S. está preca- 
ver el derramamiento de sangre, haciendo que esos cuerpos 
vuelvan a tomar la actitud quo la lei les impone. Si la Re- 
pública tiene derechos que hacer valer o libertades que 
reivindicar, ella es bastante poderosa] fuerte para verificarlo 
en las elecciones populares que deben verificarse en breve. 
Desde luego, por lo que a mi toca, puedo ofrecer un relijioso 
acatamiento a su resultado, del mismo modo que demando el 
de U. S. ¡ el de los militares que están a sus órdenes al qu© 
ha tenido lugar en junio i julio del presento año. 

«Reclamo do U. S. una seria atención acerca del empleo 
que rae anuncia de un cierto número de bárbaros en una 
guerra lastimosamente encendida entrójente civilizada. U.S. 
reconoce que no puede contener su crueldad nativa en el 
caso de obtener una victoria; yo me apresuro a recordar a 
U. S, quo esos estragos quo me anuncia van a ejercitarse 
sobre ciudadanos de la República, sobre chilenos, sobre 
hermanos, i que la matanza bárbara que ellos pueden espe- 
rimentar llenaría de consternación i de duelo centenares do 
familias, i quo sublevaría esos mismos sentimientos de hu- 
manidad i patriotismo de que U. S. so muestra poseído. En 
el momento do recibir la proposición de paz que contesto, 
contraviniendo, sin duda, las órdenes de U. S., han atacado 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 275 

al ojércilo do la República de quo sun porfiados enemí^^os, 
¡ me han obligado a una defensa quo ha retardado la con- 
teslacion do la ñola. Por lo demás, repelo la increpación 
quo U. S. hace a mi gobierno, do haber intentado emplear 
en defensa do su causa aquel vedado apoyo. No se podrji 
citar un solo testimonio de esa dolorosa iniciativa, i sí acre- 
ditar de que se ha ejercido la influencia de quo so estaba 
en posesión para contener i moderar sus ímpetus exacerva- 
düs por ajenas causas. 

«Al terminar esla nota, rae complazco en manifestara 
U. S. que nunca he desmentido los sentimientos de huma- 
nidad i aun de la mas alta clemencia que han guiado mi 
conducta como funcionario público. Al frente hoi del ejército 
de la República, no son compromisos personales los que me 
han colocado en este puesto, asi como no es tampoco per- 
sonal la causa que defiendo. El supremo gobierno tuvo a 
bien llamarme a las filas el mismo dia en que entregaba la 
banda tricolor. El llamamiento que se me hizo no vacilé en 
aceptarlo, cumpliendo con los deberes que la patria impone al 
soldado i al ciudadano. Yo deploro como el quo mas toda 
efusión de sangre i me congratularla sobremanera de po- 
derla ahorrar por los medios que nos franquean la constitu- 
ción i las leyes. 

Dios guarde a U. S. 

Manuel Mines. y) 



CAPITULO X. 



U RETIRADA DEL JENERAL BULNES. 

Operaciones de la división Alemparte i su estrana tardanza para 
reunirse al ejército. — Espiicaciones sobre este particular dadas 
por aquel jefe. — El jeneral Cruz traslada su campo a la orilla 
sud del rio Chillan para protejerla incorporación de aquella. — 
Juicio sobre este movimiento retrógrado. — Organización de 
partidas disciplinadas sobre el ítala, — Don Juan Antonio 
Pando es nombrado intendente de la provincia del Maule. — 
Carta del jeneral Cruz al intendente Tirapegui en que detalla 
sus operaciones. — El ejército revolucionario ocupa de nuevo 
su campamento de los Guiíídos, — Se subleva en Huaquillo un 
escuadrón de milicias. — Molin del batallón Curicó en Talca. — 
Montoneras en Colchagua.— Difícil posición del ejército del go- 
bierno en Chillan. — Don Pedro Félix Vicuña ofrece marchar 
a Talca con una división de caballería lijcra. — Empeños de 
Alemparte, Urrutia i Caquedano en el mismo sentido. — El go- 
bierno de la capital teme aquel movimiento i ordena al jefe del 
cantón militar de Talca defender el Maule a toda costa. — Re- 
sistencia del jeneral Cruz a aquellos planes, — Desazón que 
produce ésta entre los jefe revolucionarios. — El jeneral Urru- 
tia se dirije con algunas fuerzas a ocupar los pueblos de la pro- 
vincia del Maule. — El ejército rebelde pone cerco a Chillan. — 
El jeneral Búlnes fomenta la reacción entre los oficiales vete- 
ranos de aquel. — El comandante Molina recibe sccrclaraenle 



278 HISTORIA DE LOS DIEZ AP«OS 

despachos de teniente coronel del enemigo. — Dos ayudantes 
del jeneral Cruz son encausados por sospechas. — Rumores si- 
niestros que circulan entre ios soldados. — Discordias de los je- 
fes rebeldes eníre sí. — Revelaciones del comandante Drizar 
al coronel Zañartu. — Situación análoga del ejército del jene- 
ral Búlnes. — El comandante Venegas se retira del servicio. — 
Refranes característicos de los soldados enemigos. — El jeneral 
Búlnes resuelve contramarcliar al Maule. — Espresiones del je- 
neral Cruz al tener noticias de este movimiento. — Tardanza 
que pone en la persecución del enemigo. — Tiroteos de las des- 
cubiertas. — El ejército del gobierno repasa el Nuble.— El 
jeneral Baquedano se ofrece para atacarlo en aquella operación, 
pero se niega el jeneral Cruz. — Disgusto del ejército al sabe.i 
que el enemigo ha pasado el rio sin ser atacado. — Sarcasmos 
peculiares de los soldados rebeldes. — Los indios se desertan en 
roasa, i se fugan varios destacamentos del ejército. — Conse- 
cuencias funestas a la revolución del repaso del Nuble por el 
jeneral Búlnes. — Elementos que aguardan a éste i ejército de 
reserva que se propone organizarel gobierno. — El ejército re- 
volucionario atraviesa el rio por el vado de Dadinco. — Marcha 
de los dos ejércitos hasta el Maule. — Revelaciones del coman- 
dante Urizar en el campamento de Longaví. — Ataque infruc- 
tuoso del Parral.— El jeneral Búlnes sitúa su campo en el ce- 
rro de Bobadilla i el ejército revolucionario ocupa las casas de 
Reyes en el valle de Longomilla. — Proximidad de una batalla 
decisiva. ' 



1. 



Al referir, en el capítulo que precede al anterior, el desen- 
lace de la rebelión del comisario Zúñiga, decíamos que la 
división pacificadora de la frontera habia emprendido su mar- 
cha desde Concepción para reunirse al ejército revoluciona- 
rio, solo el dia 17 o 18 de noviembre, oslo es, doce dias 
después de haber terminado su misión en la Araucanía. De- 
cíamos también que aquella tardanza inespiicable en un honi- 
bie del carácter i de los recursos del intendente Alemparte, 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 279 

que mandaba on persona aquella fuerza, iba a acarrear ios 
mas serios conlralienipos a la marcha de la revolución, quo 
lan próspera corría basla aquella época. 

Hemos dicho también anteriormente quo la demora de es- 
te refuerzo fué la causa principal, acaso única, do no ha- 
ber empeñado el jeneral Cruz una batalla campal ni en los 
Guindos, atacando do flanco al ejército del gobierno, ni en 
Monto de Urra, arrollando su linea de frente, después del 
choque do las caballerías. Así fué que apenas habia tenido 
lugar este hecho de armas, el jeneral Cruz, no siendo ya 
dueño de su impaciencia, escribió a Alemparte en el mismo 
campo de batalla ¡ sobre una caja de guerra las siguientes pa- 
labras. — «Son las seis menos veinte ; i nos encontramos arabos 
ejércitos bajo el Uro de cañón. A mas de 40 muertos perdi- 
dos por el enemigo, se le han huido i dispersado mas de 100. 
No he querido comprometer la infantería, suponiendo que U. 
puede reunírsenos esta noche. Su marcha debe ser por el 
camino que antes le he indicado. Si los enemigos se dirijen 
a Chillan, yo marcharé a la orilla de este rio, para tomar el 
puente. Nuestra pérdida consiste en tres indios, dos soldados 
de cazadores i un alférez muerto, i cinco individuos heri- 
dos» íl). 



11. 



'Ya, muchas horas antes, habia salido al encuentro de Alem- 
parte el infatigable Pradel. Encontrábase este en Chillan, 
durmiendo tranquilamente, después do haber estado a caba- 
llo varias semanas consecutivas, acarreando refuerzos al 



(1) Boletín del sur, iib. 2.°, núm. 9. 



280 HISTORIA DE LOS DIEZ A.ÑOS 

ejército (lesde la fronlora. Solo en la tardo anterior /lahia 
llegado a los Guindos con 150 hombres de caballería, que 
había reunido en los Anjeles, después do la muerte de Zuñi- 
ga ; 1 no sospechando qne el jeneral Búlnes se propusiese 
marchar sobre Chillan, se había venido a descansar a casa 
de un amigo, en esto pueblo. 

Los primeros disparos de caílon vinieron a anunciarle, en 
la mañana del dia 19, la presencia del enemigo. En el acto 
mismo, pidió su caballo, i seguido de una partida armada, 
(jue siempre le acompañaba en sus escursíones, se dirijió a 
revienta cinchas a dar aviso a Alemparte de lo que ocurría 
i a pedirle apresurase su mnrcha. A las oclio de la noche 
de aquel mismo día, Pradel llegaba a la Florida, habiendo 
salido de Chillan a las II de la mañana. Ahí estaba acam- 
pada la división de Alemparte, ¡ se dio orden para que muí 
de madrugada empiendiese su marcha hacía el Itata. 



III. 



Componíase lo mejor de la división de Alemparte de un 
lucido batallón de 300 plazas (formado principalmente de los 
bien disciplinados milicianos de Arauco 1 otros puntos del de- 
partamento de Lautaro, por lo que se había dado este nom- 
bre a aquella tropa) ¡ de un escuadrón de mas de 100 jine- 
tes, armados con los sables í carabinas sorprendidas en la 
goleta Primavera, en la embocadura del Lebu. Venían ade- 
mas 150 indios de la costa i algunos grupos de caballería quo 
componían un total de cerca de 700 hombres. 

Mandaban estas fuerzas los capitanes Apolonio í Condesa, 
el primero como comandante dol batallón Lautaro, í a car- 
go ol segundo, hombro valeroso, natural de Arauco, de la 



di: la administración montt. 281 

caballoria i do los indios, que Iraian larabicn sus respeclivos 
capilanejosi lenguaraces. 

Por el camino llamado de arriba, mas hacia la cordillera, 
marchaba, al mismo tiempo, conduciendo algunos centenares 
de indios de las tribus que habían inmolado a Zúñiga i unos 
pocos milicianos de caballería el coronel Barnachea,lan famo- 
so por su fidelidad al jeneral Freiré, quien, a pesar de en- 
contrarse ya mui anciano i decaído de espíritu, se había di- 
rijido desde Concepción a los Anjeles, a hacerse cargo de 
aquella fuerza, por órdenes del intendente Tírapegui, el 11 
de noviembre. 



IV. 



El 20 de noviembre por la tarde, Alemparte i Pradel pa- 
saron el Ilata i se acamparon con la cabaileria de su división 
en Búlnes, aldea situada a dos leguas de Chillan por el ca- 
mino recto del sud i solo dos del Ilata, mientras la infante- 
ría permanecía en la vecindad del Ilata a las órdenes de 
Alemparte. 

Supieron aquí aquellos jefes que el ejército del gobierno 
había ocupado a Chillan, interponiéndose, por consiguiente, 
en cierta manera, entre ellos i el jeueral Cruz, que ocupaba 
los Guindos, dos leguas hacia el oriente de aquel pueblo. En 
esta situación, una estraña alarma se apoderó de Alemparte, 
mientras que Pradel se manifestaba cada momento mas em- 
peñoso por incorporar aquellas fuerzas al ejército revoluciona- 
rio. Temía el primero que el enemigo, sabedor de su apro- 
ximación, destacase su caballería sobre el Hala i lo atacase 
en detalle, corlándole su íetírada. En consecuencia, todo su 
empeño era lomar posiciones al sud del Hala para ponerse 

36 



282 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

a cubierjo de una sorpresa ¡ con esto objeto, hizo repasa*' el 
rio a la infantería aquella noche. Pradel, al contrario, lo ha- 
cia ver que el medio mas espcdito de evitar cualquier peli- 
gro era marchar aceleradamente a reunirse con el jeneral 
Cruz, cuyas operaciones dependían ahora esclusivamente de 
la cooperación de aquel auxilio ; i como él fuera mui cono- 
cedor de lodos los senderos de aqueila localidad, ofrecíase 
a conducir la división hacia los Guindos, tomando por la ri- 
bera del Diguillín i dando un corto rodeo hacia el oriente. 

Convino al fio Alemparte en aquel plan, después de haber 
dado muestras de la irritabilidad de su carácter en las dispu- 
las con su correlijionario, que, a fé, no le iba en zaga en arre- 
batos de impetuosidad, pues el acaso habia reunido en aque- 
lla coyuntura a los dos terribles procónsules de la revolución 
del sud, que, en esta vez, si no vinieron a mayores, fué sin 
duda porque el uno lenia en su locuacidad una válbula de 
escape que aplacaba su exaltación, i el otro encontraba en 
su sordera un muro que contuviese los desbordes de su ín- 
dole voracísima. 

Mas no fué poca la sorpresa de Pradel cuando, al ponerse 
en marcha al amanecer del día 21, conforme al plan con- 
venido, le dieron aviso que Alemparte se dirijia hacia el sud 
con la caballería (1). Lleno de ira, resolvió entonces Pradel 



(1) Heñios hablado posteriormente con el señor Alemparte so- 
bre estas operaciones, i segan su esposicion, era su plan retro- 
ceder mas allá del Itata para reunirse a Cruz por la coja de la 
montana. A fin de ejecutar este movimiento, tenia que hacer jin 
inmenso rodeo; pero en su concepto, Búlnes le acechaba de cerca 
para atacarlo, i a este efecto, habia encontrado en Lartjui comu- 
nicaciones de aquel jefe, en que pedia noticias exactas de los 
movimientos i fuerzas de su división. Estaba pues resuelto a con- 
tramarchar i lo habría hecho, para salvar a toda costa su co- 
lumna, si no hubiese recibido una carta de Cruz, anunciándole 



DE LA AÜMItSISTRACION MONTT. 283 

dirijirso a los Guindos a dar cuenta al jcnoral Cruz do aque- 
llos eslrartos sucosos, lo quo ojcculó ánles del medio dia, 
marchando por la orilla del Disuillin con un pelolon de 40 
o 50 milicianos do caballería que quisieron seguirlo de la tro- 
pa do Alemparle. Esle, entretanto, liabia repasado el Hala, 
dando lugar con su desautorizado pánico, a que se allegaran 
algunos soldados en la prisa de aquella operación, i siendo 
causa del desaliento de sus fuerzas, del cansancio inútil que 
les iraponia, i mas que lodo, do la fatal paralización en que 
obligaba a permanecer al ejército revolucionario. 



V. 



En eslremo disgustado el jeneral Cruz con el atolondra- 
miento de su intendente de ejército, vióse en la necesidad do 
levantar su campo de los Guindos, lo que desbarataba sus 
mas acertadas combinaciones, pues tenia ahora que dirijirse 



que se movía sobre el rio Chillan para protejer su incorpora- 
ción. 

Según el señor Alemparte, su idea favorita era obrar indepen. 
dientemeiitecoíi su división, marchando por el camino llamado c?eí 
medio, que corre por los declives orientales de las colinas de la 
costa, hacia Cauquenes i el Maule; pero este pian, que si/i duda 
habría sido exelente con tropas bien organizadas, encontróuna 
terca resistencia en el jeneral Cruz, quien le ordenó perentoria- 
mente se le reuniese a toda prisa. Prometíase Alemparte obrar 
con tal celeridad que contaba llegar a Santiago con sus fuerzas 
en los primeros días de diciembre; pero nosotros nos pregunta- 
mos ¿cómo habría sido posible ejecutar tamaña proeza, retroce- 
diendo hacia el sud por el mero amago de una sorpresa? Sin 
embargo, en cumplimiento del deber de lealtad que nos impone 
nuestro propósito de justicia í verdad a toda prueba, estampa- 
mos aquí las anteriores reíl^ciones. 



284 HISTORIA DR LOS DIEZ AÑOS 

a) sur, en lugar de tenlar un movimienlo sobre el Maule, 
que de seguro habría traído, en la síUiacion respecliva en 
que se encontraban los belijerantes, el pronto i feliz desen- 
lace de la revolución. — «El jeneral Cruz, dice uno de sus con- 
fidentes íntimos (1), estaba muí incómodo ¡ me dijo que Alem- 
parle lo había embarazado mucho en sus operaciones con su 
tardanza, puesé! hubiera obrado con la fuerza que tenia ; pero 
que la prudencia de un lado ¡ la necesidad de quitar todo pro- 
testo para que no lo culpasen sí algún mal resultado lo 
acompañaba, le había hecho esperar aquel refuerzo.'» 

Como militar, el jeneral Cruz obraba cuerdamente, al em- 
prender aquel movimiento retrógrado; mas no, en manera 
alguna, como revolucionario. Retroceder, hemos dicho ya otra 
vez, al hablar de las rebeliones armadas de los pueblos, es 
ir en derechura a la perdición de las causas que aquellas 
sostienen i que solo viven del entusiasmo 1 de la audacia. 
Avanzar, al contrario, es perseguir al triunfo, porque siem- 
pre salen al paso de las lejíoues populares todos los hom- 
bres que aguardan el éxito o sus apariencias para alistarse 
en las empresas riesgosas. Fué el olvido de estos principios 
lo que al fin perdió al jeneral Cruz, pues siempre postergó 
su misión de caudillo popular a su deberes, por nimios que 
estos fuesen, de jeneral en jefe; í en esto, mas que en nin- 
gún otro accidente, se diseñó la contraposición de los ca- 
racteres í roles diversos que cupo desempeñar a los caudillos 
de las armas en 18.^1. El jeneral Cruz obró siempre como 
si revistiera el ministerio i la responsabilidad del gobierno ¡ 
del partido «de! orden». Eúines, al contrario, que era el 
campeón del último, se manifestó, en todas partes, revolucio- 
nario, audaz, e irresponsable. El ejército del sud, con este 



(1) Don Pedro Félix Vicaua en su diario de canipaua. 



DF, LA ADMIMSTRACION MOM T. 285 

jüfo a la cabcz;i. Iiahiia vonido a formar en la plaza do San- 
tiago la parada de la victoria. Cou el jenoral Cruz, dcbia ca- 
pitular en Purapol (I). 

Poro o! joncral Cruz, aun sin comproniclor en lo menor 
sus |)lancs mililares, podía niui bien dejar la división do 
Alemparlo del olro lado del Hala para prolejcr la provincia 
de Concepción, ¡ pasar él mismo con su ejército el Nuble, 
mientras el enemigo se encontraba en Chillan, puesto asi 
entre dos fuegos, i habiéndose cambiado lolalmente el papel 
que con la sublevación de Zúñiga quiso hacer jugar el jene- 
rai Búlnes al ejército revolucionario. Mas, aun no es tiempo 
de anticiparse a los acontecimientos ni a los cargos que ellos 
envuelven para los que asumieron la responsabilidad de 
aquellos ante la historia. 



VI. 



A las tres de la larde dci dia 5!l, después de haber dejado 
pasar una jijera llovisna, emprendió su marcha el jeneral 
Cruz hacia el rio Chillan, pasó esta rio, que en el verano no 
arrastra mas aguas que las que lleva, por lo común, un me- 
diano estero, i so situó en las casas de la hacienda de Boyen, 
propiedad de un señor Acuña, fiierlisima posición rodeada do 
arboledas! defendida por la alta barranca del rio Chillan. 

(I) «El plan de un hombre de esperiencla, vuelve a decir el 
secretario jeneral Vicuña, aludiendo al carácter puramente estra- 
téjico de las operaciones del jeneral Cruz, debe ser el de Fabio 
contra Aníbal, Este buscaba los combates, contando con la orga- 
nización i el valor desús soldados; mas aquel los evitaba, repro- 
duciéndose en cuantos puntos le fuera posible, con lo que busca- 
ba el apoyo de la opinión i el patriotismo de sus lejiones, con las 
que al ün venció a aquel terrible guerrero,» 



286 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS • 

Mantúvose el ejército revolucionario ahí acampado ¡ comple- 
tamento inactivo durante los días 22 i 23, mientras una morti- 
ficante inquietud trabajaba la mente de su caudillo por la 
inespücable tardanza que Alamparle ponia en reunírsele. 
Solo a las oraciones del último dia, se anunció al fin su apro- 
ximación i luego entró al campamento en medio del entu- 
siasmo de los soldados, que saludaban con alegres músicas 
la llegada do sus compañeros. El Lautaro recibió aquella 
noche los honores de su corla pero feliz campaña delaArau- 
canía, siendo colocado en primera fila, con preferencia a 
lodos los demás cuerpos del ejército. 

Venia la tropa que conduela Alemparte en estremo fatiga- 
da por sus marchas i contramarchas, i fué preciso perder 
todo el siguienle dia, concediéndolo a su reposo i a su orga- 
nización. Confióse su mando al coronel Martínez, a quien se 
habia destituido del mando del Alcázar por la exesiva cruel- 
dad que empleaba con los soldados, agregándolo al estado 
mayor, i se nombró en calidad de segundo jefe al mayor 
Rojas, con retención del mando de la columna de cazadores 
que se le habia confiado en el campamento délos Guindos. 

Solo al amanecer del 23 de noviembre, fué dueño olravez 
el jeneral Cruz de emprender su marcha con todas las condi- 
ciones do orden i segundad que son propias del carácler do 
este antiguo militar. Pero, antes de moverse, envió a su in- 
cansable emisario Pradel a acelerar la marcha de los indios 
que conduela el coronel Barnachea, encargándole también 
organizara partidas de guerrillas (1] en toda la línea del 

(1) He aquí la autorización suprema, en cuya virtud procedió 
Pradí'l a organizar sus partidas. 

Noviembre 24 de 18.5J. 
«Teniendo presente los graves perjuicios que se orijinan al 
pais de las partidas dciiominadas Montoneras, i siendo necesario 



I)K LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 487 

Hala, a cuyo fin dccroló la organización do un escuadrón di3 
caballería dcnomiiiailo ¡os Libres, al cargo del subdelcf,'ado 
del piioblo do Bíilncs don José Alaria Conclia, antiguo oficial 
IVcirino, retirado desdo í.ircay, i fino liabia entrado en la re- 
volución conel mas decidido entusiasmo, segundando en todo 
los esfuerzos do Pradel, de quien era íntimo amigo (1). 

tomar las medidas del caso para estirparlas, se autoriza al ciuda- 
dano don Bernardino Pradel para quo disponga la organización 
de partidas en las subdelegaciones o distritos que lo considere 
necesario, bien bajo las órdenes de los respectivos subdelegados 
e inspectores, o de oficiales de los escuadrones o ciudadanos que 
crea mas aparentes para conservar el orden i perseguirá los mal- 
becbores ¡ desertores. Esta autorización se esfenderá a los dos 
curatos de Pemuco i Yungai i los subdelegados i demás jueces le 
facilitarán todos los recursos que de ellos pretendiese, pues se lo 
faculta a mas de lo espresado para que dé a cada jefe de partida 
las instrucciones sobre que deben obrar, como asi mismo para 
que saquen animales para el sustento de ellas, dejando a los inte- 
resados el recibo competente, espresando su clase, calidad i valor. 
Les dará también para tomar cabalgaduras para el servicio a que 
son destinados, devolviéndolas a sus dueños, lufgo que encuen- 
tren como relevarlas, cuidando cada jefe de partida de su con- 
servación en el mejor estado de servicio. Anótese i transcríbase 
al intendente de la provincia. 

CrttS. » 

(1) Publicamos en seguida una carta inédita del jeneral 
Crnz al Intendente de Concepción, en que da algunos detallos so- 
bre sus operaciones i que se ha conservado orijínal entre los 
papeles de don José Luis Claro. 

«Señor don Nicolás Tibapegüi. 

Boyen, noviembre 24 de 1851. 

«Mi apreciado amigo: 
«Con motivo del retardo de la unión de la división de don José 
Antonio Alemparte i el riesgo en qne se veía de poder ser cortada, 
una vez situada la fuerza enemiga en Chillan (pues podia despren- 
derse de fuerzas, sin esponerse a ser cortado por tal desprendi- 
miento), mudé de campamento de enfrente de Chillan a este 
punto, para prolejorlo. Este cambio no lo habría realizado si no 



288 IIISTORA DE LOS DEZ AÑOS 

Adoptóse (amblen en el campamenlo ile Boyen la inipor- 
tanle medida de nombrar inlendenle do la indefensa i casi 
acéfala provincia del Maulo al ¡nfluyenle vecino don Juan 

hubiese sido necesario el no comprometer acción, cuando es- 
peraba ser reforzado. 

« Hoi recibí la suya fecha 20, en el momento de estar preparado 
el ejército para volver a Chillan a tomar posesión nuevamente 
de los Guindos, o pasar de este punto, si los movimientos del ene- 
migo lo hacian necesario. Paso hoi, sin dar mas que un día de 
descanso a la infanteria traída por Alemparte, porque anoche 
recibí noticia de Chillan, venia con precipitación de Talca un 
escuadrón de Granaderos (criado nuevamente en Santiago) en 
r*^fuerzo de Búlnes, por si me fuera posible cortarlo, aunque a 
la verdad, me es difícil, por lo trabajado de los caballos de la ca- 
ballería. 

«Gomo el enemigo tiene solo fundada su confianza en la infan- 
teria, creo no se desprenderá de las inmediaciones del pueblo, 
i, por lo tanto, si no lo hace, quedará por algunos dias en sitio, 
pues a mí tampoco me conviene concederle ventaja. 

o Con el fin de mantener espedlta la correspondencia con las 
fronteras i esa, he colocado desde ayer partidas volantes entre 
Larqui í el rio de Chillan, i hoi ha salido Bernardino para arre- 
glarlas en los curatos de Pemuco i Yungai. 

a Si mi campamento lo trasladase a las Cruces o Maipon, enton- 
ces, en lugar de dirijirle mis comunicaciones por el caminólo 
haré por abajo, por las balsas de Quinchamali o Cuca. 

«No tengo, hasta esta hora (que son las nueve i media), noticia 
de los indios que deben venir con Barnachea, cuyo retardo siento, 
no solo por lo que se aumenta el inconveniente de su reunión, 
con mi adelanto al otro lado del rio Chillan, sino también porque 
ello me impide desprenderme de un escuadrón con algunos pocos 
indios para lomar posesión de los pueblos del Maule. 

«A mi casa, que me hallo sin novedad, i que deseo a ella como 
a Vd., la gozen mejor. 

Su afectísimo i amigo. 

José María Je la Ctmzm 

«El enemigo tiene en el hospital ciento sesenta enfermo?, i de 
ellos la mayor parte heridos en la acción del 19. Kn el nuestro 
solo tenemos veinte i ocho, i entre ellos trece del enemigo, 
nueve heridos íiuestros i los restantes de enfermedades naturales. >) 



DE LA ADMlMSTRAClOrJ MONTT. 289 

Anloiiio Pando, quien se liabia incorporado a la división dol 
coronel Irrulia, desde que oslo levanió armas en el Panal, a 
mediados do sclionibre íl). 



VIL 



A las nueve de aquella misma mafiana del 25 do noviem- 
bre, pasaba el ejércilo revolucionario en compactas colum- 
nas por el paraje llamado Monte BadÜlo, dislante solo media 
milla de los suburbios de Chillan, sin que el jeneral Búlnes 
hiciese ningun amago de ataque. La situación respectiva de 
ambos ejércitos estaba ahora completamente cambiada, i 
Cruz hacia, en presencia del jeneral Búlnes, la misma mar- 
cha de flanco que este habia emprendido al pasar frente a 
los Guindos. 

En la larde de aquel mismo dia, el ejército revolucionario 
volvió a ocupar sus posiciones en aquella hacienda, cuyo 
vasto caserio i arboledas estaban infestados por la putrefac- 
ción de los animales que habían servido para el sustento de 
la tropa i cuyos restos no se habia tenido cuidado de cubrir 
convenientemente. 

Una semana completa habia transcurrido desde el martes 
19 de noviembre en que tuvo lugar el combate de Monte de 
Urra, hasta el martes 2o, en que el ejército regresó a su 
campamento de los Guindos. La causa única de la casi com- 
pleta inacción de aquellos dias, tan lastimosamente perdidos 
para dar brios ala revolución, aprovechando el éxito parcial 
del combale del 19, habia sido la estraña tardanza del in- 



(1) Véase pn el núm. 12 del Apéndice el nombramienlo de 
esta autoridad i las amplias facultades que se le concedieron. 

37 



290 HISTORIA DE LOS DIEZ aSOS 

tendente de ejército Ale ñiparle, demora lanto mas osliaña 
cuanto que una actividad creadora i una rapidez eslraordí- 
nariade tiocho i de concepto eran las dotes que habian carac- 
terizado desde su juventud a este hombre noíabic. 

VIII. 

Con la imporíanle aunque tardía reunión de Alemparle, el 
ejército rebelde ¡ la causa que sostenían sus bayonelas al- 
canzaron el apojeode su poderlo. El jeneral Cruz conlaba, al 
regresar a los Guindos, mas de 4 mil soldados (I), mientras 
el ejército del gobierno habia quedado reducido, después del 
combale de Monte de ürra, por el destrozo desús escuadro- 
nes veteranos i la dispersión de sus milicias, a menos do 3 
mil hombres, que era el número con que habia parlido desde 
el Maule. 

Porolra parte, veíase esle encerrado dentro de los murosde 
Chillan, mientras el jeneral rebelde paseaba sus banderas al 
derredor de la ciudad i enviaba sus guerrillas a disputar a 
los jinetes enemigos hasta el forraje que segaban para sus 
caballos. La provincia de Concepción, pacificada hasta los 
últimos limites de la Araucania, ofrecía ahora la fuerza de 
su reposo i de su patriotismo a su ufano caudillo, que conser- 
vaba intacta su línea de comunicaciones con aquellos centros. 

Sucedía todo lo contrario al enemigo, que veía, sin poder- 
Jo reparar, completamente cortada i con un caudaloso rio 
do por medio, su vasta línea de operaciones, hasta mas allá 
del Maule, centro de sus recursos ; i tan grave era la silua- 

(i) Segnn un estado que en esa época manifestó al coronel 
Zañartu el ayudante de estado mayor don Ceferino Vargas, el 
número total de las tropas de Cruz era de 4052 plazas. 



ÜB LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 291 

cion dolos dofonsorcsdü la autoridad en esln parlo del territo- 
rio que, por osos mismos dias, dirijiéndosc al Maule el inlcndcn- 
lo recién nombrado don Juan Antonio Pando, habia sorpren- 
dido, con sus solos sirvientes i unos cuantos cantores, entro 
los que se señaló el patriota Uiquelme, una compañía del 
batallón Rancagua qiio venia a incorporarse al ejército, a 
las órdenes del gobernador de aquel departamento don José 
líerraójenos do los Alamos, quo cayó lambien en la celada. 

Al mismo tiempo, la revolución cobraba alientos en todas 
direcciones, una vez pasado el abalimiento de los pueblos 
por los fracasos sucesivos de Pelorca i Valparaíso. El mismo 
dia en que Cruz pasaba al frente de Chillan (2o de noviem- 
bre), se habia sublevado en el estero de Huaquillo un escua- 
dren cívico de Curicó, que conducía al cantón militar de Talca 
el coronel Porras, i la desobediencia i fuga de aquellos mi- 
licianos ponían de manifiesto cuan poco le seria ya dado es- 
perar al gobierno de la adhesión de los habitantes de las 
provincias que dominaban sus armas (1). 

Pocos dias mas larde, un hecho mas grave habia venido a 
confirmar el estado vacilante de los espíritus en presencia de 
los progresos de la revolución í las turbulencias a que se 
entregaban los soldados, tan luego como podían sobreponerse 
a la violencia que les mantenía en las lilas del gobierno. En 
la noche del 27 de noviembre, la compañía de granaderos! 
la primera de fusileros del batallón Curicó habían dado el grito 

(t) Este pscnadron, compuesto de f 18 plazas, salió de San Fer- 
nando el dia 20 de noviembre i el 2o, a las pocas horas de haberse 
puesto en marcha desde Curicó, 57 de ellos se echaron sobre un 
convoi de armas que enconfrarotí en el camino i se piisieron en 
fuga hacia sus hogares, arrastrando a la mayor parle de sus com- 
pañeros. (Oficio del intendente de Colchagua, en que da cuenta al 
ministro de la guerra de este íuceso.-'San Fernando, noviembre 
■SI de tSof). 



292 HISTORIA DE LOS DIEZ Af«03 

de rebelión on el cuartel de Sanio Domingo de Talca, donde 
estaban acantonadas, sirviendo de base a la división de re- 
serva que organizaba con grandes tropiezos el coronel Lc- 
lelier (i). 

Al mismo tiempo, habían aparecido en armas los guerri- 
lleros Ravanales ¡ Nazario Silva, el primero en las montanas 
de Cumpeo, al oriente de Talca, i el último en los llanos do 
Chimbarongo; de manera que podia decirse que la linea de 
operaciones del ejército del gobierno estaba corlada en toda 
su ostensión, desde el Nublo hasta el Tinguiririca, i aun hasta 



(f) El suceso había tenitlo lugar de esta manera. A las siete 
(le la noche, las dos compañías mencionadas lomaron las ar- 
mas en el cuartel i prorrumpieron en vivas al joneral Cruz. 
Pusiéronse a tocar a degüello los tambores ¡ ya iban a forzar la 
puerta que defendía, mas con ruegos que con la fuerza, el oficial 
de guardia don Andrés Merino, cuando, en tan apurado momento, 
se presentó el resuelto coronel Lotolier con 8 liombres que había 
tomado de la guardia de la cárcel, i sin trepidar, mandó hacer 
fuego sobre los amotinados, de cuyas consecuencias murieron 2, 
sometiéndose los demás, pues algunos estaban ebrios, según se lia 
dicho. En el acto mismo, i con una violencia injustificable, Lete- 
lier hizo pasar por las armas a tres de los que se le designaron como 
promotores del alzamiento. Aquel jefe da, sin embargo, la razón 
de esta severidad en un oficio dirijido al ministerio de la guerra 
con fecha 28 de noviembre, en que dice estas palabras, e Como los 
sublevados no quisiesen deponer las armas, fué preciso hacer uso 
de todo el rigor militar, para contenerlos en sus avances hostiles, 
haciendo ejecutar a tres individuos de tropa, que habían sido los 
cabezas de motin. El peligro, añade, en que estuvo esta ciudad 
fué estremo. » 

Distinguéronse en este conflicto, sin quesean llamados a res- 
ponder por la sangre que en él se vertió, los oficiales del gobierno 
Vega ¡Hiiidobro, siendo este último un bizarro alférez de Grana- 
deros a cabailo, que habia dejado recientemente el claustro de U 
Academia militar para hacer la campaña del sur. 

El batallón Curicó fué dísuelto, en consecuencia de este motín, 
incorporándose su tropa útil al batallón Rancagua. 



DE LA ADUlMbíKAt.lO.N MONTT. 291i 

la capilal misma, donde so maquinaban Icnebrosos asaltos, 
mientras la guarnición quo prulujia a la autoridad no con- 
taba u¡ cieQ hombros capaces de soslcoer el fuego de uu 
combale. 

JVo ora menos difícil la situación do! jencral Búlncs dentro 
do su propio ejército. Ai llegar a Chillan, notaron con es- 
panto los empleados dül parque quo, a consecuencia de haber- 
se mojado las municiones en el paso del Nuble i del cañoneo 
do Monte do Urra, solo quedaban 4 paquetes por plaza, siendo 
aun mas escasos los cariuchos de la artillería (1). Tan grave 
era la dilicultad que el jcnoral en jefe resolvió despachar a 
la capital a su propio secretario don Antonio García Reyes, 
a fm de que, poniendo tanto secreto como dilíjencia en su 
misión, solicilase del gobierno el inmediato envió de pertre- 
chos. Aquel emisariií debió salir furtivamente de Chillan el 
23 o 24 de noviembre, mientras Cruz se mantenía en Boyen, 
pues llegó a la capital, en medio de la sorpresa de lodos sus 
habitantes, que no hallaban a que atribuir el misterio de 
aquel viaje, en la noche del 28 de noviembre. Formaba tam- 
bién parle esencial de sus encargos secreíos el exijir que se 

(1) Esle hecho importantísimo i sobre el que lian recaído tan- 
tas disputas está plenamente confirmado en el parte detallado de 
sus operaciones, que el jeneral Búines envió al gobierno con fe- 
cha 19 de enero de 1832. De él aparece que cada soldado no te- 
nia mas de 40 tiros de que disponer. Remedióse este mal, en 
cuanto fué posible, secando las municiones averiadas i constru- 
yendo algunos miles de tiros con dos barriles de pólvora qua 
liabia remitido el intendente Tirapegui al ejército revoluciona- 
rio i que a la salida de este quedaron olvidados en Chillan. 

Para ejecutar cslos trabajos, tan sijilosos como delicados, se 
comisionó al capitán de artilleria don José Timoteo González, 
quien se encerró en uno de los claustros del convento de San 
Francisco, con varios soldados de toda su conGanza que le ayu- 
daron en su tarea. 



294' HISTORIA DE LOS UlCZ AÑOS 

organizase a loda prisa una fuerte división de reserva en Tal- 
ca, remitiendo desde luego ai sud las fuerzas de aquel cantón, 
i se tratase a loda costa de enviar por mar una fuerza que 
obrase sobre la retaguardia de los sublevados, pues éstos, por 
aquella parte, se encontraban fuera de todo riesgo desde la 
desaparición de Zúüiga. 

Tal era \a. situación que babia alcanzado el osado jeneral 
Bülnes una semana después de baberse arrojado temeraria- 
mente mas allá del Nuble, en demanda de un enemigo cuyas 
verdaderas fuerzas le habla ocultado el patriotismo i el sijilo 
de todos los b abitantes del sud. 

Los mismos peligros que amenazaban al ejército del go- 
bierno trabajaban con la reacción del desalient^, el espí- 
ritu de los soldados I aun de los jefes caracterizados. 
Circulaban en la tropa rumores siniestros. Con la suspica- 
cia habitual del criollo chileno, decíanse unos a otros que 
aquella guerra era de parientes i acabaría como cosa de fa- 
milia, pues /a iban libres!, según la espresiondelos bivaques, 
i aun hubo un soldado de cazadores que se atrevió a recordar, 
en presencia de uno de sus oficiales (el capitán Villalon) i 
con una amarga ironía, el nombre de Paucarpaia... El mismo 
jefe de aquel cuerpo, que era el lujo del ejército invasor, el co- 
mandante Venegas, se retiró en estos mismos dias del servicio, 
preleslando enfermedad, i dando muestras de un profundo 
clesalienlo. 



IX. 



En tal estado de las cosas, la idea de dejar abandonado al 
enemigo casi a su propia impotencia dentro del cstenso con- 
vento de Sao Francisco de Chillan, donde el jeneral Bülnes 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 20!) 

lenia aeuarlolada en masa su ¡iifanlcria, venia casi por si 
misma a la mcnlo do lodos los hombres quo rodeaban al ¡o- 
neral Cruz i le prestaban su espada o suj consejos. Desdo 
quo Pando habia cojido casi con la mano, como se dice vul- 
garmente, un destacamento enemigo, mientras este almor- 
zaba en las casas de la hacienda de Virgnin, casi sobre el 
camino de Chillan a la capital, diseñábase ésta ya en el ho- 
rizonte como la fácil presa de las armas rebeldes; I sus en- 
tusiastas oficiales creian ver flotar al airo las banderas de la 
victoria en las encumbradas torres que se reflejan sobre el 
Mapocho. — «Marchemos sobro Santiago, (cuenta el secreta- 
rio Vicnüa que dijo al jeneral Cruz, con el acento de la ins- 
piración, a la vista de lo quo pasaba, al siguiente dia de ha- 
ber regresado a los Guindos). Vamos a levantar cuatro pro- 
vincias que nos esperan con los brazos abiertos. Bülnes no 
puede seguirnos, o si tal temeridad tiene, se perderá infali- 
blemente, siendo dueños nosotros de lomar la posición que 
mas nos acomode. El jeneral Cruz pareció impresionado por 
mi ¡dea i mis razones, añade el secretario, guardando silencio un 
largo rato, como quien medita arrastrado por una convicción o 
un fuerte presentimiento, i me dijo que mi modo de ver podía 
traer resultados brillantes ; pero que, abandonándola provincia 
de Concepción, entregábamos nuestros amigos i hadamos la 
guerra eterna, lo que no entraba en su política. «Búlnes 
añadió, sabe hacer esla clase de guerra, i seria una desgra- 
cia pública envolvernos en ella» (1). 

Aquella negativa del jeneral Cruz (que acusaba, mas que 
un egoismo de provincia, la ausencia de jenio revolucionario 
en aquel caudillo), no desalentó, sin embargo, a sus amigos 
i aun a sus subalternos. El jeneral Urrutia, sostenido pnr 

(1) Diario de campaña citado. 



296 HISTORIA DE LOS DIEZ A.ÑOS 

SU compadre ¡ araigo íülímo Alemparle, le pedia con ¡nslan- 
cia pusiese a sus órdenes una pequeña división de caballería, 
con algunos infaules a la grupa, para ocupar todos los pue- 
blos de las llanuras del Maulo, hasta dominar los vados de 
este rio. — Baquedauo le hacia iguales insinuaciones para pa- 
sar el Nublo con una fuerte división de caballeria i dejar 
corlado al eneQi¡¿o. El mismo secretario Vicuña hizo valer 
los ofrecimientos de Ensebio Ruiz i del ardoroso comandante 
Lara, a fin marchar hacia Talca, llevando con sus escuadro- 
nes i en calidad do procónsul a aquel ciudadano tan entu- 
siasta como resuello que veía en esta medida el triunfo deci- 
sivo de la causa porque taulosaños habia combalido sin fruto. 

La voz misma de la mujer hfabia llegado hasta el corazón 
del jeneral Cruz por el labio de una animosa matrona, seña- 
lándole el cauce de pacificas victorias por que debia lanzar 
la revolución. «Diga V. a mi nombre a nuestro amigo jene- 
ral {escribía la patriota esposa de don Manuel Zerrano al se- 
cretario Vicuña, con fecha 28 de noviembre desde Concep- 
ción) que soi de parecer que inmediatamente se ponga en 
marcha para Santiago a tomarse aquellas provincias, centro 
de lodos los recursos; que no lema que Concepción sea presa 
del enemigo; bástanles hombres nos quedan con que defen- 
derla i en caso que sus fuerzas no sean suficientes, con mu- 
jeres nos presentaremos al fíente. Cuando bai patriotismo 
se aumenta el valor» (1). 

Pero, a todos aquellos esfuerzos, el jeneral Cruz oponía la 



(1) E?ta carta fué tomada orijinal en la carpeta del secretario 
Vicuña sobre el campo de Loiigoinilla. Devolvióla después a su 
autora el jeneral don Manuel García, cuando aquella era su hués- 
ped en la capital, por el mes de setiembre de 1852, i al po- 
nerla en sus maiio>, le dijo. estas palabras que, dentro de la 
brusquedad de un soldado, coiiletiian la Sülucíou de la época de 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. ¿97 

inorcia de sus vacilaciones I argumenlos Jo ia cslraU'jia mi-' 
lilar quo le aconsejaba nodesíuembrar su ejército on j)icsencia 
del enemigo. I sin embargo, uno do los mismos jefes de 
éslo, veulajosamcnlo conocido por sus conocimientos eslra- 
téjicos, decia a esta sazón. «El jenoral Cruz podía habernos 
tomado dos jornadas con dirección a Santiago sin que nosotros 
lo bubiésemas sabido» (1). 



X. 



Así fracaso la ocasión mas propicia que se presentó a la 
revolución del sud de coronar su obra de redención. Cupo 
la culpado aquella falla únicamente a su caudillo, quien pagó 
por ella demasiado aprisa, con la desafección de sus soldados, 
la amarga censura de sus suballernos ¡ las discordias a que, 

que nos ocupamos. — «Toma diablo tu papel, que si hubieran se- 
gui(]o tus consejos, otro gallo nos cantara!» 

El mismo gobierno de la capital llegó a tener por cosa segura 
aquel movimiento del «jército revolucionario sobre el Maule, 
tan natural i lójico era que lo emprendiese. Bajo esla convicción, 
el ministro Varas escribía, con fecha' 2 de diciembre, al coronel 
Lelelier, comandante del cantón de Talca i jefe de la reserva, 
que hiciese cuantos esfuerzos estuvieran a su alcance para de- 
fender la línea del Maule i disputar su paso al enemigo. Para e.«- 
te mismo efecto, le prometía enviarle ausiiios por mar a Consti- 
tución í principalmente cañones, con el objeto de montar baterías 
en los vados de aquel río. 

Sin embargo del profundo ¡ justísimo temor que estos aspec- 
tos revelaban en el ánimo del ministro, decia este, en las comu- 
nicaciones citadas, a las autoridades de Talca, las siguientes pa- 
labras características. — «Le repilo que Cruz será perdido si se 
dejase perseguir por la retaguardia i que no temo este movi- 
miento». — Letelier, sin embargo, habia declarado al intendente 
Cruzat que le era imposible contener al jeneral Cruz en el paso 
del Maule. 

(1) El comandante Silva Chaves en so diario citado. 

38 



298 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOíi 

por enconliados pareceres, se entregaron los principales je- 
fes que fe acompañaban como leales amigos, ¡ que, desde en- 
tonces, se hicieron suspicases ¡ desconfiados. Pero lo mas 
cruel de aquella espiacion, cuyo último trago debia aquel 
infortunado caudillo ir a apurar a orillas del estero de Pura- 
pel, seria el camino de la traición que dejó abierto con su ina- 
movilidad asu enemigo, para que, envuelto en las sombras do 
la noche, viniera, por medio de ocultos emisarios, a poner a pre- 
cio de oro o de grados militares la defección de sus tropas. 



XI. 



El jeneral Cruz, en efecto, perdió lastimosamente los dias 
que se sucedieron entre su regreso de Boyen i la escapada 
del jeneral Bülnes de Chillan (1). Todo lo que hizo con su 



(1) Solo el 28 consintió el jeneral Cruz en que Urrutia se di- 
rijiese a la provincia del Maule para sostener a Pando, dándole 
por única fuerza, para apoderarse de los pueblos fortificados del 
Parral i Linares, los escuadrones mal armados de Souper i Arce, 
el último de los que se ccmponia principalmente de huesos 
de la hacienda de Virguiu, propiedad de su comandante. Dijese 
que ÍJrrutia había solicitado, i con sobrada razón, qno se le fran- 
quease una compañía del Carampangue para la consecución de 
los planes que se le encomendaban, pero que el jeneral Cruz le 
había dado por respuesta, si hemos de atenernos a io que dice Za- 
ñartu en sus anotaciones citadas, estas únicas ¡ tercas palabras. 
Haga V, lo que se le manda! 

El 27 se había incorporado al ejército la compañía del batallón 
Rancagua hecha prisionera por Pando, pues los 44 soldados de 
que se componía, se alistaron voluntariamente i fueron agrega- 
dos al batallón Lautaro, que era el mas reducido en número de 
plazas. Junto con este pequeño refuerzo, se entregaron al inten- 
dente Alemparte varias cajas con vestuario que aquella tropa 
conducía para el ejército del jeneral Búlnes. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 2ü9 

üjórcilo (luranío los dias íáG, 27 ¡ 28 de noviembre, fué ve- 
nir a siluarse en Jinca a ¡nmciüafiones de! pueblo, en una 
llanura abrasada por el calor de la cslacion ¡ donde, era 
mas que probable, el jeneral Húlnos babria renovado la es- 
cena de Cancbarayada en 1818 (pues el ejército revolu- 
cionario no ofrecía reparo alguno por sus flancos contra una 
sorpresa nocturna], si no lo aconteciera que su feliz estrella 
le alumbraba en las tinieblas que le rodeaban una senda mas 
segura que le encaminarla a sus fines: esta senda era la del 
oro, cien veces mas poderoso que el acero en las contiendas 
civiles. 



XII. 



No haríamos este grave cargo al ¡lustre jeneral que se 
liabia abnegado hasta hacerse el delegado del pretendiente, a 
quien un compromiso de bando, no su voluntad de hombre 
ni sus votos de ciudadano, habian elevado a la primera 
majislratura de la Ilcpúbüca, sino se lo hubiese hecho el 
misaioen sus propias comunicacion-es oficiales. «Este tiempo 
(le forzosa inacción para el ejército, dice en efecto el jeneral 
en jcfo de éste, en el parte de sus operaciones que varias 
veces hornos citado, fué ocupado por mí en promover acti- 
vamente en algunos lugares de la fronteras 1 pueblos de la 
provincia del Nuble, una reacción en favor de la causa del 
orden.» 

I tan lejos estaba, en verdad, el jeneral Búlnes de haber 
contradicho con ios hechos sus palabras, que uno de los 
propios jefes de cuerpo del ejército revolucionario, el sárjenlo 
mayor Molina, comandante del batallón Alcázar, llevaba ya 
en sus bolsillos el despacho deteniente coronel de ejército? 



300 HHTORIA Df- LOS DIEZ AÑOS 

firmado por el jeneral Dúliics, bajo cuyo gobierno aquel era 
solo un'siiuple capitán (le! Carampangue. 

Por olra parle, uuo de los propios ayudantes del jeneral 
Cruz, don José Maria de la Maza, habia sido despedido del ejér- 
cito por sospechas do connivencia con el jeneral Ruines, do 
quien era amigo personal ¡ vecino en sus propiedades de las 
Canteras, mienlrasel mayor Labarca, otro ayudante de campo 
del jeneral en jefe, era sometido ajuicio a virtud de iguales 
desconfianzas, confirmadas mas tarde en el campo de Lon- 
gomilla; decíase también que el capitán Gonzalos, sárjenlo 
mayor del Carampangue, daba muestras de visible desafección, 
i solo le abonaba en su fidelidad la palabra del jeneral Ba- . 
quedano, de quien era pariente la mujer de aquel oficial ; i 
circulábase, por último, en el campamento revolucionario la 
voz de que en la caja militar del jeneral Bülnes venianSO mil 
pesos on cóndores «para comprar jefes», según las palabras 
que usaban los soldados, i en efecto, se hablan visto algunas 
(le aquellas monedas, que entonces se sellaban en Chile por 
la primera vez, i que no podian venir al campo rebelde sino 
por manos escendidas i con siniestros propósilos. 

Por olra parte, el descontento de los jefes superiores era 
evidente, ¡ de aqui orijinábanse celos de lal carácter que 
amenazaron luego convertir el casorio de los Guindos en un 
campo de Agramante. El susceptible jeneral Baquedano so 
manifestaba quejoso de ciertas reconvenciones por el servicio 
que le habia hecho el jeneral Cruz, i fué preciso la amistosa 
intervención de Vicuña para calmarle, ürrutia, nombrado 
oomandanle jeneral de caballeria, encontraba frecuentes 
ocasiones do ponerse en pugna con Baquedano, que, aunque 
desempeñaba el cargo de jefe de estado mayor, retenia el 
mando de aquella arma ; i por úüimo, el mismo intendente de 
ejército ponia a prueba su índole inquieta, tomando partido, 



PE LA ADMINISTRACIÓN MOMT. 301 

ya por eslos o los oíros desús amigos, en estas ííncrcllas, que 
no nacían ilc malas paáioues, sino do la inercia i do las cou- 
trariodadcs de la campaña. Si el joneral Cruz hubiera seña- 
lado a cada uno ?u puesto i lomado él el suyo, a fin de lan- 
zarse a buscar la gloria i la libertad en el fuego de las 
batallas, una sola voluntad les habria reunido a lodos en la 
empresa. Error inmenso fué aquel de dejar ociosos lodos 
aquellos espíritus do suyo desasosegados que habían buscado 
en la revolución pábulo al ardor do sus caracteres, no mo- 
nos que la ardua realización de sus ambiciones jcnerosas 
o mosquinas ! 

Doscendiendo a lo? jefes mas suballernos, se nolaba idén- 
tico desabrimiento en los ánimos. El indómito Eusebio Ruiz 
no hacia caso alguno do las órdenes de su inmediato jefe el 
jeneral Baqucdano, de quien, en su juventud, había sido ca- 
marada. Alejo Zañartu se asociaba a su hermano en su tene- 
brosa reserva, 1 llevaba ademas en su pecho el baldón do 
una palabra afrentosa quo le había dirijido cierto día el je- 
neral Cruz, llamándole éste cobarde, una mañana que trazaba 
sobre un plano la posición que debía ocupar el ejército, i 
señalábale Zañartu un punto que era de muí fácil defensa. 
En cuanto al coronel Puga, el otro jefe superior de caballe- 
ría que aun no hemos nombrado, sabido es que, desde 1822, 
cuando a traición prendió en Quechereguas al jeneral Cruz 
(entonces comandante de su cuerpo), una honda enemistad 
los dividía, i que, apenas, a viilud de influjos mal aconsejados 
delinlendenlc Vicuña, obtuvo aquel un puesto en el ejército 
revolucionario. 

Solo resplandecía una fúijida lealtad, un caloroso entu- 
siasmo, una fcjcnerosa encaminada al sacrilicio i a la gloria, 
en el pecho de aquellos nobles jóvenes, columnas inconlras- 
tables do la revolución, que derribó el plomo en Longomilla 



302 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS ■ 

O cubrió después como un sudario de vergüenza el pació de 
Purapor. Conspicuos entre estos nombres, la historia rejistrará 
los do Souper i Saavedra, Videla ¡ Lara, Urriola i Benaventc, 
Robles i Tenorio, Gaspar i Apolonio, Zúniga i ürizar (1). 

(1) La fosa de este valiente soldado, abierta en Longomiila a 
los primeros disparos de la artilleria enemiga, sepultó, sin duda, 
muchos secretos. Veíasele siempre preocupado en el ejército i 
continuamente manifestaba a sus amigos, que él escojia éntrelos 
jóvenes, temores mas o menos descubiertos sobre el carácter 
de ciertos jefes, i las consecuencias que el oro i las intrigas del 
enemigo podian acarrear sobre los leales. Al siguiente dia del 
encuentro de Monte de Urra, él habia suplicado al secretario 
Vicuña, cou las mayores instancias, que consiguiese de Cruz el 
emprender en el acto mismo, i antes que Búlnes entrara a 
Chillan, una batalla decisiva, manifestándole que tenia motivos 
para esta exijencia. Dos dias después, ocurrió el siguiente lance 
que vamos a dejar referir al mismo Zañartu con sus propias 
palabras. Estas envuelven, no solo indicios, sino una prueba 
de la sorda fermentación de descontento que cundia en el ejército 
revolucionario. Dicen asi: — «El 22 se presentó en mi alojamiento 
el teniente coronel don Pedro José Urizar, i me dijo: « el jeneral 
Cruz anda bien enfermo, señor; si tenemos la desgracia de perder- 
lo, todo se volverá un desórdefi; i para evitarlo, preciso es que 
nos fijemos en un jefe, que aunque carezca de conocimientos 
militares, tenga algún prestijio; i yo estoi por el jeneral Urrutia 
para que tome el mando del ejército, pues yo no sirvo a las 
órdenes de Baquedano. Díjele que asentia en su pensamiento 
porque el jeneral que me indicaba era un sujeto a quien respe- 
taba como jefe i amaba como amigo. Este acuerdo seguramente 
se lo trasmitió luego Urizar al jeneral en jefe, quien entendién- 
dolo de diverso modo, entró en recelos, pues en la tarde se me 
aseguró que, hallándose éste con el jeneral Urrutia i otros sujetos, 
habia dicho: «Si tuviera dos hombres como don Bernardino 
Pradeí, la patria seria ft-liz.» E?ta noticia me hizo inferir la cansa 
que diólugar para que el jeneral Cruz se espresara en esos tér- 
minos, en presencia de uno de sus principales jefes i de quien 
no tenia el menor motivo de desconfianza, pues era sn íiel i 
verdadero amigo; pero no quise decirle al señor Urrutia mis 
sospechas, i por consiguiente, ignoro Ja conversación confidencial 
a que me provocó Urizar, haliándose presente el comandante 
del batallón Alcázar don Fra/icisco.Molina. 



l)K LA ADMINISÍRACION MüNTT. 



30:^ 



XIII. 

Pero, como hemos ya dicho, cu el cjércüo de! gobierno 
aparecían los mismos sin lomas do dcsconlenlo que acabamos 
(le observar entre ios rebeldes, salvo que en aquellos era el 
abalimienlo i en los úllimos el aguijón del despecho lo que 
daba jérmon a la simiente de la discordia. Era demasiado 
.sabida la antigua enemistad de los jefes mas importantes que 
.sostenían al gobierno, el uno como jeneral en jefe, como co- 
mandante jcneral de la infantería el otro. El coronel García 
no cuidaba tampoco de ocultar su poca sumisión al ministro 
de la guerra Gana, quien, a su vez, tenia desazonado al jene- 
ral Rondizzoni, pues, habiendo este recibido el título de jefe 
de estado mayor, llenaba aquel sus veces, dándole solo a 
firmar los pliegos que contenían sus órdenes. El comandante 
jeneral de caballería, coronel don José Ignacio García, a su 
turno, se manifestaba desconcertado por el mal éxito de sus 
operaciones el día 19 de noviembre, i de tal manera era 
grave la situación de losespíritus,apesar de la inmensa ven- 
taja de disciplina, que contaba a su favor el jeneral Bíilnes 
en la organización de su ejército, que era preciso todo su 
prestíjio personal, a fin de no dar lugar a diarios rompimicn- 
los entre sus jefes mas acreditados. 



XIV. 



Con su sagacidad acostumbrada, comprendió al fin aquel 
caudillo lo critico de su posición en Chillan, pues la única 



304 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

■ventaja que ahí alcanzaba de fomentar la reacción en el eno- 
niigo por medio de sus numerosas relaciones en aquel pue- 
blo, solo podia dar sus frutos a la larga. I cuando llegaron 
a sus oidos las quejas de los soldados, junto con la abierta 
declaración que hacia el comandante Venegas de no volver 
a desenvainar su espada en pro de los intereses del gobierno 
de la capital, i supo, por otra parte, que el jeneral Urrulia se 
dirijia hacia el Maule con fuerzas de caballería, resolvióse 
en el acto a poner fin a tan apurada situación. El pensamiento 
salvador de acometer el repaso del Nuble i seguir a marchas 
forzadas hasta encontrar sus reservas en el Maule, le alum- 
bró en sus conflictos, i pocas horas después, aquella inspira- 
ción atrevida era un hecho mas atrevido todavía. 

Sucedía esto en el cuartel jeneral de ChillaQ en la noche 
del viernes 28 de noviembre. 



XV. 



«A las diez í media de la mañana siguiente (29 de no- 
viembre), cuenta Vicuña en su diario de campaña, fui a ver 
al jeneral Cruz a su tienda i me dijo : — Tenemos novedad ! 
Búlnes va a salir de Chillan. Acabo de tener aviso; pero 
debo recibir luego otro mas positivo.» 

Una hora después, la noticia de que el enemigo abando- 
naba a Chillan confirmóse por varios conductos, pero sin que 
ninguno de los emisarios que llegaba al campamento de Calo, 
donde aquella mañana se encontraba el ejército revolucio- 
nario, piuliese dar cuenta del rumbo que iba a lomar en su 
marcha. Sospechó un instante el jeneral Cruz que el intento 
de su despechado contendor era dírijirse a la provincia de 



l)i: LA ADMIMSínACION MONTT. 30o 

Cíinccpcion (1), resuello a casli^jar su alzamicnlo; i en su 
primera alarma, dijo a Vicuña cscrihicso en el aclo al inlcn- 
(ionlo Tirapegui> para que, sin pérdida do mümenlos, pa- 
sase el Bio-biu con todas las fuerzas que pudiese reunir, 
llrívándose consiga a los principales partidarios decididos del 
gobierno i despojando de su velamen a los buques surlos en la 
bahía de Talcahuano, afín de que el invasor no se aprove- 
chase de aquel elcmenlo de movilidad. Mas, luego que el 
viejo caudillo do Penco supo que el enemigo no lorcia su 
rumbo hacia su predilecla provincia natal, sino que se apro- 
ximaba a los vados del Nuble llamados de abajo, dijo las 
siguientes palabras que manifestaban su confianza en el 
nuevo aspecto que tomábala campaña— Z^í^íyí aBúlnesdos 
mil pesos de mi bolsillo si este movimiento fuera efectivo. 

I luego, como herido de una inspiración grata a su pa- 
triotismo, esclamó — «Este movimiento del enemigo ahorra 
600 víctimas a la República, pues este será el número de 
muertos en una batalla». I un momento mas tarde volvió a 
decir, confirmando sus lisonjeras impresiones ¡ dirijiéndosea 
su secretario que le interpelaba — (.(Señor don Pedro, al enemi- 
go que huye, puente de plata!)). 

En este axioma de eslratejia militar estaba escrita oirá 
vez la ruina de la revoluciog. 

El jeneral Eúines, en efecto, no huia. A! contrario, iba en 
busca de su centro natural, recobraba su propia linea de 



(1) Pudo inducir al jeneral Cruz a esta suposición la circuns- 
tancia de haber salido en la tarde o en la noche de la víspera una 
columna de Cazadores a caballo en dirección hacia el Itata. Pero 
el verdadero objeto de este movimiento fué sorprender las parti- 
das armadas que el subdelegado de Búliies tenia en aquella aldea 
i las que fueron efectivamente desbaratadas con alguna levo 
P'jrdida. pues los Cazadores caycro.n sobre cilos de sorpresa. 

39 



306 , HISTOniA DE LOS DIEZ ASOS 

operaciones í marchaba en demanda de poderosos recursos, 
de que solo la distancia le lenia privado. Estaba, por consi- 
guiente, su operación tan lejos de ser una fuga que podía 
considerársele mas bien como su reorganización. Dcslumbrá- 
base pues el jeneral Cruz con una fatal quimera, que no 
tardaría en acarrearle su completa ruina, i eslo tan aprisa 
que, una se.mana mas larde, el fatal cañón de Longomilla 
anunciarla a los chilenos los próximos funerales de la re- 
volución. 

XVI. 

xVjuslü pues el mal aconsejado jeneral de las tropas de la 
revolución todas sus operaciones de aquel dia ¡ de los subsi- 
guientes a su idea favorita de que la retirada del enemigo 
era una fuga; de manera que, en vez de emprender su mar- 
cha a las diez del dia, para picar activamente la retaguardia 
de aquel i hoslilizarie en el paso del rio, movió su campo 
solo a las dos de la larde, perdiendo cuatro horas, preciosas 
en aquella coyuntura. 

Como para reagravar error de tanta trascendencia, verificó 
el ejército revolucionario su tardia marcha, describiendo una 
curva hacia el pueblo de Chillan, en lugar de dirijirse por 
la márjen del Nuble, pues era conocido el intento del enemigo 
de pasar el rio por uno de los vados situados al poniente de 
aquella ciudad. 

Eran estos pasos, sin contar con el de Cocharcas que in- 
tercepta el camino real, los llamados de Dadinco, la Alai el 
Guapí, o los Maquis, hacia el occidente. 

Dividíase el rio, en el último de estos vados, en cuatro o seis 
eslensos brazos, por la interposición de varios islotes que cor- 



DE LA AüMIMSTUACION MONTT. .'i07 

laban las coirionlüs. El |)aso del Ala era al^o mas cslrcclio, 
i por úllimo, el do Uailinco ofrecía la comodidad do |)oder 
ulilizar una lancha qiio ahí habla, aunque la rapidez de la 
comento era en esla parle mui viólenla. 

El jcncral Búlncs había llegado, al caerla tarde, al vado del 
Ala en los moinenlos que el ejército revolucionario pasaba 
írenlo al vado do Dadinco. Mas, como el jeneral Baquedano 
se hubiese adelantado con la caballería, furmó aquel su linea 
do batalla en la alta barranca del río ; i resuello a aceptar el 
combate, si el enemigo veíia a provocarlo en su casi deses- 
perada situación, destacó sus guerrillas al mando del esforzado 
Vallejos sobre las descubiertas de carabineros que conducía 
en persona el comandante Alejo Zañartu. Pero, como elcjér- 
cilo revolucionario viniera mui a retaguardia, empeñóse solo 
un breve tiroteo del que resultaron seis muertos de ambas 
partes. 

Cuando yaiba a oscurecerse, el jenerál Búlnes, maniobran- 
do con ostraordinaria habilidad, se trasladó al. vado del Gua- 
pi, mientras el ejército revolucionario ocupaba lentamente 
las posiciones que había abandonado aquel, frente al paso 
del Ala. 

En esla situación respectiva se acamparon ambos ejércitos 
a una distancia de cuarenta a cincuenta cuadras entre si, en 
la noche del 29 de noviembre. 

XVII. 

A cualquiera hombre de guerra, le habría parecido impo- 
sible que, en aquellas circunstancias i en la oscuridad de 
la noche, un jeneral de mediana intelijencia se atreviese a 
emprender cl paso de un rio caudaloso, casi a la vista de 



308 HISTORIA DE LOS DIEZ A^OS 

un enemigo mucho mas poderoso, que venia en su scgui- 
mienlo, Pero si aquel intenlo era a todas luces temerario, 
habia en su propia audacia una razón suficiente para que un 
jefe del carácter del jcneral Búlncs lo acometiese; i así 
sucedió en efecto. 

En las primeras horas de la noche i cuando la clara luna 
de noviembre alumbraba la campiña casi en la plenitud do 
su primer cuarto, ordenó el jeneral Búlnes el paso del rio, 
a cuyo efecto, dispuso que la caballería montase ios infantes 
a la grupa i fuese pasando un cuerdo tras otro, hasla qu3 ni 
un solo soldado hubiese quedado en la ribera meridional del 
Nuble (1). 

Desde las siete u ocho de la noche, comenzó el ejército del 
gobierno a entrar al rio, i solo a la siguiente mañana hablan 
concluido de pasar los últimos cuerpos. Jamas, empero, se 
vio en ejército alguno una escena de mayor confusión. Todos 
se apresuraban a pasar i se esponian a ser arrebatados por 
las corrientes, a trueque de no quedar aislados en la raárjen 
opuesta del rio que ocupaba el enemigo. La luna alumbraba 
aquella escena de profundo desaliento i el murmullo de las 
corrientes apagábalos ecos de los que a media voz comuni- 

(1) Al referir esta operación militar, que será una de las hazañas 
deque mas deba enorgullecerse el jeneral Búlnes, he aquí como 
se espresa el comandante Silva Chaves en su diario de campaña. 
«El jeneral, dice, estuvo indeciso sobre si pasaria o nó; me llamó 
i me pidió mi parecer, yo le contesté lo siguiente: «Que roe pare- 
cia indispensable pasar el Nuble: i." porque necesitábamos res- 
tablecer nuestra comunicación con Santiago: 2." porque Ja batalla 
debíamos darla al norte del Nuble: que asi el enemigo no poJria 
rehacerse en la derrota, niiéntras al sur de Nuble tomarla con 
facilidad las fronteras i nosotros no teníamos tropas con que seguir 
adelante por ser cívicos, que estaban violentos por el término 
déla campaña.» Al jeneral le parecieron bien mis observaciüiics 
¡se mandó vadear el rio.» 



DE LA ADMINISTRAnON MONTT. 309 

cabaii las órdcuos a los diforcntes ¡ desordenados grupos eo 
qiio so habia fraccionado ia Iropa cnlromesclándose las Ircs 
armas. La caballería iba i venia de una ribera a otra, cou- 
diiciendo a los infantes i estos estaban disominados en árnbas 
márjcnos o en los islotes que dividían el rio en varios i des- 
parramados raudales. «El ejército, dice un testigo de vista, se 
dispersó complotaincnle : la infantería en la ribera del rio, 
i la arlillcria atollada en el agua. En esa noche, a cualquier 
amago de ataque, nos habriamos fusilados unos con otros; 
pero el enemigo andaba despacio i lo mismo hicimos nosotros 
a su vez» (1). 

XVIII. 



Entre tanto, ¿qué sucedía en el vecino campamento del 
ejército rebelde? He aquí lo que nos refiere, sobre las eslra- 
fias anomalías de aquella noche memorable, otro testigo pre- 
sencial. «A las nueve de la noche, dice uno de los ayudantes 
del eslado mayor (2), llegó un hombre a la tienda del jene- 
ral Baquedano i le avisó que el enemigo comenzaba a pasar 
el rio. ^Este es un precioso momento, dijo Baquedano, para 
concluirlos » , i me ordenó lo acompañase donde el jeneral 
Cruz. Le puso en conocimiento del paso del enemigo, i le pidió 
dosescuadrones de caballería con infantesa la grupa, diciéndo- 
lequese comprometía a dispersar todo el ejército con nada 
mas que una descarga. Quedó Cruz un momento pensativo i 
parecía daba asentimiento a lo que le pedia Baquedano r*l)ero 

(1) Silva Chaves. Diario de campaña. 

(2) Don Bernardo Vicuua. Apantes citados. 



íilO niSTOHiA DE LOS DIEZ AÑOS 

luego le contestó. — No,jencral\ Nopoleon decia, al enemigo 
(jue huye-, puente de plata. Baquedaiio no ¡nsislió». 

No habíamos pues padecido error al decir, en una de las 
pajinas anteriores de este libro, que aquella máxima militar, 
citada tan fuera de propósito por el jeneral Cruz,iba a servir 
de epitafio a la revolución. Perdida aquella coyuntura de 
desbaratar cotí la presencia de una sola compañía de tiradores 
todo el ejército enemigo, el jeneral Cruz iba solo a buscar 
su tumba a orillas del Maule (1). 

Cuando amaneció el dia 30 de noviembre, i se anunció en 
el ejército rebelde que el enemigo habia pasado el Nuble sin 
que un solo disparo le hubiese molestado en aquella difici- 
lísima operación, el estupor aparecía pintado en lodos los 
semblantes. Los jefes, los subalternos, los soldados mismos, 
lio podían imajinarse que aquello hubiera tenido lugar como 
se les contaba. Una violenta reacción comenzó a operarse 
desde aquel instante en los espíritus. El preslíjio del jeneral 
Cruz descendió desde el solio en que le habia colocado el 



(1) Parece en verdad inconcebible que un jeneral tan vijilante 
i tan esperimentado como el jeneral Cruz permaneciese toda 
aquella noche en la mas completa inacción. Permitiéndonos no- 
sotros hacerle cargo por esta circunstancia, i con aquella fran- 
queza que la hidalguía de su liospitalidad autoi izaba, nos res- 
pondió que él mismo habia formado una columna escojida do 
tiradores que habia puesto a las órdenes del comandante Drizar 
i se preparaba para dirijirse a atacar a Búlnes, cuando, burlado 
por los espías que tenia a su servicio, vino a saber que ya todo 
el ejército enemigo estaba del otro lado. Pero, a nuestro entender, 
lio será jamas una razón que ponga a salvo la responsabilidad 
de nn jeneral en jefe el engaño de un espía. Mas presumible es 
que el jeneral revolucionario no se resolviera aquella noche a 
emprender ningún movimiento hostil en fuerza de su arraigado 
error de que debia dejar espedíta la fuga del enemigo, o talvez 
porque le parecía imposible que el jeneral Búlnes, por muí osado 
que fuese, no s? atrevería a acometer tan temeraria empresa, 



DÉLA ADMINISTRACIÓN MONTT. .Jll 

aura popular liasla las chanzas, ya malignas, ya iracundas 
(le los bivaqucs. — «Qué le importará a cslo tai.... tlecian los 
solilailos, haciendo uso do una ¡nlerjeccion erainentemenle 
soldadezca, que mueran en la guerra, si él no ha de ponerse 
donde lo maten! Otros decían. — «La revolución sigue con la 
saliva del íricau.n Y otros, en fin. — «Esta es la guerra délos 
primos, i nosotros andamos siguiendo de tontos» (1). 

XIX. 

La admirable maniobra del paso del Nuble, por el ejército 
del gobierno, cambió totalmente la faz de la campaña. To- 



(1) ((Frase inclía, que quiere decir papagayo, de que los solda- 
dos hacen uso cuando, sin tener dinero, juegan i le ganan al que lo 
tiene, i como no les daban diarios ni sueldos, creían que andaban 
sin plata.» { A^oía del coi'onel Zañartu.) 

Por lo demás, todos los jefes estaban de acuerdo en desaprobar 
la inacción del jeneral Cruz en aquella coyuntura decisiva de 
la campaña. «Si el jeneral hubiese atacado esa noche, dice el mis- 
mo Zañartu en los apuntes citados, i que nos ha remitido como 
complemento de su diario de campaña, es mui probable que hu- 
biera logrado hacer una gran dispersión dejos cuerpos veteranos 
que aun quedaban en la playa sur del rio Nuble, i un desaliento 
en los cívicos que estaban en la parte norte del mismo rio, sin 
pérdida de mucha tropa, pues esta tenía lugar de colocarse en la 
orilla de la barranca, mientras el enemigo ocupaba el bajo donde 
se hallaba espuesto a ser desordenado i disperso en los primeros 
fuegos; pero creo que ni espías se mandaron. » 

El jeneral Baquedano, que, como hemos visto, se había ofrecido 
a dirijir él mismo el ataque aquella noche, reasumiendo todas 
las operaciones de este dia memorable, se espresa en los tér- 
minos siguientes, en una carta que ha tenido a bien dírijirnos, 
con fechade 29 de abril último, i que ya hemos citado. ((Ence- 
rrado Búlnes en Chillan, dice, conoció sin duda que sus fuer- 
zas no eran suficientes para vencer el nuestro, i salió precipita- 



312 HlSrORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

(las las ventajas ailqiiiiiilas por el jciieral rebelde so perdie- 
ron en aquolla falal jornaJa, que equivalia en sus resultados 
a una espléndida victoria del eneíaigo. Dirijíase éste, en 
efecto, al centro de sus copiosos elementos de acción (1), i 
el ejército del sud se alejaba de los suyos. El jeneral Búl- 
nes huía en apariencias i, en realidad, atraía a un teatro 
propio, en que lodo le seria favorable, a su alusinado rival. 
La línea del Maule iba a ser suya, después de haberla te- 
nido perdida casi sin remedio i por tantos días. Por otra 
parte, corapueslo su ejército de jenle colectada en las pro- 
vincias centrales, venia aquel de tal manera compacto que 
según las propias palabras del jeneral que lo mandaba «no 



dnmente de aquella ciudad en busca de aasilio. Entonces se nos 
presentó otra ocasión de hacer pedazos al ejército de Montt, pero, 
estando a distancia nuestra infantería del lugar en que Búlnes 
pasó el Nuble, no fué posible conseguirlo. Yo propuse aCruzíjue 
me diera un batallón de infantería i tres o cuatro escuadrones de 
caballeria, i me prometía sorprender ei ejército enemigo, como 
sin duda habría sucedido; pero Cruz creyó dudosa la empresa i 
quiso pensarlo, sin resolverse hasta el día siguiente, cuando ya 
el ejército do Búlnes habia pasado el Nuble. Desde este momento, 
nuestro ejército fué perdiendo el entusiasmo, ¡ como era forma- 
do de voluntarios, la mayor parte con familia, no tenían mucha 
voluntad de alejarse de sust;erra'?, así es que, al pasar el Nuble, 
notamos que habia desurcion. I hasta ios indios, en sa mayor, 
parte se volvieron.» 

En cuanto a la idea que se liabia formado el jeneral Búlnes de 
su niovinuento sobre el Nuble, he aquí sus propias palabras, 
copiadas del parte jeneral de su campaña que ya hemos citado. 
«Cualquiera indecisión, dice, habría frustrado una operación tan 
difícil. Para llevarla a efecto, era necesario olvidar eompieta- 
menle los peligros i obrar con una prontitud de que no haj 
t'jemplo.» 

(1) Parte jeneral d^ la campana ya citado. 



DC LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 313 

perdió en su rcliraíJa ni una prenda del vesluajio» (I). Suco- 
dia, cntrélanlo, loih) lo conlrario al ejércilo rebelde, cuyas (ro- 
pas volunlarias i sin disciplina veian prolongarse sin fruto la 
campaña ¡ se alojaban cada dia do sus Logares; de suerle que ¡a 
ruta de los llanos, entro el Nuble i el .Alaulc, iba a quedar 
sembrada de dispersos. 

(1) El gobierno de la capital se lisonjeaba, por estos mismos (lias, 
con la esperanza de formar un segundo ejércilo con (jue reforzar 
al jeneral Biiínes, o socorrerlo en caso de fracaso. Según una co- 
municación del ministro Varas al intendente de Talca, que ori- 
jinal tenemos a la vista, el gobierno podia ecbar mano, al nié- 
nos, de4mil soldados, en todas las provincias que aun estaban 
sometidas a su autoridad. 

Según el cómputo que Iiacia el ministro, aquellas fuerzas po- 
dían reunirse en un punto dado en el término de un mes, i a la 
fecha de la comunicación (24 de noviejnbrc), se contaba con que 
podian organizarse de la manera siguiente. 

La provincia de Coquimbo tenia 800 infantes, de los que 400 
eran disciplinados i 25 artilleros, ocupados en sitiar a la Serena, 
i a mas un escuadrón de cazadores a caballo. La de Aconcagtta 
contaba con un destacamento del batallón Yungay i 40 soldados 
de caballería de la policia de Santiago. Podia dar ademas 400 
milicianos de esta última arma. En la de Valparaíso, se encon- 
traba el batallón 3.° de Unea con 4-^0 plazas; habia ademas un 
destacamento de granaderos a caballo i se creía que podia con- 
tribuir con 600 guardias nacionales. 

En la capital, existian el batallen Santiago, con 800 hombres, 
100 artilleros, 262 granaderos de nueva formación i se pondrian 
sobre las armas 500 cívicos capaces de tomar el campo. 

I por último, en Colchagna, ademas del batallón de San Fer- 
nando que constaba de 200 plazas, podrian salir a campana oOO 
milicianos de caballeria. 

Haciendo la abultada cuenta de estos recursos, ci ministro de- 
cía. — «Si hubiese un revés, podríamos poner sobre las armas, en 
el espacio de un mes, cuatro mil hombres, quedarían el triunfo 
de la causa del orden a las orillas del Maule.» 

Olvidaba solamente el señor Varas lo que dirían los pueblos 
i ese mismo ejército con que él contaba, después del revés que 
presentía. 

40 



314 UISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

En aqjiiella marcha do los dos ejércitos hacia el Maule, que 
hace recordar la que, encircunslancias casi análogas, empren- 
dieron los jenerales O'Higgins i Gainza en 1814, solo habia 
en verdad una engañosa apariencia do venlajas para el jene- 
ral Cruz, mientras el enemigo iba a recojer lodos sus frutos, 
como en seguida vamos a verlo, siguiendo a ambos en su rá- 
pida marcha por los llanos. 

XX. 

El dia 30 de noviembre, el jeneral Búlnes se adelantó solo 
hasta la hacienda de Changaral, dos leguas al norte del Nuble, 
habiendo sido retardado, por las dificultades que encontró su 
artillería en el paso del Guapi. El ejército rebelde, al con- 
trario, permaneció en la opuesta orilla, sin darse mucha 
prisa. Aunque el santo i seña de la orden del dia había sido 
— los enemigos huyen despavoridos, i se prescribía en aque- 
lla, antes de amanecer, que los cuerpos estuviesen listos a 
marchar en el término de dos horas, éstos se detuvieron 
para asistir a la misa, pues era dia domingo, cosa que por 
cierto no hacia ni pensaba hacer el jeneral del gobierno. 

Solo a la una del dia 30 emprendió su marcha el ejército 
revolucionario del campamento del Ala al vado de Dadinco, 
situado una legua hacia el oriente. Cerca de las tres de la 
tarde pasó la primera lanchada de tropa, no pudiendo en- 
trar en la embarcación a la vez mas de 50 infantes, ¡ habién- 
dose ahogado 6 u 8 desgraciados en el paso de la caballe- 
ria (1). 

El jeneral Cruz en persona asistió, durante 24 horas con- 

(1) El primer jinete que entró al rio fué un cazador que se 
habia pasado de! enemigo i que pereció arrastrado por la corrien- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 3líJ 

seciiüvas, n la jjiolija itporacíon de! embarque do los solda- 
dos i süio 011 la niodia noche del dia W tomó alguii reposo, 
eeliáiidoso vestido, sobro un almofrez. «La corriente rápi- 
da del Nuble, dice el secretario Vicuña, describiendo aquella 
escena, la luna que nos alumbraba i el silencio que iiabia 
en lodo el camj)o, interrumpido solo cuando la lancha vol- 
vía, daban a aquella escena una majestad que nuestra si- 
tuación i nuestro patriotismo realzaban. El jencral Cruz, rico, 
enfermo, de una edad algo avanzada i gozando del mas 
alto puesto militar en su patria, se bailaba allí, como yo, su- 
friendo toda clase de incomodidades.» 

Solo a las 12 del siguiente dia 1.^ de diciembre, encontrá- 
base en la márjen selentrional del Nuble todo el ejército, 
con la escepcion de los indios que se habían alzado por los 
secretos influjos del jeneral Biilnes sobre los lenguaraces, i 
habían vuelto a sus tolderías sin hacer mas daño en la marcha 
que el saqueo de una hacienda a orillas del Nuble, pues, en 
los primeros momentos de su desobediencia, se embriagaron. 
Solo unos pocos mocelones siguieron al lenguaraz Pedro Cid 
hasla Lonsomílla fl]. 



'o^ 



tp. Sucedió también un lance lastimoso con un joven sárjenlo 
del (iiiia llamado Saldivia, quien, viendo a su mujer, que pasaba 
en ancas del caballo de un miliciano, espuesta a perecer, arras- 
trada por la corriente, se arrojó al rio para salvarla. «La casuali- 
dad, dice uri testigo que presenció aquella escena doloroso, 
bat)ia salvado la mujer, que pudo enredarse en el caballo i su 
esposo se había ahogado. Cuando volvió en sí i supo la desa- 
parición de su marido, trataba de hacerse pedazos i proferia las 
esclamaciones masíristes i dolorosas»!.... 

(1) Antes de pasar el rio, se desertó toda la guardia de preven- 
ción del batallón Lautaro con el ofíciai que la mandaba i al si- 
guiente dia, al amanecer, se fugó también la mayor parte de la 
^j.» compañía del batallón Alcázar que se componía de cívicos de 
í^tiirihüe. (fJiario de campaHa del coronel Zañatu.) 



3IG HISTOHIA ÜE LOS DIF.Z AÑOS 

El ejército se acampó aquella tarde eu el molino de Da- 
dinco, inmcdialo al fértil valle de Cocharcas, donde está si- 
tuado el vado de este nombre. El jeneral Búlnes liabia llega- 
do aquella misma tarde a la hacienda de Ñiquen, propiedad 
de un señor Azocar, i entrado aquí en el camino real, pues 
desdo el Guapi, venia par una senda de travieso. 

Sabedor' en este punto el jeneral del gobierno de que Urru- 
lia amagaba al Parral con las fuerzas de caballería que ha- 
bla desprendido el dia 28 del ejército de Cruz, destacó al 
comandante Yañes con su escuadrón de lanceros i 100 in- 
fantes a la grupa, a las órdenes del capitán don Mauricia 
Barbosa, con el objeto de prolejer los pueblos de ia ruta. 

El jeneral Cruz luvo, por su parte, oportuno aviso de la 
posición que ocupaba el enemigo sobre el camino carretero 
déla capital; meditó, en consecuencia, darle alcance, antes de 
que hubiese pasado el Perquilauquen, i a este efecto impartió 
órdenes para que el ejercite emprendiese su maj'cha a las once 
de aquella misma noche (1.° de diciembre). Mas, ignórase 
porque no se llevó a cabo tan acertado intento. 

XXI. 

Fuslrada aquella primera tentativa de caer sobre el 
enemigo, fué preciso resignarse a marchar sobre sus pasos, 
casi sin molestarlo i teniendo siempre a la vista su retaguar- 
dia. El jeneral Búlnes iba adelante una jornada cabal, de 
manera que el ejército rebelde se acampaba casi siempre en 
los sitios en que los soldados de aquel habían encendido el fo- 
gón de sus vivaques matinales. Por lo demás, la marcha de 
ambas divisiones no iba a ofrecer nada de notable. 

La caballería, al mando de Baquedano, se adelantaba dos o 



I)K LA ADMIMSTnAClON MOMT. 317 

Ires leguas a vanguardia del grueso delejércilo i el ¡nlcüjonlo 
oficial Ciomez Garfias cenaba la relaguardía del enemigo con 
cl cuerpo de Cazadores a caballo ¡ las partidas de guernliii 
quo mandaban Vallejos, un antiguo cabo do Piíicheira llamado 
Joldes, un Alvarez, de Linares, i particularmente, el presfiílero 
Toledo, cura de Yerbas-buenas, quü se ccúia las solanas 
con el cinturon del sable i daba ejemplos increíbles de fiereza 
i de actividad. El coronel Zañartu ocupaba el mismo puesto 
con el Carampangue en la marcha delejércilo revolucionario,- 
cerrando su retaguardia. 

El (Jia 2 de diciembre, la caballería de Baquedano pasaba, 
a las once de la mañana, frente al pueblo de San Carlos, 
mientras la descubierta, al mando deGrandon, avistaba, a esa 
misma hora, al ejército enemigo quo pasaba el rioPerquüau- 
quen, cubierto de espesos chircales. Búlnes se adelantaba 
rápidamente hacia el Parral, ¡aquella mañana sus coman- 
dantes de retaguardia recibieron una esquela del jeneral de 
la vanguardia rebelde en que les decía estas palabras. — «Con- 
vido a los jefes ¡ oficiales que están al frente, a darnos uq 
abrazo el día de mañana i a almorzar juntos en los Cardos» (1), 
rasgo de buen humor que fué celebrado en ambos ejércilos 
como una ocurrencia peregrina. Almorzar con ios oficiales 
enemigos, decían en efecto aigun-os chuscos, era tan difícil 
como dar en aquellas llanuras una batalla naval.... 

El jeneral Cruz senló su campo aquella tarde en la hacien- 
da de Ñiquen, de donde se había alejado el enemigo a las 
seis de la mañana. 



(1) Hacienda del coronel Urrutia, situada una legua al sud del 
Parral. Díjose que el mayordomo de este fundo hat)ia mandado al 
jeneral Cruz el santo, seña i contra-seña del ejército enemigo en 
aquella noche, i que, en consecuencia, se preparaba aquel |>ara 
atacarlo, de sorpresa, al amanecer. Pero no hemos enconliado 
dalos posilivos que autorizen este rumor. 



318 niSiOftlA DE LOS DIEZ AÑOS 

Ilcuniósele aquí, en la noche, el jeneral Urrulia con los 
escuadrones de Souper i Arce, después de haber hecho una 
iufrncluosa lenlaliva para apoderarse del Parral el día 30. 
IJabia tenido dos muertos en la refriega i Iraia gravemenlo 
herido a don José Miguel He tamal, oficial enemigo que cui- 
daba unas caballadas en la vecindad de aquella villa. Lo 
inadecuado, de las fuerzas de cahalleria para asaltar un pueblo 
defendido por infantes, habia sido la causa de aquel descalabro 
que lodos preveían. El jeneral Urrulia vióseaun en peligro de 
ser cortado por las fuerzas destacadas al mando del coman- 
dante Yañes desde Ñiquen, i solo pudo salvarse contramar- 
chando por la ceja de la montaña para reunirse a! ejército. 

El dia 3, el jeneral Bülnes acampó en la márjen setenlrional 
del pintoresco Longavi, i tanta prisa llevaba, que cuando 
hubo vadeado el rio, ordenó que sus propios caballos i los 
del estado mayor se empleasen en pasar el batallón Talca, a 
cuyo cuerpo prestaba especiales atenciones. El ejército re- 
volucionario cruzó aquel dia por las fangosas calles de la Irisli- 
sima villa del Parral, i continuando su marcha hasta una 
hora mui avanzada de la noche, se acampó en la hacienda 
de la Rinconada, dos leguas mas al norte. El ejército habia 
podido llegar, mui cerca del amanecer, a la orilla sud del 
Longavi, pero los prácticos estraviaron el camino, ¡ntencio- 
nalmenle, según so dijoaquella noche, afirmándolo algunos 
con tal certidumbre que el irritado intendente Aleraparte 
estuvo a punto de hacer fusilar a uno de aquellos comedidos 
«cantores». 

El dia 4, el ejército del gobierno marchó con lanío esfuerzo 
que en una sola jornada pasó el caudaloso Achibueno i el 
Pulagan, lomando posiciones en el molino de Cliocoa, a la 
cabecera del valle de Longomilla. fíeuniósele este dia gran 
parle do la reserva organizada en Talca i que el jeneral en 



di: la ADMIMSIRACION MONIT. 319 

jefe había ordenado so moviese sobro Cliillan, cuando despa- 
clió su sccrclario a la capital. En el vado dol Achibucno so 
lo incorporó el capilan ducrrero con un escuadrón do Gra- 
naderos a caballo i en olio luiirnr, mas hacia el norte, llama- 
do Batuco, ciicünlró al batallón Ilancagua que venia a las 
órdenes del comandante (íonzalez. E\ jeneral Cruz, al con- 
trario, se movió aquel dia con una incsplicable lentitud. Pasó 
temprano el Longavi, i dejó que sus tropas so reposasen 
todo el dia entro las arboledas que pueblan aquellas amenas 
riberas. 

Los oficiales se pusieron, con esta ocasión, a charlar bajo 
los árboles, reposándose del cansancio de la marcha i del 
intenso calor del dia. En uno de estos grupos, que se recreaba 
sobre una jigantezca cazuela de seis gallinas, que la oficia 
lidad de uno de los cuerpos del ejército enemigo habia de- 
jado a medio coser i sin pagar, se veía al secretario Vicuña 
i a su hijo, a los comandantes Souper i Lara, al capitán Las- 
lleras, comandante de la escolta del jeneral en jefe i al joven 
i brillante poeta don Ensebio Lillo, que, a fuer de bardo, mere- 
cía el título del primer cantor entre los numerosos agregados 
del ejército del sud. Acertó a pasar, en circunstancia que aque- 
llos jóvenes iban a disfrutar alegremente de su opíparo 
banquete, el comandante ürízar, cuya marcial figura era 
conspicua en todas partes, pues vestía siempre traje militar, 
al contrario de la mayor parle de sus camaradas, a quienes 
disfrazaba el pintoresco poncho. Convidáronle a la mesa, i 
como notaran en su rostro un ceño sombrío ¡ rehusase comer, 
díjoles aquel solamente — Hacen bien muchachos de cuidarme, 
porque si yo muero, todo se lo lleva el diablo! i en seguida 
pasó. Era la sombra de Purapel que desfilaba la víspera 
de Longomilla, donde una bala iba a sellar eternamente los 
labios de aquel hombre esforzado en quien la revolución ha- 



320 HISTORIA DE LOS Dli:Z AÑOS 

bia encoulraclo no líolo un brazo sino un magnánimo co- 
razón! (f). 

XXII. 

El dia 5 xle diciembre, a las dos de la tarde, pasó el grueso 
del ejército revolucionario el caudaloso Achibueno, mientras 
la cabalieria vadeaba el Putagan, que confluyendo con aquel 
i el Longavi, va a formar, a mui corta distancia, el Longorai- 
lia. Pasó el ejército aquella noche en la ribera de aquel rio i 
formó su línea de batalla entro espesas arboledas, pues es- 
taban ya mui próximos ambos ejércitos. 

A la siguiente jornada, el jeneral Cruz se acampó en las 
casas de Reyes, que es el nombre de una de las haciendas 
de la férlil comarca que se estiende entre el Longomiüa i el 
Maule. El jeneral Bülnes, que ocupaba, desde el dia antes, 
esta misma posición, con cuyos accidentes se hablan familia- 
rizado tanto él como sus jefes, pues habia sido el campo 
de instrucción de su ejército, en la tarde de la víspera, ha- 
bia trasladado su campo una legua i media hacia el Mau- 
le, situando su línea en una inminencia llamada Bobadilla, 
especie de cerrillo aislado que bañan las aguas de aquel rio. 
En las casas de Reyes, se incorporó al ejército el batallón 
Santiago i se hablan recibido, ademas, algunos centenares do 

(1) Ya hemos dicho que la tumba de Urízar encerró muchos 
secretos de la campaña del sud en 1851. Acostumbraba este jefe 
llevar a la cintura un afilado puñal americano, i mas de una vez 
dijo a su sobrino don Juan Antonio Pando que destinaba aque- 
lla arma para los traidores. — Quienes eran éstos? — La tumba de 
aquel valeroso soldado, volvemos a decirlo, oculto sus nombres, 
mas no su colectiva responsabilidad i la infamia imperecedera ñ 
ella anexa. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 321 

caballos de rcpucslo ¡ un parque completo de municiones. 
Esla úllima Iropa hacia subir a GOO o 700 hombros los auxl' 
líos quo Cuines habia recibido en su fiKja, i ésle probable- 
mente era el número do las plazas que había perdido Cruz 
en su persecución, por los desastres í resagados. 



XXllI. 



Los dos ejércitos volvían a encontrarse, como en la ribera 
sud del Nuble, a pocas cuadras de distancia i en actitud de 
acometerse. Al dia siguiente de haber tomado aquellas po- 
siciones, avistáronse, en efecto, sus avanzadas en el valle, 
pero no se veia síntoma alguno de una próxima batalla. Pare- 
cía, siu embargo, estraño que el jeneral Búlnes no pasase el 
iMaule, pues era la creencia jeneral en el ejército revolu- 
cionario que su movimiento desde el Nuble era con el objeto 
de disputarle el paso de aquel río; í por otra parle, notá- 
base también con estrañeza la inacción completa del jeneral 
Cruz en un punto que ofrecía pocas ventajas militares i cuyo 
terreno era conocido a palmos por los jefes enemigos que 
habían organizado ahí el ejército del gobierno. 

Nadie, ni el mismo jeneral Búlnes, se imajínaba que la ho- 
ra del desenlace iba a llegar. A lo menos, asi lo manifesta- 
ban sus palabras, en una nota oficial escrita por aquel jefe 
desde el campamento de Longomílla, con fecha 3 de diciem- 
bre. «Mi permanencia en este punto, dice, dependerá de los 
movimientos del enemigo. Dispuesto a batirlo donde se pre- 
sente, no abrigo temores por el éxito de una acción, tanto 
mas favorable en las actuales circunstancias, cuanto que 
haria mas decisivos los resultados por la larga distancia que 

41 



322 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

separa ahora a los sublevados del teatro de sus primitivas 
operaciones, de sus recursos etc.» (1) 

Dos dias después, este plan de campaña, que manifeslaba 
el ánimo decidido de mantenerse a la defensiva, era del lodo 
cambiado. El jeneral Bülnes iba a tomar la iniciativa del ata- 
que. La hora horrenda do Longomilla iba a sonar en los 
deslinos de Hhilo! 



(1) Véase en el documento número 13 el parte oücial del que 
copiamos estas palabras. Esta curiosa pieza, en que el jeneral 
Búlnes detalla todas sus operaciones desde su salida de Chillan, 
se ha conservado inédita liasta hoi dia. 



CAPITULO XI. 



BATALLA DE LONGOMILLA. 

El jeneral Búlnes resuelve repentinamente atacar al ejército re- 
volucionario. — Tiene noticia el jeneral Cruz de aquel intento, 
pero no adopta ningún plan definitivo. — insinuaciones oportu- 
nas de Baquedano i Aleraparte. — El jeneral Búlnes se muevo 
antes de amanecer de su campamento de Bobadiila. — El valle 
de Longomilla. — Posiciones del jeneral Cruz en las casas de 
Reyes. — Se anuncia de improviso la presencia del enemigo. — 
El jeneral Búlnes desplega su ejército, pero vacila, reúne un 
consejo de guerra sobre el campo, i emprende de nuevo su 
marcha. — Los rebeldes forman su línea de batalla. — Errores 
capitales que comete el jeneral Cruz en sus disposiciones es- 
tratéjicas. — El jeneral Búlnes dispone su plan de ataque. — 
Aspecto solemne del campo en esa hora. — Apariencia personal 
del jeneral Cruz en Longomilla. — Eusebio Ruiz. — Heroicas pa- 
labras del jeneral Cruz, — Falso aviso que recibe el jeneral Búl- 
nes en el momento de empeñar la batalla. — Ordena, en conse- 
cuencia, que el batallón Buin marche en columna sobre las 
casas de Reyes. — El mayor Peña i Lilio. — Su heroica muerte, 
su carácter i carrera. — Trábase la batalla. — El mayor Videla 
carga a la bayoneta con dos compañías del Guia i es herido. — 
El comandante Saaveilra lo sostiene con una constancia he- 
roica, — Muerte del capitán Tenorio. — El comandante ürízar 



3'2Í HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

se erapena con el 2.o Carampangue i es muerto a los primeros 
tiros. — ^Apuraila situación de los rebeldes. — Da cuenla de ella 
al jeneral Cruz el intendente Alemparte. — Ordena aquel a la 
caballería cargar en masa. — El jeneral Baquedano emprende 
la carga con el rejimiento de Eusebio í^uiz. — Alemparte i 
Urrutia se retiran del campo de batalla. — El jeneral Búlnes se 
pone a la cabeza de los Cazadores i coloca en una situación 
ventajosa dos obuses, al mando del mayor Gonzaleá, para ame- 
trallar los escuadrones enemigos. — Baquedano es herido, en 
consecuencia, ¡ muerto Eusebio Ruiz. — Desaliento de la ca- 
ballería rebelde i su dispersión. — Cobarde fuga del coronel 
Puga i desaparicionde Alejo Zañarlu.— Los comandantes Souper 
i Lara intentan rehacerse i son hechos prisionero?. — Muerte 
dei mayor Grandon i del capitán Condesa. — El comandanta 
Urriola se arroja al Longomilla con la mayor parte de su es- 
cuadrón i mas de doscientos dispersos. — Horrible espectáculo 
(jue ofrece el rio. — ¡Muerte del capitán Guerrero. — Aventuras 
del mayor Aivarez Condarco. — Movimiento de flanco del co- 
mandante Silva Chaves. — Muerte del comandante Campos i 
del ayudante Herrera. — El capitán Valdivieso es hecho pri- 
sionero con una compañía de Carampangue. — Aspecto de la 
batalla a las diez del dia. — Terrible encarnizamiento con que 
pelean las infanterias. — Entra al fuego el coronel Martínez 
i es muerto en el acto. — Reflexiones sobre este estraño 
lance, que se atribuyó a traición. — Los capitanes Vega i Ar- 
tigas son muertos entre otros muchos subalternos. — José 
Romero o «Lena Verde ». — El coronel García es cortado por 
un destacamento del 2.» Carampangue, pereciendo su ayudante 
Rojas i perdiendo su caballo el ayudante Pradel. — Muere en 
el Guia un hermano de este oficial. — Heroica conducta del te- 
niente Ruiz, del último cuerpo i es ascendido en ti campo de 
batalla. — La Monchi.— Una jenialidad del jeneral Baquedano. 
— Heroísmo del capitán Robles durante toda la batalla. — El 
comandante Zúñiga es gravemente herido al pie de sus caño- 
nes.— Eusebio Lillo.-'-El coronel Zañartu se bate con un fusil 
desde el tejado de las casas de Reyes.— Siniestras patrañas que 
«ircularon a este respecto. — El coronel García da cuenta al 
jeneral Búlnes de las insuperables dificultades que encontraba 
para apoderarse de las casas. — El jeneral en jefe ordena al 
mayor Escala incendiar o demoler aquellas. — Carga infructuosa 
defcapitan Villalon.— E! mayor Rubíes solicita del jeneral 
Cruz dos compi«ñía5 de la reserva para decidir la batalla.— 



DR LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 32.") 

Vuelve el coronel Garoia a declarar la ¡mposibüidad do desa- 
lojar al enemigo, i el jciieral liúliies ordena, en consecuencia, 
(jue su infantería ie retire fuera de tiro de fusil, formando su 
línea en una loma a vanguardia de las casas de Reyes. — Los 
bravos oíiciales Kscaia i Pardo son heridos al terminar el 
combate. — Solemne pausa de la refriega i aspecto terrible que 
ofrece el campo de bulalla. — El mayor Gaspar i el teniente 
Contreras disparan el último cañonazo sobre la línea enemigs 
i matan tres soldados del Buin. — El jvfe de estado niayoa 
Rondizzoni es aturdido por el roce de la bala, i a una voz des- 
conocida, comienza la dispersión. — El capitán Villalon vuelve 
a cargar, pero es rechazado, — El comandante Saavodra i el 
mayor Robles persiguen al enemigo. — A las tres de la tarde, 
el jeneral Cruz dirije a Concepción el parte de su victoria. — 
Reflecciones sobre la batalla deLongomilla. — Un símil espiritual 
de Souper, — Estado jeneral de las fuerzas del ejército revolu- 
cionario en Longomilla.— Número de heridos i muertos que 
hubo en esta sangrienta batalla. — Nómina de los oficiales re- 
beldes que perecieron o fueron heridos en ella. — Estado jene- 
ral de las bajas que tuvo el ejército chileno en la crisis de 
1831. — Resultados militares i políticos de la batalla de Lon- 
gomilla. 



Era el 7 de diciembre del año infauslo de I Sol, i reinaba 
en el campo de Bobadilla la caima que suele suceder a los 
dias de fatigas i ansiedad. El ejército del gobierno so repo- 
saba de su presurosa marcha de mas de CO leguas por los 
Llanos, ¡ nada hacia presentir que ocurriera una mudanza 
en la actitud puramente defensiva que liabia traído en su 
retirada desde el Nuble. Parecía, al contrario, que en las 
fuertes posiciones que ocupaba sobre el Maule, habia encon- 
trado la valla de su seguridad i de su victoria. 

Solo eu el ceño del espresivo i marcial rostro del jeneral 
en jefe, se notaba uu linle sombrío. Estaba el jeneral Biil- 



32G HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

ncs, aquel día, en eslrerao silencioso, contra su costumbre; 
i los que reliabian visto de cércala vísperade Yunga!, podían 
descubrir en su aspeólo las hondas señales de una fluctuación 
profunda quo trabajaba su espíritu. De improviso, al caer la 
tarde, llamó a su presencia a los principales jefes del ejér- 
cito i les ordenó quo alistasen sus cuerpos para emprender 
a media noche la marcha sobre el enemigo. Al mismo tiem- 
po, dio orden al intendente de Talca para que a toda prisa 
aparejase un hospital de sangre, capaz de contener de ocho- 
cientos a rail heridos. 

Qué oslraña i oculta causa daba lugar a lan repentina 
resolución? Nadie lo supo entonces i nadie podria afirmarlo 
todavía. Hai arcanos, delante do los que la historia misma 
apaga su antorcha de luz i cierra sus ojos escrutadores, como 
si temiera, al descubrirlos, hacer mas horrendas las catás- 
trofes que narra. Dijese por algunos que había venido al 
jeneral en jefe, por un espreso de la capital, orden peren- 
toria para atacar ai enemigo en donde le encontrase; por 
otros contábase que habían llegado á oidos de aquel impre- 
sionable caudillo rumores siniestros sobre la fidelidad de sus 
oficiales mas caracterizados, que acusaban su inacción como 
un complot de familia. Mas, sea como quiera, era evidente 
que el plan i la ejecución de la batalla habían sido la ins- 
piración (lo un momento dado, como había sucedido en la no- 
che que precedió al famoso hecho de armas de Yungaí. 



lí. 



Knlre lanío, ol campo del ejército rebelde dormía envuelto 
en el doble manto del silencio ¡ de la noche. Solo el jeneral 
Cruz í algunos jefes estaban de pié. Conversaban tranquila- 



DE LA AOMINISTRACION MONTT. 327 

monte sobro ciialos serian los planes del enemigo en aquellos 
momenlos, o ¡nclinábanso lodos los pareceres en el sentido 
do quo aquellos no podían sor oíros sino repasar el Maulo 
para disputar su paso, dosdo la raárjen del norte, al ejército 
revolucionario. 

Sin embargo, serian las once do la noche cuando un ofi- 
cial condujo a la presencia del jeneral a un paisano quo ha- 
bitaba en aquellas vecindades. Dio este aviso que el enemigo 
se movia, pues hablan visto los preparativos de la marcha 
dos hermanas suyas que acababan de volver del campo do 
Bobadílla. En el instante, i obrando bajo el concepto pura- 
mente defensivo que el jeneral Cruz atribula al enemigo 
desde que so encerró en Chillan, supuso que en caso de ser 
cierto el movimiento quo emprendía aquel, no podia ser sino 
una operación estratéjica con el objeto verdadero de esgua- 
zar el Maule, sirviéndose de !as pocas lanchas do que podia 
disponer en el vado del Naranjo, sobre el camino roa! do 
Talca al sud. 

El cauto jeneral acordó, sin embargo, algunas medidas 
para el caso que el enemigo, cuya audacia conocía, viniera 
temerariamente a atacarlo en la formidable posición que ocu- 
paba su ejército. Ordenó, en consecuencia, al intendente do 
ejército Alemparto fuera al balseadero inmediato del Longo- 
milla, donde el enemigo habia dejado abandonadas catorce 
lanchas, a suraerjir éstas en el agua, abriéndolos taladros, 
a fin de evitar que en el caso de un ataque por ese lado, 
cayesen en manos de aquel. Encargó, al mismo tiempo, al 
coronel Zañartu hiciese construir a lo largo de la muralla 
do la ramada de matanza que dá frente al norte, una tila 
de andamies para cubrir de fuegos aquel punto, quo era 
difícil protejer de otra manera, i por último, hizo llamar al 
jeneral Baquedano i la encargó mantuviese una especial viji- 



328 HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

lancia aquella noche i que biciese recorrer las avanzadas i 
grandes guardias que eslaban apostadas en dirección al 
campo del enemigo. 

Baquedanoi Alemparle aprovecharon aquel momento para 
insinuar al jeneral en jefe la posibilidad de una sorpresa, 
teniendo en mira la difícil posición del enemigo i la conocida 
temeridad dfil jeneral Búlnes en lomar la iniciativa; pues 
toda la eslra tejía de este caudillo puede reasumirse con acierto 
en aquel bellísimo refrán que tiene, si es licita la espresion, 
el sabor del poncho chileno i que dice solo estas dos sentencias 
tan sencillas como verídicas — El que pega primerOy pega dos 
veces I 

Proponíanle, en consecuencia, aquellos jefes, o bien citar 
a consejo para combinar un plan jeneral de batalla, o bien 
mudar el campo hacia las cerrilladas de Chocoa, un poco a 
retaguardia de las casas de Reyes, pues éstas, aunque en si 
mismas eran una verdadera fortaleza para la infantería, no 
ofrecían reparo alguno a los numerosos escuadrones del ejér- 
cito. Alempartc insistía mas especialmente en esta última me- 
dida ; pero negóse a todo acuerdo el jeneral Cruz, pues nada 
era bastante a destruir su ¡dea fija de que el enemigo no le 
daba batalla sino del otro lado del Maule (I). 



(t) «El 7 de diciembre de 1851 se supo que Búlnes pensaba 
atacarnos al dia siguiente. Cruz quizá no creyó la noticia, porque 
no quiso combinar aquella noche ningún plan de batalla o talvez 
no le gustó lo que yo le proponía ; ni quiso que hubiese consejo 
para tratar sobre esto, pues nada resolvió hasta el dia siguiente, 
8 dp diciembie, en que se dio la batalla.» (Carta citada del jene- 
ral Jiaqi'edano al autor, fecha 29 de ahril de 1862.) 



DE LA ADMIMSTRACION' llONTT. 329 



III. 



íleliróse^el jcnoral Baquedano, un lanío desazonado, a loa 
potreros en que oslaba acampada h caballori;i, a relaguar- 
d¡a de las casas; poro ánles dio orden ai jefe de servicio, que 
lo era aquella noche el mayor Videla, para (¡ue se adelantase 
por el camino rea! con un escuadrón de caballería a lomar 
lenguas del enemigo. Ilizolo asi aquel bizarro oficial, i lle- 
vando consigo uno de los dos escuadrones que mandaba el 
mayor Padilla, anduvo hacia el norte cerca de una legua, 
hasta que unos chacareros que dormían en una ramada, 
cuidando sus cosechas, le noticiaron que no apercibían ningún 
movimiento del enemigo. Con esla seguridad i la que oíre- 
cia la fuga a que se entregaban las guardias avanzadas del 
campo de Bobadilla, a la aproximación de Videla, volvió éste 
alcuarteljeneral i dio el parle acostumbrado en tales casos — 
Sin novedad I 



IV 



Serian a estas horas las tres de la mañana, i en ese mo- 
mento mismo el ejército enemigo, que había estado en movi- 
miento desde la media noche, en su campo, se ponía en 
marcha hacia las casas de Reyes, 



V. 



Solemne i casi tan terrible como la batalla misma era 

aquel momento en que los soldados despertaban a la voz do 

42 



330 HI5T0R1A DE LOS DIEZ AÑOS 

SUS cabos e iban a formar en silencio sus columnas de raar- 
ciía. Para cuántos aquel sueño era el úllimo de la vida! La 
luna llena iluminaba con su pálido resplandor el callado 
movimiento de las armas. Guardaban las filas el mas pro- 
fundo silencio, i los oficiales conversaban a media voz, quié- 
nes para alentarse en la prueba de aquel dia, quiénes para 
darse un adiós eterno. 

Iba el ojército, entre tanto, por el centro del camino real 
en columnas por batallón, llevando el veterano Buin la cabeza 
déla marcha. El coronel de este cuerpo, don Manuel García, 
mandaba en jefe loda la infantería. Por ambos costados de 
la senda, marchábala caballería en dos divisiones, bajo el 
mando superior del coronel don José Ignacio García, i la des- 
cubierta era formada por los Lanceros de Colchagua conlOO 
infantes a la grupa que mandaba el capitán don Pedro Pardo. 
El ayudante de estado mayor don Nicolás José Prieto precedía 
esta columna lijera, adelantándose con una pequefla partida 
de esploradores(1], algunas cuadras sobre el grueso del ejér- 
cito. 

En esta disposición se presentaba el ejército del gobierno 
sobre el campo de Longomilla, al romper el alba del memo- 
rable dia 8 de diciembre, dia de la Concepción, patrona del 
pueblo cuya gloria i cuyo holocausto iba a^consumarse en 
aquel sitio (2). 



(1) En el documento núm. 13 bis del apéndice publicamos la 
correspondencia sostenida por los comandantes Silva Chaves i 
Yañes sobre el mando de la columna del capitán Pardo. 

(2) En los momentos en que se presentó el enemigo, se prepa- 
raba un altar en fl patio de las casas de Reyes para celebrar una 
misa en honor de la Purísima Concepción, patrona del pueblo de 
este nombre. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 331 



Vf. 



Conócese propiauíenle '^on el nombre Jeneral de Longo- 
milla una comarca íórlil i amena que so esliende por el es- 
pacio de dos o Iros leguas enlie los rios Maule i Longomilla, 
i forma el della de estos dos raudales, los que, por sus rum- 
bos opuestos, se corlan allí mismo en ángulo recto, Exislian 
en aquel valle varias haciendas, cuyos campos eriazos co- 
menzaban a cubrirse de mieses i de plantaciones, mediante 
la irrigación que recientemente se les aplicaba. Entre las 
diversas propiedades en que aquellas están subdivididos, se- 
ñalábase la del subdelegado del lugar don Manuel García, 
llamada propiamente Cbocoa, pues está al pié de una cerri- 
llada baja de este nombre que cierra el valle por el sud, 
corlando con un portezuelo la senda del camino carretero 
del sud a la capital. A continuación, se estiende la hacien- 
da conocida entre los habitantes del lugar con el nombre de 
Barros negros, por el color de la tierra en ciertas manchas 
del camino, i siguen después, hacia la ribera del Longomilla, 
los célebres molinos que llevan el nombre del mismo rio, i 
son propiedad del industrioso agricultor don Juan Antonio 
Pando, mientras en la opuesta dirección, sobre la márjen 
meridional del Maule, se dilata otra hacienda de cultivo, do 
que era dueño en aquel tiempo un señor Baltierra, adido al 
bando popular. 

Las casas de Reyes, o de Urzua, (pues se les daban estos 
dos nombres por los de los propietarios que las hablan poseí- 
do) están situadas en el centro de la hacienda de Barros 
negros, sobre el camino real del sud i son en su construcción 
como las demás de su jéiiero, tan sólidas como toscas, con 



332 HISTORIA DE LOS DIRZ AÑOS 

paredes de adobes desnudos I techos de leja encarnada. Una 
espaciosa^ ramada de matanza ¡ una viña se estendran por 
uno de ios costados de la casa entre ci camino carretero i 
los cerros de Chocoa. 

En esta parte, el valle de Longomüla, comprimido entre 
el rio i aquella cadena de ásperas lomas, no tiene sino la es- 
lensíon de unas diez o doce cuadras, i el camino real lo 
parte por mitad. El terreno es pesado i arenusco, intercep- 
tado por matorrales bajos i esposos, con algunas hondas 
grietas i ondulaciones mas o menos profundas, formadas al 
parecer por las arenas movedizas de aquella ensenada, quo 
en tiempos remotos ha servido sin duda de lecho a uno de 
los dos rios que hoi la fecundizan. Una de estas eminencias 
del terreno loma la forma de una loma baja i dilatada que 
so estiende cuatro cuadras al norte de las casas, i a la que 
nosotros daremos convencionalmenle, para mayor claridad, 
el nombre de Loma de vanguardia. 

Tal era el teatro en que iba a representarse en aquel dia 
)a mas sangrienta Irajcdia de nuestros anales (I). 



(1) El jeneral Cruz no había elejitlo de buen grado la posición 
que ocupaba en las casas de Reyes, porque sabia que aquel te- 
rreno era sobradamenle conocido por el enemigo. Enfadóse so- 
bre manera, en consecuencia, cuando los prácticos le condujeron 
hasta aquel paraje, pues su intención era situarse mas a reta- 
guardia en el portezuelo que corta los cerros de Chocoa, posición 
verdaderamente inespugnablo. Perdida esta ventajosa situación, 
el jeneral Urrutia i el intendente Pando, que eran conocedores 
de aquellas vecindades, le indicaron una posición militar a orillas 
del Maule, en el centro de los potreros que hemos dicho perte- 
necian aun señor Baltierra. He aqui en efecto lo que a este 
propósito dice el coronel Zañartu en su diario de campaña. «El 
jeneral Urrutia me ha dicho que antes de marchar, el dia 6 de 
diciembre, le sujirió al jeneral en jefe la idea de hacerla marcha 
por el flanco derecho de nuestra posición i diiijirnos ala ha- 



nE LA AnMIMSTRACIOPi MONTT. 333 



\IL 



El jencral Cruz, como hemos visto, no había cuidado de for- 
mar su linea do balaila desde que luvo anuncios de la pro- 
bable aproximación del enemigo; i así era que los diferentes 
cuerpos conservaban aquella noche la posición que habían 
elejido al aramparse en las casas de Keyes el día C por la 
larde. Kl Guia i el 2/' Carampangue estaban tendidos en lí- 
nea frente a las casas, el primero hacía la derecha del ca- 
mino ¡ el último en el coslado opuesto, haciendo frente a 
la muralla de la ramada de matanza. Dentro del espacioso 
recinto de ésta, se encontraban los batallones Alcázar, Lau- 
taro i el viejo Carampangue, que componían la reserva. La 
artillería había sido apostada en el patío eslerior de la casa 
i los once escuadrones de que constaba la brillante caballe- 
ría del ejcicito rebelde forrajeaban en los campos de alfalfa 
de las pequeñas propiedades que subdividen el valle de Lon- 
gomilia, mas conocido en aquella parte con el nombre da 
Chocoa. 



ciencia del señor Baltierra, que está a la orilla del Manle, indicán- 
dole que era un punto militar que solo distaba poco mas de ana 
legua di I cerro deBobadilia, ocupado por el enemigo, a quien lo- 
mábamos por el flanco izquierdo, poniéndolo asi en apuros para 
cambiar de frente; pero que se le contestó con un — «lo pensaré.» 

El mismo señor Pando nos ha confirmado posteriormente en 
la veracidad de esta oportuna indicación hecha al jeneral Cruz. 

En cuanto a nosotros, apenas tuvimos lugar de hacer una ti- 
jera inspección del campo de batalla en el rápido viaje que hici-» 
mus al .'iud en octubre de 1861. 



334 HISTOniA DE LOS DIEZ AÑOS 



VIH. 



DorDiia el campo rebelde en aquella forma, en gran ma- 
nera descuidada i anli-miiitar, sumerjido en la profunda cal- 
ma que es peculiar a las altas horas de la noche, cuando al 
amanecer oyéronse de improviso, desde la loma que hemos 
llamado de vanguardia, por distar tres o cuatro cuadras al 
frente de las casas, los gritos atropellados de un jinete que 
repetía a lodo reventar las voces de — el enemigo! el enemigo! 
Era el lenguaraz Pedro Cid, conocido después en la capital 
por percances judiciales, que habiendo salido a caballo al 
campo aquella noche, fué informado por unos labriegos que 
el ejército contrario se movia de su campamento de Bobadi- 
lla, situado solo a legua i media de las casas de Reyes, i se 
encontraba distante de éstas solo unas pocas cuadras. 



IX. 



En el acto, se d¡6 la voz de alarma al ejército revolucionario. 
Los tambores de todos los cuerpos tocaron tropa, el Guia i 
el 2.° Carampangue formaron en línea en las posiciones en 
que habían dormido i en la que deberían ai! reposarse tantos 
de sus bravos con el eterno descanso de la nada, mientras 
que los soldados de caballería corrían a poner la brida a sus 
caballos, dispersos en los potreros. 

El jeneral Cruz, entretanto, apenas había tenido tiempo 
para montar en su favorito tordillo, pedir su anteojo de bata- 
lla i dirijirse apresuradamente a la loma de vanguardia a 
reconocer al enemigo. 



DK LA ADMINISIIUCIOiN MONTT. 335 

Tonia la presencia do éslo en aquel momento muchos de 
los accidentes do una sorpresa ; pero el jeneral Cruz, en cu- 
yo cerebro loda idea parece transformarse en una obstina- 
ción, dudaba aun do la acomelida en masa que iba a hacer 
el enemigo, i volvió a persuadirse que aquel movimiento 
era solo una falsa maniobra para ocultar el paso del Maule, 
en que aquel debia buscar su salvación. Mas, no adver- 
tía esta vez el viejo i esperto soldado que su émulo no ne- 
cesitaba aquel ardid para intentar el paso de un rio, a la 
distancia de mas de una legua de su campo, i mucho mas, 
desde que el último habia vadeado el Nuble casi debajo de 
sus pestañas. 

Acompañaban al jeneral en jefe sobre el perfil de la loma, 
en el instante en que tendia su anteojo sobre el enemigo, el 
jeneral Urrutia i su secretario Vicuña con su hijo; i tan cer- 
canas estaban ya las columnas enemigas, que aquel hizo se- 
ñas a los circunstantes para que se dispersasen, pues en grupo 
podian servir de blanco a una descarga de la fusilería que 
avanzaba. 



X. 



Reinaba, en eseiuslanle, un profundo silencio en el campo 
en que el enemigo eslendia como sobre un terreno de para- 
da su linea de batalla, mientras que en las posiciones de los 
rebeldes todo se hacia con la algazara propia de tropas in- 
disciplinadas i entusiastas. El jeneral Biilnes dilataba sus 
filas, desplegando en batalla cinco de sus batallones, mien- 
tras el favorito Buin se conservaba en columna sobre el ca- 
mino real, i el Rancagua ¡ Santiago formaban, tras la loma 
de vanguardia^ como división de reserva. La caballería se 



336 HlSTOniA DE LOS DIEZ AÑOS 

s 

desplegaba en eso momenlo por escuadrones en dirección a 
la ribera del Longomilla, i la arlilleria, dividida en tres bale- 
rías, lomaba posiciones en el cenlro i ambos flancos de la 
linea. 

No se oi3 un solo disparo de armas de fuego. Las guerri- 
llas se habian ahuyentado de aquel campo en que las esca- 
ramuzas iban a ser inúliles. Solo inlerrumpian la linea del 
horizonte, como un muro de acero levantado de improviso, 
los batallones que venían al asalto, cuyos brillanles unifor- 
mes i cuyas armas escojidas lucian en aquel momenlo a los 
rayos del sol que aparecía por el órlenle. 



XI. 



El jeneral Cruz observaba, sin embargo, que las lincas del 
enemigo habian paralizado su marcha i se mantenían inmóvi- 
les sobre las armas — Qué sucedía? — Una ráfaga de vacila- 
ción había pasado por la osada menle del caudillo que con- 
ducía a aquellas: tan grande era la responsabilidad de la 
empresa i tan visibles los presajíos de la catástrofe! «Llamó 
en esto lance a los jefes de los cuerpos, dice uno de los mis- 
mos capitanes que figuraban en aquel estraño consejo (1), i 
una vez reunidos, les dijo el jeneral: el enemigo se ha aper- 
cibido de nuestro movimiento; nosotros no sabemos la posi- 
ción que ocupa, ni la que debemos tomar; i me parece mas 
conveniente volvernos al campamento, ocuparnos iodo el dia 
en reconocimientos i emprender la marcha mañana mas tem- 
prano. Como había jefes mas caracterizados que yo, guardé 
silencio, añade el narrador, poro no contestando nadie, el 

(í) El comandante Silva Chaves— Diario citado. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 337 

jcncrul se dirijió a mí i me prcgiinió ciúónccs— Diga Ud! — 
Yüconicsté: qiio no cslabamos en el caso de volver i quo 
rao parecía dchíamos ir en busca del enemigo, l'rzúa i no sé 
quien Giro aprobó niiconleslacion, i el jencral dijo entonces — 
Adelante!» 

A la voz de avancen! que se repitió en todos los cuerpos por 
las órdenes de los ayudanles, rompieron todas las músicas 
sus liimnos de guerra i los soldados atronaron el aire con sus 
terríficos chivateos, poniéndose todo el ejército en presurosa 
marcha bacía las posiciones que ocupaba el enemigo. Igua- 
les ecos se hacían oír en las filas de los «Libres», cuyas 
bandas locaban la canción de de Chile, pareciendo quo aquel 
preludio del entusiasma fuera un saludo digno de los héroes, 
cuando, en realidad, no era sino el sangriento sarcasmo do 
una guerra de hermanos. 

La batalla no tardaría sino minutos en comenzar con un 
fragor tremendo, i es pues llegado el tiempo de entrar en el 
detalle de las maniobras que la precedieron, i quo, en verdad, 
fueron bien pocas, pues en el campo de Longomílla no se 
practicó mas regla de estraícjia, que la de malar. 



XII. 



El jencral Cruz tenia que cubrir un frente de diez o doce 
cuadras, como hemos visto, con su lineado batalla, entre la 
márjen del profundo i escarpado Longomílla i el boscoso de- 
clive de las colinas de Chocoa, hacia el oriente. Tendiendo 
en este espacio sus cinco batallones, con la artillería en los 
claros de los cuerpos i la caballería en los flancos, su po- 
sición se hacia casi inexpugnable, porque tenia por punto 

de apoyo las casas de Revés, a manera de una fortaleza, i 

43 



338 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

conservaba espcdito el camino del sud que aquellas dominan, 
mientras que ambos costados de su línea estaban protejidos, 
a la izquierda, por un rio sin vados, ¡ a la derecha, por la 
fragosidad del terreno cubierto de espesos pataguales e in- 
terceptado, ademas, por los cercados de algunas sementeras 
de trigo en plena madurez. 

Pero sea' que la sorpresa no le diese tiempo de concebir 
un plan jeneral ni de ponerlo en obra; sea que, conforme a 
su sistema favorito de estratejia, quisiese mantenerse solo a 
la defensiva, el jeneral rebelde acordó concentrar la defensa 
al derredor de las casas, abandonando el resto del campo, 
con funesta ceguedad, a la pujanza i a las hábiles maniobras 
del enemigo. El jeneral Cruz sostuvo la batalla dcLongomilla 
con el fuego de compañías aisladas, mientras el enemigo car- 
gaba con todas sus masas, adquiriendo asi la inmensa su- 
perioridad que da en los combates la organización compacta 
de la tropa i la simultaneidad de los ataques. 

En consecuencia, el jeneral del sud formó al frente de las 
casas, ¡ a la derecha del camino la mitad del 2.** Carampan- 
gue, al mando de Urízar i las cuatro corapañias de fusi- 
leros del Guia hacia la izquierda, en las mismas posiciones 
que ocupaba antes del combate. Los granaderos del viejo Ca- 
rampangue, al mando del bizarro capitán Robles, el héroe 
verdadero de aquella memorable jornada, i la primera com- 
paüia de aquel cuerpo, a las órdenes de su teniente don An- 
tonio Catalán, formaban también en la línea de Urízar, mien- 
tras el Guia se encontraba sin sus dos compañias de prefe- 
rencia, pues los granaderos estaban en la reserva, alas 
órdenes del capitán don Eleulerio Baquedano i los cazadores 
seguían a Pedro Benavenle, en la columna lijera que man- 
daba el mayor Rojas. 

Los batallones Lautaro i Alcázar, a las órdenes do sus 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 33Í) 

respectivos comandanlcs Marlincz i Molina, cslal)an londiilos 
en batalla a lo largo do las uiuiailas do la ramada de ma- 
tanza i el Carampanguo, agrupado en columna cerrada, for- 
maba la reserva a las órdenes de Zañarlu, de manera que, 
en realidad, formaban en la linca solo i1 compañías, mien- 
tras que en la reserva exislia casi el doble número de tio- 
pas, eslo es, 19 compañías, lo que conslituia un singular 
orden de batalla, pues se invertían en él complelamcnle las 
reglas mas vulgares de la táctica (I). 

La artillería se había colocado convenientemente al frente 
de la línea. El comandante Zúñíga con dos piezas harria el 
camino carretero desde el palio de las casas i en el claro 
que dejaban los batallones de Urízar i Saavedra. Gaspar se 
Labia situado a la derecha con dos cañones, prolejido por los 
fuegos del 2.° Cararapangue i los de la tropa que se coloca- 
ría luego en los andamies por la parte interior de la ramada de 
matanza, mientras que en el flanco izquierdo estaban situadas 
sobre una pequeña eminencia arenosa tres piezas, a las ór- 
denes de los oliciales Padilla, Aguayo i Antonio Contreras, 
(antiguo cabo de la Escuela militar i esforzadísimo mancebo) 
i los voluntarios americanos. La columna de cazadores del 
mayor Rojas había sido despachada en protección de estas 
piezas, que se encontraban casi completamente aisladas i a 
una distancia considerable de la línea; pero luego se le dio 

(I) Las compañías que formaban en la línea eran Jas si- 
guientes. 4 del Guia, 3 del 2.° Carampangue, 2 del Carampan- 
gue veterano i las dos de la columna de cazadores, 11 en todas. 
Las que formaban en el patio de las casas i en el corral de matanza 
eran las doce companias de los dos batallones Alcázar i Lautaro, 
i la reserva que se componía de 6 compañías del nuevo i viejo 
Carampangue i de los granaderos del Guia. Estos datos pstan 
tomados del diario de carupaña del coronel Zañartu, que en esta 
partees sumamente prolijo e interesante. 



3Í0 HISTORIA DÉ LOS DIEZ áfíOS 

conlra-órden ¡ pasó a situarse a la derecha, haciendo frente 
a la vina. 

En cuanlo a la poderosa caballería del ejército rebelde, 
una malhadada estrella la acompañó en aquel infausto día, 
desde sus primeras maniobras. Uabia padecido el jeneral 
(juz, i mas particularmente el jefe de estado mayor Baque- 
dano, a quien incumbía de cerca practicar aquella operación, 
el injuslíficable olvido de no reconocer el campo en que aque- 
lla debía trabajar. Era ésta la áspera i arenosa márjen del 
Longomilla, que hemos descrito como un terreno intercep- 
tado de grietas i cubierto de espesos matorrales formando, 
enconsecuencía, el sitio mas inadecuado para las operaciones 
de aquella arma, i ahi, sin embargo, se formaron en columna 
jeneral por escuadrones los cuatro rejimicntos que habían 
atropellado con sus lanzas a los mejores jinetes del enemigo 
en el campo llano de Monte de ürra. 

Aquclía formación era fatal. No había donde desplegar un 
Tejimiento en linca; faltaba el espacio para tomar en la car- 
ga los aires do la táctica; el terreno atajaba, ademas, la 
marcha délos caballos que no podían galopar sobre la arena. 
Pero, mas que lodo, era inconcebible que en un recinto tan 
estrecho se formasen en pelotón cerca de mil jinetes a la vez, 
en lugar de haber colocado al menos un rejimiento en el 
flanco derecho de la línea de batalla, i dejado de reserva, 
tras de los muros de la casa, uno o dos escuadrones esco- 
jidos (!). 

(1) Militarmente hablando, cl jeneral Cruz cometió errores 
de tanto bullo en la organización de su línea de batalla en Lon- 
gomilla que a no ser la disculpa de la sorpresa, se habría hecho 
digtio de la mas amarga censura entre los hombres de guerra. 
En primer lugar, dejó descubiertos, o por lo menos, débilmente 
ap lyados sus dos flancos por el costado de la viña i por la mar- 



DK I.A ADMINISTRACIÓN MONTT. 3i! 



XI 11 



El jencral Búlncs comprendió, delanle de aquel ¡mperfeclo 
sisleina de defensa, cuyas ¡negulandados mutilaban en trozos 
la linea de batalla de ios rebeldes, que le iban a ser precisos 
tres ataques simulláneos por el fronte i ambos flancos, de- 
biendo ser aquel el mas recio, pues tendría que estrellar sus 
columnas contra las murallas de las casas de Reyes, a cuyo 
pió estaba tendida la línea enemiga. En cuanto a sus dos 
alas, veía que por la derecha se empeñaría el combate de 
las caballerías, mientras que, a su izquierda, tenia un campo 
libre para maniobrar sobre el flanco derecho de los rebeldes, 
que habían olvidado cubrir su linea por aquel costado, en- 
tre la viña i el cerro. 

En conformidad con estos accidentes, el jeneralísimo del go- 
bierno dispuso su orden de batal/a. 

Los batallones Chillan civico (comandante del Canto), Talca 

jen del Longomilla. Eii segundo lugar, agrupó en masa toda su 
caballería, sin dejar un solo escuadren de reserva. En tercer lugar, 
inutilizó durante el primer tercio de la batalla, al menos, el es- 
fuerzo de dos batallones que no necesitaba rezagar desde que te- 
nia una competente reserva. En cuarto lugar, dejó aisladas i sin 
protección las piezas de la izquierda, que estando bien defendi- 
das por infantería, habrían apoyado a la caballería en su carga, 
i contrarrestado las fuerzas de las piezas con que el enemigo arro- 
lló aquella. 

En resumen, el jeneralCruz no combinó estratéjicamente las 
operaciones de sus tres armas, i las dejó obrar aisladamente, 
mientras él se limitaba a la defensa de las casas. Esto fué causa 
principal del horrendo estrago de aquel hecho de armas i de la 
nulidad de sus resultados militares para ambos ejércitos beli- 
jtrantes. 



- 342 niSTORlA DE LOS DIEZ AÑOS 

(comandante Urzúa) i Colchagua (coraaudanle Torres), apo- 
yados por el veterano Buin, marcharían de frente sobre las 
casas, dirijiéndose el último en columna cerrada por el ca- 
mino carretero i los otros por los potreros recien puestos en 
cultivo que se eslendian a ambos costados de aquel. 

Los batallones Chillan de linea (comandante Campos) i 2.° 
Cuin formarían a la Izquierda una división independiente, a 
las órdenes del jefe del último cuerpo don José Maria Silva 
Chaves. Los lanceros de Colchagua (comandante Yañez) i la 
columna de cazadores que aquellos habían conducido a la 
grupa a las órdenes del capitán Pardo, apoyarían los movi- 
mientos de esta columna estraléjica, que no estaba llamada 
por esta combinación a tomar la parte activa que le cupo 
luego en el combate. Debia solo adelantarse por el bosque 
que se estendia entre la viña i el cerro de Chocoa, dominar 
el flanco derecho del enemigo, ¡ luego que la batalla es- 
tuviera trabada en todo el frente, sostener el ataque en aque- 
lla dirección, que se suponía enteramente indefensa. 

Los batallones Santiago (comandante Amengual) i Ranca- 
gua (comandante González) habían sido destinados a la re- 
serva, ¡ con este objeto, se les hacia lomar posiciones tras 
la loma que se interponía a la vanguardia de las casas. 

La artillería, distribuida en tres baterías, a las órdenes de 
los sárjenlos mayores Escala i González i el ayudante Ravest, 
trabajarían indistintamente en los flancos o en el centro do 
la linea, según los accidentes de la jornada; pero, desde lue- 
go, colocáronse los cañones de Escala hacia la Izquierda, en- 
cargando su protección a la división de Silva Chaves i parti- 
cularmente a la columna de cazadores del capitán Pardo. 
González se situó en el camino real con su balería de obuses. 

Entre tanto, la escasa i mutilada caballería del ejérci- 
to del gobierno se formaba a la derecha, bajólas ansiosas 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 343 

miradas dol joneral Húliies, qiio conloraplaba con Irisleza ¡ 
casi avergonzado el as()eclo do sus jinetes i su diniinulo nú- 
mero. Como joneral de caballería, i lan diestro como atre- 
vido en oi manejo do esa arma, asaltábale oí prcsenliraicnlo 
do que los cuatro escuadrones veteranos quo formaban los 
Cazadores i Granaderos, apenas podrían resistir el empuje de 
uno solo do los poderosos rejimientos enemigos, i en conse- 
cuencia, toda su preocupación estaba fija en aquella parle 
de su línea. Había colocado a los Cazadores en batalla. Iras 
una ondulación que los cubría de los fuegos enemigos, i en 
pos de aquellos valientes i fatigados veteranos, seguían los 
Granaderos a caballo, tan escarmentados en los campos de 
Urra, i ademas reclutas en su mayor número. Los jinetes 
del gobierno solo tenían en su favor la pujanza de sus caba- 
llos de refresco i la bondad de sus armas. 

El primer escuadrón de Cazadores, que fué mandado en 
jefe durante la batalla por el capitán Villalon, iba armado 
de bruñidas corazas, lanza ¡ pistola, mientras el tercero, a 
las órdenes del mayor Las Casas, vestía una cota de cuero 
¡ cargaba, como los Granaderos, sable i carabina. En cuanto 
a las numerosas milicias que acompañaban al ejército, dis- 
tinguíanse solo en el horizonte las mantas coloradas del rcji- 
míento de Caupolican, que no tardó en ejecular la maniobra 
de la fuga, que, como es sabido, es seguida, después do 
la victoria o la derrota, de la maniobra del saqueo entre los 
vencidos, sean amigos o enemigos. 

XIV. 

En este orden de batalla (I), el jeneral Búlnes dio la señal 

(1) El plano que se aoompaña en el Icslo representa aproxima- 
tivamenle las posiciones de arabos ejércitos en los momentos en 



344 ÜISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

(le — Adelante! a la dislancía de ocho o tii(^z cuadras do la 
casa de Royos, por el camino que viene del Maule. 

XV. 

En ese momento, regresaba el jcneral Cruz de la loma en 
que habia estado observando aquellos movimientos. Iba al 
lento paso del caballo, sereno hasta la frialdad, pero triste i 
meditabundo. Montaba su pequeño caballo blanco i se habia 
vestido con su uniforme de parada compuesto sencillamente 
de un palelot gris claro, gorra galoneada ¡ sus charreteras 
de jeneral de división sobre los hombros. Cuando entraba al 
palio de las casas, la tropa le aclamó con Víctores, i como en 
ese instante desfilase la caballería que se habia avanzado 
bástala loma de vanguardia i volvía ahora a lomar posiciones 
a la izquierda de la línea, prorrumpió ésta ¡ particularmente 
el bisoño Guia, compuesto exclusivamente de jóvenes volun- 
tarios, en un tremendo «chivateo» i en gritos de entusiasmo, 
animando a los jinetes {]]. 

que iban a embestirse. Ha sido trabajarlo sobre un imporfi'Cto 
croquis que hizo en 1851 el injeniero del ejército rebelde Eucher 
Henry, i sin tener a la vista aquel sino un calco mas mediocre 
todavía. Asi es que carece de proporciones, distancias, i exacti- 
tud en la nomenclatura i colocación de los cuerpos : pero, de todas 
maneras, nos lia pareci:to que seria útil ai lector tenerlo a la visla 
ai leer la descripción de este heclio de armas tan terrible como 
complicado. 

Se nos liahia informado que en el archivo del iMInislerio de la 
(luerra existia un plano exacto de la batalla de Longomilla, tra- 
bajado por el oficial de injenieros Walíon; pero aunque le hemos 
t)UíCaílo con prolijidad, no ncs ha sido posible encontrarlo. 

(1} «Cuando la caballería se replegaba a la izquierda, la infan- 
tería, que tocaba sus músicas, prorrumpió en gritos entusiastas, 
como el saludo de la victoria, que mas tarde debía obtener por la 
sola fuerza de su heroísmo.» B. \ [c\iñdi. -^Apuntes citados* 



J)E LA ADHIMSTiUCION MONTT. ^\ 



XVI 



Filé aquel acaso el mnraeiilo mas solemne del d¡a, el mas 
solemne de niieslca historia milílar. Todos los roslros esta- 
ban pálidos. Dábanse las voces de mando con ese acento ca- 
vernoso de las grandes emociones, i las armas se mocia» 
levemente en los convulsos brazos de la (ropa. El hombre, 
ánies de ser soldado, es padre, es esposo, es la frájil cria- 
tura, en presencia déla frájil naturaleza, i antes que la pól- 
vora atruene el aire i la vista de la sangre, desencadene las 
iras que arrebatan el espíritu, hai en todos los pechos una 
honda fluctuación, nacida a la vez del doble impulso de la 
sensibilidad i del deber. Cuántas lágrimas ocullas caen dentro 
del alma en aquella hora de la prueba! Cuántos pensamien- 
tos de ternura o de horror vuelan hacia el hogar, buscando el 
labio tembloroso de la esposa ausente, el regazo de la madre, 
las caricias del hijo que arrullan en la cuna el sueño i la ino- 
cencia ! I ai ! todo eso no es miedo, ni vergüenza, ni dolor. 
Es la naturaleza toda empapada en sus santos misterios; 
es Dios que detiene todavía el brazo del hombre, como el 
brazo de Abraham, ¡ le recuerda su misión sublime de paz i 
de ventura, en la hora misma de duda ¡ de angustia que prece- 
de al cruento sacrificio! 

I sin embargo, si una voz hubiera ¡do a decir a aquellas 
filas, a cada soldado, uno en pos de otro, que volviera la 
espalda hacia el peligro, habrian levantado lodo sus fusiles 
para matar al mensajero que les recordara el alhago de sus 
dichas de hombre, para apagar sus brios de soldado; tan 
cierto es que el hombre mismo es un misterio que vive solo 
entre las sombras de oíros arcanos mas elevados a que se ha 

44 



-34G HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

(lado los nombres do vida i eternidad: dos mísleríoa tam- 
bién! 

XVII. 

Ofrecía alli mismo un ejemplo eslraño de aquella situación 
peculiar do los espíritus, el mas famoso de los capitanes de 
guerra que formaban aquel día al frente de las mitades re- 
beldes. Veíase a Ensebio Ruíz a la cabeza de su escuadrón, 
con el rostro pálido i desecho, pero sosteniendo en alto una 
colosal tizona que le había obsequiado en Chillan el intendente 
Zañartu, quien la guardaba como una curiosa presea de los 
tiempos antiguos de caballeros i palenques. Al verle tan de- 
mudado, acercósele el secretario Vicuña, su amigo desde 
muchos años, i abordándolo con emoción le dijo: — Parece que 
U. tiene miedo! — Sonrióse Ruiz amargamente, i le repuso 
que sufría dolores físicos agudísimos, añadiendo: — Solo el ho- 
nor i el deber me tienen eneste dia a caballo. — «Tales fueron, 
esclama Vicuña, refiriendo este lance que la muerte iba a so- 
lemnizaren breve, tales fueron las últimas palabras que habló 
conmigo aquel Aquiles de nuestras batallas que, siempre 
luchando por la libertad i la justicia, era el terror de nuestros 
tiranos i la espada mas brillante de nuestra revolución» (1). 

XVIII. 

En aquellos mismos momentos, ocurría también en el palio 
de las casas una incidencia que tenia la sencillez del herois- 

(1) Diario citado. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 347 

mo anlíguo. Interpelaba el ¡iilciuicnto Alcmpailo al jcneral 
(]ruz con la vivaciJad qiio le es habilua!, suplicámlolo que 
sacara micvos batallónos a la línea, porque, si se concen- 
traba la defensa al circuito do las casas, la batalla iba a ser 
horrenda i espantosa la carniceria. Detuvo el jeneral la brida 
de su caballo ai verso asi apostrofado, ¡ fijando en su inter- 
pelante una profunda mirada, con un eco que recordaba el 
grito de las Termopilas, dijo estas solas palabras por respues- 
ta: — / para qué somos los soldados, sino para morir! 

XIX. 

En estos momentos eran las siete de la mañana i la linea 
enemiga, avanzando lentamente, coronaba la loma que domi- 
na el campo al frente de las casas, mientras la caballería de 
los rebeldes formaba su espesa columna en los bajos de Lon- 
go mi Ha. 

Vióse en este instante, i cuando ya las filas estaban a tiro 
de fusil e iban ambas a romper sus fuegos en el orden acos- 
lunibrado, que llegaba un jinete a lodo escape al sitio que 
ocupaba el jeneral en jefe del ejército asaltante. Era el gue- 
rrillero Jeldes que, observando el movimiento retrógrado de 
toda la caballería rebelde en dirección al Longomilla, venia 
dando voces que el enemigo estaba pasando aquel rio para 
huir la batalla. 

Al oir aquella noticia, el jeneral Bülnes galopó sorpren- 
dido al frente, hasta encontrar al comandante jeneral de 
infantería i dándole aviso que el enemigo se escapaba, lo 
ordenó cargar con todas sus fuerzas sobre las casas que su- 
ponía desalojaban en ese momento las últimas mitades de la 
infantería rebelde. 



>• 2Í8 HISTORIA Dr. LOS DIEZ AÑOS 

El valeroso coronel García obedeció en el acto, i como el 
batallón que mandaba mas ¡nmcdiatamenle se mantuviese 
formado en columna en el camino real, pregunto solamente 
a su jefe superior si marcharla al asalto de las casas en aquel 
orden. El jeneral en jefe pareció vacilar; mas adelantóse, a 
esta sazón,' el jefe del estado mayor Rondizzoni, i le previno 
que avanzase en la misma formación que tenia en aquellos 
críticos momentos: Señor, repuso García, una bala de canon 
me va a llevar una fila entera si entro en columna. — «En co- 
lumna! señor», le replicó el jeneral en jefe con cierto acento 
de impaciencia. — Pues entonces, adelante! esclamó García, 
i entró por el callejón que desemboca sobre las casas balien- 
do marcha, el arma al brazo i paso redoblado. 



XX. 



Iba a la cabeza del intrépido Buin, su jovon sárjente mayor 
don Cesarlo Peña i Lulo, la mas lucida figura de paladín quo 
militaba bajo las banderas del presidente Monlt, a quien 
acababa de ofrecer los laureles de Pelorca, donde se había 
balido con tanta bravera como humanidad. Vestía un paletot 
de abrigo i llevaba su manta de lana terciada sobre el pecho, 
reposando el nudo que la cenia sobre el sitio del corazón. Al 
verle con aquella armadura, que mas que una coraza parecía 
el blanco ofrecido a los fuegos enemigas, habíase acercado Gar- 
cía al joven héroe, de quien era pariente inmediato, i recordá- 
dole on chanza, que el capitán Matías Aguirre, primo hermano 
de Peña i Líllo, habia escapado ileso en el combale del puen- 
te de Buín en 1838, porque llevando su manta en aquella 
misma forma i estando el tejido húmedo con la lluvia, una 
bala había tocado el nudo que la alaba al pecho de aquel, 



I 



DE LA ADMIMSTRAClOr? MÜNTT. 3Í9 

liiátuiolo (le espaldas con la fuerza del golpe, pero sin ma- 
la il o. 

Una melancólica sonrisa desplegó los labios del joven cam- 
peón, que se adolanlaba con aire resuello pero profundamcnlo 
preocupado, como si un negro presenliniicnlo oscureciera su 
frente. AI partir de Valparaíso, liabia hecho su teslamcnto, 
dejando lodo lo que poscia a una hija, fruto do un temprano 
i vedado amor, i decíase que en la víspera misma de la ha- 
talli, envió una tierna carta al comandante Saavedra, su an- 
tiguo camarada i amigo desde la infancia, rocomendándüie que 
si perecía en la demanda del deber, cuidara de aquella huér- 
fana de su desdicha ¡ de su gloria. Ai ! Iba ahora con la espada 
fuera de la vaina a alropellar la jenle que mandaba aquel man- 
cebo, lan heroico como él, i moriría por los primeros fuegos 
que la voz de su intimo confidente ordenó disparar a sus 
filas!... Tremendos lances de !as impías guerras entre her- 
manos! 

XXI. 



Entre lanío, adelantábase la columna del Buin sobre la 
escasa fila de los batallones enemigos con paso tan acelerado, 
que ya so encontraba a tiro de pistola de las casas de Oevos, 
sin que aquella se hubiese apercibido, a! parecer, de la for- 
mación de la linea de los rebeldes, pues el 2." Carampangue 
oslaba oculto tras de una cerca, a la derecha del camino, i 
el Guia no era observado, porque encubría sus filas una ala- 
meda recien plantada que corraba ambos costados del cami- 
no carretero. No se había disparado, hasta ese momento, una 
sola arma de fuego, no se había sentido el choque de ningu- 
na arma blanca, ni siquiera se escuchaba el tropel de los ca- 



350 niSlOlUA DE LOS DIEZ AÑOS 

¿allos en los combates de guerrillas que suelen preceder a las 
grandes batallas. Pero, de reponte, el jeneral Cruz, que ob- 
servaba desde el palio de la casa la aproximación de la 
columna del Buin, se adelantó sobre los cañones que mandaba 
Zúñiga i dio en persona la orden de fuego ! 

Un súbito trueno no habría sido mas aterrante que el eslré- 
pido que siguió a aquella voz. El Guia i el 2.° Carampanguo 
hicieron simullánearaenle una descarga cerrada, mientras los 
siete cañones que estaban situado en la línea, vomitaron una 
lluvia de metrallas sobre los asaltantes. 

Casi todos los fuegos converjieron, como era de esperarse, 
sobre la. compacta columna del Buin, i viéronse caer treinta i 
seis soldados, por entre el humo de aquella inesperada des- 
carga, a que éstos no podían responder. Peña i Lillo habia sido 
el primero en venir a tierra. Una bala le habia atravezado el 
corazón, junto al nudo de la manta que lo protejia, i al irse 
de bruces, hecho ya cadáver, no habia tenido mas tiempo quo 
para decir — Ábranse!, haciendo a la tropa el ademan de des- 
plegar la columna. 

Tal fué la manera como pereció aquel noble capitán, lustre 
i prez del ejército chileno. Fué el primero en señalar a sus 
camaradas la senda de la gloria, i su cadáver, tendido desde 
que se rompió el fuego en el sitio mas avanzado de la línea 
de batalla, estuvo sirviendo de punto de mira a lodos los que 
llevaban en su pecho la magnánima resolución de perseguir los 
pendones de la victoria, aunque se divisasen aquellos mas allá 
de la mucrle fl). 



(1) Tan cerca a las casas de Reyes habia llegado el valeroso 
mayor del Biiin con su columna, que ai siguiente dia, se encontró 
su cadáver solo a media cuadra de distancia de aquellas. «Poco 
mas tarde, dice el ayudante de Estado mayor Vicuña, en sus. 
apuntes citados, recorrí el campo, i a mis primeros pasos, a media 



1>K LA ADMINISTRACIÓN MONIT. 351 



XXII. 



La lerriblo baliilla dcLoRgomilla comenzaba en aquel mo- 
mento ¡ de una manera que anunciaba cuan horrendos se- 
rian sus estragos. Semejantes a esas nubes sordas que, em- 
pujadas del aquilón, corren en los dias de verano por las 
gargantas do los Andes i a! íin so estrellan en las sinuosida- 
des do los valles, sembrando el espacio del fraííor del trueno 
i de los mil lampos del rayo, asi se embestían las dos lineas 



cuadra de las casas, encontré un cadáver que por su blancura pa- 
recía ser de algún jefe. Estaba enteramente desnudo í boca aba- 
jo, i no se veía en él lesión alguna. Le vuelvo la cabeza i le veo 
una cara que me era conocida, pero que el polvo, la barba i la 
palidez de la muerte desfiguraban. Me detuve un momento para 
traer a la memoria quien podría ser, i no pude saberlo. Llamé, 
entonces a un soldado, que por su uniforme parecía ser del ene- 
migo, ¡ le pregunté sí le conocía. — Es mi mayor Peña i Lillo!, me 
contestó.» 

El sárjente mayor de infantería don Cesario Peña i Lillo había 
nacido en Santiago por el ano 1820,' siendo sus padres don San- 
tiago Peña i Lillo, comerciante de profesión i doña Carmen Agui- 
rre. Desde muí niño, alirazó la carrera de las armas, entrando a la 
Academia militar en calidad de alumno supernumerario, bajo la 
solícita protección de su pariente el comandante don Manuel Gar- 
cía, quien le profesó hasta su muerte una ardiente afección. Este 
mismo jefe le incorporó en el batallón Portales, que mandó du- 
rante la segunda campaña del Perú, cuyo cuerpo se cubrió de 
gloría ^n el puente de Bnin, razón por la que se había dado este 
nombre al batallón que ahora mandaba. Peña i Lulo se distinguió 
tantbien eti la quebrada de Chiquian, al lado del conocido i malo- 
grado capitán Araneda que mandaba la compañía de que aquel 
era teniente, i por último, en Yungaí. 

De regreso a Chile, volvió a su claustro de la Academia, donde 
luego alcanzó la graduación de ayudante, junto con los distinguí- 



352 nisToniA de los díez AiNos 

enemigas, de improviso, i sin que ninguu signo hubiera anun- 
ciado su terrible choque. 

Por un inslanle, los batallones que llegaban al asalto vacila- 
ron en su marcha, como aturdidos de verse envueltos en una 
celada, cuando venian con pasos tan resuellos a la sorpresa. 
Mas, a la voz del coronel García, la columna delBuin se des- 
plegó en desorden, sallando la zanja que cerraba el camino 
por la derecha i atropellando los jóvenes álamos que obstruían 
el paso, mientras los demás cuerpo?, reclutas en su mayor parte, 
so desorganizaban, perdiendo su formación en línea, para 
agruparse en confusos pelotones, como sucede siempre al 
soldado chileno en los combales. 

En esta crítica situación, el mayor del Guia, Benjamín Vi- 
dela, dá orden a su tambor de locar la carga i se adelanta, 
en medio de un fuego espantoso, a la bayoneta calada con- 
tra los cuatro batallones que le asaltaban de frente. 

Desde el principio de la campaña, aquel animoso oficial 

dos oficiales Saavedra, Villagran ¡ Plaza, que tuvieron aquella 
colocación antes de pertenecer al ejército de línea. Peña i Lillo 
ensenó varios ramos científicos en aquel establecimiento i se reci- 
bió de agrimensor jeneral en 1847. 

Poco después, deseando retirarse del servicio, se dirijió a Cali- 
fornia en busca de fortuna i solo regresó a Santiago en 1851, la 
víspera del 20 de abril, en cuya función de armas tomó parte, 
eomo ayudante del coronel García. Esta inesperada circunstancia 
le impuso el compromiso de continuar en el servicio durante 
aíjueila crisis, aunque su resolución i su deseo eran establecerse 
eu Copiapó, donde, con el ejercicio de su profesión i algunos recur- 
sos que habia traído de California, esperaba labrarse un porvenir 
tranquilo. 

Si hubiera sobrevi\¡do a la guerra civil., este distinguido oficial 
habría llegado a ser un honor para su patria, porque era tan va- 
liente como instruido, tan pundonoroso como patriota ; pero el cíe* 
go destino le llevó a su fin en alas de su propio presentimiento, » 
fué la primera víctima inmolada en el campo de la matanza. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 353 

Icnla celübrado un compromiso con su compañero el coman- 
dante Saavedra (atendiendo a la mala calidad do las armas 
do su cuerpo ¡ al entusiasmo juvenil de los soldados), para dar 
una arremetida a la bayoneta, tan luego como hubiesen hecho 
la primera descarga, i habiendo llegado ya la hora de la ejecu- 
ción, lanzóse Vidola cun las dos compafíias que mandaba a 
la izquierda, mientras Saavedra, a quien el humo ocultó esto 
movimiento, permanccia de firme con el resto de aquella 
tropa tan brava como bisoña. 

Vidcla, entretanto, se adelantaba, ganando terreno con la 
mayor bizarría. Una bala de fusil, estrellándose contra los 
bolones de su casaca, le trajo al suelo mientras se adelantaba, 
pero recobrándose al instante i no sintiendo mas lesión que 
la fuerza del golpe, continuó avanzando hasta verse comple- 
tamente rodeado del enemigo con el puñado de bravos que 
le scguia. Envió entonces un ayudante llamado Vargas, pri- 
mo suyo, a pedir socorro a Saavedra, pero el joven oficial, 
espaulado de la temeridad de su jefe, huyó del campo; i co- 
mo nadie viniese en su auxilio i cayeran sus soldados en es- 
traordinario número, dio al ün Yidela la orden de replegarse, 
recibiendo en aquel mismo momento un balazo en un muslo 
que le tronchó la pierna derecha, haciéndole perder su uso 
para siempre, pues no ha sido posible estraer nunca la 
bala. 

Hacia solo unos pocos minutos a que habia comenzado el 
fuego, i por una coincidencia singular, los dos oficiales, que 
de arabas filas hablan caido primero, fueron los sárjenlos 
mayores de los cuerpos que desplegaban mas ardor en el 
ataque. 

Entretanto, Saavedra, notando el conOiclo de los suyos, 

se adelanta denodadamente con las dos compañías que tenia 

a sus órdenes, i mientras los soldados de Videla, que llegan 

4o 



^35Í HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

con SU jofe en hombros, se reorganizan junto a las murallas 
de las casas ¡ vuelven al combate conducidos por el vale- 
roso ayudante Smith, entusiasta mancebo de 19 años, sos- 
tiene aquel el empuje victorioso de todas las masas de ene- 
migos que vienen en perseguimiento de Vidola. 

Fué este el mas hermoso momento en que el comandante 
Saavedra desplegó la cslraordinaria serenidad que le es pro- 
pia en los combates. A diferencia de su impetuoso segundo, 
mantúvose impertubable durante muchas horas, animando a 
los soldados aun de que no perdieran una pulgada de terre- 
no. Durante el primer tercio del dia, sostuvo asi casi solo la 
pelea en aquella dirección, hasta que, abrumado por el número 
i no queriendo aun retroceder sin hacer un nuevo esfuerzo, dio 
orden a aquel valiente capitán Tenorio que mandaba la 1." 
compañia de fusileros de cargar a la bayoneta; obedeció el 
temerario oficial, pero, apenas se habia adelantado unos pocos 
pasos, cuando su cadáver i el de una gran parte de sus sol- 
dados median el campo de la matanza. 

£1 valeroso Guia, arrollado en todas direcciones, pues so- 
bre él cargaba todo el peso de la batalla en aquel instante, 
se replegó entonces en tropeles sobre las casas, pidiendo a 
gritos salieran a sostenerlos las numerosas corapaQias de re- 
zago que estaban formadas con el arma al brazo en el patio 
de las casas de Reyes. Saavedra habia salido ileso del con- 
flicto, pero el caballo que montaba i que era de estradicion 
arjentina, estaba cubierto de heridas. 

XXIII. 

El jeneral Cruz observaba todas estas peripecias desde el 
techo de las casas, donde su figura servia de conspicuo blan- 
co a todos los fuegos, pero, apesar de su asombrosa serení- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 355 

dad i de la impavidez con quo arrostraba la muerte, no daba 
aun la orden salvadora do sostener con fusileros de rt'frcsco 
su reducida i despedazada línea. 

Mas,liizolo por él el certero cuanto denodado comandanlo 
Drizar. Sallamlo la cerca que tenia a su frente con las com- 
panias del rejimicnlo Carampanguo que mandaba, so ade- 
lantó a sostener, o mas bien, a reemplazar a Saavedra i 
cuando ganaba terreno, haciendo un fuego mortífero, un casco 
de metralla le taladró la frente, arrojándole de espaldas 
sobre una zanja. Cuéntase que el asistente de este infortu- 
nado jefe le vio incorporarse un instante, i mientras con mano 
incierta se restregaba sobre la herida un puñado de tierra, 
esclamaba con voz ronca — No hai que rendirse Carain- 
pangue! (I). 

Así sucumbió el hombre cuyo atrevimiento habia salvado 
la revolución en su azarosa iniciativa, cuya espada la habia 
sostenido mas tarde en los conflictos de la campaña i cuya 
incontrastable lealtad la habría llevado al tín a sus desti-r 
nos, imponiendo con su ejemplo a los cobardes i corlando 
con su rara enerjia la red de la traición, cuyos hilos él solo 
tenia cojidos, ocultando, empero; sus alarmas en su sijiloso 
pecho. Antes del alzamiento de los pueblos del sud, fué este 
jefe un hombre oscuro i medianamente conceptuado. Pero ea 
la revolución encontraron teatro sus ocultas i no probadas 
prendas do soldado, i a no dudarlo, habrían alcanzado éstas 
su apojeo en la derrota o en la victoria de los suyos, í^i la 
fatalidad no hubiera atajado tan fuera de tiempo sus auda- 
ces miras. 

(1) Carta de don Fernando ürízar GarGas al autor, fecha 6 de 
mayo de 1861. — El comandante Urízar no espiró sino a las 10 déla 
noche del dia 8, pero desde que fué herido, perdió completanieiite 
el sefítido i la palabra. 



2o5 HISTORIA DE LOS DIEZ ASOS 

XXIV. 

ApGsar (le la temprana perdida de Urízar, el 2.* Caram- 
pangiie babia restablecido el combate por el frente de las 
posiciones del ejército rebelde. Mas, el flanco izquierdo de la 
linea estaba abandonado, i las tres piezas que se hablan co- 
locado en aquella dirección corrían inminente riesgo de caer 
en manos del enemigo, pues, como ya dijimos, la columna 
de Cazadores de Rojas, que fué destinada a protejerlas ai prin- 
cipio de la acción, se habla replegado hacia la derecha, a 
inmediaciones do la viña. 

En tal conflicto, corrió el intendente de ejército Alemparte 
a dar aviso al jeneral Cruz, i a pedirle que enviara una columna 
a protejcr aquellos cañones ya mui de cerca amenazados. 
Pero, al subir al techo de la casa, para ponerse al habla con 
aquel, observó Alemparte que un peligro mas grave com- 
prometía la batalla en opuesta dirección. Veíase, en efecto, 
en aquel momento, que la división flanqueadora de Silva 
Chaves venia por el costado derecho de las casas, tratando 
de envolver las posiciones que, con tanta bravura i en núme- 
ro tan desigua!, defendían los rebeldes por su frente. — Se- 
ñor, nos rodean! esclamó Alemparte, dirijiendo su anteojo 
hacia la viña i los trigales que se estendian hacia el oriento 
de las casas. 

Repúsole entóneos el jeneral Cruz ordenándole fuera en 
persona a colocar en un terreno conveniente para la defensa 
la bizarra columna de cazadores del Guia i del viejo Caram- 
paugiie que mandaban el mayor Hojas i el valeroso joven Be- 
navenle, que, esedia, como durante toda la campaña, vestía 
el traje de scMaJo, al igual de su tropa, a la que daba así el 
ejemplo de la abnegación i del entusiasmo. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONIT. 3o7 

Bizulo asi ti ¡nleiulente do ejército, i tlespucs do haber 
señalado su puoslo a atiiiellos bravos, qiio supieron defon- 
derlo con un señalado denuedo en aquel dia, en que el lie- 
roisnio se hizo cosa vulgar, volvió a dar cuenta al jeneral 
en jefe de que la fuerza con que cargaba el enemigo en 
aquella dirección era Ires veces superior a la que iban a opo- 
nerle Rojas i Bonavente. 

Solo en ese instante pareció el jeneral Cruz darse cuenta 
del falso plan de batalla que liabia acordado, fraccionando 
su ejército en dos mitades, de las que la una era asaltada 
por triplo número, mientras el resto, que era casi los dos 
tercios de la fuerza, se manlenia impasiblií en el recinto de 
las casas. 

£1 resultado de tan funesto engaño era que la batalla es- 
tuviese en realidad perdida raui poco después de comenzado 
el fuego, dando así brios i confianza al enemigo, que de otra 
suerte, pudo ser desbaratado por la impericia de sus jefes, 
en las primeras maniobras de la acción. 

El Guia, en efecto, estaba roto; el 2.° Cararapangue se 
veía comprometido por el frente contra fuerzas superiores ; 
los cañones de la izquierda iban a caer en manos del enemi- 
go, iva, en verdad, era éste dueño de dos de aquellas piezas, 
habiendo salvado la otra un esforzado oficial cuyo nombre 
se ha perdido, repl3gándose a las casas ; i lodo esto sucedía 
por el frente i el costado izquierdo, mientras por el flanco 
opuesto venia una división de refresco, haciendo un movimien- 
to de circunvalación que amagaba, no solo la estremidad de 
la línea en aquella dirección, sino que comprometía ya la re- 
taguardia misma de los rebeldes. 

En tan apurada situación ocurrióse al jeneral Cruz la ¡dea, 
que probó ser tan funesta, de hacer cargar a la caballería 
para restablecer el combate por el flanco izquierdo i por ei 



^5S EISTOQIA DE LOS DIEZ ÁÍÍOS 

freulo, arrollando los desorganizados batallones enemigos, 
raiéalras enviaba por la viña algunas columnas de fusileros 
a contener el avance de Silva Chaves. 

En consecuencia, envió inmediatamente orden al jeneral 
Faquedano con un ayudante que seguia a Alemparte, llamado 
Bastidas, animoso joven natural de la Florida, a fin de que 
en el acto cargase en masa i por escuadrones en escalón 
sobre la caballeria enemiga, arrollando la débil resistencia 
que podian oponerles los abatidos rejimientos de cazadores i 
granaderos que se veían en línea tras unos médanos, a orillas 
de Longomilla. 

Eran las nueve de la mañana en este momento en que co- 
menzaba la segunda parte de la famosa batalla de Lon- 
gomilla. 

XXV. 



El jefe de estado mayor, que en la ausencia del jeneral 
Urrulia, era comandante jeneral de caballeria, había agru- 
pado ios once escuadrones de que constaba aquella en una 
ondulación del terreno, dos o tres cuadras a retaguardia de 
la linea de infantería, i vecina a la márjen del Longomilla. 
Eusebio Ruiz formaba a la cabeza con el primer escuadrón 
lie su rejiraiento i seguían en pos los de Zañartu, Puga ¡ Pa- 
dilla, cerrando la retaguardia el escuadrón de lanceros del 
bravo mayor Grandon con su destacamento de indios a las 
órdenes de los lenguaraces Cid i Panlaleon Sánchez (1). 



(1) En la relación del comandante Lara, que publicamos bajo 
el número 14^ aparecen algunas modificaciones sustanciales en 
las operaciones de la caballeria del snd^ particularmente en la 



DE IX ADMINISTRACIÓN ftIUNTT. 359 

El joueral Daquedaiio, arrogante i oiilusiasla como en los 
mejores días de su gloriosa vida de soldado, acojió, sin em- 
bargo, la órdcu do cargar con cierla vacilación, fuese por- 
que no conocía el terreno donde iba a lanzar sus bisoñes 
escuadrones, fuese porque no veia a su frente los del ene- 
migo i sí solo los pelotones do sus infantes, que se estendian 
ya casi hasta tocar la ribera del rio, o fuese, acaso, porque 
no reconocía autoridad suficiente a una orden comunicada 
por un ayudante desconocido. 

Pasaban así momentos juzgados preciosos por el jeueral 
Cruz, sin que la caballería (a Ja que atribuía tanta ornas 
importancia que el jeneralísimo del gobierno, pues ambos ha- 
bían sido oficiales de aquella arma) emprendiese ningún mo- 
vimiento, ¡al contrario, divisábase, desde el tejado de la casa, 
al ayudante Bastidas (señalado por un ancho sombrero blan- 
co que llevaba) conversando con el jeneral Baquedauo, sin 
que éste diese órdenes para verificar la carga. Ofrecióse en- 
tonces Alemparle para ir en persona, lo que ejecutó en el 
acto, i aunque Baquedano le opuso algunas objeciones sobre 
el terreno, pues no le era posible desplegar en línea mas de 
un escuadrón, resolvió, al fin, marchar de frente con el re- 
jimiento de Ruiz, encargando aAlemparte de alistar los escua- 
drones que quedaban a su espalda, para que siguiesen si- 
multáneamente sus pasos. 

Púsolo por obra, en efecto, el verboso intendente de ejército, 
deteniéndose al frente de cada escuadrón i arengándolos do 
una manera apropiada, hasta llegar al que mandaba Grandon, 

colocación de los cuerpos; pero nosotros hemos seguido e» esta 
parte los detalles comunicados por el jeueral Baquedano i otros 
jefes de graduación inclusos los jenerales Búlnes i Cruz. Ademas, 
en el plano del injeniero Henry, los cuerpos eslan colocados 
eu la forma en que nosotros ios demarcamos. 



^360 HISTORIA DE LOS DIEZ a5íOS 

a quien recomendó no comprometer su jeule sino en el ül li- 
mo caso, pues observaba que no habla un solo caballo de 
reserva. Dirijióse, en seguida, a reunir algunos indios que se 
hablan dispersado a retaguardia para robar animales en los 
potreros vecinos, i no pudiendo ser obedecido ni volver al 
campo, por las peripecias del día, encaminóse a Linares, en 
compañía del consternado jeneral Urrulia, que se habia pues- 
to en salvo, antes de que se rompiese el fuego. 



XXVI. 



El jeneral Bülnes, enlrelanlo, que como antiguo jefe de la 
caballería, no apartaba su anteojo de la imponente columna 
del jeneral Baquedano, al verla moverse de frente, compren- 
dió que el instante decisivo de la batalla iba a llegar, i dio 
a la vez orden al coronel García de adelantarse con los Ca- 
zadores i Granaderos al encuentro de los Dragones de Ruiz, 
que venían a paso acelerado i lanza en ristre. Vióse a éstos, 
sin embargo, detenerse de improviso, bajar un barranco que 
les cortaba el paso i luego salir en pelotones a la opuesta 
orilla, tomando de nuevo su formación de batalla. 

Marchaba medrosa i vacilante la débil caballería del je- 
neral Búlnes. Formaban su columna solo 4 escuadrones que 
iban a estrellarse contra triples enemigos, pujantes con la 
confianza que les habia inspirado la jornada de Monte de 
Tlrra i el valor reconocido de sus jefes. El mismo jeneral 
Búlnes contemplaba su avance por el pesado terreno en que 
iba a trabarse la pelea, con una inquietud visible, i fluctua- 
ba entre contenerlos o cargar con ellos en persona, para 
suplir, coa su presencia, el brío decaído de sus ánimos. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MOKTT. 3G1 

cuauílo una Inspiración feüz vino a alumbrar lo. DIú órJen a 
su ayudanlc Viilola Guzman ilo ¡r a loJo escapo a sujelar los 
Cazadores qiio, tomando los aires do laclica, iban ya al 
Irole sobre el enemigo, i se dirijió en persona a la balería 
que mandaba a su derecha el mayor González i le ordenó 
que se adelantase con dos cafiones en protección de su ama- 
gada caballería. 

Dióse cumplimiento aceleradamente a esta disposición que 
salvó al ejército del gobierno de un rápido e ¡nstanláneo 
fracaso, i cuando ya los obuses de González, repletos de 
metralla, dominaban la planicie en que iban a chocarse las 
caballerías, el jeneral Búlnes se dirijió a su columna de 
jinetes ¡ so puso a su cabeza. 

El valeroso i feliz caudillo que, si no venció en Longomilla 
por su pericia, cumplió al fin su ardua misión pacificadora 
por los solos esfuerzos de su denuedo i de su sagacidad po- 
lítica, montaba en aquel dia memorable un poderoso caballo 
de pelo tordillo negro, i vestía, a diferencia de su émulo, un 
modesto traje de campaña cubierto por un espeso poncho 
burdo que le bajaba hasta las rodillas, del que se despojó en 
breve por el calor del dia, dejando a descubierto su espacioso 
pecho que cefiia airosamente un frac azul con botonadura de 
metal. No se distinguía en su persona ninguna insignia mi- 
litar; pero llevaba en alto su espada, i esta era para sus 
soldados una enseña mas querida i conspicua que las plumas 
i galones que solo lucen i fascinan en los días de parada : era 
la espada de Yungai, i lodos los ojos buscaban en ella el 
reflejo déla victoria! 



46 



'362 HISTORIA DF. LOS DIEZ A^OS 

XXVII. 

El jeneral Búlues dio en persona la voz de cargar, í galo- 
paba ya resueltamente al frente de los Cazadores, cuando 
González abrió su mortífero fuego sobre los escuadrones de 
Ruiz, que, al ver el avance de los jinetes enemigos, se habia 
quedado de pié firme. 

Nunca en batalla alguna hubo un fuego mas certero, ni 
una lluvia mas copiosa de proyectiles bañó jamás el campo 
de un encuentro al arma blanca. La metralla abrió de un 
solo golpe cien claros en las lilas de Ruiz, trayendo al suelo 
caballos i jinetes, sin que éstos, en la confusión de los pri- 
meros momentos, acertaran a cargar sobre el enemigo, fuera 
para atrepellar de frente su caballería, fuera para irse sobre 
los cañones que tan súbitamente los atacaban por un flanco. 

El denodado Huiz i el jeneral Baquedano, que venían ade- 
lante de las mitades, dieron, sin embargo, la orden de cargar; 
i se movían resueltamente en demanda de Jos escuadrones 
que ya estaban a tiro de carabina. Mas, en estos mismos 
críticos momentos, al disparo de un melrallazo, cayeron de 
sus caballos, casi sin diferencia de segundos, aquellos dos 
bravos soldados, cuyas espadas eran el lustre i la confianza 
(le los numerosos, pero indisciplinados escuadrones rebeldes. 
El jeneral Baquedano recibió en la pierna derecha un casco 
que le derribó al suelo, de donde le levantó su ayudante 
Alvarez Condarco, vendándolo en el acto la herida i hacién- 
dole subir do nuevo a su montura, en la que logró esca- 
par (1). 

(1) «Luego después se estrecharon las caballerías, i como a las 
diez de la mañana, fui yo tierido gravemente en una pierna con 
lina bala de metralla, que me dejó fuera de combate. En este 
estado, di orden al teniente coronel don Eusebio Ruiz, el jefe 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 302 

lliiiz, a SU vez, cayó do bruces, rolo el pecho con un casco, 
i aunque no espiró en el aclo, pues le vieron algunos do sus 
enmaradas revolcarse en los anchos pliegues do su manta, 
sin soltar la brida del caballo, acabáronlo luego los fierros 
de cien lanzas, pues los jinetes enemigos tuvieron a lujo 
empapar sus armas en la sangre do aquel hombre que impo- 
nía aun con su cadáver i al que en vida nunca acometieran. 

Al ver por tierra a los dos jefes que arrastraban en los 
escuadrones rebeldes toda la nombradla del valor i del pres- 
tijio de viejas victorias, i sintiéndose, por otra parte, ata- 
cados con tan cruda carnicería, por un enemigo invisible, 
cual eran los obuses de González, apostados como en celada 
a la distancia, los aterrados fronterizos flaqueron de ánimo, 
¡ volvieron las espaldas a los Cazadores, que llegaban en ese 
momento, sable en mano i en compacta fila por escuadrones. 

La bala que habia derribado a Eusebio Euiz dio la victoria 
al jeneral I^úines (1). 

mas bravo i arrojado de mi caballería, cargara al enemigo, como 
lo hizo con denuedo admirable, pero luego tuve el sentimiento 
de verle caer. Desde este momento,, la caballería, compuesta la 
mayor parte de luiasos sin disciplina, se desordenó i comenzó a 
dis[)orsarse, espantada del fuego que la artillería enemiga le ha- 
cia. Entonces me retiré como pude con mi grave herida i pasé 
e! Longomilla, a donde me siguió una parte de la caballería.» 
(Carta citada del jeneral Baquedano al autor). 

(I) El jeneral Baquedano atribuye principalmente los malos 
resultados de la batalla de Longomilla a la muerte do ürízar i 
de Ruiz, que eran las columnas de sus respectivas armas. «A la 
verdad, dice en la carta citada que nos ha dirijido i con una mo- 
destia que le honra, el batallón Carampaiigue. que se elevó a 
rejimiento, no habría dejado de coronar la victoria, si el valiente 
don Pedro José Urízar sobrevive, como también la caballería no 
se habría dejado de reunir o rehacer si no fallece el bravo don 
Eusebio Ruiz o yo no soi tan gravemente herido, porque Ruiz i 
Urízar, ademas de ser valientes a toda prueba, habrían infun- 
didotal respeto a sus soldados que éstos habrían preferido morir 
untes que desobedecer sus órdenes.» 



304 HISTORIA DE LOS DIEZ AÍSOS 



XXVÍII. 



En aquellos mismos momentos, el rejimienlo de Zañarlu, 
que venia en pos del de Ruiz, pasaba el zanjón que corría 
desde el camino carretero hasta el Longomiila i como fuera 
difícil su acceso por lo escarpado de sus bordes, sucedió que 
los que iban i llegaban se entremezclaron do lal manera, 
que era casi imposible retroceder ni avanzar. 

El bizarro Lara había conseguido, sin embargo, formar en 
líaea una mitad de sus veteranos carabineros, i cargando 
con ellos por un flanco que cubrían los Granaderos a caba- 
llo, fué envuelto i hecho prisionero. Otro tanto sucedía a 
Souper, bien que este, haciendo prodijíos de valor personal, 
conseguía mantener a su derredor un grupo de los suyos, 
con el que se abría camino en todas direcciones. 

Los últimos en llegar eran los escuadrones que mandaban 
a retaguardia el animoso joven don 3lartiníano Urriola i el 
veterano Grandon (pues el coronel Puga había fugado del 
campo antes de la carga], mas, el último de aquellos cayó 
luego en la vorájine de los sables, peleando como un león (1), 
mientras Urriola se esforzaba en reorganizar con su tropa do 
refresco los disueltos escuadrones de los comandantes que le 
habían precedido. Muerto Ruiz, herido Baquedano, prófugo 
miserablemente el coronel Puga, i sin que se viera en el 
campo un solo jefe de rejimiento, pues Zañartu había desa- 

(i) «Era corpulento i bien formado, dice hablando de este 
valiente el jeneral Baquedano, que bien le conocía. Habla mili- 
tado a mis órdenes desde la clase de teniente en el rejimiento de 
Cazadores. Era un bravo militar i falleció como Ruiz en Loügo- 
milla, coa heroísmo.» 



DE LA ADMIMSTn ACIÓN MO>'TT. 305 

pnrpcido en el combato (1), no quedaban ya sobre el lomo 
do los fatigados caballos sino algunos suballeinos. a cuya 
cabeza se puso Urriola i so retiró hacia el Longomilla en un 
confuso tropel, arrastrando en el torbellino de la derrota a 
mas de 300 jinetes. 

XXIX. 

El jeneral Baquedano, entretanto, acompañado de los bien 
reputados oficiales Alarcon i Zapata, cuya fama de bravura 
fué, empero, eclipsada en este dia, se dirijia a pasar el Lon- 
gomilla por un vado mas al sur, seguido de cerca por una 
partida de Cazadores, a cuya cabeza iba el valiente e imberbo 
alférez don Fidel Vargas, que tan lucida figura hizo en la 
revuelta de 1859 como oficial de caballería en las huestes 
revolucionarias de Concepción. 

En este aciago momento— las diez del dia— la derrota de 
la caballería rebelde era completa. 

XXX. 

Por una parle, los Cazadores i Granaderos se dirijian hacia 
el sur, acuchillando cuanto encontraban a su paso, i por la 

(1) Encontré, en una tarde del mes de octubre de 1861, a esta 
viejo soldado, ya próximo a morir, tornando el sol en uno de los 
ángulos de la plaza de Chillan viejo, i habiéndole sido presentado 
por el joven don Eleuterio Baquedano que me acompañaba, le 
interrogué sobre su conducta en aquel dia, no ocultándole que 
tenia informes desfavorables sobre su persona, lo que me parecia 
tanto mas estraño, díjele, cuánto tenia en toda la comarca gran 
fama de valiente. Disculpóse Zefiartu con la mala calidad de su 
tropa i el ataque imprevisto de la artillería; pero me aseguró que 
él habia pasado el zanjón casi solo, i que aun habia muerto ron 
su sable un soldado enemigo. La imparcialidad de nuestro pro- 
pósito nos obliga a hacer esta declaración. 



36G HISTORIA DE LOS DIEZ ANOS 

otra, se había aparecido sobro el campo en que se chocaban 
las caballerías, un enjambre de tiradores enemigos, quo 
venían por la retaguardia de las casas de lleves i que so 
avanzaban hacia el Longomilla, haciendo un morlifero fuego 
sobre los rotos jinetes del jeneral Cruz. 

Estrechados éstos, al fin, en todas direcciones, se arrojaron 
al profundo cauce del Longomilla, haciendo saltar sus ca- 
ballos desde las arenosas barrancas que cierran aquel rio ¡ 
sin poner atención a quo del opuesto costado se alzaba a 
pico un muro de roca casi inaccesible. 

Presentóse entonces el cuadro mas desgarrador de aquella 
jornada de horrores. Trescientos o cuatrocientos hombres 
nadaban en el estrecho cauce del rio, asidos de sus caballos 
i esforzándose por ganar la opuesta ribera. Mas, cuando 
observaban que aquella no tenia sino una angosta salida en 
que se atropellaban los primeros llegados, retrocedían, dando 
gritos espantosos de desesperación, mientras los implacables 
tiradores enemigos descargaban sus armas a quema ropa 
sobre aquellos hombres indefensos que no podían ni rendirse 
ni pelear. Ün cuarto de hora después, las márjcnes del 
Longomilla estaban silenciosas, i su sorda corriente arras- 
traba, hacía el turbio raudal del Maule, algunos centenares 
de cadáveres que, durante muchas semanas, iban a ser pas- 
to de los buitres que pueblan aquellas selvas, a medida quo 
el turbión los arrojara sobre la arena (1). No quedaban en 

(1) Se asegura que de ios 300 o mas jinetes rebeldes queso 
precipitaron en el Longomilla, no escaparon sino poco mas de 50. 
ün viajero que navegó el Longomilla i el Maule, quince días 
después de la batalla, contó 24 cadáveres en las márjenes de 
ambos rios, desde el balseadero de Prado hasta Constitución. El 
comandante Yañes nos ha referido también que, por via de prue- 
ba, echaron mas tarde en aquel paso del rio un pifio de yeguas, 
i que todas las que no volvieron a la orilla por donde hablan 
sido arrojadas, se ahogaron. 



DE LA Administración momt. 307 

eso ¡nslanlo sobre el campo de batalla, de la caballería 
del sud, sino algunos grupos de hombres despechados que 
lio querían huir ni hallaban tampoco enemigos contra quie- 
nes enristrar sus lanzas. Al avistar uno de esos pcloloncs, 
quo recorría la orilla del Longomílla, metió espuelas a 
su caballo para atacarlo el temerario capilan don Narciso 
Guerrero, que tenia el ciego valor de la sangre, si no el del 
espíritu, i aunque al acometer de cerca a diez o doce jinetes 
que le aguardaban de pié firme con sus lanzas en ristre, vol- 
vió la cara i vio que nadie le seguía, no se detuvo por eslo I 
fué a perecer, tan aturdido como bravo, entre los fierros do 
aquellos (I). 

Casi al mismo tiempo, volvían los Cazadores, cuvos dos 
escuadrones se habían dirijido en lineas paralelas, persiguiendo 
al enemigo, i hacían rendirse ahora a todos los dispersos que 
recorrían el campo. Uno de estos fué el bravo Souper, quien 
entregó su espada al capitán Yillalon, no sin haber hecho 
morder el polvo a mas de uno desús adversarios (2). A su lado, 

(1) El capitán Guerrero habla nacido en 1817 i hecho sus pri- 
meras armas de soldado distinguido en el batallón Valparaíso, 
después de haber sido condenado a servir durante diez años de 
soldado raso, por su participación en el motin de Quillota en 
1837. En 1838, recibió la jineta de cabo del Tejimiento de Caza- 
dores a caballo i ascendió gradualmente en el cuerpo de Grana- 
deros. Tenia una de las mas bellas figuras militares del ejército i 
murió cuando contaba ?olo 34 años de edad. 

(2) Al hablar de Roberto Souper, en el primer capítulo del 
presente volumen, padecimos algunos errores de lugares i feciias 
que rectificamos aquí, habiendo encontrado el apunte que se nos 
habia estraviado, según entonces dijimos. 

Souper nació, no en Canterbury, sino en Harwick, condado de 
Essex, en la inmediación de Londres, el 9 de setiembre de 18Í8» 
En la primera de aquellas ciudades hizo sus primeras letras, lo 
que nos indujo al error de creer que habia nacido en ella. Llamá- 
base su padre Guillermo Souper, quien falleció trájicamente en 



3C8 HISTORIA DE LOS DIEZ a50S 

liabia mueilo el esforzado capitán Condesa que mandaba 
una de las mitades do su escuadrón í varios otros de sus 
subaíternos. 

De estos últimos, perecieron muchos en el campo de ba- 
talla o en el cauce del Longomilla, sin que la historia haya 
conservado sus nombres. Sábese solo del ayudante Vargas, 
hijo del cqronel de este nombre, que servia en el Estado 
mayor i quien, menos animoso que su vastago, se habia retirado 
ántos del combate. El mayor Alvarcz Condarco cayó de su 
caballo, como en los Guindos, en la confusión del encuentro, 
i tan recio fué el golpe de la caida, que estuvo lodo el dia de 

1835 i su madre Emelina Howard, que ha muerto hace poco de 
nna edad mui avanzada. De los siete hermanos varones de Sou- 
per, cinco han perecido violentamente como su padre. Guillermo, 
que era el primojénito, en un combate en la isla de Santa Lucía, 
(Antillas inglesas). Juan, en otra acción de guerra en aquellas 
mismas islas. Moubery, en el sitio de Oporto en 1832 — Carlos, 
mordido de un perro loco, i por último, Jorje, de la fiebre amari- 
lla. De los dos que sobrevivían en 1859, Luis residía en San 
Luis en las Antillas i Eduardo en la Colonia de Swam lUver en 
Australia. 

Su primer viaje a Australia tuvo lugar en 1830, establecién- 
dose en la colonia de Swam River, bajo la dirección de un hacen- 
dado llamado Frimmer, de una de cuyas hijas se enamoró Souper 
con el curso de los años. Pero, contrariado por el padre en sus 
inclinaciones, se dirijió a la India, donde, como hemos referido, 
tomó parte en la intentona contra el fuerte ¿e Serrampore. 

En 1841, volvió, por la via del cabo de Buena Esperanza i la 
isla de Santa Elena, a Inglaterra, donde, encontrándose sin padre, 
intentó tomar servicio en la Guardia real, pero no pudo lograrlo 
por falta de dinero para comprar un grado. 

En estas circunstancias vino a Chile, por la primera vez, re- 
comendado por su primo don Edmundo White, rico comerciante 
ingles de Valparaíso, que se encontraba en aquella sazou en 
Londres. 

En cuanto a su vida en Chile, los detalles que hemos dado 
antes nos parecen completamente csactos. 



DE LA ADMlN'ISTnACION MONTT. 3G9 

ospalilas, comjilolaincnlo (lesniído en el campo ¡ prlvaílo de 
sonlido, hasla que el fresco de la noche lo reanimo I pudo 
salvar con oslrañas avenluiaá (1). 

XXXI. 

A las diez ¡ cuarto i\o la mañana, el cómbale de la caba- 
lleria estaba complelamenle terminado, i el joneral Búlncs, 
con el rostro radioso por una victoria que se debía mas al 
acierto de sus disposiciones que a la pujanza de sus armas, ha- 
cia pasar a galope, por todo el frente de la línea, al coman- 
dante Yañez, que acompañaba la división de Silva Chaves, 
por la izquierda, i señalándole el camino carretero por don- 
de huían los últimos restos de los escuadrones enemigos, 
le encargaba completase en aquella dirección la victoria, 
dando alcance a los prófugos con sus caballos de refresco. 
Dióle también orden de protejer los dos batallones de Silva 
Chaves que se consideraban cortados i- acaso prisioneros, 
pues no se tenia ninguna noticia de ellos, desde que hablan 
pasado por el flanco derecho del enemigo. De esla mauera, 
el jeneral Búlues recojió el fruto de su acertada disposición 

(1) Cuando volvió en sf el mayor Alvarez, se dirijió al molino 
de Pando, t como hablase perfectamente irgles, uno de los em- 
pleados de este establecimiento le \ist¡ó con su ropa. En seguida, 
marchóse a Constitución i se alistó de marinero en un buque que 
salió para Valparaíso, mas, habiendo naufragado este en la Barra 
del Maule, fué obligado a regresar. Aunque gnardaba ei mas ri- 
goroso incügnifo, le reconoció al fin un antiguo amigo suyo lla- 
mado Echeverría, i con su auxilio, pudo trasladarse a Valparaíso. 
Poco tiempo después, este ¡ntelijente oficial se marchó a las pro- 
■vincías arjentinas, de donde era oriunda su familia, i hace pocos 
años, se encontraba en una posición ventajosa, desempeñando la 
oficialía mayor del Ministerio de la Guerra en el Paraná. 

47 



, 370 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

de colocar la caballería en ambas alas de su línea, pues Ya- 
liez llegó a la izquierda en los momentos en que los escua- 
drones de la derecha estaban extraordinariamente desorga- 
nizados en la confusión de su propia victoria i no podían 
perseguir al enemigo. ¡Cuan distante habria sido la suerte del 
dia si el jcncral Cruz procede con igual cordura, haciendo 
valer de ac/uella manera su caballería, tres veces mas fuer- 
te que la del enemigo! 

Mas, ¿cómo había acontecido que los tiradores de Silva 
Chaves, a quienes dejamos sobro el flanco derecho de las casas 
de Reyes, habían llegado por la retaguardia, a tiempo de 
tomar parlo en la derrota de la caballería rebelde? 

Esta incidencia no$ obliga a retroceder algunos íostanles 
en el desarrollo de las operaciones de la batalla. 

Una vez situado Silva Chaves, con su división, sobre el 
flanco de las posiciones del jeneral Cruz, formó en linea de 
batalla sus dos batallones, i desplegando en guerrilla la co- 
lumna lijera del capitán Pardo, emprendió el ataque con vi- 
gor. Mas, tan grande i tan constante fué el esfuerzo con que 
hicieron la resistencia los bravos cazadores del Guia i del 
veterano Carampangue, dispersos en la viña, que, al fin, res- 
forzados por algunas compañías del bisoñe pero entusiasta 
batallón Lautaro, los obligaron, si no a retroceder, a conti- 
nuar, al menos, su marcha, en dirección a la retaguardia de 
las casas. 

A los primerias tiros de esta refriega, había caído de parte 
do los asaltantes el bizarro comandante del Chillan de línea 
don José Campos, i pocos minutos mas tarde, cupo igual des- 
tino al joven oficial del Chacabuco don Rafael Herrera, que 
servía de ayudante a Silva Chaves. Campos venia a caballo 
i varías veces le había insinuado su jefe superior se desmon- 
tase, por el peligro que corría al atravesar por un desfila- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONIT. 371 

(loro ¡ por el frcnlo do un oucraigo parapeladü, pero ól re- 
plicóle quo una (iolencia tjo los pies no lo porinilia andar, i 
así, por ahorrarse un íaslidio momentáneo, se cspnso a una 
muerto quo fué llorada de lodos los que amaban en él la 
modestia, el valor ¡ la lealtad. 

Sías, como una compensación de estas laraenlablcs pérdi- 
das, Silva Cliaves hizo prisionera una compañía del Caram- 
pangue (la 3/ de fusileros) mandada por el capitán don Sa- 
muel Valdivieso, oficial que se habia conquistado gran 
popularidad en la capital, mientras estuvo en ella como ayu- 
dante del jcneral Cruz. Padeció entonces la fama de este 
joven militar por aquel lance, pues dijese que, fuera impe- 
ricia, fuera sobresalto, se dejó rodear de triples fuerzas, i 
aun el jefo superior de las últimas insinúa una acusación 
harto mas grave, pues dice que la compañia que aquel man- 
daba «se vino» hacia su tropa ^1). 

(1) «Pasé, dice Silva Chaves en su diario citado, me interné 
en el monte, me formé en batalla sobre la derecha, i me fui de 
frente sobre las casas de Reyes, por la parte deí oriente de ellas. 
Aquí encontré el Lautaro ¡ la compañia del Carampangue, man- 
dada por Valdivieso. Esta fuerza, añade^ fué rechazada, cayendo 
prisionero Valdivieso i la compañia del Carampangue, que se vi-' 
no donde el capitán don Manuel Lastra, que antes habia perte- 
necido ai Carampangue i venia en mi columna.» 

Mas, aparece de otras relaciones que Valdivieso fué completa- 
mente envnelto i puesto entredós fuegos, por lo que tuvo que 
rendirse, no sin haber sido antes herido i con mayor pérdida de 
los suyos. Atribuyese su captura a la destreza i serenidad del 
capitán Núñez que mandaba la compañía de cazadores del bata- 
llón Chillan do línea {que era la misma veterana del Yungay que 
habia servido de base a este cuerpo) i su conducta debió ser mui 
distinguida, porque aquel oficial fué el único que recibió un gra- 
do sobre el campo de batalla. 

En cuanto al mismo Valdivieso, publicamos, en seguida, las 
satisfactorias es^jlicaciones que él da sobre su desgracia, esplica- 
cioucsque en si mismas, tienen un carácter evidente de veracidad 



' 372 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

A pesar de esla venlaja. Silva Chaves peidió lan conside- 
rable uúraero do sus tropas ea la augoslura por donde fué 
obligado a pasar entre la viña i los boscosos declives del cerro 
de Chocoa, que la mayor parle de sus soldados se subieron 
a esla eminencia, poniéndose fuera do tiro de fusil, mien- 
tras oíros, en completa desorganización, se dirijian hacia el 
camino rea!, a las órdenes del mayor don Basilio Urrulia, 
hombre arrojadísimo. 

Fueron estos últimos los que babian llegado sobre el cam- 
po en que se batían las caballerías, í los (jue habiau obligado 

i que confirma la conducta militar de su autor en épocas poste- 
riores, pues se asegura que se condujo bizarramente en el famoso 
sitio de Arequipa en 1836, como ayudante del jeneral Vivaiico i 
después recibió una herida en la cara, en el combate que tuvo 
lugar en Valparaíso el 28 de febrero de l8o9. 

He aqui pues lo que nos dice aquel oficial en carta fechada en 
Valparaiso el 12 de agosto del presente año (1862), contestando 
otra nuestra en que le pedíamos algunos detalles sobre aqucj 
suceso. 

«([laría una hora i media, dice Valdivieso, que se había empe- 
ñado la batalla, cuando recibí orden de salir con mi compañía, 
que constaba de un teniente, un alférez i 7a hombres de tropa; 
i al tiempo de llegar a la puerta principal, se me ordenó fuese 
a ocupar el ángulo sur de las mencionadas casas, frente a la vi- 
ña; tomó posesión eu línea diagonal i comenzó a batirme con una 
tropa que venia del norte, que por el vestuario que llevaban 
eran Buines. Una hora después de sostener dicha posición, vi 
venir a engrosar mis tilas a la 2.» compañía del mismo cuerpo 
al mando del teniente López, ordenándoseme hiciese flanco de- 
recho í me internase al norte, donde habían fuerzas que recha- 
zar, cuyo camino lo hice al trote para dar ejemplo a mis solda- 
dos, llegando estos a 42 hombres, inclusas las clases i oficiales; 
habiendo dejado en el primer lugar que ocupaba al subteniente 
Riquelme, herido de muerte ¡ como a 20 o 23 soldados en el 
mismo estado. 

«Habiendo principiado a reconocer dicho monte, no encontra- 
ba enemigos en ól, pero, por cumplir la orden, los busquó en 
todas direcciones, basta que me encontré con triple fuerza a la 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 371^ 

a los restos do los rcjiínionlos de Iliiiz i de Z.iflarlii a ecliaise 
al roDgomílla (!]. 

Kraii las once de la maúana. La batalla habia durado cua- 
tro horas. La victoria era del jeneral Búlnes. 

Oerrolada, en efoclo, i por completo, la formidable caballe- 
ría de los rebeldes; circunvaladas sus posiciones por el movi- 
miento de Silva Cliavcs; ocupada su retaguardia por los 

que llevaba i pertenecían al batallón Chacabuco. Comenzó el 
cómbale, perdiendo en los primeros tiros al sárjenlo 2." Arria- 
gada, soldados Mateo Altamirano, José Gutierres, i otros que en 
este momento no recuerdo. Después de tres cuartos de hora, mis 
soldados me dieron parte que por retaguardia nos cortaban i no- 
té como dos compañías de unos soldados da uniforme blanco, que 
después (jue caí prisionero supe eran «Ghillanes de línea». In- 
mediatamente traté de replegarme a las casas; pero viendo la im- 
posibilidad de poderlo verificar, por haber comenzado a hacerme 
fuego por la retaguardia, i los del frente a avanzar sobre mí. 
En este gran conflicto, se me dispersó la mayor parte de la tropa 
que comandaba, tomando distintas direcciones i solo quedé con 
cuatro o seis soldados i el teniente de la compañía don Eujenio 
Morales, con los que me tomaron prisionero con dos heridas de 
bayoneta que me hicieron antes de rendirme: la una en la mano 
¡2quierda i la otra en el brazo derecho. 

«Los oliciales que mandaban las fuerzas que me atacaron, los 
de vanguardia, eran los capitanes Lastra i Cnlderon, el primero 
se encuentra en Santiago i el segundo en el Tomé; ios de reta- 
guardia fueron el capitán Campos que falleció i otros que por 
ahora no recuerdo. Los dos primeros fueron ios que me conduje- 
ron al hospital de sangre del enemigo.» 

(!) Héaquí como el mismo Silva Chaves cuenta suscinfamente 
una parte de sus operaciones durante aquel dia, en su diario do 
campaña. 

«Como el fuego principiase i una compañía de Cazadores ene- 
miga se disponía a tomarnos el flanco izquierdo, formé mi co- 
lumna en la iz(juíerda; i a la cabeza, la compañía del Buin del ca- 
pitán Pardo, que estaba a mis órdenes; le maiulé fuego ganando 
lern^no i a la compañia de Cazadores del capitán Núñez, fuego por 
el flanco. La ArtiJJeria enemiga dirijió sus fuegos sobre mi co- 
lumna que no dejó de hacerme algunos males. Pasé ele». 



, 374 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

lanceros de Colchagua, que ¡nlerceptaban a la vez sus co- 
municacionos por la única saüda que tenían hacia el sud; 
conquistados los cañones que protejian el ala izquierda do 
la linea, i por último, encerrada toda la ¡nfaúleria en los 
palios i tejados do las casas de Reyes, podía decirse que el 
hecho de armas estaba terminado í que la victoria coronaba 
otra vez las" sienes del vencedor do Yungaí. 

Parecía, en tal coyuntura, que hubiera bastado a éste retirar 
su ejército fuera de tiro de fusil, para consumar, por el solo 
desaliento de los vencidos, lo que faltaba aun por hacer al 
plomo i al fuego. 

Pero no sucedería así, sin embargo. En un sentido eslra- 
léjíco, aquella situación era exacta i lodo jeneral cuerdo i 
esperimentado no habría obrado de otra suerte. Mas, ahora 
no se trataba ya de un combate de filas, sino de un pujilato 
tremendo, en que los combatientes habían dejado de ser sol- 
dados para medirse entre sí, cuerpo a cuerpo, como atletas. 
El jeneral Búlnes había vencido en Longomilla como jeneral. 
El jeneral Cruz lo vencería a su vez como héroe. La propia 
obstinación de las tropas de aquel contribuirla, no menos 
que oliadomable denuedo de los soldados del último, a cam- 
biar el aspecto, si no el desenlace del día. 

Cuando la caballería del jeneral Cruz huia en lodas di- 
recciones i se ahogaba un tercio de ella en el Longomilla, 
su heroica infantería hacia, al rededor de las casas de Reyes, 
pro(iijÍT)s de valor, batiéndose los mas bisónos soldados como 
leones. El vapor de la sangre, el calor sofocante del día, el 
humo de la pólvora que embriaga en la pelea, la rabia que 
enciende en los pechos jenerosos la inmolación de los amigos 
segado* por el plomo enemigo i, mas que todo, el ejom|)!o 
de constancia i de heroísmo de los jefes, habían dado al cam- 
po de batalla de Longomilla el aspecto de una arena degla- 



DE LA ADMlNISTRACIOtí MOMT. 37ü 

diailores, en quo no eran ya las armas, sino los brazos, los 
que docidian do las ventajas del eucuenlro. 

Luchaban los hombres cuerpo a cuerpo. No so haciau 
prisioneros, ¡nlcrponiéndosc las fuerzas cnlre si para desar- 
marse, sino derribándose unos a oíros, para mejor aseslarso 
el golpe de la mnerle. Ya no se empicaba el plomo ni el fie- 
rro de la bayonela. Brazos crispados levantaban por todas 
partes la culata de los fusiles i se acometían con sordos gol- 
pes, hasta romper las armas o quedar examines en el cam- 
po (1). 

Como la sofocación déla atmósfera fuese intolerable, ios sol- 
dados se agolpaban de preferencia a orillas de una acequia que 
atravesaba la viña por un costado de la casa, i al siguiente 
dia, notóse que aquel sitio estaba cuajado de cadáveres, 
encontrándose muchos en el fondo mismo del cauce. Era 
que, como los tigres quo se disputan los escasos bebederos 
del desierto, los combatientes de Longomilla se acechaban 
al llegar a humedecer sus fauces, i reconociéndose enemigos, 
se acometían i se revolcaban muchas veces en el agua con 
el furor de las fieras... I lo que lastima i causa mas 
grande horror en este inmenso estrago, no es el áacriíicio 
del hombre por el hombre, la inmolación del chileno a manos 
del chileno, sino que aquella sangre jenerosa fuese vertida a 
raudales en nombre de un déspota pigmeo, a quien aquella 
sangre de héroes i esas mismas batallas de titanes, barian, 
a la postre, jigantezco. 

(1) Se observó que la mayor parte de los fusiles que se recojíe- 
rou en el campo de batalla i al dia siguiente i que pasaban de 
700, estaban quebrados por la culata. 



37G BlíTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

XXXÍI. 

La matanza era, de esla suerte, c?panlosa, i no se hacia 
sin embargo, progreso alguno que prometiese el desenlace 
de aquella tremenda jornada. 

Por una parle, el jeneral Cruz liabia heclio salir dos com- 
paüias del batallón Lautaro al mando del coronel Martínez i 
dos del Alcázar, a las órdenes del entusiasta mayor Fuente- 
Alba, con el objeto de sostener los restos del Guia i del 2." 
Carampangue, que se batían en grupos en todos los alrede- 
dores de las casas, i el jeneral Búlnes, a su vez, comprome- 
tía toda su reserva, sosteniendo con el Rancagua i el Santiago 
sus desorganizados batallones. Mas, no por esto, el fin de la ba- 
talla parecía acercarse. A los primeros tiros cambiados por 
las tropas que venían de refresco, había caído muerto i díjose 
que por una bala de sus propíos soldados, el coronel Marli- 
uez (I), míéülras que de los contrarios era inmolado tam- 

(1) ftSerian las once de la mañana, dice el coronel Zanartu on 
unas anotaciones en que comenta su diario de campaña, cuando 
la casa fué incendiada, i en estas circunstancias, entró el jeneral 
en jefe al corralón a fin de eslinguir el fuego, i viéndo/o abrazado 
de calor, le estaba pasando yo una botella de agua que m^ sir- 
viente andaba trayendo, cuando se presentó allí el capitán del 
batallón Lautaro don Tiburcio Villagra, i dirijiéndoíe al jeneral, 
le dijo: — Al coronel Martínez lo han muerto nuestros soldados, por 
que quería traicionar, pues los hacia desarmarse para que se en- 
tregasen al enemigo.^ 

A esta circunstancia se añade la de haberse encontrado el ca- 
dáver de Martínez destrozado a bayonetazos ¡ traspasado de mu- 
chos tiros de bala, hecho que confirmaba^el conato de traición 
que se atribuía a aquel jefe, pues aun llegó a decirse que e| 
incendio délas casas había comenzado por la pieza que él mismo 
habitaba. 

Mas, el mismo Zañartu contradice este rumor tan jeneral, con 



DE LA ADMIMsTRACION MONTT. 377 

bien el comandanlo del Haii-aiiua don Malia^ González, liomhro 
ya anciano ¡ que dejaba en la horfandad una numerosa fami- 
lia, recibientlo una ba!a do fusil en el eslómago, Asi era que 
los progresos del combale se contaban, no por los niovjraicn- 
los estraléjícos, sino por el número de las viclimas de una i 
olra parle. «El fuego de la ¡nfanleria, dice el mismo jeneral 
Búiues en su parle jeneral, mientras lanío, se manlcnia con 
increible tesón ; los batallones avanzaban i se replegaban 
allernalivamenle, causándose estragos terribles i habían caido 
por una i otra parlo gran número de soldados, jefes i ofi- 
ciales. 



razones que no carecen de fundamento. En primer lugar, según 
l;is observaciones de aquel jefe, el teniente del Carampangue don 
Mariano Hidalgo, que se encontraba a pocos pasos de distancia de 
Murtinez, le vio caer del caballo en los momentos en que entraba 
al fuego, atacando de frente al batallón Chillan cívico que peleaba 
a las órdenes del comandante del Canto. En seguodo lugar, un 
asistente de este honorable jefe, llamado Beiiavides, conservó 
algún tiempo una de las charreteras de Martínez, lo que prueba 
que su cadáver estuvo en poder de los enemigos. En tercer lugatt 
hai la constancia de que el comandante del Canto ha declarado qua 
Martínez murió como valiente en leal pelea, i aun, por su con- 
ducto, entregaron a la familia de aquel desgraciado militar algunos 
papeles que se encontraron en su cartera, hechos que nos ha re- 
ferido el comandante Yañez. Parece también que el mismo capi- 
tán Villagra, que dio la primera voz de aquella traición en el campo 
de batalla, se retractó después, diciendo en presencia del coman- 
dante Zañartu que nada recordaba ; i aun podria citarse como 
una razón, mas convincente todavía, la deque el presidente Montt 
se negó en años posteriores a conceder una pensión a su viuda. 

Eü nuestro concepto, Martínez fué víctima de sos propios sol- 
dados; imposible seria esplicarse de otra manera el destrozo com- 
pleto de sus miembros, puts una persona que vio su cadáver nos ha 
dicho que estaba hecho un amero; pero, a nuestro leal entender, 
i por mas que vayamos contra la afición del vulgo, no fué el 
intento de una traición, tan infame como difícil, lo que le atrajo 
a aquel lastimoso Un, sino su crueldad excesi', a con la tropa, por 



-378 niSTORIA DE LOS DIEZ ANOS 



xxxm. 



A. esa hora, cerca ya del medio dia, los tres batallones re- 
beldes que habían entrado al fuego tenían, en efecto, sus 
jefes fuera de combale. Drizar en el 2.° Carampangue, Videla 
en el Guia, Martínez en el Lautaro, i otro tanto sucedía i 
aun con mayor estrago, en las filas del gobierno, habiendo 
perecido Peña i Lillo en el Buin, Campos en el Chillan de 



que, ya hemos referido, se le destituyó antes del mando del Al- 
cazar por este motivo. 

Martínez era un viejo oficial que había hecho la segunda cam- 
paña del Perú como sarjento mayor del batallón Valparaíso, sin 
haber logrado distinguirse por ningún hecho digno de nota. An- 
tes había mandado la guarnición del presidio de Juan Fernandez, 
i los presos políticos que estuvieron bajo su custodia en 1835 i 
36, recordaban con indignación su conducta mezquina i abusiva. 
La revolución le,encontró de gobernador de Quirihüe, con el gra- 
do de teniente coronel retirado, i como no fuera popular en ma- 
nera alguna en el ejército, líabia tenido en él una posición precaria, 
siendo colocado ya en el estado mayor o ya en el mando de los 
cuerpos de infantería. Murió, empero, en el campo de batalla i si 
sus defectos de hombre no pueden cubrirse con la mortaja del 
soldado, al menos, como tal, no se hizo indigno de la historia: por- 
que esta, en la duda del deshonor i la gloria, salva el nombre 
de los que han perecido en el campo de honor. «¡Pobre Martínez!, 
esclama Zañartu refiriéndose a este lance. Murió deshonrado en 
esta malhadada batalla, como sus veteranos compañeros que logra- 
ron sobrevívirle existen sin honra en el concepto de los que hablan 
sin haber visto nada.» A este mismo propósito i para no contra- 
decir una sola vez nuestro espíritu de rigorosa imparcialidad, re- 
producimos, en el documento núm. 14 bis, dos notables cartas que 
nos han sido dirijídas por los señores Jaureguí i Riquelme sobre la 
muerte del desgraciado Martínez, de quien aquellos eran estre- 
chos amigos. Ambas se han publicado en la Voz de Chile en e] 
mes de noviembre de 1862. 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 370 

linea, Gonzalos en oí Cancagua, ¡ siendo heridos, Torrns on 
ol Colchagua, Caupolican Plaza en o! Talca i ol capilan Oli- 
varoz en el Sanliago. 

Hablan perecido, ademas, enlio imichos subalternos dos 
de los capilancs dei 2.° Carampangue (1] ¡ el Guia icnia.acsa 
llora, 13 oficiales fnera de combale (2). Del enemigo, habían 
caido, en ese mismo licmpo, numerosos oüciales de segunda 

(1) Don José Jlignel Artigas, capitán de la 2.» compañía de 
fusileros i don Josó María V'cgas capitán de la 3.". Habíase visto al 
primero salir resueltamente al combate con capa i suecos, pues 
era ya algo entrado en años i aciíacoso de salud, i habia muerto 
a los primeros tiros. 

(2) Fué también mortalmente herido en las filas del Guia el fa- 
moso José Romero, mas conocido con el nombre de Leña Verde, i quo 
€ra en ti ejército revolucionario una especie de Tirteo popular, pues 
cantaba en décimas i tonadas las glorias de los rebeldes, a medida 
que esplotaba a los incautos con los ardides de su profesioD de 
jugador. 

En la Taróntuln áe] 18 de junio 1862, periódico que, con tanto 
patriotismo como lucidez, publica actualmente en Concepción el 
hábil escritor don Pedro Ruiz Aldea, se rojistra una injeniosa 
biografía de aquel célebre personaje, debida a la pluma del entu- 
siasta joven don Tomas Smith, i que creemos oportuno reprodu- 
cir, mas como el recuerdo de un hombre del pueblo que como u/i 
timbre honroso del soldado que la inspiró. Dice así: 

«José Romero, alias Leña Verde o Cochenclw^ era de estatura 
regular, rechonco, ojos azules, nariz aguileña, fácil en el decir i de 
un talento amenísimo. En su esfera, difícilmente puede encon- 
trarse un hombre mas adornado de las estraordinarias cualidades 
que él poseía. Errando siempre, buscando ilusos a quienes desplu- 
mar, introduciéndose en todas partes, habiendo llegado a adqui- 
rir un renombre inmortal en todas las clases de la sociedad. ¿Qué 
magnate, qué labriego no conoció a Leña Verde? ¿Quién do per- 
dió, jugando con él a las cascaritas? ¿Quién no oyó con gusto 
aquellos refranes que manaban de sus labios al tiempo de empezar 
la partida? De una en una, a la treinta i una, el que no tiene cama, 
duerme a la luna. Los padres de San Francisco plantaron una hi~ 
Quera, que demontres de padres, que de brevas no comerán! Todo 
esto i mucho mas decia Leña Verde para fascinara su auditorio, 



^80 HISTORIA DE LOS DIEZ a5.0S 

Orden. Solo el batallón Talco, que peleaba con eslraordinaria 
bravura, perdió a los capitanes San Cristóbal ¡ Bravo, al pri- 
mero de los cuales llevó al hospital de sangre el coniandanto 
ürzúa, por delante de su caballo. 



mientras meneaba las cascaritas con ana destreza admirable, 

«La familia de Romero se componía de su esposa í cuatro liijos, 
8 quienes amó tiernamente hasta su muerte; durante su ambu- 
lante vida, jamas les faltó el alimento, que el llamaba la gran- 
deza de la Providencia. Muclias veces se le preguntó si sus hijos 
heredarían los vicios de sus padres; él respondía quejamos corrom- 
pería el corazón de nivguno de ellos con los muchos vicios que él 
poseía, i esto lo probó un día en que, estando ejercitando su in- 
dustria, se presentó uno de sus hijos a observarlo; Homero, que 
se apercibió de ello, suspendió su juego i lo castigó, 

«Apesar deque Romero era holgazán, petardista I aun ratero, 
no por eso dejaba de tener un corazón compasivo; siempre se ia 
víó compartir con el mendigo el dinero que ganaba al pobre o 
al rico. En las iglesias, oía misa con una cristiana abnegación, 
sin esa falacia tan común en los hombres enccnegados en los vi- 
cios. 

«Oriundo de Concepción, como todos los hijos de Sur, tenia un 
entrañable amor a su patria; desde el año 26 basta el 31, no 
hubo asonada, motín o revolución en que él no tomase una parte 
activa. I ¡cosa rara!, este hombre pobre, sin mas entradas que 
Jas que le proporcionaban las cascaritas, no se enrolaba en las 
filas de la libertad por el aliciente del sueldo, pues nunca quiso 
admitirlo; ta.mpoco hacia el servicio del soldado, porque él de- 
cía que no habia nacido para ser subordinado. Pero en la pelea i 
en lo mas encarnizado de ella, se batía, no solo como simple sol- 
dado, sino como un jefe; su voz estentórea resonaba entonces 
animando a los combatientes, entre el estampido del cañón i las 
descargas de fusilería. 

«El ano ol se alistó en la compañía de granaderos del Guía i 
marchó a Longomilla; durante todo el tiempo que duró la cam- 
paña, jamás quiso jugar a las cascaritas, porque, como él decía, 
le que jugaba en esa jornada no era el dinero, sino su patria i la 
de sus hijos. 

«Romero era uno de esos héroes del pueblo que aman la glo- 
ria, que desean hallarse eo cieu batallas i sacar otras tantas 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 381 

XXXIV. 

Pero la imicilc no alajaba el brazo de los soldados ni po- 
nía tampoco remedio a la ¡ncesanlo carnicena la caulela de 
los pocos jefes que sobrevivían. 

En uno de los mas reñidos encuenlios de la balalla, observó, 
en efeclo, el coronel García que un grupo de 10 a 12 solda- 
dos del 2.° Carampanguo, notables por sus morriones i pola- 
cas de brín blanco, arrastraba prisionera, hacia las casas, 
una compañía entera del batallón Chillan cívico (1), que era 

heridas, para mostrarlas como un testimonio honroso de su valor 
i de su patriotismo. En cada vivac, después de arreglar i lim(iar 
su fusil, lo primero que hacia era dirijirse al jefe de su compa- 
ñía para suplicarle que si d<^jaba de existir en algún encuentro, 
su nombre figurase en la lista de los soldados que morían por 
la libertad; único legado que quería dejar a sus hijos. 

«En Longomilla, después de haber peleado con denuedo i 
bizarría, rindió la vida al impulso de una bala, i ;ii caer, i mori- 
bundo todavía, le encargaba a su jefe i a cuantos le rodeaban que 
su nombre no quedase en la oscuridad. La Tarántula cumple 
ahora con ese encargo, por si acaso el nombre de Romero no figu- 
rase en la lista de los soldados que pelearon i murieron en 
Longomilla. 

«Hai también otra razón para recordar su nombre, ¡ es que 
este nombre, a pesar de su prostitución, reunía en un grado 
eminente el amor a la patria, a la relijion i a su familia; orador 
i héroe, a la vez, era un resorte poderoso para remover las masas. 
Fuera del juego de las cascaritas, su vicio mas capital, era todo 
un hombre honrado, admirable por su injenio i por sus bellos 
sentimientos. Bajo este aspecto, José Romero Leña Verde bien 
merece que se le consagren estas pobres líneas.» 

(1) Díjosc que el sarjento mayor del 2.° Carampangue, don 
Buenaventura González, hizo prisionero al ayudante del Buin 
Cabezas, a quien encerró en un cuarto, golpeándolo con su es- 
pada i amenazándole fusilarlo : pero aquel intrépido oficial se 
escapó durante la refriega ¡ yclvió a incorporarse a su batallón. 



2&% HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

uno de los mas flojos en el ataque, sin duda por las innatas 
simpalias del soldado arribano hacia su causa; i no pudiendo 
aquel jefe consentir lamafia mengua, arrimó las espuelas al 
caballo, i seguido de sus dos ayudanlus Avelino Rojas i Emi- 
lioPradel, se interpuso enlre los prisioneros i sus captores, lla- 
mando a aquellos a sus filas. Mas, los úllimos le hicieron pagar 
hien pronto su temeraria pretensión de rescatar con amenazas 
el trofeo que ellos llevaban en sus bayonetas tintas ya de san- 
gre. El ayudante Rojas, joven entusiasta, que habia cerrado 
sus libros de derecho para buscar la gloria de las armas en 
ingrata contienda de hermanos, fué muerto sobre el sitio, mien- 
tras que una bala derribaba el caballo de Pradel, arrojándolo 
por tierra, i a no dudarlo, habría corrido la suerte de su ca- 
marada, si el coronel García no le hubiese salvado a la grupa 
de su montura. 

Quizás en los momentos mismos en que este desgraciado 
lance tenia lugar entro los ayudantes del coronel del Buin, 
una bala arrebataba de las filas del Giiia al bizarro hermano 
de uno de aqneüos oficiales, el joven don Raimundo Pradel, 
que, siguiendo las convicciones do su familia, militaba bajo el 
estandarte del jeneral Cruz, mientras su joven hermano, obe- 
deciendo a los principios del honor militar, servia bajo la 
enseña del gobierno. 

No fueron raros, en aquel tremendo dia, lances como el pre- 
sente. SabiJo es que un hijo del jeneral Raquedano servia de 
ayudante al jeneral Ruines (1), í que habían de una parte i 

. (1) Militaba también en el ejército revolucionario otro herma- 
no del ayudante de campo del jeneral Búlnes. Era este el bizarro 
joven den Elouterio Baquedatio, capitán de la compañía de gra- 
naderos del Guio, que entró al fuego cuando la batalla estaba ya 
algo avanzada, i tuvo lugar de di^tingllirse particularmente en 
la persecución que el comandante Saavedra hizo al enemigo. 
A propósito de las relaciones de parentezco que mediaban en 



DE LA AUMINISTRACION MONTT. 383 

Olía (sin oscopluar a los jonerales on jefe) antiguos ainigos ¡ 
parientes inmedialos que se batían con un selvático encaini- 
zaraíonto. 

Acaso, por una lastimera compensación de estos horrores, 
ocurrió en las filas del Guia un lance patélico que brilla como 
un rayo de luz en medio de esa vorájinc de sangre que so 
ha llamado batalla de Longomilla. Servían en aquel cuerpo, 
en calidad de subtenientes, dos jóveues hermanos (Juan i Felipe) 
del apellido de I^uiz, parientes del jefe de este nombre i dig- 
nos do su raza. Cayó uno do ellos atravesado de una bala en 
la refriega, i notándolo su hermano, cargólo en hombros í 
después de haberle dado piadosa sepultura en un sitio apar- 
tado del campo, volvió a la pelea a vengar la inmolación do 
su sangre, vertiendo la de sus enemigos. El jeneral Cruz as- 
cendió, sobre el campo de batalla, a este heroico mancebo, 
quo no tenia sino 1G a 17 años de edad. Habíale ayudado a 
sepultar a su heraiano una mujer del pueblo llamada Rosario 
Orliz, moderna Janequeo, a quien los soldados del Bio-bio 
llamaban «laMonchí» i de la que, en épocas posteriores, habla- 
remos con mas detención, por sus extraordinarios actos de 
bravura i abnegación. 

uno I otro campo, ocurrió un lance, un si os no es cómico, con el 
jeneral Baquedano, algunos dias antes de la batalla de Longomi- 
lla. Presentóse, en efecto, a aquel jefe un antiguo sarjetjto, a 
nombre de su tiijo Manuel, que acompañaba al jeneral Búlnes, 
llevándole palabras de éste tan lisonjeras para el jeneral re!)el(ie, 
que no pudo menos de sonreírse al oírlos espresivos recuerdos 
que de él hacia su antiguo camarada. Mas, por desgracia, el co- 
misario llegó al punto de decir, haciendo referencia a los respetos 
del jeneral Búlnes para con el jeneral Baquedano «que aquel 
consideraba al último como su padre». Protestó en el acto contra 
este cumplido el jeneral rebelde, a quien de hecho se llamaba 
octojenario, despidiendo con un jesto desabrido al incauto sár- 
jente, pues era suííciente que los jenerales en jefe de ambos 
ejércitos fuesen primos hermanos para que necesitas¡e uno de ellos 
tener un padre putativo en el campo contrario. 



384 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑ03 



XXXV. 



Recibió también los honores tltl dia, alcanzando un gra. lo 
sobre el campo, el denodado oíicial Robles, capitán do los 
granaderos dol viejo Carampangue, que, como hemos visto, 
estuvo incorporado, desde el principio de la batalla, a la línea 
que mandaba Urizar. Vióse a aquel heroico joven no descan- 
sar un solo instante, durante las siete horas que duró la re- 
friega, alentando su tropa i haciendo repartir municiones a 
los demás cuerpos quo formaban la linea. Vestia su traje do 
parada, i por un lujo de bravura, que tenia algo de la edad 
de los paladines, llevaba ceñida al pecho, a la manera de ban- 
da, una corbata de punto de lana, color claro, que le 
hablan obsequiado, como prenda de amistad, las señoritas 
Zerrano en Concepción. Prometióles. el héroe tener aquel 
recuerdo sobre su corazón el dia de la batalla i cumplía aho- 
ra su promesa, sin cuidarse de que su pecho era el blanco 
de los fu.sileros enemigos. Muchos oficiales del ejército con- 
trario declararon, en verdad, que le hablan equivocado con 
el mismo jeneral Cruz, por el uso de aquella banda, ¡ que, por 
lo tanto, recomendaban a los soldados el apuntarle con fijeza; 
mas, por una singular coincidencia, Robles no recibió en la 
batalla, sino dos balas, de las que una melló su espada, i la 
olra le arrebató un trozo de la vaina. 



XXXVI. 

No había desempeñado un rol inferior al mayor Rubíes, 
el comandante de arl¡i]Gria,Zíiñiga. No cesó este hombre, tan 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 38S 

niodcslo como esforzado, de Ir i venir do los cafioncs de la 
linca al parque de los porlrcclios, para hacer la dislribucioii 
accrlada de las municiones. Monlado en un soberbio caballo 
blanco ¡ vestido de gran uniformo, lo oinios comparar muchas 
veces al poeta nacional Kusebio L'illo (que presenció todas 
las peripecias del dia, do pié sobro el dintel de una puerta, 
dando muestras de un estoico valor] (1) con el retrato ecues- 
tre del belicoso apóstol Santiago, tal cual lerepresenlan en los 
milagros do nuestras leyendas; ¡majen que no es del toda 
caprichosa, porque Zuñiga era tan insigne creyente como va- 
liente soldado, i muchas veces, mientras vivió, le oimos con- 
tar milagros i apariciones de ánimas que él habia presencia- 
do i en cuya realidad creía como en dogma del ciclo. En una 
de las onlra las que Zíiñiga hacia a la casa, recibió dos 
balazos ene! hombro derecho i aunque la sangre le inundaba, 
haciéndole desfallecer casi por minutos, no abandonaba poreslo 
su batería ¡ no consintió en retirarse, sino cuando el jeneral 
Cruz le envió una orden terminante para hacerlo. 

XXXVII. 



Entretanto, era la una del dia i el campo estaba empa- 
pado de sangre, sin que la batalla tuviese visos de conc luir. 

Despechado el comandante jeneral de la infantería ene- 
miga de sus infructuosos esfuerzos para asaltar las casas quo 
sirven de reparo a los rebeldes, galopa al fin hacia el punto 

(I) «Aunque era paisano, dice de este entusiasta bardo, el aya- 
(laiile del Guia Smitti, en los apuntes citarlos, yo le he visto c| 
8 de ()icien)bre despreciar la? balas enemigas; i advirtiéndole a lo 
i|ue se espotiia, contestarme que quería estar mas cerca, para de 
ese modo cantar mrjor la batalla.» 

49 



386 HISTORIA DE LOS DIEZ a5Í0S 

donde se divisa al jéneral en jefe 1 lo anuncia que es imposi- 
ble seguir el combate en aquella forma, porque esas posi- 
ciones, defendidas de aquella suerte, son un castillo inespug- 
uable. Mucha parle de la tropa de la reserva del jeneral 
Cruz habia subido, en efecto, a los lechos de la casa, por 
orden del coronel Zañartu, i mantenía un vivo fuego sobre 
los grupos enemigos, dántloles aquel mismo jefe el ejemplo 
con un fusil que disparaba él mismo, como cualquiera otro 
soldado. 

XXXVIII. 

El combalo habia llegado ya a su crisis. 

El jeneral Búlnes, al recibir el último parle del jefe de su 
¡nfanleria, comprendiólo, al menos, así, i en consecuencia, 
dio orden al mayor Escala para que demoliese o incendiase 
las casas de Reyes, colocándose a tiro' do fusil con dos obu- 
ses i disparando granadas sobre sus techos i, al mismo tiem- 
po, ordenó al capitán Villalon, que era en la caballeria el 
jefe de mas graduación, pues el coronel Garcia se habia re- 
tirado contuso del campo, a fin de que cargase por un flanco 
a los tiradores enemigos. 

Villalon no se hizo repetir dos veces aquella orden; mas, 
seguido apenas de seis o siete soldados, entre los que iban 
sus dos ordenanzas, fué obligado a retroceder, escapando, a 
fuerzas de espuelas, de ser muerto o hecho prisionero. 

En cuanto a la ejecución del mayor Escala, vióse pronto 
que el lecho de las casas ardia con violencia en una de las 
estremidades del edificio. Pero logró cortar este mal el co- 
ronel Zañartu, segundado del injeniero Henry, pues la mis- 
ma chicha i mostos que existían en la bodega, les sirvieron 
para estínguir, en parle, el incendio. 



DE LA ADMlMSTIlACltiN MOMl. 1^87 



XXXIX. 



Era lambicn aquel momenlo preciso el que el jencral Cruz, 
por su parle, debió Icncr como decisivo para sus armas. 

Desdo el lecho de la casa, donde so manlcnia con una cons- 
tancia heroica, espuesto a todos los fuegos i aun a los do 
sus propios soldados (1), sin mas compañero que su asistente 
un animoso mancebo llamado Jil, que recibió a su lado una 
(grave herida], pudo observar el espantoso desorden que rei- 
naba en el campo de batalla, donde el enemigo no tenia un 
solo soldado de reserva, mientras su débil caballería se man- 
tenía amedrentada ¡ lejana, apesar del triunfo que le habia 

(1) Es un hecho averiguado que, estando el jeneral encen- 
diendo un cigarro (pues en Longomilla, como en Yunga!, no dejó 
de fumar un instante, según un hábito inveterade), una bala de 
fusil atravesó la manta de un señor Soto que le pasaba fuego en 
aquel instante i se clavó en el pilar en que se apoyaba. Este he- 
cho casual, pues varias bombas reventaron dentro del patio de 
las casas, fué comentado después por la maledicencia del vulgo, 
quien lo atribuyó al coronel Zañarlu^ así como se dijo, sin mejo- 
res fundamentos, que este jefe habia muerto de un balazo al 
comandante Urízar, porque se le habia visto disparando un fusil, 
encima de la muralla a cuyo frente habia formado aquel su bata- 
llón. El mismo candoroso mayor Zúñiga nos aseguraba, en 1832, 
con una buena fé de la que nopodia dudarse, que el balazo que 
le habia herido en el hombro habia partido del fusil de Zañartu, 
pues decía que el tiro habia veniJo de arriba a abajo, i anadia 
ademas que tenia «dos testigos» (i los nombraba!) que vieron a aquel 
jefe haciéndole la puntería. «.. 

Pero todas estas patrañas, que tan fáoil acceso encuentran en 
el ánimo del vulgo, se desvanecen por su pmpio absurdo, dejando 
a los críticos la provechosa lección de cuan aventurado camino si- 
guen los que trazan la historia solo por las conversaciones de los 
estrados i los chismes de los corrillos. 



388 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

(lado la metralla , mas que el filo de sus sables, en las pri- 
meras horas del combate. 

S¡, en ese momento,el irresoluto caudillo de la revolución 
del sur, a quien vemos siempre vacilante en los lances su- 
premos, se determina a hacer obrar en masa su reserva, en 
lugar de mutilarla, llevando al fuego i al esterminio una 
compañía tras' otra, ¿quién habria resistido a una columna 
compacta, en la que formaran dos o Ires compaúias del Ca- 
rampangne, que aun no hablan disparado un solo liro , i cu- 
yos soldados ardían de coraje i de rubor, til verse condenados 
a oslar con el arma al brazo, mientras los ecos de sus her- 
manos saludaban la victoria después de sus descargas? (1) 

Mas, como hemos ya dicho, los jenerales que mandaban 
los ejércitos de Longomílla no se dieron una batalla según 
el arle de la guerra. Llevaron sus huestes a la matanza, i 
ésta solo cesó cuando ya los brazos no tenían fuerzas para 
asestar los golpes del esterminio. 

(1) Díjose qup en estas misma? circnnstáticías se habla presen- 
lado al jeneral Cruz el valeroso capitán Robles, solicitanrlo que 
se le franqueasen solo dos compañías de la reServa para decidir 
la batalla, marchando de frente sobre el enemigo. Pero parece 
que el jeneral Cruz desatendió aquel reclamo tan heroico como 
oportuno, pues estaba siempre preocupado de su sistema de man- 
tenerse a la defensiva, i mucho mas decididamente desde que 
haliia perdido toda su caballería. 

El mismo coronel Zañartu sé éspréSa a éslé propósito en los 
términos siguientes en su diario de campana- oEn este estado, 
me persuadí que era llegado el caso de hacer uso de la reserva, 
i me preparé para salir con el resto de mi columna por la puerta 
del Este, que a prevención tenia abierta, para tomar al batallón 
Buin por el flanco izquierdo i batirlo, sin darle lugar a que sn 
columna variase de dirección; pero, añade en seguida, no se dio 
urden algún.» 



DE LA ADMINISTRACIÓN UONTT. 389 



XL. 



Después de la úllima ¡nfriicluosa tenia li va para arrollar 
lüs pelolones do fusileros que defendían las casas, volvió el 
coronel García a hacer présenlo al jeneral en jefe lo Icrae- 
rarío ¡ lo inúlíl de la obslínacíon de aquel alaque, pues el 
enemigo sacaba a cada niomenlo nuevas liopas de refresco 
que abrumaban a las ya fatigadas columnas que embestían 
las casas. 

Insiiuióie aquel, en consecuencia, la ventaja de retirar la 
linea de ¡nlanleria fuera del alcance del fusil, a lo que, no 
sin dar señales de despecho, accedió el jeneral Bíilnes, dando 
en el acto orden a sus ayudantes para que previniesen a los 
jefes de los cuerpos el replegarse a retaguardia. 

IXL. 

Fué en este momento cuando el ayudante de campo Videla 
Guzman adelantóse a galope a hacer marchar un cuerpo que 
le parecía de los suyos, i apesar de que muchos lo grilaban 
que eran enemigos, se acercó, hasta que, reconociéndole 
aquellos, le hicieron una descarga, derribándole al suelo 
cubierto de heridas tan graves que le acarrearon en breve 
la muerte. Así pereció a los 33 años de su edad aquel des- 
venturado joven que, hasta aquella úllima hora de su vida, 
no había tenido uorabradia de valiente sino de afortunado en 
su carrera. Una propicia estrella 1) había alumbrado a los 
principios, hasta verse a los 20 años de edad jefe de un ba- 



390 HISTOUIA DE LOS DIEZ AÑOS 

talloQ ¡ en la guarnición de Sanliago. Pero la crisis de 1831 
vino a dar un cruel desmentido a su destino. Acusado de «Irai- 
doD) por sus propios amigos, después del 20 de abril, pren- 
diéronlo después sus subalternos con mengua de su preslijio 
i de su responsabilidad; de manera que él fué a la guerra, 
no en basca dé la gloria, sino do la reparación de su empa- 
ñada honra. Encontróla esta por completo con su muerte, 
i su heroísmo fué tanto mas digno de respeto cuanto que no 
era hijo del entusiasmo ni de la ambición, sino del lustre 
del honor que la fatalidad o la impostura le hablan arreba- 
tado; i si se loma en cuenta que aquel sacrificio hecho a su 
nombre le arrancaba para siempre a las dulzuras de un ho- 
gar recien creado, su acción se hace sublime, ifuélo en efec- 
to, porque para él su turaba fué su gloria, como para su 
noble viuda fué en seguida el claustro.,,, 

VIIIL. 

Por lo domas, era ya tiempo de emprender la retirada. 

El denodado mayor Escala, batiéndose casi a tiro de pis- 
tola de las casas de Reyes, tenia casi todos sus artilleros 
fuera de combate, i después de haber recibido dos balazos 
en la ropa, uno de los que le derribó el kepi rosándole el 
pelo, perdió el uso de su brazo derecho herido de otra bala. 
Desfallecido i cubierto de sangre, le colocaron sus soldados 
en uno de los armones de la batería i le arrastraron hasta 
donde reorganizaba su linea el jeneral Bülnes. Iban también 
heridos a su lado los oficiales Goazales i Pardo, que se ha- 
blan distinguido eslraordinariamcnleen aquel dia, el primero 
contribuyendo como el que mas a derrotar la caballería con 
sus cañones, i haciendo el segundo señaladas hazañas con la 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 391 

columna lijera que mandaba ¡ con la cual sjü balia por el 
frenle, relaguardia ¡ ambos flancos do la» casas, en quo s(5 
hablan oncaslillado los rebeldes. Era do notarse la coinci- 
dencia singular de que, siendo Pardo i Escala losúllinios ofi- 
ciales heridos, perdiesen ambos un brazo, casi en el mismo 
momento. 

VIIL. 

Hubo entonces una pausa al terrífico fragor de la batalla 
que no habia cesado durante siete horas consecutivas. 

Era ya pasada la una de la larde i el jeneral Búlncs so 
esforzaba por reunir los fatigados restos de su línea en la 
loma que se estiende al frente de las casas de Reyes, mien- 
tras los rebeldes se concentraban en éstas, mas para reorga- 
nizarse i volver de nuevo al ataque, que para descansar de 
su heroica fatiga. Fué aquella la hora mas solemne i mas 
lúgubre del aciago dia de Longomilla. Un silencio, mas te- 
rrífico aun que el estruendo do las armas, reinó en el campo 
de improviso. Los combatientes de una i otra parte formaban 
su línea delante de la muerte, sombríos e irritados, como si 
hicieran los funerales de su recíproca matanza, porque no 
habia victoria decidida ni de los unos ni de los otros. Todos 
los rostros estaban demudados, los labios ennegrecidos por 
la pólvora, las fauces secas, las frentes cubiertas de sudor, 
los vestidos desgarrados en sangrientos jirones, i mientras 
los oficiales daban sus órdenes de mando con voces roncas i 
casi siniestras, los soldados levantaban sus armas en los bra- 
zos crispados, descubriendo en su fatiga la misma sed de 
sangre que les habla acometido en el calor de la refriega. 

I entre las dos líneas que formaban ahora los restos mu- 



392 UISTOUIA DE LOS DIEZ AÑOS 

tüados de los briosos ejércitos que se Labiao acomeliilo en 
)a mañana, dilatábase por lodo el lioiizonlo un campo de san- 
gre, cuyos charcos evaporaba el intenso calor del dia, mien- 
tras ios moribundos exhalaban sus laslinieros aves, sin que 
una mano piadosa aliviara su agonía, pues hasta las muje- 
res de uno i otro campo se hablan desparramado por entro 
los cadáveres, a la manera de las hembras del chaca!, des- 
pojando a los muertos de sus últimos atavíos. 

I cuando la brisa del medio dia comenzó a disipar la es- 
pesa nube que el humo i el polvo hablan acumulado en aquel 
recinto de horror, vióse que las casas de Reyes ardían con 
violencia, como si fueran la pira espiatoria de aquella espan- 
tosa hecatombe.... 

Debió ser aquel momento el designado por el ánjel o el de- 
monio de la batalla para tender sus negras alas sobre el cam- 
po del horror, i jilegáiidolas en seguida, ir a calmar los pa- 
vores del déspota sangriento que se albergaba en la Moneda 
i que habia encontrado altín una ofrenda digna desús votos, 
i un pedestal apropiado a su trono de usurpador ¡ de tirano! 

VIL. 

Mas, no tardó mucho sin que la batalla volviese a comenzar, 
bien que con el desmayo que traian a los combatientes la fa- 
tiga I el horror. 

El valeroso capitán Gaspar, ayudado del no menos esforzado 
Contreras i de unas mujeres, entre las que se distinguía la 
«Monchi», habia preparado dos olrestirosa bala rasa, i ade- 
lantándose con un cañón, hizo sobre las filas enemigas tan 
certero disparo, que la bala arrebató tres soldados de! bata- 
llón Buin, salpicando con los sesos del cráneo de uno deé¿los 
el rostro del jefe de estado mayor Roudizzoni^ que se encon- 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 393 

traba a corla tüslancla, atiirdiéndolo, al mismo Üenipo, con 
el sordo i ardioiilc zumbido do la ba'a. 

Aquel tiro do cañón cambió la sucrlc del día. Fué la repro- 
salia de la molralla quo había mucrlo al principio del cóm- 
bale a Ruiz i a Urizar, columnas de la victoria en las filas re- 
beldes. ' 

VL. 

Yióudosc espucslos a aquellos fuegos, los soldados que co- 
ronaban la loma comenzaron a grilar — Vamos a formar 
abajo! i en efcclo, toda la íila se fué deshaciendo i replegán- 
dose tras de aquella ondulación. Pero una vez vuelta la es- 
palda, es casi imposible poner alajo al pánico que se apodera 
del soldado chileno, que, así como no cede a tropa alguna 
para marchar de frente, jamas ha sabido retirarse, según las 
reglas de la estralcjia. 

Comenzó pues, en el acto mismo, una completa dispersión 
do lodos los cuerpos enemigos, que se dirijian en masa hacia 
el Maule, arrojando sus armas i vestuario. Irritado el jeneral 
Búlnes por aqutl escándalo, quiso dar aliento a los fujilivos, 
ordenando una carga a los Cazadores i Granaderos, que aca- 
baban de montar caballos de refresco, pero el desaliento era 
ya jeneral, i aunque unos pocos de aquellos valientes carga- 
ron sable en mano sobre un pelotón de infantes que so encon- 
traba aislado sobre el campo, volvieron luego la espalda, pues 
aquellos los recibieron en la punta de las bayonetas (1). 

(I) «El capitán don Vicente VilIalor> intentó organizarse i em- 
prender una carga; pero la tropa se le dispersó. También pro- 
curamos reunir alguna fuerza de infantería i entender *n el 
arreglo de ella, cuando un tiro fué dirijido con bala de canon del 
enemigo, llevándose tres hombres de la línea, i ya esta tropa se 
dispersó.» 

(Silva Chaves, diario citado). 
50 



394 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

Esle nuevo incidenle puso el colmo al desorden do la reli- 
rada del ejército del gobierno, í la convirlió en una verda- 
dera derrota. La caballería comenzó a desbandarse sin pres- 
tar ninguna obediencia a las órdenes que se le daban do 
llevar a la grupa a los oQciales heridos, sacándolos del hos- 
pital de sangre, ni cubrir tampoco la retaguardia de los 
suerpos fujilivos que se presentaban por el camino carretero 
en una confusión indescribible. El coronel García solamente 
habia podido organizar, haciéndose obedecer, pistola en mano, 
una columna de 150 fusileros, único resto de su lucido reji- 
mienlo, i aunque se esforzaba por obligarlos a detener el paso 
i cubrir la retirada del ejército, los soldados, por única res- 
puesta a sus amonestaciones, le presentaban sus fusiles cal- 
deados por el fuego de siete horas, i le decían que los hiciese 
fusilar en el sitio, porque ya no tenían fuerzas para pelear. 

IVL. 

Entretanto, algunos oficiales del ejército rebelde se habían 
apercibido en las casas de Reyes de aquel movimiento, retró- 
grado del enemigo, i el mayor Robles, dando la voz i el ejem- 
plo, seguido del comandante Saavedra, a cuyas órdenes se 
puso, se habia lanzado en persecución de los fujitívos con 
una columna de 200 hombres I un cañón, pero sin llevar 
un solo soldado de caballería, cuando habría bastado un 
escuadrón bien maulado para hacer prisionera la mitad, al 
menos, si no todo el ejército del jeneral Búlnes. 

Mientras Saavedra i Robles, los dos paladines afortunados 
de aquel día de heroísmo, avanzaban cerca de una legua tras 
los acelerados pasos de los enemigos, el jeneral Cruz, avisado 
de lo que sucedía, montaba a caballo ¡ salía hacía el Maule, 



IlE lA ADMINISTUACION MONfT. 395 

diciendo ai cüionel Zafiarlu— }'ü me voi hasta Talca i Ud. 
quédese aquí reuniendo dispersos. 

IIIL. 

Un cuarto hora después, el vencedor de Longomüla se reu- 
nía a la columna que iba a vanguardia i cerciorado do la fuga 
del enemigo, escribía, sobre el mismo campo de batalla, el 
siguiente parle de su victoria. 

Chocoa, diciembre 8 de 1851. (A las 3 de la tarde). 

«El ejército enemigo ha venido a atacarnos en nuestro cam- 
pamento i ha sido derrotado, después de haberle tomado su 
artillería, que queda en nuestro campo de batalla, con un 
número considerable de muertos, heridos i prisioneros. 

aTeniendo que seguir eu su persecución, no puedo eslen- 
derme en mas detalles. Debemos lamentar el duro trance, 
en que un hombre, olvidado do lo que debe al país i a sí mis- 
mo, ha colocado a la República, para reivindicar sus dere- 
chos. 

«Entre las caras víctimas que nos cuesta la victoria, 
lamentamos la del coronel Martínez, teniente coronel don 
Ensebio Ruiz i el jeneral don Fernando Baquedano, herido. 
Después pasaré a U. S. el parte detallado de la acción. 

Dios guarde a ü. S. 

José María de la Cruz», 

IIL. 

Tal fué la batalla de Longomilla, la mas famosai a mas 



'396 BISTORIi DE LOS DIEZ AÑOS 

terrible caláslrofe de los fastos chilenos. Ilásc llamado impro- 
piamente una batalla, título, a todas luces, inadecuado, por 
que solo fué una hecatombe de víctimas humanas, ¡ porque 
su desenlace no acarreó ninguna de las consecuencias que 
son inherentes a las armas, siendo solo el cansancio de la 
muerte lo que puso fin a la tarea de carnicería, a que, en ese 
infausto día, se entregaron los chi-bnos. 

Como hecho de armas, la batalla de Longomilla es única 
en nuestra historia. Delante de su magnitud como de su 
liorror, i aun en presencia de su propia esterilidad, Maipo 
fué solo un feliz i rápido movimiento de estraléjía, Chacabuco 
una carga a la bayoneta i el mismo Lircai, de sangrienta 
memoria, una simple escaramusa. 

No hubo en esta batalla ninguno de los accidentes comu- 
nes a los ejércitos que se baten. No hubo preliminares, como 
no hubo resultado militar definitivo. No so dio órdenes, — 
no se ejecutó movimientos, — no se combinó ningún plan. Los 
jenerales no dieron prueba alguna señalada de pericia mili- 
tar, pues tuvieron solo ocasión de poner en evidencia sus 
dotes mas esclarecidas de soldados. — Cruz, su magnánima im- 
pasibilidad en la resistencia. — Búlnes, su heroico arrojo en la 
acometida. Todas las armas se chocaron indistintamente; la 
caballería fué batida a cañonazos; los infantes pelearon sin 
reconocer cuerpo, desparramados por lodo el campo i a rela- 
guardia misma de las posiciones que asaltaban, i por último, 
los mismos cañones estuvieron, la mayor parle del día, a tiro 
de fusil del enemigo í a veces mas inmediatos, todavía. Fué 
aquella refriega de siete horas, no Interrumpidas por la tre- 
gua do un solo minuto, como sucede de ordinario en los 
combates en que se chocan i repelen las masas, una vorájíne de 
sangre, que, creciendo como un turbión- al reventar de los 
Iruenoe, que remedaba con propiedad el fragor de las armas. 



DE LA ADMINISmAClON MONTT. 397 

nrrasó lodo cuando alojaba su curso en la plauicic del cora- 
balo (I). 

Délos 7 mil hombres, en cfeclo, que lomaron parle cu la 
jornada, al menos, la milad quedó fuera de combale, sin 
contar en es!c número unos pocos cenlenarcs que se hic¡«- 
ron prisioneros de una parlo i otra (2). 

(I) Sígun una espresion del jencral Garcia, quedó el campo de 
Longüinilla como el círculo de un reñidero de gallos, cuando, en 
la última prueb.i, ponen los apostadores en el tambor a los dns 
combationtes ya moribundos i sacuden todavia estos el cuello 
para picarse, sin que por esto se declare a ni uno ni otro venco- 
dor. Esta comparación no dejaba de ser exacta, pues se nos ha 
asegurado que en el hospitar militar de Talca, cuando se reco- 
nocían dos enfermos de los ejércitos contendientes, se acometían 
todavia con gol[)es i denuestos. 

El espiritual Souper tuvo una ocurrencia aun mas peregrina 
para calificar la batalla de Longomilla, pues dijo que habia sido 
una pelea de gatos ingleses, en la que no habían quedado de aquc 
líos sino las colas... 

(i) E! ejército del jeneral Búlnes que se batió en Longomilla 
constaba, según la memoria de la guerra de 1852, de 3,582 plazas I 
el de Cruz, según un estado que tenemos a la \ista i que publi- 
camos en el apéndice bajo el núm. 19, de 3,411, de modo que el 
total de combatientes era de 6,993. 

En cuanto a las pérdidas de una i otra parte, es difícil estable- 
cer un número exacto, porque, sin temor de exajeracion, puede 
decirse que el número de heridos fué de 1,500 i el de muertos 
alcanzó a 'i, 000, pues es uno de los fenómenos mas asombrosos da 
esta batalla el que el número de los que perecieron fuese mayor 
que el de los heridos, circunstancia que se esplica por la manera 
como se trabó la lucha, cuasi cuerpo a cuerpo, por el singular 
encarnizamiento de los soldados, i mas que todo, por la estraor- 
dinaria duración del combate, pues se prolongó por mas de sieto 
lloras. 

Verdad es que el número de heridos que entraron al hospital 
militar de Talca, desde el 8 de diciembre al 23 de enero, según 
los Estados que existen en la Contaduría mayor de esta capital, 
fué solo de 616. Pero debe tenerse presente que solo fueron asis- 
tidos en aquel establecimiento los heridos de gravedad, siendo 



398 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 



IL. 



La bravura desplegada por los combatienles de una i olra 
parle no ha tenido nada de comparable en nuestros anales, 
i esto mismo esplica los estragos de que damos cuenta. 



mal pocos de estos pertenecientes a los cuerpos revolucionarios, 
al punto de que del Carampangue habla solo 9, 5 del Alcázar, G 
del Lautaro i 22 del Guia. Esto hace comprender, en la oscuridad 
que reina en esta parte de los acontecimientos militares de 1851» 
que en el hospital de Talca solo se curó poco mas de una tercera 
parte de los heridos, i asi resulta que de 79 heridos que aparecen 
en el batallón Talca por las listas de comisario de 15 de diciem- 
bre de 1851, solo existían 26 en el hospital. Consuela, sin embar- 
go, saber que la gran mayoría de los enfermos salvó, a pesar de 
la gravedad de las heridas, pues muchas de estas eran, a la vez, 
de sable, bala i a veces de metralla juntamente. A principios de 
febrero de 1852, solo csistian 112 pacientes i habian muerto 61. 
Debióse este resultado al celo desplegado por el gobierno, que se 
apresuró a nombrar un exelente cuerpo de cirujanos presidido 
por el humanitario Dr. Tocornal i por las filantrópicas señoras 
de Santiago, algunas de las cuales se trasladaron en persona a 
Talca, 

En cuanto a los muertos sobre el campo, no hai una cifra ni 
aproximadamente exacta; pero en lo que todos los jefes i oficiales 
están de acuerdo, sin discrepancia de ninguno, es en que aque- 
llos fueron en mayor número que los heridos. Según el jeneral 
García, a quien como jefe de la infantería incumbió hacer ente- 
rrar los cadáveres que se encontraron en el campo, después qu« 
lo ocupó el ejército del gobierno, el número de víctimas no podía 
bajar de 2,000, sin contar ¡os ahogados en el Longomilia. 

Las listas de tropa que pasaron, al siguiente día, algunos de los 
cuerpos confirma esta estraordinaria matanza. El batallón Guia, 
de 620 plaza>, formó el dia 9,segun su propio comandante Saave- 
dra.solo 180, esto os, menos de una tercera parte. El Carampangue 
perdió 349 hombres de 776 que contaba la víspera del combate, 
según el diario dei coronel Zañarlu, i por último, el diminuto 



DE LA ADMINISTRACIÓN MONTT. 399 

Hemos ya vislo que casi todos los cuerpos de ambos ejér- 
citos tuvieron sus jefes fuera de combale, lo que pone mas 
en evidencia el denuedo del soldado, pues es sabido que el 

batallón Rancagua, qtio sirvió en la reserva i se comprometió 
cuando ya estaba avanzada la batalla, tuvo entre muertos i heri- 
dos 138 liombres de los 300 de que se componía, cuyo dato puede 
verse corroborado en el Mercurio de Valparaíso núm. 7,412. Por 
último, los 7,000 hombres que formaron de los belijerantes el día 
8, estaban reducido» a 2,700 escasamente, en la mañana del í), 
pues el jeneral Biílnes no contaba sino con 900 infantes ¡ Cruz 
con 1,400 i la caballería de ambos no pasaba de 300 hon)bres. 

A propósito de la íilantropia desplegada por el vecindario de 
Talca para con los heridos de sus hospitales, nos complacemos en 
reproducir en seguida la carta que, sobre aquel particular, nos di- 
rij ió en la Voz de Chile del 27 de octubre 18G2, el señor don Ignacio 
L. Gana. Hela aqui : 

Señor. DON Benjamín Vicuña Mackbnna. 

Valparaíso, octubre 17 de 1862. 
Mui señor mió: 

El valor demostrado por Ud. para escribir la historia del último 
período administrativo, sobre el calor palpitante de hechos llanos 
de enconos i peripecias ardientes e inaveriguadas, me persuaden 
de la sinceridad con que U. se ha envuelto en el augusto manto 
de la justicia para abrir el campo a la verdad de los aconteci- 
mientos ¡ establecer, por decirlo así, concurso histórico entre los 
testigos ¡actores del drama que la motivaron. Bajo esta prueba, 
entro seguro a reclamar la consignación de un hecho importan- 
tísimo en las pajinas mas bellas e imparciales de su exelente 
historia. 

Después de la horrenda carniceria de Longomilla, Talca se 
convirtió en un vasto hospital de sangre de lodos los heridos de 
ambos ejércitos. Los preparativos hechos por la autoridad local, 
resultaron pequeños para contener el sin número de víctimas 
que produjo esa sin igual jornada, i Ins enfermos fueron pedidos 
por los vecinos para curarlos en sus prepias habitaciones. Así se 
vieron algunas familias asistir hasta tres heridos, aparte de los 
auxilios que prestaban en los hospitales en unión de las virtuosas 
señoras de Santiago. 

Testigo soi yo de los cuidados que se prodigaron con tanto 



400 HISTORIA DE LOS DIEZ a5'0S 

chileno jamas vuelve la espaliia a los peligros, cuando ve 
Incir a su frente la espada de los capitanes que lo acaudillan. 
Do esta suerte, no menos do sesenta de los jefes i oficia- 

enfusiasmo, sin distinción de colores políticos, a los oficiales i sol- 
dados de esas valientes divisiones i del tierno agradecimiento 
que reflejal)an en sus spmbiantes restablecidos los liéroes que 
resellaron ctmsu sangre el valor chileno, al despedirse del hogar 
solícito i hospitalario que les dio talvez la vida. Testigo soi yo 
también del caloroso verano de ese año de desastres, en que las 
manos de todo un pueblo eran pocas para abastecer de hilas a los 
pacientes i las de las distinguidas señoras para evitar con la nie- 
ve la gangrena í\o las hondas heridas. A esas atenciones, a esa 
solicitud ejemplar se debió la sorprendente cifra de convalecien- 
tes que pudo en breve darse de alta, Testigo, pues, de esa abne- 
gación sublime que mereció las simpatías de ios corazones i los 
t'lojios de la prensa i que acreditó en el mas mayor grado el prr- 
cioso timbre de caritativo i bondadoso que llevaba con orgullo 
el pueblo de Talca; me es mui grato testificar mas abajo, con 
algunas de las mismas señoras que acompañaron al cirujano en 
las recias amputaciones, que velaron sin descanso el lecho del do- 
lor, que sufrieron con el doliente i que fueron los ánjeles de la 
Providencia para el triste enfermo, lo que dejo espuesto. 

Señora doña Sinfurosa Vargas de Lois. 

» » Maria M. Bascuñan de Bascuñan. 
Rosario Cañas de Cruz. 
Zoila Díaz de Cruz. 
Mercedes Cruz de Cruz. 
» Marta Cienfuegos de Rojas. 
Dolores V^argas de Opaso. 
Natalia Vargas de Astaburuaga, 
Josefa Urzúa de Concha. 
Petronila Antúncz de Concha. 
Micaela Cañas de Armas, 
Francisca Cruz de Castro. 
Rosa Guzman de Cruz. 
Malea Cruz de Letelier. 
Jesús Lirón de Velazco. 
"vlargarila Lirón de Besodin. 
Mjria Castro de Cruz. 



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Di: L\ AI.MlMSTnvr.lON MONTl. 401 

les (1) lie uno ¡ olrocj«';rcito fuoroii niiierlos o hcrilos en la 
balalla, luiinero asombroso, en j)n)|)orcion do las lro])as qiio 
vso balian. 

Scnoia clona Cata lina Cruz de Urzúa. 

» » Maria de los A. C. de Azúcar. 
» to Justina Cruz de Silva. 
» » Dofores Versara de Cruz. 
» » Lucia Wittaker de Silva. 
» » Jesús Sepúlveda de Suva, 
líl noble suceso que vengo esponiendo empefia la gratitud de la 
historia, como empeñó la del pais entero. Hechos de esta natu*- 
raleza son los mejores frutos que el santuario de la historia puede 
ofrecer a las jeneraciones, los ejemplos mas espléndidos de la 
cristiana civilización de un pueblo. Abogo, señor Vicuña, por 
este acontecimiento histórico i os pido un rasgo de vuestra justa 
elocuencia para estamparlo en vuestro hermoso libro» 
Vuestro A. S. S. 

Ignacio L. Gana. 
(1) De éstos, el ejército del gobierno tuvo 12 muertos i 15 he- 
ridos (total 27), según aparece de la relación que hemos hecho, 
i del estado jeneral de las bajas que tuvo el ejército en 185J, i 
que nosotros reproducimos ahora en el apéndice, bajo el núin. lo 
bis, tomándolo de la memoria del Ministerio de la Guerra en 1852. 
El número de jefes i oficiales muertos del ejército rebelde, en 
cuanto hemos alcanzado a comprobar con exactitud los nombres, 
es de 15 muertos i 18 heridos (total 35), es decir, una cuarta 
parte mas que el jeneral Búlnes, que solo perdió 27, aunque esta 
diferencia debió ser mucho mayor. Según el mismo eslado jene- 
ral que acabamos de citar, el ejército del gobierno tuvo, durante 
la crisis revolucionaria de 1851, entre jefes i oficiales, 19 muertos 
i 29 heridos, total 48. Haciendo ahora un cómputo aproximativo 
de las pérdidas de los rebeldes, aparece un número casi igual, con- 
tando 35 en Longomilla, 3 en Petorca, 1 en Illapel, 3 en la Se- 
rena, 1 en el Monte de Urra, i por último, 3 en el combate del 
20 de abril, 46 en todo, lo que hace un total de 95 oficiales 
muertos o heridos durante la guerra civil, número que solo pue- 
de compararse aproximativamente al de los que fueron ajusticia- 
dos por causas políticas durante el decenio que siguió a aquella 
crisis. 
Como un complemento de estos detalles, publicamos, en seguida, 

51 



402 HISTORIA DE LOS DIEZ AÑOS 

En cuanto a sus resultados militares, materias tic tantas 
controversias de bandos encontrados, la batalla de Longonií- 
11a no ofreció sino confusión o ¡ncertidumbre, pues, en defini- 
tiva, si trajo en pos la eslincion de la guerra civil, dobioso 
esto, no a las ventajas alcanzadas por los uñoso los otros, sino 
por el agotamiento do ambos en la lucha. Verdad es que el 
campo quedó por los rebeldes con lodos sus trofeos (!) i que, 

la lista de los jefes ¡ oficiales del ejército revolucionario muer- 
tos i heridos en Longomilla, lo mas completa que nos ha siilo 
posible formarla, después de prolijas investigacicnes. Hólaaqui: 

Rcjimiento Carampan'jne (Muertos).— Teniente coronel, Pedro 
José Drizar: capitanes, José María Artigas i José Manuel Vegas; 
alféreces, Francisco Jara, Tomas Roa i Gregorio Uiquelme. 

(Heridos). — Capitán, José Leonor Santapao; subtenientes. Pas- 
tor Mesa, Adolfo Solano, Nicolás López. 

Batallón Guia (Muertos). — Capitán, Domingo Tenorio, tenien- 
te, Raimundo Pradel; subtenientes, Juan Ruiz, N. Reyes, Jorje 
Patino i Miguel Lillo. 

(Heridos). — Sárjenlo mayor, Benjamín Videla: tenientes, Gui- 
llermo Truje, N. Cornou; subtenientes, Felipe Ruiz, Antonio 
Roa, José Contreras, Francisco Carrera i Salvador ürrutia. 

Batallón Lautaro (Muerto). — Coronel, don Manuel Tomas Mar- 
tínez, 

Batallón Alcázar (Herido). — Capitán, Bernabé Anguila. 

Artilleria (Herido). — Teniente coronel, Bernardo Zúñiga. 

Caballería (Muertos). — Teniente coronel, Eusebio Ruiz; sárjen- 
lo mayor, José Antonio Grandon; Capitán, N. Condesa; ayudante, 
N. Vargas. 

(Heridos). — Jeneral, Fernando Baquedano: sárjenlo mayor, Al- 
varez Gondarco (contuso): capitán, N. Sanhueza; ayudante, N. 
Varas; subtenientes, N, Méndez i N. Gruzat. 

(1) En los documentos del tomo 2,<' de esta iiistoria, hemos 
publicado el parte detallado de la batalla, enviado en forma de 
circulara las autoridades revolucionarias, por el secritario jene- 
ral Vicuña, el dia U. Según este documento, quedaron en poder 
del jeneral Cruz, 700 fusiles, 2 obuses, 200 prisioneros i los ¡ns- 
truraentos de 5 bandas de música, ademas del hospital militar 
del enemigo i de la mayor parte de sus heridos. 



nr: la administuacion momt. 403 

mililarmonlo Iiubliindo, csla c¡rcunslanc¡a alriijuyc a los 
íilliinos el éxilo del (lia; pero los que (üslribuycn asi los láme- 
les, sin mas justicia quo el Irislc egoísmo do la discordia, olvi- 
dan quoya oso mismo campo Labia sido lodo de las tropas del 
gobierno, que lo hablan barrido, haciéndose dueños de lodo 
el lerreno, csccpto el rociólo forlilicado do las casas de Hc- 
yos, ¡ que, por úllimo, al relirarsc, dejaban entregada a las 
llamas osla misma fortaleza, en que los rebeldes, a su lurno, 
vencedores, se habían defendido con lan indomable porfía. 
Había, pues, una compensación en las ventajas, como la había 
en los horrores del dia, í puede decirse, en resumen, i como 
para poner ya un apropiado epílaüo sobre csla inmensa fosa 
repleta de cadáveres chilenos, que Longomiila no fué «na 
victoria ni una derrota : fué solo el holocausto ofrecido a la 
patria por el valor do sus hijos que sabían morir dignos do sus 
empeños, los unos en pro de la libertad, que habían jurado 
sostener con las armas, cu abono de sus deberes públicos o 
do sus compromisos de lealtad, los oíros. 



L. 



De lodas maneras, la guerra civil iba a tener término, 
desde aquel dia, que las jencraciones de Chile, a la manera 
de los antiguos, inscribirán en sus anales como uefaslo; i si 
el cañón de Longomiila no tronó como la última palabra de 
la guerra fratricida, fué al menos aquella tremenda jornada 
el sangriento sudario en que la revolución del sud iba a ser 
sepultada, una semana mas larde, en las márjenes del Pu- 
rapel ! 



FIN DEL TOMO CUARTO. 



APÉNDICE. 



Los documentos que corresponden al presente volumen, 
se publicarán en el tomo V., por la exesiva estension de 
aquellos. 



I 



i 



índice. 



CAPITULO I. 

LAS ESCARAMUZAS DE LA GUERRA CIVIL. 

Don Joaquín Riquelmo amaga con una montonera la población de 
Linares i se insurrecciona el mismo dia la villa de Molina. — 
Don Nemecio Antunez iel cura Méndez.— Roberto Souper.— Su 
vida, carácter i aventuras. — Prisión de estos ciudadanos i su 
envió a la capital desde Talca. — Souper subleva la guardia que 
los conducia en Quechereguas.— El mayor Banderas. — Cómico 
combate de Lontué.— Souper pasa el Maule con una partida 
de veinte i cinco hombres para reunirse al coronel don Domin- 
go Urrutia. — Ataca éste el pueblo del Parral i es rechazado. — 
Importancia de sus operaciones en el Maule. — El intendente del 
Nuble es obligado a abandonar a Chillan i replegarse al Lod- 
gaví. — Fuerzas de que se componía la división del coronel 
Garcia 



CAPÍTULO n. 

ORGANIZACIÓN DEL EJERCITO DEL GOBIERNO. 

Se pone en marcha para el sud el jeneral Búlnes. — Accidentes de 
su viaje hasta Talca. — Aspecto de las poblaciones del tránsito 
en presencia de la revolución i medidas políticas que se adop- 



Pii. 



40G ÍNDICE. 



Páj. 



tiin.— Diario de campaüa del secreLirio dol joneral «3» Jefa don 
Antonio Garcia Reyes.— Recümcndaciones honrosas quo hace 
el presidente de la República a esto personaje i al auditor de 
guerra Tocorna!, — Recursos militares de la provincia de Col- 
chagua. — El jcneral en jefe se dirije a Longaví, pero regresa 
desde el camino a Talca, para pedir refuerzos al gobierno. — 
Solicita la presencia del Ministro de la Guerra en el cuartel 
jeneral i se pone aquel en marcha.— El jeneral Búlnes se tras- 
lada a la división de vanguardia. — Aspecto formidable que 
presentaba la rerolucion en aquellos momentos. — Palabras de 
Garcia Reyes.— Llega al cuartel jeneral el juez de letras do 
Concepción Sotomayor con las primeras noticias fidedignas de 
los acontecimientos del sud. — Se retírala división do vanguar- 
dia a Longomilla, i se teme no poder organizar el ejército en 
la márjen sud del Maule.— Comienzan a llorar a Talca i al 
campamento de Chocoa los cuerpos del ejército. — Desconfian- 
zas que se abrigan sobro la fidelidad del batallón Chacabuco. — 
Se traslada el cuartel jeneral a Chocoa.— Se recibe la notica 
del triunfo do Petorca i es celebrada con salvas de arliileria. — 
Proclama que con esto motivo dirije el jeneral Búlnes al ejér- 
cito.— Revista jeneral del ejército que tiene lugar el 22 de oc- 
tubre. — Proclama del jeneral Búlnes en esta ocasión. — Precipi- 
tado viaje que hace a la capital el coronel Gana con el fin de 
solicitar refuerzos para los cuerpos de caballería i artillería. — 
Organización de las tres armas del ejército. — El comandante 
donSanlíagoUrzua.— Muévese el ejército liácia el Nuble. ... 25 



CAPITULO in. 

APRESTOS MILITARES DE LA REVOLUCIÓN. 

Decrétase cu Concepción la formación de dos batallones de infan- 
tcria i un escuadrón lijero, antes de la llegada del jeneral 
Cruz. — Aprestos militares en las fronteras. — Eusebio Ruiz. — 
Su carrera de soldado, su carácter i sus operaciones tan luego 
como estalla la revolución.— El comandante don Manuel Za- 
ñartu.— Sus servicios i su rol revolucionario en 185I. — Su día- 
rio de campaña i caria que escribe al autor en 1856.— Su 
conducta en presencia de la revolución i esfuerzos que hace 
para sofocarla.— Carácter de este jefe.— El comandante Lara 



ÍNDICE. 407 

oriipn a Ouirilmo i so reúno i\\ curonol Urnilia en las siorraá 
del iNinliuo.— Dosaccrlado onviotlcl vapor /< ronco, conduciondo 
a la comisión do la Serena al puerlo do Coquimbo, i saiulu- 
cion que ésla dirijió al pueblo do Concepción.— Cómbalo del 
Anitico i del Meteoro en la boca do la (Juiriquina.— Progresos 
de la insurrección hasla fines del mes do seliembro.— Enfermo- 
dad del jencral Cruz , 49 



CAPÍTULO IV. 

LA ARA.UCANIA. 

El jencral Cruz, restablecido de sus achaques, se dirijo a los Anje- 
les. — Error de esta resolución i sus funestas consecuencias. — 
Prisión i fuga del comisario jenoral de indijonas don José An- 
tonio Zúñiga.— Guerra i carácter de este caudillojo.— La 
Araucania en 1851. — Zona de la Cosío.— Zona de los Llanos. — 
Los caciques Colipí i Calrileo. — Los Huilichcs.—Magml bue- 
no.— Carácter estraordinario de este bárbaro. — Llega el jeneral 
Cruz a los Anjeles i entusiasta acojida que le hace el pueblo. — 
Nota del gobernador Molina con esto motivo i respuesta del 
joneral Cruz.— Cartas impacientes por la acción que escriben 
el mismo Molina ¡ el gobernador de Santa Juana al intendente 
Vicuña. — Sábese en Concepción i en los Anjeles la noticia de 
que Zúñiga trataba de sublevar los indios do la costa i medi- 
das que se loman en consecuencia. -^-El jeneral Cruz se resuelve 
a sacar rehenes de las tribus araucanas para asegurar la tran- 
quilidad de las Fronteras i celebra, al efecto, un parlamento 
en los Anjeles. — Funesta tardanza de estas operaciones. — Co- 
mo l)S Araucanos enlendian la política de los chilenos ¡ las 
causas de la guerra en 1851. — Análogas esplicaciones del vul- 
go.— El jeneral Cruz eleva a rejimiento el batallón Carainpan- 
gue i decreta la formación del batallón Alcázar 75 



CAPITULO V. 

EL G0BIER.N0 CIVIL DE CONCEPCIÓN. 

El coronel Urrulia ocupa a Chillan con la vanguardia del ejercito 
revolucionario.— Acta de adhesión a la revolución que firman 



408 ivoicK. 



ráj. 



los vecinos de aquella ciudad.— El intendenle del Nuble don 
Mariano Ramón Zañartu.— La vanguardia entra a San Carlos. — 
Proclama que el coronel Urrulia dirije a los habitantes de ia 
provincia del Maule.— Pronunciamiento en Cauquenes.— Me- 
didas flnancieras adoptadas por la intendencia revolucionaria 
de Concepción. — Delicados procedimientos del intendente Vi- " 
cuña. — Recursos rentísticos de la provincia de Concepción. — 
El Estanco. — Deudas fiscales. — Comparación de los gastos 
hechos por el'gobierno jeneral de la República i los revolucio- 
narios de Concepción i Coquimbo. — Caja de la comisaria del 
ejército del sud. — Maestranza.— Envió de Rabanales i Claro 
Cruz para organizar montoneras en Colchagua. — Visita de cár- 
cel estraordinaria que hace Vicuña. — El Boletín del sud, — Es- 
travagantes decretos del intendente Vicuña declarando nulos 
todos los pactos del gobierno jeneral.— Relaciones internacio- 
nales de fci provincia sublevada. — Aviso de su promoción a la 
intendencia revolucionaria que dirijió Vicuña a los ajenies con- 
sulares, i reconocimiento que hacen estos de aquel hecho. — 
E! gobierno declara cerrados los puertos del territorio rebel- 
de. — Patente de navegación del vapor Arauco. — Captura de 
este buque por los ingleses.— Furor del populacho de Talca- 
huano. — Heroísmo de una «rabona». — Insolente nota del coman- 
dante Paynter.— Funestas consecuencias que trajo para la 
revolución el apresamiento del Arauco. — Protesta del inten- 
dente Vicuña.— El vice-cónsul ingles en Talcahuano teme que 
se atente contra su vida. — Notas cambiadas, con este motivo, 
por aquel funcionario i el intendente Alemparte 103 



CAPÍTULO VI. 

EL EJÉnClTO REVOLl'CIO.NAHIO. 

Situación respectiva de los dos ejércitos belijerantes en los pri- 
meros dias de octubre. — Muévese la división de los Anjeles 
hacia la hacienda de las Peñueles. — Rasgos ^e patriotismo en 
IjS fronteras.— El jeneral Baquedano se dirije al Itata con la 
división de Concepción i despedida que dirije a este pueblo. — 
Parte el intendente Vicuña, nombrado secretario jeneral del 
ejército, sus adioses i sus sentimientos íntimos al entrar en 
campaña.— Llega el jeneral Cruz a Peñuelas, i recibe a orillas 



ÍNDICE. 409 

del Itata la noticia de la derrota do Petorca i, en consecuencia, 
su da la orden do avanz.ir sobre Cliillan.— Se presenta en Pc- 
ñiiülas ol coronel Urrulia i reuiiiiiscencias polilicas qno lieneu 
lugar con eslo motivo.— Gran Feslin (jue el pueblo de Larqui 
prepara (por decreto) al jeneral Baquedano i antipatias frailes- 
cas de este jefe.— Ueúneso en Chillan el ejército revoluciona- 
rio.— Proclama del jeneral Cruz a los habitantes del Nuble.— 
Manera como trataba a este caudillo la prensa de la capital.— 
Organización militar del ejército.— Plana mayor.— Compañia 
de voluntarios norte-americanos.— Notables capitanes del reji- 
miento Carampan^^ue, Robles, Rojas i Artigas.— Oficiales mas 
distinguidos do los batallones Guía i Alcázar.— E\ capitán Te- 
norio.— El mayor Molina.— Organización de los cuerpos de 
caballeria.— Enrique Padilla i el capilan Grandon.— El jeneral 
en jefe resuelve abrir la campaña en los primeros dias de no- 
viembre. — Proclama que dirije al ejército i a la guardia nacio- 
nal de la República con aquel motivo. — Carta exhortatoria que 
escribe a los partidarios de la capital.— Gran temporal de pri- 
mavera que sobreviene, i paralización completa de las opera- 
ciones. — Llegan al cuartel jeneral de Chillan las noticias del 
levantamiento de Valparaíso, i de la muerte del mayor Zúñiga 
en la Araucanía , ' .- 133 



CAPITULO VIL 

LA REVOLUCIÓN EN LA CAPITAL I EN LAS PROVINCIAS CENTRALES. 

Postración de los ánimos en la capital. — El intendente Ramirez. — 
Enganche de voluntarios. — Las mujeres de la capital en 1 851 . — 
Proclamas incendiarias que circulaban en la población. — Pá- 
nico del gobierno, a consecuencia de creerse invadido el valle 
(le Aconcagua por la división de Coquimbo.— Detalles sobre la 
asonada de San Felipe. — Situación de Valparaíso en 1851. — 
Elementos revolucionarios que encierra aquella ciudad. — Don 
José Manuel Figueroa. — El capitán Niño trama una conspira- 
ción i es denunciado. — Descubrimiento de un depósito de mu- 
niciones que hace la policía i prisión de varios ciudadanos. — 
El jeneral Blanco asume de nuevo el mando de la provincia. — 
Se resuelve llevar adelante la insurrección. — Plan jeneral de 
esta, ^El padre Pascual.— Rudecindo Rojas. — Don Rafael Bil- 

52 



"410 ÍNDICE. 

Pái. 

bao.— Señálase el día 3 de ocUtbrc para la asonada i se fuslra 
el intento. — Persecución en masa de lodo el gremio do sas- 
tres. — El comandante Riquelme reorganiza los elementos de la 
revolución.— Fijase la mañana del 28 de octubre para ejecu- 
tarla i es aplazada por segunda vez.— Un grupo de 17 aOliados 
se reúne en la Cajilla i resuelve hacer la revolución por su 
cuenta.— Cómico incidente que ocurre, en consecuencia, con 
un espía.— Asaltan aquellos el cuartel del núm. 2 de guardias 
cívicas i se apoderan de las armas.— Combate del 28 de octu- 
bre.— Consecuencias que tuvo para los revolucionarios do 
Valparaíso. . , » 1C3 



CAPÍTULO vni. 

LA REBEUON DE zOSlGA. 

Don José Antonio Alemparte se hace cargo interinamente de Ib 
intendencia de Concepción.— Su sistema gubernativo i medidas 
que toma en consecuencia.— Elección de los plenipotenciarios 
de Concepción, que debían hacer la convocatoria de la Asam- 
blea constituyente.— Intrigas de Alemparte para evitar su reu- 
nión. — Reaparece en armas el comisario Zúñiga entre las 
reducciones de la costa. — Perfidias de este capitanejo al reci- 
bir comunicaciones amistosas del jeneral Cruz.— Prevenciones 
acortadas que hace éste al gobernador de Arauco, quien no U'S 
dá cumplimiento. — Zúñiga envía un emisario secreto al jeneral 
Búlnes, poniéndose a sus órdenes. — Acepta este sus servicios 
i le envía auxilios. — Carta autógrafa e instrucciones que le 
dirije para que hostilizela retaguardia del ejército revoluciona- 
rio. — Juicio sobre la conducta de los jenerales Cruz í Búlnes, 
al buscar aliados para sus ejércitos entre los bárbaros.— Inti- 
ma Zúñiga rendición a la plaza de^ Arauco. — Alemparte sale a 
campaña i ordena al gobernador de la Laja que use de los 
animales de las haciendas del jeneral Búlnes. — El cacique Ca- 
tríleo se ofrece para sorprender a Zúñiga por su retaguardia. — 
Sorpresa de Cupaño i desastroso fin de Zúñiga i sus tres hi- 
jos.— Bárbara venganza de Alemparte. — Pacificación de las 
fronteras. — Alemparte es nombrado intendente de ejercito i 
funesta tardanza que pone para reunirse al jeneral Cruz en 
Cliillan 199 



ir.' DICE. 41 



CAiniULO IX. 

EL CUAIDATE DE MONTE DE UnHA. 



Páj. 



IMarclia del cjórcilü dol gobierno desde ol campamenlo de Longo- 
milla hasta San Garlos.— Revista do comisario que lieno lugar 
en este pueblo i comparación do las comisarias de ambos 
ejércitos belijeraiites.—Nota en que el jcncral Búines detalla 
sus operaciones militares.— Falso amago quo hace con la ca- 
ballería sobre el vado do Cocbarcas para pasar el Nublo por 
la montaña. — El jeneral Cruz so sitúa en Cuchareas i proclama 
que dirije a sus soldados.— El ejército del gobierno pasa el 
Nublo por Niblinto.— Juicio sobre esto atrevido movimiento. — 
Párrafo do carta escrita por Garcia Reyes sobre esta opera- 
ción.— El jeneral Cruz traslada su ejército a los Guindos.— To- 
pografía del terreno que ocupan los belijerantes.— Ambos 
ejércitos se ponen a la vista en la hacienda de los Guindos. — 
Atrevida marcha de flanco que emprende el jeneral Búines. — 
Cruz, a instancias de su secretario jeneral, envia un parla- 
mentario ai enemigo con una invitación para hacer la paz. — 
Las guerrillas no paralizan sus fuegos i el jeneral Búines con- 
tinua su marcha. — Arengan Cruz i Vicuña al ejército rebelde 
i se mueve ésto sobre Chillan, a retaguardia del jeneral Búines. 
—El «Monto de Urra ».— Fórmanse arabas líneas de batalla 
i se rompe el fuego de cañón. — Falso movimiento que hace el 
coronel Puga para poner a cubierto, su caballería en la ala iz- 
quierda, contra la artillería enemiga. — El jeneral Búines or- 
dena que su caballería pase a su flanco izquierdo.— Manera 
como el coronel Garcia ejecuta esta operación. -Emprende este 
jefe sin orden superior el ataque de la caballería. — Combale 
de Monte de Urra. — Oficiales que se distinguen en ambos ejér- 
citos ¡rasgos señalados de valor. — Pérdida de los ejércitos en 
este hecho de armas. — El jeneral Búines ocupa a Chillan i Cruz 
regresa a su campamento de los Guindos. — Respuesta tardía 
quo aquel da, negándose a entrar en convenios de paz con el 
caudillo revolucionario. , : 235 



412 índice. 

CAPÍTULO X. 

LA RETIRADA DEL JENERAL ECLNES. 

Operaciones de la división Alemparte i su estraña tardanza para 
reunirse al ejército. — Esplicaciones sobre este particular dadas 
por aquel jefe. — El jeneral Cruz traslada su campo a la orilla 
sud del rio GliHIan para protejer la incorporación do aquella. — 
Juicio sobre este movimiento retrógado.— Organización de par- 
tidas disciplinadas sobre el Itata.— Don Juan Antonio Pando es 
nombrado intendente de la provincia del Maule.— Carta del je- 
neral Cruz al intendente Tirapegui en que detalla sus operacio- 
nes. — El ejército revolucionario ocupa de nuevo su campamento 
de los Guindos.— Se subleva en Huaquillo un escuadrón de mi- 
licias.— Motin del batallón Curicó en Talca.— Montoneras en 
Colchagua. — Difícil posición del ejército del gobierno en Chillan. 
— Don Pedro Félix Vicuña ofrece marchar a Talca con una 
división de caballería lijera.— Empeños de Alemparte, Urrutia 
i Baquedano en el mismo sentido.— El gobierno de la capital 
teme aquel movimiento i ordena al jefe del cantón militar de 
Talca defender el Maule a toda costa. — Resistencia del jeneral 
Cruz a aquellos planes. — Desazón que produce ésta entre los 
jefes revolucionarios.— El jeneral Urrutia se dirijo con algunas 
fuerzas a ocupar los pueblos de la provincia del Maule. — El 
ejército rebelde pone cerco a Chillan. — El jeneral Búlnes fomen- 
ta la reacción entre los oficiales veteranos de aquel. — El co- 
mandante Molina recibe secretamente despachos de teniente 
coronel del enemigo. — Dos ayudantes del jeneral Cruz son 
encausados por sospechas. — Rumores siniestros que circulan 
entre los soldados.— Discordias de los jefe rebeldes entre sí. — 
Revelaciones del comandante Urízar al coronel Zañartu.— Si- 
tuación análoga del ejército de Búlnes. — El comandante Venegas 
se retira del servicio. — Refranes característicos de los soldados 
enemigos.— El jeneral Búlnes resuelve contramarchar al Mau- 
le. — Espresiones del jeneral Cruz al tener noticias de este 
movimiento. — Tardanza que pone en la persecución del enemi- 
go. — Tiroteo de las descubiertas.— El ejército del gobierno re- 
pasa el Nuble.— El jeneral Baquedano se ofrece para atacarlo 
en aquella operación, pero se niega el jeneral Cruz. — Disgusto 
del ejército al saber que el enemigo ha pasado el rio sin ser 
atacado.— Sarcasmos peculiares de los soldados rebeldes.— Los 



i'áj. 



i.NDICF. 4IS 

I'áJ. 
indios SO descrían en masa, i so fugan varios dcatacamentos del 

ojército. — Consecuencias funodlas a la revolución del repaso dol 
Nublo por el jeneral Biilncs.— Klcmentos quo aguardan a ésto 
i ejército do reserva (¡uc se propone organizar el gobierno. — El 
ejército revolucionario atraviesa el vado de Dadinco. — Marcha 
de los dos ejércitos hasta el Maule. — Revelaciones del coman- 
dante Urízar en el campamento do Longavi. — Ataque infruc- 
tuoso dol Parral.— El jeneral Búlncs sitúa su campo en el corro 
de Bobadilla i el ejército revolucionario ocupa las casas de 
Reyes en el valle do Longomilla.— Proximidad de una batalla 
decisiva ■ • • 27 



capítulo XI. 

BATALLA DE LONGOMILLA. 

El jeneral Búlnes resuelve repentinamente atacar al ejército revo- 
lucionario. — Tiene noticia el jeneral Cruz de aquel intento, pero 
no adopta ningún plan definitivo.— Insinuaciones oportunas de 
Baquedano i Alemparte.— El jeneral Búlnes se mueve antes de 
amanecer de su campamento de Bobadilla.— El valle de Longo- 
milla. — Posiciones del jeneral Cruz en las casas de Reyes. — 
Se anuncia de improviso la presencia del enemigo.— El jeneral 
Búlnes desplega su ejército, pero vacila, reúne un consejo de 
guerra sobre el campo, 1 emprende de nuevo su marcha.— Los 
rebeldes forman su línea de batalla. —Errores capitales que co- 
mete el jeneral Cruz en sus disposiciones estraléjicas.— El je- 
neral Búlnes dispone su plan de ataque.— Aspecto solemne del 
campo en esa hora.— Apariencia personal del jeneral Cruz en 
Longomilla.— Ensebio Ruiz. -Heroicas palabras del jeneral 
Cruz.— Falso aviso que recibe el jeneral Búlnes en el momento 
de empeñar la batalla.— Ordena, en consecuencia, que el ba- 
tallón Buin marche en columna sobre las casas de Reyes.— El 
mavor Peña i Lillo.— Su heroica muerte, su carácter i carre- 
ra.-Trábase la batalla. —El mayor Videla carga a la bayoneta 
con dos compañías del Guia i es herido.— El comandante Saa- 
vedra lo sostiene con una constancia heroica.— Muerte del ca- 
pitán Tenorio.— El comandante Urízar se empeña con el 2.» 
Carampangue i es muerto a los primeros tiros.— Apurada situa- 
ción de los rebeldcs.-Da cuenta do ella al jeneral Cruz el 



4t4 ÍNDICE. 

Páj. 
intendente Alamparte.— Ordena aquel a la caballería cargar en 
masa.— El jeneral Baquedano emprende la carga con el reji- 
miento de Eusebio Riiiz.— Alemparte i Urrutia so retiran del 
campo do batalla.— El jeneral Búlnes se pone a la cabeza de los 
Cazadores i coloca en una situación ventajosa dos obuses, al 
mando del mayor Gonzalos, para ametrallar los escuadrones 
enemigos.— Baquedano es herido, en consecueucia, i muerto 
Eusebio Ruiz.— Desaliento de la caballería rebelde i su disper- 
sión.— Cobarde fuga del coronel Puga i desaparición de Alejo 
Ziñartu.— Los comandantes Souper i Lara intentan rehacerse i 
son hechos prisioneros.— Muerte del mayor Grandon ¡ del ca- 
pitán Condesa.— El comandante Urriola se arroja al Longomilla 
con la mayor parte de su escuadrón i mas do doscientos dis- 
persos.— Horrible espectáculo que ofrece el rio.— Muertedel ca- 
pitán Guerrero.— Aventuras del mayor Alvarez Condarco.— 
Movimiento de flanco del comandante Silva Chavos.— Muerte 
del comandante Campos i del ayudante Herrera.— El capitán 
Valdivieso es hecho prisionero con una compañía del Caram- 
pangae.— Aspecto de la batalla a las diez del dia.— Terrible 
encarnizamiento con que pelean las infanterías.— Entra al fuego 
el coronel Martínez i es muerto en el acto.— Refecciones sobre 
este estraño lance, que se atribuyó a traición,— Los capitanes 
Ve'^a í Artigas son muertos entres otros muchos subalternos. — 
José Romero o «Leña Verde». — El coronel García es cortado 
por un destacamento del 2." Carampangue, pereciendo sn ayu- 
dante Rojas i perdiendo su caballo el ayudante Pradel. — 
Muere en el Guia un hermano de este oficial.— Heroica 
conducta de teniente Ruiz, del último cuerpo i es ascen- 
dido en el campo de batalla.— La Monchi.— Una jeníalidad del 
jeneral Baquedano. — Heroísmo del capitán Robles durante toda 
la batalla. — El comandante Zúñiga es gravemente herido al pié 
de sus cañones. — Eusebio Lillo. — El coronel Zañartu se bate 
con su fusil desde el tejado de las casas de Reyes. — Siniestras 
patrañas que circularon a este respecto.— El coronel García da 
cuenta al jeneral Búlnes de las insuperables dificultades que 
encontraba para apoderarse de las casas. — El jeneral en jefe 
ordena al mayor Escala incendiar o demoler aquellas.— Carga 
infructuosa del capitán Víllalon.— El mayor Robles solicita del 
jeneral Cruz dos compañías de la reserva para decidir la bata- 
lla.— Vuelve el coronel García a declarar la imposibilidad de 
desalojar al enemigo, i el jeneral Búlnes ordena, en consccuen- 



¡Ncici:. 41o 

ci.i, qiio SU iiifunlería se retiro fuera do tiro tic fusil, formando 
su línoa en unn loma a vanguardia do las casas do Reyes. — Los 
bravos ofiriales Escala i Pardo son heridos al terminar el com- 
bate. — Solemno pausa de la refriega i aspecto terrible qiio 
ofrece el campo do batalla.— El mayor Gaspar i el teniente 
Conlreras dlsp.iran el último cañona/o sobre la linea enemiga 
i mala a tres soldados del Buin.— El jefe de estado mayor Ron- 
dizzoni es aturdido por el roce de la bala, i a una voz desco- 
nocida, comienza la dispersión. — El capitán Villalon vuelve a 
cargar, pero os rechazado. — El comandante Saavedrai el mayor 
Robles persiguen al enemigo. — A las tres de la larde, el jeneral 
Cruz dirije a Concepción el parte de su victoria. — Reflccciones 
sobre la batalla de Longomilla.— Un símil espiritua ide Souper. — 
Estado jeneral de las fuerzas del ejército revolucionario de Lon- 
gomilla. — Número do heridos i muertos que hubo en esta san- 
grienta batalla. — Nómina de los oficiales rebeldes que perecie- 
ron o fueron heridos en ella. — Estado jeneral de las bajas que 
tuvo el ejército chileno en la crisis de 1831.— Resultados mili- 
tares i políticos de la batalla do Longomillu 323 

Apéndice ; , . . 40 i 



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3095 

t.4 



Vicuña Madcenna, Benjamín 

Historia de los diez 
años de la administración 
de don Manuel Montt 



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